Cuando Diego y yo llegamos a la calle Espíritu Santo, el sol de la tarde caía justo entre las fachadas estrechas de Malasaña. Llevábamos meses buscando piso, y ese tercero interior con balcón corrido parecía, al menos en las fotos, una pequeña victoria en medio de tanto anuncio engañoso.
Diego iba por delante, con ese andar decidido de ingeniero que viene mentalmente midiendo metros y calculando reformas. Yo, detrás, repasaba una y otra vez el correo del anuncio en el móvil: “Propietario extranjero, venta directa, precio negociable”.
En el portal nos esperaba una mujer morena, traje chaqueta beige y carpeta bajo el brazo.
—¿Laura? ¿Diego? —preguntó, sonriendo—. Soy Nuria, la agente. El propietario ya está arriba. Es alemán, pero habla español casi perfecto.
Casi. Esa palabra se me quedó dando vueltas.
Subimos los tres en el ascensor antiguo, de puertas plegables. Nuria rellenaba el silencio con datos: que si la finca era del año 1920, que si la ITE estaba pasada, que si la comunidad era tranquila. Diego asentía, encantado. Yo solo escuchaba el zumbido del motor y mi propio corazón.
En el tercero, la puerta estaba entornada. Nuria tocó dos veces y apareció un hombre alto, delgado, de unos cuarenta y muchos, camisa azul remangada y gafas de montura negra.
—Hola, buenas tardes —dijo con un acento inconfundible—. Soy Thomas Schneider. Pasen, por favor.
Nos dio la mano con corrección casi estudiada. Sus ojos azules se detuvieron un segundo más de lo normal en mí, como si evaluara algo.
—Mi español no es perfecto —añadió—, pero creo que nos entenderemos.
Yo sonreí y no dije nada. Decidí, en ese instante, que tampoco tenía por qué saber que yo entendía alemán. Nadie lo sabía ya, salvo algún excompañero de Erasmus en Berlín. Y, a veces, me gustaba observar cómo cambiaba la gente cuando creía que los demás no entendían su idioma.
El piso era luminoso, más de lo que esperaba para un interior. Suelos hidráulicos originales, techos altos, molduras desconchadas con cierto encanto. Diego caminaba de habitación en habitación, midiendo a ojo.
—El salón da al patio de manzana, eso es bueno —decía Nuria—. Por la mañana entra luz directa.
Thomas nos seguía en silencio, con los brazos cruzados, interviniendo solo para corregir un dato o añadir una precisión sobre la reforma del baño. Había algo en su orden, en la manera en que cada objeto estaba colocado, que me resultaba casi clínico.
En el dormitorio principal, Diego abrió los armarios empotrados, mientras Nuria consultaba papeles en la carpeta. Yo me acerqué al balcón, que daba a un patio estrecho, lleno de tendederos. El hierro estaba frío al tacto. Imaginé cómo sería tomar café allí los domingos.
Entonces sonó el móvil de Thomas. Un tono breve, seco.
—Entschuldigung —murmuró, sacándolo del bolsillo.
Respondió en alemán, dando un par de pasos hacia el pasillo. Me giré lo justo para verlo de perfil. Su voz, que en español era suave, cambió de registro: más baja, más tensa.
—Ja, ich bin jetzt mit den Spaniern in der Wohnung… —hizo una pausa—. Nein, mach dir keine Sorgen. Solange ich hier bin, sage ich nichts.
Noté un cosquilleo en la nuca. Fingí interés por el techo, avanzando unos centímetros para escuchar mejor sin que se notara.
Thomas se detuvo junto al marco de la puerta del dormitorio. Bajó aún más la voz, pero la frase llegó nítida:
—Die Spanier dürfen nie erfahren, was in diesem Schlafzimmer passiert ist.
Sentí cómo se me helaba la sangre.
En mi cabeza, la traducción apareció sola, automática, sin margen de error:
“Los españoles no deben enterarse nunca de lo que pasó en este dormitorio.”
Noté que apretaba la barandilla del balcón con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Respiré hondo, intentando que el aire no sonara entrecortado. Detrás de mí, Diego cerró de un golpe suave la puerta del armario.
—Me gusta —dijo—. El dormitorio es amplio, ¿no?
Me giré despacio. Thomas ya había terminado la llamada y volvía a sonreír, como si nada hubiera pasado.
—¿Todo bien? —preguntó Nuria.
—Sí, sí —respondió él en español—. Era un asunto del banco.
Su tono era impecable, neutro. Como si no acabara de pronunciar una frase que me había clavado en el sitio.
Durante el resto de la visita hablé lo mínimo. Dejé que Diego preguntara por la caldera, por las derramas, por los vecinos. Thomas respondía con precisión, a veces casi con orgullo: que si la instalación eléctrica se había cambiado hacía dos años, que si la caldera era nueva, que si él mismo había diseñado la cocina abierta.
