Un día después de nuestra boda, cuando yo todavía llevaba restos de brillantina en el cabello y el sabor del brindis seguía en mi boca, sonó mi teléfono y vi el número del restaurante donde celebramos. El gerente habló en voz baja, casi susurrando, como si alguien pudiera oírlo a través de la línea: “Hemos vuelto a revisar las grabaciones de seguridad. Tienes que ver esto con tus propios ojos. Ven sola… y, por favor, no le digas nada a tu esposo”.

Al día siguiente de nuestra boda, me desperté con la resaca feliz de quien cree que por fin todo encaja.
Aún olía a laca barata y a flores marchitas en el piso pequeño de Lavapiés donde, hasta la semana anterior, había vivido sola.
Javier dormía a mi lado, boca abajo, con el brazo colgando fuera de la cama, la alianza brillando en sus dedos largos.
Durante unos segundos lo miré con esa ternura nueva, casi tímida, pensando en la luna de miel en Menorca, en las fotos, en las cenas a la luz de las velas.

El móvil vibró en la mesilla, rompiendo la imagen como si fuese de cristal.
Un número desconocido parpadeó en la pantalla.
Me levanté con cuidado para no despertar a Javier y contesté en susurros.

—¿Sí?
—¿Señora Rivas? —una voz grave, seca, con acento madrileño—. Soy Raúl, el gerente del restaurante El Mirador del Prado.
Se me dibujó una sonrisa automática.
—Ah, sí, Raúl, todo estuvo perfecto anoche, de verdad, la boda fue…
—Señora —me interrumpió—, no llamo por eso. Hemos revisado de nuevo las cámaras de seguridad. Tiene que venir a ver algo usted misma. Es importante.
Me quedé en silencio, mirando la espalda desnuda de Javier.
—¿Ha pasado algo? —pregunté, sintiendo un nudo absurdo en el estómago.
Raúl dudó un segundo.
—Por favor, venga sola y no le diga nada a su marido.

La frase me heló.
Noté cómo el corazón se me aceleraba sin motivo claro.
—¿Por qué?
—Es mejor que lo vea —dijo, esquivando la pregunta—. Estoy en el despacho del restaurante hasta las doce.

Colgué despacio, con la sensación de que el piso se había encogido.
Me quedé un momento inmóvil, escuchando la respiración pesada de Javier, el ruido lejano de una moto en la calle, el eco de esa orden: no le diga nada a su marido.
Inventé una excusa torpe sobre ir a ver a mi madre y él apenas murmuró algo, todavía medio dormido, antes de darse la vuelta.

El Mirador del Prado estaba irreconocible sin música, sin gente, sin las luces cálidas de la noche anterior.
La Plaza de Neptuno quedaba gris, aplastada por un cielo bajo de domingo.
Entré y el olor a salsa recalentada y café viejo me golpeó la nariz.

Raúl me esperaba en la barra, con la americana arrugada y unas ojeras profundas.
No tenía la sonrisa profesional de la víspera.
—Gracias por venir tan rápido, Marta —dijo, evitando mirarme directamente a los ojos—. Pase a mi despacho, por favor.

El despacho era una habitación estrecha, con una mesa metálica y una pantalla grande en la pared.
Sobre la mesa, un teclado pegajoso, un cenicero con una colilla a medio apagar y un pendrive rojo.
Raúl cerró la puerta con llave, gesto que me hizo tragar saliva.

—Anoche una invitada nos dijo que había perdido un collar caro —explicó mientras encendía el monitor—. Por eso revisamos las cámaras otra vez.
Tecleó algo y apareció la imagen en blanco y negro del salón principal, visto desde arriba.
Las mesas, el baile, las luces moviéndose en círculos.
Me vi a mí misma en el centro de la pista, riendo, con el vestido blanco ya un poco sucio por abajo.

Raúl adelantó el vídeo.
—Mire aquí —dijo, cambiando a la cámara del bar.

Reconocí la barra donde los camareros habían ido dejando las copas de los invitados.
En la esquina, un camarero colocaba una copa alta, con la rodaja de limón que yo había pedido.
Luego se marchaba para atender otra mesa.

Durante unos segundos, la copa quedó sola.
Entonces, en la pantalla apareció Javier.

Llevaba la misma camisa blanca de novio, la corbata desabrochada, la chaqueta colgando del hombro.
Miró a un lado y a otro, como comprobando que nadie le prestaba atención.
Sacó algo del bolsillo interior: un pequeño frasquito oscuro.

Yo me incliné instintivamente hacia la pantalla.

Javier abrió el frasco con una naturalidad escalofriante y vertió un poco de líquido, o de polvo, no lo distinguí bien, dentro de mi copa.
Después removió la bebida con el dedo y, antes de retirarse, alzó la vista.

