En su aniversario, mientras las velas titilaban y las copas brillaban sobre la mesa del restaurante, ella se levantó al baño sin imaginar nada extraño. Al volver, una desconocida se le acercó, la miró a los ojos y susurró, casi sin mover los labios: “Tu marido ha puesto algo en tu bebida”. El corazón le dio un vuelco, pero sonrió, fingiendo que era una broma absurda. Sin embargo, diez minutos después, con las manos temblando, decidió cambiar las copas en silencio.

Era una noche templada de abril en Madrid, y el restaurante de la Plaza de Santa Ana estaba lleno de conversaciones bajas y copas tintineando. Laura llevaba un vestido azul marino que no solía ponerse para nada ni nadie, salvo para Sergio. Diez años de matrimonio, pensó mientras jugueteaba con la servilleta blanca. Diez años resumidos en una mesa para dos, una vela, y una botella de vino caro que él había insistido en pedir.

—Por nosotros —dijo Sergio, alzando su copa—. Diez años aguantándome. Eso tiene mérito.

Laura sonrió, chocó la copa con la suya y bebió un sorbo. El vino estaba suave, ligeramente afrutado. Él la miraba con una intensidad extraña, como si quisiera memorizar cada gesto. Llevaba la camisa perfectamente planchada, el reloj caro en la muñeca y esa sonrisa ligeramente torcida que siempre usaba cuando escondía algo, aunque ella nunca había sabido exactamente qué.

—Voy al baño un momento —dijo ella, levantándose.

Caminar por el pasillo estrecho hacia los servicios le dio un respiro del aroma a ajo, aceite de oliva y marisco. Cuando salió del baño de mujeres, se encontró con otra mujer apoyada junto al espejo del pasillo, mirándola fijamente. Tendría unos cuarenta años, pelo oscuro recogido en un moño improvisado, un vestido sencillo. No parecía una camarera, ni alguien que fuera a decir algo importante. Hasta que habló.

—Perdona —susurró en voz baja, en perfecto castellano madrileño—. No me conoces, pero escúchame bien: tu marido ha puesto algo en tu copa.

Laura tardó un segundo en procesarlo.

—¿Cómo dices? —soltó una risa incrédula—. ¿Es una broma?

—No es una broma —insistió la mujer, clavándole la mirada—. Lo vi. Lo sacó del bolsillo cuando mirabas el menú. Haz lo que quieras, pero no vuelvas a beber de esa copa.

La mujer se apartó, como si no quisiera seguir hablando, y se perdió entre las mesas del fondo. Laura se quedó inmóvil unos segundos, el corazón acelerado de golpe. Luego se obligó a respirar hondo. “Será alguna loca”, pensó. Alguna celosa, alguna ex, alguna… algo. Demasiado absurdo.

Cuando volvió a la mesa, Sergio sonrió.

—¿Todo bien? Te has tardado.

—Sí… —dijo ella, tomando asiento—. Había cola.

La copa seguía allí, exactamente como la había dejado. El vino, rojo oscuro, apenas movido. Sergio estaba distraído mirando el móvil, el ceño fruncido un instante, antes de volver a guardarlo.

Pasaron unos minutos. Hablaron de cosas pequeñas: el trabajo de ella en la clínica dental, el cansancio de él en la asesoría, la hipoteca, la vecina ruidosa. Laura reía en los momentos oportunos, pero la frase no dejaba de resonar: “tu marido ha puesto algo en tu copa”.

Cuando el camarero dejó el postre en la mesa y Sergio se inclinó para hacer una foto del plato, Laura actuó. Con un gesto aparentemente casual, movió su copa y la de él, intercambiándolas mientras giraba el plato para que saliera “mejor” en la foto.

—Así queda más bonito —comentó, fingiendo ligereza.

Sergio no pareció notar el cambio. Levantó la copa que ahora era la de ella.

—Otro brindis —dijo, mirándola a los ojos.

Laura sintió cómo el estómago se le contraía. Lo observó llevarse la copa a los labios y beber un trago largo.

No dijo nada. Solo lo miró. Y esperó.

Al principio no pasó nada. Sergio dejó la copa en la mesa, se limpió la comisura de los labios con la servilleta y se lanzó a hablar de un posible viaje a Lisboa “cuando todo se calmara en el trabajo”.

Laura asentía, pero su mente estaba en otra parte. Repasaba cada gesto que él había tenido aquella noche: cómo había insistido en pedir vino cuando ella había dicho que prefería agua, cómo había sostenido la botella un segundo de más antes de servirle su copa, cómo había estado extrañamente atento a cada vez que ella bebía.

—¿Te pasa algo? —preguntó él, inclinando la cabeza—. Estás rara.

—Solo estoy cansada —respondió ella—. Ha sido una semana larga.