Yo solo veía el dormitorio de reojo. La cama perfectamente hecha, la pared blanca sin un solo cuadro, el armario empotrado vacío. Y, superpuesta a esa imagen, la frase en alemán, cortante, insistente.
Cuando por fin salimos al portal, Diego estaba exultante.
—Laura, está perfecto. Hay que tirar un tabique y ya. Y el precio… es una ganga para estar aquí.
Nuria nos miró con gesto profesionalmente amable.
—Thomas tiene prisa por vender, vuelve a Alemania en un par de meses —explicó—. Si os interesa, os recomendaría decidir pronto. Hay otra pareja que lo verá mañana.
Diego me miró, esperando mi reacción.
—Está bien —dije—. Pero no quiero decidir hoy.
En el metro de vuelta, Diego no dejaba de hablar de cuántos libros cabrían en el salón, de dónde pondríamos la mesa del comedor. Yo asentía en automático.
—Estás muy callada —comentó al final—. ¿No te ha gustado tanto como a mí?
—Solo estoy cansada —mentí—. Ha sido una semana larga.
No le dije que entendía alemán. No le dije lo que había oído. Porque, en el fondo, ni siquiera sabía qué significaba exactamente. “Lo que pasó en este dormitorio” podía ser muchas cosas. Una infidelidad, una pelea, un robo. O algo peor.
Esa noche no dormí bien. Cada vez que cerraba los ojos, veía la silueta de Thomas en el marco de la puerta, el brillo del pasillo detrás, y oía su voz en alemán, áspera, casi amenazante.
A las tres de la madrugada, incapaz de seguir dando vueltas en la cama, cogí el portátil y me fui al salón. Tecleé despacio: “Thomas Schneider Malasaña accidente”, primero en español, luego en alemán: “Thomas Schneider Madrid Wohnung Unfall”.
Los resultados no eran muchos, pero uno llamó mi atención: una noticia de hacía tres años, en un diario local en línea, traducida de la prensa alemana. “Joven alemana muere al caer al patio interior de un edificio en Madrid.”
Abrí el enlace. El artículo hablaba de una tal Lena Vogel, de veintinueve años, que “había sufrido una caída accidental desde el tercer piso” de un edificio de Malasaña. El edificio, comprobé en la foto, era el mismo. El piso, sin duda, el mismo: el balcón con barandilla negra, el patio idéntico.
Se mencionaba de pasada que convivía con su pareja, “un arquitecto alemán residente en Madrid, Thomas S., no imputado en la causa”. La policía, según el texto, había archivado el caso como accidente, después de descartar indicios claros de homicidio.
Me quedé mirando la pantalla, el cursor parpadeando junto al nombre “Thomas S.”. En la parte inferior, un párrafo citaba a los vecinos: alguno hablaba de discusiones previas, de gritos en alemán, de una noche especialmente ruidosa antes de la caída. Otro insistía en que la chica “siempre parecía nerviosa”.
Cerré el portátil con un clic seco.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, Diego dejó el móvil sobre la mesa.
—Nuria me ha escrito —dijo, masticando una tostada—. Pregunta si queremos reservar el piso con una señal. Le he dicho que hoy te llamará a ti para que me ayudéis con los números.
Me miró por encima de la taza de café.
—Te noto rara desde ayer. ¿Hay algo que no me estés contando, Laura?
Sentí el peso de la mentira, del silencio, crecer entre nosotros como una grieta. Y aún así, no abrí la boca.
Nuria me llamó a media mañana, puntual.
—Entonces, Laura, ¿qué habéis pensado? —su voz sonaba animada—. Thomas aceptaría incluso bajar un poco más el precio si firmáis la reserva esta semana.
La palabra “reservar” me dio una punzada en el estómago. Miré la pantalla del ordenador sin verla.
—Necesito… un segundo vistazo —respondí—. Hay cosas que quiero medir bien. ¿Sería posible ir esta tarde, yo sola?
—Claro. Le pregunto a Thomas.
Colgó. A los pocos minutos, me reenvió un mensaje: “A las seis, perfecto. Thomas estará allí.”
No le dije nada a Diego. Le mandé un WhatsApp vago, algo sobre “ver otra vez el piso para revisar detalles de la reforma”. Respondió con un emoticono de pulgar arriba, feliz de que pareciera que avanzábamos.
A las seis menos cinco estaba de nuevo en el portal de Espíritu Santo. Esta vez no había agente, solo el buzón con el apellido “Schneider” en una etiqueta blanca. Subí las escaleras despacio, escuchando el eco de mis pasos en la caja de escalera.
Thomas abrió antes de que llamara.
—Hola, Laura —dijo, pronunciando mi nombre con esa “r” suavizada—. Pasas.