Durante un segundo eterno, mi flamante marido miró directamente a la cámara, con una expresión que yo no le había visto nunca.

Raúl pausó el vídeo justo en ese instante.

La imagen congelada mostraba la copa que yo había bebido esa noche y la mirada fría de Javier perforando la pantalla.

Sentí que las piernas me fallaban mientras una sola idea, brutal y nítida, se abría paso en mi cabeza:
mi marido había manipulado mi bebida la noche de nuestra boda.

No dije nada durante unos segundos.
El zumbido del ordenador llenó el despacho como un insecto enorme.
Raúl me miraba con una mezcla de incomodidad y lástima, como si esperara un grito, un ataque de nervios, algo.

—Eso… eso no tiene sentido —logré balbucear—. Tiene que haber una explicación.
—Ojalá —respondió él, cruzándose de brazos—. Pero no es todo.

Reanudó el vídeo.
En la imagen, Javier se alejaba de la barra con mi copa en la mano.
Cortó a otra cámara donde se veía nuestra mesa principal.
Yo no estaba allí; seguramente seguía bailando con mis amigas.

Javier dejó la copa en mi sitio, con cuidado, y se sentó.
Al poco, yo aparecía en la esquina del plano, sudada, sonriente, acercándome a la mesa.
Vi cómo me inclinaba, cogía la copa sin mirarla y bebía de un trago.

Me vi reír.
Me vi besar a Javier después, con total confianza, mientras él me rodeaba los hombros.
Sabía que, unos minutos más tarde, empecé a marearme y todos achacamos aquello al champán, a los nervios, al calor de la sala.

Raúl detuvo otra vez la grabación.
—No sé qué le puso —dijo—. Yo no soy nadie para acusar. Pero en veintidós años trabajando en hostelería, no había visto algo así en una boda.
Me froté las sienes, intentando ordenar ideas.
—¿Por qué me enseña esto a mí y no va a la policía?
Él suspiró.
—Porque si ha sido un malentendido, arruinaría su vida y la suya. Y, si no lo es, usted tiene derecho a saberlo antes que nadie. Además, el dueño del restaurante no quiere líos.

Las palabras “malentendido” y “vida arruinada” me retumbaron como piedras.
—¿Alguien más ha visto el vídeo?
—Solo yo —aseguró—. Lo saqué del sistema antes de que lo revisara el dueño.

Abrió un cajón y sacó un pendrive idéntico al que había sobre la mesa, pero azul.
—He hecho una copia para usted. Llévesela. Piénselo. Decida qué hacer.

Lo cogí con dedos temblorosos.
El plástico parecía pesar una tonelada.

Al salir del restaurante, la luz gris de Madrid me pareció demasiado blanca, casi violenta.
Crucé el Paseo del Prado sintiendo que todos me miraban, que podían leer la palabra envenenada escrita en mi frente.

En el metro até cabos que no quería atar: las preguntas de Javier sobre el seguro de vida que habíamos firmado por la hipoteca, su insistencia casi obsesiva en contratar un seguro de viaje “por si acaso” para la luna de miel, las bromas sobre que ya no tenía escapatoria.

Cuando llegué al piso, él estaba en la cocina, en pantalón de chándal, preparando café.
Me sonrió como si nada.
—¿Qué tal tu madre? —preguntó.
—Bien —mentí, dejando el bolso con cuidado sobre una silla—. Cansada.

Sentí su mirada fija en mí un segundo más de lo normal.
—Te noto rara, Marta. ¿Seguro que estás bien?
—Solo… la resaca —respondí, forzando una sonrisa.

Durante todo el día jugué a ser la esposa recién casada, colocando regalos, contestando mensajes de enhorabuena, mientras dentro de mi cabeza se repetía la misma escena de la pantalla.

Por la noche, cuando Javier se duchaba, conecté el pendrive al portátil en el salón.
La imagen volvió a aparecer, fría, granosa, impersonal.
Vi otra vez el frasco, la copa, la mirada.
Esta vez me fijé en algo más: cuando Javier se retiraba de la barra, un hombre se le acercaba por el lateral, fuera de foco, y le decía algo al oído.
Javier asentía, le daba una palmada en el hombro y el hombre desaparecía.

Pausé, acerqué la imagen todo lo posible.
Reconocí vagamente ese perfil: creía haberlo visto en la boda, quizá entre los amigos del trabajo de Javier, quizá en la iglesia, no estaba segura.

De pronto, el agua de la ducha dejó de sonar.
Cerré el portátil de golpe, guardé el pendrive en el sujetador, sintiendo el plástico frío contra la piel.

Me fui a la cama con una decisión que me asustaba: no podía ir a la policía todavía, no con algo tan fácil de rebatir como que “solo me había echado algo para que me relajara”.
Necesitaba más.