Él sonrió, pero había una sombra de inquietud en sus ojos. Empezó a cortar el postre, una tarta de queso cremosa, pero el tenedor tembló ligeramente en su mano. Sergio frunció el ceño, mirándose los dedos como si no le obedecieran del todo.

—Qué raro… —murmuró.

—¿Qué? —preguntó Laura, con la voz demasiado neutra.

—Nada. Me ha dado como un mareo tonto. Demasiado vino, supongo.

Intentó restarle importancia, pero Laura vio cómo tragaba saliva con dificultad. Una gota de sudor le apareció en la frente, impropia de una noche templada y de un comedor climatizado.

El murmullo del restaurante dejó de ser un fondo agradable y se convirtió en un zumbido constante. Laura notó que le temblaban las manos, pero no de lo que él había puesto en la copa, sino de la posibilidad de que fuera verdad. De que su marido, con el que compartía cama, casa y cuentas bancarias, hubiera querido hacerle daño.

Sergio se llevó una mano al pecho, respirando más hondo.

—Voy al baño —dijo, intentando levantarse. La silla raspó el suelo. Se quedó a medio camino, tambaleándose.

El camarero que pasaba cerca se detuvo.

—¿Se encuentra bien, señor?

Sergio intentó responder, pero las palabras se le atropellaron en la boca. Sus rodillas cedieron. El cuerpo cayó de lado y golpeó el suelo con un ruido seco que hizo girar varias cabezas.

—¡Sergio! —exclamó Laura, levantándose abruptamente.

El restaurante se llenó de sillas arrastrándose, gente apartándose, voces llamando al personal. Alguien gritó que avisaran a emergencias. Un hombre se arrodilló junto a Sergio y comprobó su pulso.

—Está respirando, pero muy rápido —dijo—. Llamad al 112.

Laura se arrodilló también, mirándolo. El rostro de Sergio estaba pálido, los labios ligeramente amoratados. Sus ojos la buscaron unos segundos, confusos, como si intentara decirle algo sin poder articularlo.

“Tu marido ha puesto algo en tu copa.”

La frase volvió, implacable.

Diez minutos después, las luces intermitentes de la ambulancia teñían la fachada del restaurante de rojo y azul. Los sanitarios del SAMUR se lo llevaron en camilla, conectándole cables y una mascarilla. Laura subió con ellos, apretando el bolso entre las manos. Nadie le preguntó si había bebido lo mismo.

En el Hospital Clínico San Carlos, la dejaron en una sala de espera fría y blanca. Una enfermera le pidió datos básicos y le hizo algunas preguntas.

—¿Toma alguna medicación su marido? ¿Alguna alergia conocida?

—No… no que yo sepa —respondió Laura, sintiéndose de pronto ridículamente poco informada sobre la persona con la que vivía.

Pasó casi una hora hasta que apareció un médico, de bata arrugada y gesto concentrado.

—¿Es usted la esposa de Sergio Navarro?

—Sí. ¿Cómo está?

—Estable, de momento —dijo el médico—. Hemos detectado en sangre algo que no debería estar ahí. Un tóxico. No puedo darle detalles, están analizando la muestra, pero… esto no parece un simple mareo.

La palabra “tóxico” quedó flotando entre ellos.

—¿Un… envenenamiento? —preguntó Laura, sintiendo cómo la lengua se le secaba.

El médico dudó un instante.

—Es una posibilidad. La policía va a querer hablar con usted. Es protocolo.

Cuando el médico se marchó, Laura se quedó sentada, rígida, en la silla de plástico. Abrió su bolso para buscar un pañuelo y se encontró con otra cosa: el teléfono de Sergio, que había acabado en su bolso cuando ella cogió ambas chaquetas a toda prisa al salir del restaurante.

La pantalla se encendió al tocarla. No tenía clave; él nunca la había puesto, decía que no tenía nada que ocultar.

Las notificaciones de WhatsApp se acumulaban. Uno de los chats, fijado arriba, tenía un solo nombre: “Clara”.

La última frase, enviada por Sergio justo antes de la cena, aún brillaba en la pantalla:

“Esta noche todo se solucionará. Después de esto, seremos libres.”

Laura se quedó mirando esa frase larga, helada, mientras en el pasillo se oía el eco de unos pasos pesados acercándose.

Los pasos pertenecían a dos agentes de la Policía Nacional, uniformados, expresión neutra. Mostraron sus placas con un gesto automático.

—Señora Navarro —dijo uno de ellos—. Necesitamos hacerle unas preguntas sobre lo ocurrido en el restaurante.

La llevaron a una pequeña sala con una mesa metálica y dos sillas. No era un interrogatorio formal, le dijeron, solo una toma de declaración. Laura se sentó, con el móvil de Sergio aún en la mano.

—Nos han informado de que los médicos sospechan la presencia de una sustancia tóxica en el organismo de su marido —empezó el agente más mayor—. ¿Ha notado algo extraño esta noche? ¿Algún conflicto, algún comportamiento raro?

