El día que por fin decidí divorciarme de mi marido infiel, alguien llamó a la puerta y, al abrir, me encontré con el esposo de su amante, sosteniendo un maletín repleto de dinero que colocó frente a mí sin parpadear: cien millones de dólares en efectivo. Con la voz tensa, casi suplicante pero también amenazante, se inclinó hacia mí y dijo: “No lo divorcies todavía, solo espera tres meses más y después, si sigues viva, entonces haz lo que quieras”.

Cuando descubrí que Javier me engañaba, no lloré. No al menos como en las películas. Me quedé mirando la pantalla del móvil, las fotos borrosas de él entrando en un hotel de la Gran Vía con una mujer más joven, y sentí algo mucho más frío: una especie de calma matemática. Catorce años de matrimonio reducidos a unos cuantos mensajes anónimos y una factura de hotel.

Aquella misma tarde pedí cita con un abogado en la calle Serrano. Le conté todo a Elena, una mujer de unos cincuenta años que me miraba por encima de sus gafas, tomando notas con una pluma cara. Hablamos de la hipoteca del piso en Chamberí, del coche, de la pequeña casa en Jávea que compartíamos con mis suegros. Hablamos de pensiones compensatorias, de régimen de gananciales. Todo muy técnico, muy seco. Era curioso cómo el final de un matrimonio sonaba a trámite administrativo.

—Lo tengo claro —dije al final—. Quiero el divorcio cuanto antes.

Firmé un poder notarial, recogí la carpeta y salí a la calle. Madrid estaba en esa hora gris entre la tarde y la noche, cuando las luces empiezan a encenderse y aún quedan restos de luz en los edificios. Me metí el móvil en el bolso, dispuesta a llamar a Javier solo cuando fuera imprescindible. Que se enterara por el abogado, me daba igual.

—Señora Muñoz.

Me giré. Un hombre alto, con el pelo ligeramente canoso y un abrigo oscuro, estaba apoyado en un Tesla aparcado en doble fila. Llevaba una bufanda perfectamente anudada y un reloj que costaba probablemente más que mi coche.

—¿La conozco? —pregunté, instintivamente tensa.

Él sonrió, pero no era una sonrisa amable.

—No, pero yo a usted sí. Soy Alejandro Varela.

El nombre me sonaba, pero tardé unos segundos en atar cabos. Varela. El grupo Varela, tecnología, prensa, startups. Las revistas de negocios hablaban de él continuamente.

—El marido de Marta —añadió, como si me leyera la mente—. Marta Gómez. La mujer con la que su marido se acuesta desde hace seis meses.

El golpe fue seco, pero no me sorprendió tanto como hubiera esperado. Tal vez porque ya nada me sorprendía ese día.

—No tengo nada que hablar con usted —repliqué—. Ya he iniciado el divorcio. Esto no va conmigo.

Alejandro abrió la puerta trasera del coche.

—Precisamente por eso necesitamos hablar. Solo serán cinco minutos.

Dudé. Podría haberme ido. Pero la curiosidad, y quizá la necesidad de entender hasta dónde llegaba la humillación, me hicieron entrar en el coche.

Dentro olía a cuero y a un perfume discreto. Sobre el asiento, una carpeta gris. Alejandro la abrió con movimientos precisos y me mostró un documento bancario.

—Esta mañana he ordenado una transferencia a una cuenta a su nombre —dijo—. Cien millones de dólares, al cambio.

Creí que había oído mal. Parpadeé, buscando la trampa en el papel, en los números.

—Esto es una broma.

—No lo es. Es una donación, perfectamente legal. Ya está ejecutada.

Lo miré, sintiendo cómo la realidad se me descolocaba bajo los pies.

—¿Por qué haría algo así?

Alejandro se inclinó hacia mí, sus ojos grises fijos en los míos.

—Porque necesito que no se divorcie de Javier. Todavía no. Espere tres meses. Solo tres —dijo, pausando cada palabra—. Si lo hace, todos ganamos. Si no… será un desastre, para usted también.

El corazón me latía en la garganta.

—¿Qué está pasando? —susurré.

Alejandro sonrió, esta vez con un matiz más oscuro.