El piso parecía distinto sin la presencia de Diego y Nuria. Más vacío, más silencioso. Había una caja de cartón abierta en el salón, con libros en alemán apilados.
—Estoy empaquetando —comentó Thomas, siguiendo mi mirada—. Vuelvo a Hamburgo en junio.
Asentí. Sentía la lengua pegada al paladar.
—Quería ver otra vez el dormitorio —dije al fin—. Para imaginar dónde iría el armario.
Caminamos hasta la habitación. La cama seguía impecable. La barra del balcón, la misma. Thomas se quedó en el umbral, dándome espacio.
Estuve un momento mirando la callejón interior, fingiendo que medía con los ojos. Luego me giré.
Y hablé en alemán.
—Ich weiß, dass hier vor drei Jahren eine Frau gestorben ist.
Vi cómo se le congelaba la expresión. No fue exagerado, ni teatral. Simplemente, sus rasgos se tensaron, como si le hubieran tirado de la piel hacia atrás.
—Du sprichst Deutsch —dijo, no como una pregunta, sino como un hecho que acababa de caerle encima.
—Lo entiendo perfectamente —respondí, volviendo al español—. Y te escuché ayer. “Los españoles no deben enterarse nunca de lo que pasó en este dormitorio.”
Se hizo un silencio espeso. Thomas me sostuvo la mirada durante unos segundos que se hicieron largos. Después, suspiró, como si hubiera estado conteniendo el aire desde hacía años, y se apoyó en el marco de la puerta.
—La policía ya investigó —dijo, en un español casi sin acento, de repente mucho más fluido—. Era mi novia. Lena. Bebimos, discutimos, ella se puso histérica. Se sentó en la barandilla, como siempre hacía. Y esta vez se cayó. Eso es todo.
—¿Eso es todo? —pregunté—. Los vecinos hablaron de gritos, de golpes.
Un gesto breve cruzó su cara, algo entre rabia y cansancio.
—Los vecinos hablan de todo. En el informe no hay nada contra mí. No hubo juicio. No hubo condena. Solo una muerte absurda y… el resto de mi vida marcado por ella.
No lloraba. Tampoco sonreía. Su voz era plana.
—Y aun así —continuó—, nadie quiere comprar un piso donde se ha muerto alguien. Es irracional, pero es así. Si lo digo, se van. Si no lo digo… al menos puedo vender, empezar de nuevo.
Me di cuenta entonces de que no estaba intentando convencerme de su inocencia. Solo de la necesidad de vender.
—¿Y si hablo? —pregunté en alemán—. ¿Y si les digo a todos lo que pasó?
Sus ojos se entornaron un instante.
—Dann zerstörst du dein eigenes Leben, nicht meins —respondió con calma—. Tu marido quiere este piso, ¿no? Los precios subirán. Perderéis la señal, tal vez la oportunidad. ¿Y para qué? Para repetir un caso cerrado que nadie va a reabrir.
Era una amenaza sutil, casi razonable. Eso la hacía peor.
Salí del dormitorio sin contestar. Recorrí el piso por última vez, como si tratara de ver en las paredes alguna huella de Lena, algún rastro de lo ocurrido. No había nada. Solo pintura blanca, suelo hidráulico y una cocina demasiado nueva.
En el portal, antes de irme, Thomas dijo en español:
—Eres libre de hacer lo que quieras, Laura. Pero, si te sirve de algo, yo también quiero olvidar lo que pasó en ese dormitorio. Que ya no sea mi problema.
Esa noche, en casa, Diego me abrazó por detrás mientras yo miraba el anuncio del piso una vez más en la pantalla.
—He transferido la señal —me susurró—. No podía arriesgarme a que otra pareja se adelantara. Mañana firmamos la reserva con Nuria.
Quise decirle que parara, que había una historia de muerte pegada a esas paredes. Quise contarle que entendía alemán, que había investigado, que había hablado con Thomas. Sentí la verdad subiendo por la garganta, pesada, desesperada.
Pero pensé en los años de alquiler, en las maletas siempre medio hechas, en las discusiones por la falta de espacio, en su cara esa misma mañana, ilusionado como un niño. Pensé en la frase de Thomas: “No destruirás mi vida, sino la tuya.”
Y al final, tragué saliva.
—Vale —dije—. Mañana firmamos.
Mes y medio después, cuando un notario aburrido leía en voz alta la escritura y Thomas firmaba la venta, me llegó, en alemán, su último comentario, casi un susurro que solo yo pude entender:
—Endlich ist diese Wohnung nicht mehr mein Problem.
Por segunda vez, no traduje nada. Dejé que las palabras murieran en mi cabeza. Y sonreí para la foto de rigor con las llaves en la mano, sabiendo exactamente qué era lo que estábamos comprando.