Al día siguiente, mientras Javier estaba en la notaría arreglando unos papeles, quedé con Laura, mi mejor amiga, en una cafetería de Chamberí.
Le enseñé el vídeo en el portátil, sentadas al fondo, junto al baño, sin levantar la voz.

Laura, que siempre había sido de carcajada fácil, se quedó muda.
—Tía, esto es muy heavy —susurró—. No es medio bromuro ni una tontería. Además, tu cara en la mesa… estabas mareadísima.
—¿Y si de verdad fue solo algo para que me calmara? —pregunté, aferrándome a la opción menos dolorosa.
—Entonces te lo habría dicho. Y no habría mujer en España a la que le hiciera gracia.

Laura apoyó los codos en la mesa.
—Javier tuvo una novia que murió, ¿no? Aquella que tuvo un accidente de coche en Galicia.
La miré, sorprendida.
—¿Cómo sabes eso?
—Lo comentó él una vez, en una cena. Dijo que la vida le había enseñado a aprovechar cada momento.

Las piezas hicieron un chasquido leve en mi cabeza.
—Necesito saber quién era antes de casarse conmigo —dije—. Todo.

Laura sacó el móvil.
—Pues vamos a buscar.

Esa misma tarde, entre redes sociales, noticias antiguas y un registro de defunciones, encontramos algo: una tal Ana Beltrán, fallecida en un accidente de tráfico en la costa gallega tres años atrás, viajaba como copiloto de un coche conducido por Javier Rivas.
En la noticia se mencionaba, de pasada, que el seguro del vehículo había pagado una indemnización importante al conductor, que había salido casi ileso.

Sentí un frío nuevo recorrerme la espalda.
Mi marido no solo había manipulado mi copa la noche de bodas; ya había estado, antes, muy cerca de otra muerte rodeada de seguros e indemnizaciones.

Volví a casa al anochecer, con la mente en llamas y el pendrive ardiéndome en el bolso.
Al abrir la puerta, encontré a Javier sentado en el sofá, con el portátil sobre las rodillas.
La pantalla mostraba la imagen congelada del bar del Mirador del Prado.

El vídeo ya no era solo mío.

Javier levantó la vista y sonrió despacio.
—Tenemos que hablar, Marta —dijo, señalando la pantalla con un gesto tranquilo que me heló más que cualquier grito.

Me quedé clavada en el umbral, con la mano en la manilla, incapaz de avanzar o retroceder.
El salón olía a café y a algo quemado, pero ese detalle cotidiano ya no significaba nada.

—¿Te vas a quedar ahí toda la tarde? —preguntó Javier, cerrando el portátil con calma—. Ven, siéntate.

Obedecí por inercia, sentándome en el sillón de enfrente.
Noté que me sudaban las palmas de las manos.
Mi bolso, con el pendrive dentro, pesaba sobre mi muslo como una confesión.

—Has estado muy ocupada hoy —dijo él, entrelazando los dedos—. Raúl, Laura, he visto que has estado investigando por internet… No eres tan discreta como crees.
—¿Me estás vigilando? —escupí, más para ganar tiempo que por indignación real.
—Soy informático, Marta. Controlar un par de historiales y unas cámaras no es ciencia ficción.

Su tono no era agresivo, solo… práctico.
Eso me asustó más.

—¿Qué le pusiste a mi copa? —pregunté al fin.
Javier ladeó la cabeza, como si estuviera valorando cuánto decir.
—Un sedante suave. Nada peligroso. Habías estado semanas sin dormir bien, atacada con la boda, mi madre, el sitio, las flores… Pensé que te vendría bien relajarte un poco.
—Y por eso lo escondiste —repliqué—. Por eso le pediste a Raúl que no revisara las cámaras.
Su mirada se endureció un segundo.
—Raúl es un imbécil que no sabe quedarse en su sitio. Le pagué para que borrara las grabaciones. No conté con que se llevara una copia.

Hizo una pausa y sonrió, casi divertido.
—De todas formas, ahora ya no importa.

Tragué saliva.
—¿Qué pasó con Ana?
Por primera vez, algo parecido a una sombra cruzó su rostro.
—Ese accidente fue una desgracia —respondió—. La carretera estaba mojada, un mal adelantamiento… yo salí vivo, ella no. Eso es todo.
—Y el seguro.
—Y el seguro —admitió, encogiéndose de hombros—. ¿Ves? La vida a veces compensa.

Me di cuenta de que no iba a obtener una confesión clara.
Al menos no todavía.

—¿Qué quieres, Javier? —susurré.
—Quiero que dejemos de jugar a escondernos cosas —dijo, inclinándose hacia mí—. Sé que tienes una copia del vídeo. Sé que has hablado con Laura. Sé que has empezado a imaginar historias en tu cabeza.