—En tres meses, su marido dejará de ser simplemente un infiel. Se convertirá en algo mucho más interesante ante la ley.

No dormí aquella noche. Me quedé sentada en la mesa del salón, con el portátil abierto en la web de mi banco. La cifra estaba ahí, absurda, imposible: 92.300.000 euros después de impuestos y cambio. Un ingreso etiquetado como “donación Varela Holdings S.A.”. Ni siquiera me había pedido mi cuenta; alguien la había localizado por mí.

Javier dormía en la habitación, roncando levemente, como si nada en el mundo hubiera cambiado. En la mesilla, su móvil vibraba de vez en cuando. No necesité mirar para saber de quién eran los mensajes.

A la mañana siguiente, quedé con Alejandro en una cafetería de la plaza de Olavide. Llegó puntual, sin escolta visible, solo con su móvil y otra carpeta.

—¿Lo ha comprobado? —preguntó, sin rodeos.

Asentí.

—Es real. Y es una locura. ¿Qué pretende exactamente?

Él abrió la carpeta. Dentro había copias de correos electrónicos, contratos, extractos bancarios.

—Su marido y mi mujer —empezó— no solo se acuestan. También hacen negocios juntos. Negocios muy poco limpios.

Me señaló un correo impreso: “Javi, si cerramos esto antes del trimestre, Alejandro no verá venir nada. Marta”. Reconocí la dirección de Javier. Reconocí su forma de escribir.

—Se han dedicado a desviar cantidades pequeñas, pero constantes, de varios proyectos de mi grupo —continuó—. Usan sociedades pantalla, firmadas por testaferros. Lo habría pasado por alto, lo confieso. Gano demasiado dinero como para fijarme en todo. Pero cometieron un error: usaron el nombre de mi fundación como tapadera en una operación en Estonia. Y eso ha activado a la Unidad de Delitos Económicos.

Me quedé mirando los papeles, intentando ordenar la información.

—¿Y qué tiene que ver mi divorcio con todo esto?

Alejandro tomó un sorbo de café antes de responder.

—Si se divorcia ahora, Javier se pondrá nervioso. Se lo contará a Marta. Y ellos dos, juntos, son lo bastante listos como para borrar rastros, mover cuentas, desaparecer. Necesito que Javier crea que su vida sigue estable, que usted no sospecha nada. Necesito que sea previsible.

—¿Quiere que lo espíe? —pregunté.

—Solo que siga siendo su mujer durante tres meses. Que no cambie nada. Que cenes con él, que vayáis a ver a sus padres a Toledo, que hagáis el viaje a Lisboa que teníais pensando. Y, si puede, que deje su portátil unas cuantas veces “olvidado” en casa.

La frialdad con la que hablaba de mi matrimonio me produjo un escalofrío. Pero la lógica estaba ahí.

—¿Y después de esos tres meses? —pregunté.

—Después, la Fiscalía tendrá todo lo que necesita. Javier será imputado. Marta también. Usted se divorciará de un hombre al borde de la cárcel. Y lo hará siendo una mujer extremadamente rica.

Había algo que no encajaba.

—¿Y usted? —lo miré fijamente—. ¿Qué gana exactamente?

Por primera vez, Alejandro dudó un segundo.

—Control de daños. La posibilidad de colocar la culpa en unas cuantas piezas prescindibles. Y… orden.

La palabra quedó flotando entre nosotros.

—Necesito una garantía —dije al fin—. No quiero verme salpicada.

Alejandro deslizó otro documento hacia mí.

—Ya ha hablado con su abogado. Su nombre no aparece en nada. La donación está declarada. A ojos de Hacienda, usted es una afortunada a la que un empresario caprichoso decidió regalarle dinero.

Salí de la cafetería con la carpeta en el bolso y la sensación de estar entrando en un escenario que no entendía del todo. Esa noche, cuando Javier se sentó a mi lado en el sofá, con su sonrisa cansada de siempre, le devolví la sonrisa.

—He pensado que quizá deberíamos tomarnos las cosas con más calma —le dije—. No precipitarnos con lo del divorcio.

Sus ojos se iluminaron con un alivio que me repugnó y, al mismo tiempo, me sirvió. Me besó la frente.

—Sabía que no tirarías por la borda lo nuestro, Laura.