Laura abrió la boca y estuvo a punto de decir “no”. Era la respuesta sencilla, la que habría dado cualquier otra noche. Pero recordó a la mujer del pasillo, la frase, el intercambio de copas, el mensaje a Clara.

Los miró fijamente.

—Sí —dijo—. Ha pasado algo.

Les contó lo esencial: la cena de aniversario, la mujer que se le acercó en el pasillo, el aviso de que Sergio había puesto algo en su copa, el intercambio de copas mientras él hacía la foto, el desvanecimiento. No añadió adornos. No retiró nada.

Cuando terminó, los dos agentes se miraron un instante.

—¿Podría describirnos a esa mujer? —preguntó el más joven, sacando una libreta.

Laura lo hizo: la edad aproximada, el pelo oscuro recogido, el vestido sencillo, la voz firme.

—Estamos solicitando las grabaciones de las cámaras del restaurante —dijo el agente—. Veremos si aparece.

Luego, Laura deslizó el móvil de Sergio sobre la mesa.

—Deberían ver esto —añadió.

Los agentes leyeron en silencio los últimos mensajes del chat con Clara. No sólo el último. Había semanas de conversaciones: quejas sobre lo “asfixiante” que era su matrimonio, comentarios sobre el dinero del seguro de vida de Laura, alusiones veladas a “un plan” que resolvería todo. Nunca se mencionaba explícitamente la palabra “matar”, pero la intención era clara en frases como “cuando todo acabe, no tendremos que fingir más” y “el seguro se cobrará sin problemas si parece algo accidental”.

—¿Sabía usted algo de esto? —preguntó el agente, sin énfasis.

—No —respondió Laura. Su voz sonó plana, casi ajena—. No sabía nada.

Los días siguientes se sucedieron con precisión burocrática. Sergio permaneció ingresado en la UCI, estabilizado, pero con el cuerpo aún luchando contra la sustancia que él mismo había ingerido. La noticia no llegó a los periódicos; en Madrid pasaban demasiadas cosas cada día como para que un incidente en un restaurante destacara sin un titular escandaloso.

La policía confirmó la presencia de un tóxico en la copa de Laura. El análisis reveló una sustancia concentrada en los restos de vino. En la chaqueta de Sergio, que se había llevado del restaurante, encontraron un pequeño frasquito vacío, con restos de la misma sustancia. Sus huellas estaban en el cristal.

Las cámaras del restaurante mostraron a una mujer de aspecto similar a la descripción de Laura, sentada sola en la barra, observando la sala. Se la veía incorporarse cuando Laura se dirigió al baño y luego desaparecer junto a ella en el pasillo. A la hora de pagar, ya no estaba.

Unas semanas después, citaron a Laura en comisaría. Habían identificado a la mujer: se llamaba Alba Romero. Había trabajado con Sergio años atrás en una agencia de seguros. Una de sus amigas, según constaba en una antigua denuncia nunca resuelta, había sufrido un “accidente” sospechoso tras una cena con un hombre que encajaba demasiado bien con la descripción de Sergio. El caso había quedado archivado por falta de pruebas.

—Parece que la señora Romero lo reconoció —explicó el inspector—. Lo vio repetir gestos, miradas, lo del vino… y decidió intervenir. No quiere declarar públicamente, pero ha confirmado lo que le dijo a usted aquella noche.

Sergio sobrevivió. Cuando por fin lo trasladaron a planta, estaba más delgado, con la piel apagada y una nueva fragilidad en sus movimientos. La policía lo detuvo en el propio hospital, imputándole un delito de tentativa de homicidio y fraude de seguro.

Laura se presentó un solo día en la habitación. Él la miró con una mezcla de rabia y súplica. Tenía las muñecas esposadas a la cama.

—Laura… —susurró—. No era lo que parece.

Ella lo observó unos segundos. No pensó en los años compartidos, ni en las fotos de vacaciones, ni en los domingos de sofá. Pensó en la copa frente a ella, en el movimiento mínimo de su mano al cambiarla de sitio, en su rostro cayendo al suelo del restaurante.

—Creo que sí era lo que parece —dijo, sin elevar la voz.

Se dio media vuelta y salió de la habitación. No volvió.

Cuando el juicio llegó meses después, las pruebas fueron suficientes: el frasco, las huellas, los análisis, los mensajes, el testimonio de Alba bajo identidad protegida. Sergio fue condenado.

Laura cambió de piso, pero siguió viviendo en Madrid. Algunas noches, al pasar frente a algún restaurante lleno de parejas brindando, notaba una ligera incomodidad en el estómago. No era miedo. Era la conciencia de lo fina que puede ser la línea entre una celebración y un final.

La copa, aquella noche, había sido solo un objeto de cristal. Lo que la había convertido en otra cosa había sido la mano que decidió qué iba dentro de ella.

Y la mano que, a última hora, decidió cambiarla de sitio.