Se levantó despacio, fue a la cocina y volvió con dos vasos de agua.
Dejó uno delante de mí sin preguntarme si tenía sed.
No lo toqué.

—Podrías ir a la policía, claro —continuó—. Enseñar el vídeo, contar lo del accidente de Ana, decir que tienes miedo de tu marido.
Se encogió de hombros.
—También podrías recordar que, si yo digo que solo quería ayudarte a relajarte, no hay análisis toxicológico, no hay prueba de daño, no hay nada. Solo tu palabra contra la mía.

Lo odié por tener razón.

—Y luego está tu padre —añadió, casi distraído—. Ese préstamo que nos hizo para la entrada del piso, el dinero en B que no declaró a Hacienda… Sería una pena que alguien empezara a investigar nuestras cuentas justo ahora.

Me miró fijamente.
En sus ojos no había rabia, ni siquiera desprecio.
Solo cálculo.

Entendí entonces que no se trataba de amor traicionado ni de celos, sino de control.
Yo era una pieza más en su tablero: útil, prescindible, sustituible.

—¿Has pensado en la luna de miel? —preguntó de pronto, cambiando de tema con una suavidad insoportable—. Menorca, las calas, las motos de agua… Un sitio perfecto para empezar de cero.

Una imagen fugaz me atravesó: yo, cayendo al agua, un chaleco mal abrochado, un parte médico ambiguo, un seguro que lo cubría todo.

Esa noche no dormí.
Me quedé sentada en el suelo de la cocina, con el portátil abierto y los dos pendrives delante, uno azul, otro rojo.
Podía coger el primero tren a casa de mis padres, contarles todo, devolver la alianza, desaparecer.
Pero Javier ya había demostrado que podía encontrarme, seguirme, doblarme.

Al amanecer, tomé una decisión distinta.

Fui al Mirador del Prado antes de que abrieran.
Raúl estaba en la puerta, fumando, con el gesto cansado.
—Ha venido tu marido —fue lo primero que dijo—. Me ofreció el doble de lo que me diste tú si le entregaba el vídeo.
—¿Y se lo diste?
—No soy tan idiota —masculló—. Pero no puedo aguantar esta presión, Marta. El dueño no quiere problemas. Tienes que sacarme de esto.

Le tendí el pendrive rojo.
—Toma. Dile que es la única copia. Dile que ya no quiero saber nada. Borra todo del sistema y de tu ordenador.
Raúl me miró como si no hubiera entendido.
—¿Te vas a rendir?
—Voy a sobrevivir —respondí, sin énfasis.

Ese mediodía, en casa, le entregué a Javier la maleta de mano preparada para Menorca.
—He hablado con Raúl —dije—. Te dará la copia que tenía. No pienso ir a la policía. No quiero escándalos. Solo quiero que esta historia muera aquí.
Javier me observó largo rato, como si pesara cada gesto, cada palabra.
Al final asintió.
—Sabia decisión.

En el aeropuerto, mientras esperábamos para embarcar, me cogió de la cintura, besó mi mejilla y susurró:
—Te prometo que a partir de ahora todo será diferente.

Miré las pantallas del control de seguridad, los guardias, la gente corriendo con prisas.
Podía acercarme a cualquiera de ellos, decir “mi marido intentó envenenarme”, arruinarlo todo en un segundo.
Pero mis piernas no se movieron.

En el hotel de Menorca, la primera noche, Javier fue al bar a por dos gin-tonics.
Lo vi alejarse, reconocí su espalda, su forma de inclinarse sobre la barra.
Cuando volvió, me tendió uno de los vasos con una sonrisa.

Lo tomé, lo sostuve entre los dedos unos segundos, notando el frío del hielo, el olor a limón.
Luego me levanté y, sin apartar la vista de sus ojos, vacié la copa lentamente en la maceta junto a la terraza.

Javier arqueó una ceja.
—¿No confías en mí?
—Confío en que eres exactamente quien eres —respondí—. Y que yo he decidido seguir aquí.

No añadió nada.
Se limitó a beber de su copa, sin inmutarse.

Esa fue la primera noche de nuestra vida juntos de verdad: él sabiendo que yo conocía su lado más oscuro, yo aceptando que viviría vigilando cada gesto, cada trago, cada seguro.
No hubo reconciliación ni ruptura, solo un pacto silencioso: él mantenía el control, yo mantenía la lucidez.

Años después, cada vez que alguien me dice que tengo un matrimonio envidiable, sonrío para la foto.
Nadie sospecha que, detrás de cada brindis, yo sigo contando los hielos y observando la mano de mi marido.

Y Javier, que siempre ha sabido jugar con ventaja, continúa ganando la partida simplemente porque yo, pese a conocer las reglas, sigo sentándome a la mesa.