Mientras él hablaba de empezar de cero, yo pensaba en cuentas en Estonia, correos impresos y en la cifra obscena que brillaba en la pantalla de mi banco.

Lo que no sabía entonces era que Alejandro no me había contado toda la verdad.

Una semana después, encontré un contrato prematrimonial entre él y Marta, escondido entre los documentos de la carpeta. Y entendí por qué estaba dispuesto a sacrificar a Javier mucho más que a su propia mujer.

El contrato era frío, preciso, impecable. En caso de escándalo o causa penal relacionada con las empresas de Alejandro, cualquier responsabilidad patrimonial de Marta quedaba blindada. No solo eso: en determinados supuestos, ella recibiría una compensación millonaria por “daño reputacional”. Firmas, sellos, un notario de Barcelona. Todo en regla.

Me quedé mirando la cláusula principal, subrayada con lápiz: “El cónyuge Alejandro Varela se compromete a adoptar todas las medidas necesarias para preservar el honor, la imagen pública y la seguridad económica de su esposa, Marta Gómez.” Todas las medidas necesarias.

Alejandro me había hablado de “piezas prescindibles”. No había mencionado que su esposa no era una de ellas.

Pasaron las semanas. Yo hacía mi papel: cenas de viernes, visitas a Ikea como si nada, fotos sonriendo en el cumpleaños de la sobrina de Javier. Él seguía viéndose con Marta, cada vez con más discreción, creyendo que yo no sospechaba. Había momentos en los que me observaba a mí misma desde fuera, como si mi vida fuera una serie: la esposa que sabe demasiado y finge no saber nada.

Mientras tanto, empecé a usar el dinero. No de forma escandalosa, no aún. Primero, un despacho propio en un edificio de oficinas en Castellana. Necesitaba un lugar fuera de casa, neutral, con una puerta que pudiera cerrar. Luego, contraté a un abogado penalista que no tenía relación con Elena, ni con nadie del círculo de Javier. Se llamaba Rubén y trabajaba con un pequeño equipo acostumbrado a manejar casos de corrupción.

No le conté toda la historia. Le conté lo suficiente.

—Si la Fiscalía entra —me dijo, revisando los documentos de Alejandro—, usted puede salir de esta más limpia que nadie. Pero no se fíe. Quien tiene cien millones en el banco se convierte, automáticamente, en objetivo.

También contraté, a través de Rubén, a un investigador privado. Le di un encargo muy concreto: averiguar qué estaba ocultando Alejandro. No tardó en traerme un informe breve pero contundente: cuentas en Luxemburgo, donaciones opacas a partidos, pagos a intermediarios en Latinoamérica.

Alejandro no era solo un marido traicionado. Era un jugador que llevaba años moviendo fichas.

La mañana en que se cumplían exactamente tres meses desde que me subí a su coche, la Unidad de Delitos Económicos registró la oficina de Javier. Me llamó a media mañana, jadeando.

—Laura, ha habido un malentendido, han entrado unos policías, se están llevando ordenadores…

Estaba en mi despacho nuevo, frente a la ventana.

—Ya me lo imaginaba —dije, sin levantar la voz—. Volveremos a hablar cuando tengas abogado.

Colgué antes de que pudiera responder.

Esa misma tarde, las noticias abrieron con el caso: “Presunta trama de desvío de fondos en el Grupo Varela”. Las imágenes mostraban a Javier saliendo de la oficina, rodeado de cámaras, y a Marta entrando en comisaría con gafas de sol, agarrada del brazo de su abogado.

Alejandro me llamó al anochecer.

—Felicidades —dijo—. Ha cumplido su parte. Ahora puede divorciarse cuando quiera.

—Ya lo estoy haciendo —respondí—. Mis abogados han presentado la demanda esta mañana.

Hubo un silencio corto al otro lado.

—Le dije que todos ganaríamos.

Miré el informe del investigador, abierto sobre mi mesa.

—Eso depende de a quién llame “todos”, Alejandro.

Antes de que pudiera colgar, añadí:

—Mañana tengo cita con la Fiscalía. Les llevaré todo lo que me diste. Y algunas cosas que he conseguido por mi cuenta. De ti.

Su voz cambió de temperatura.

—No es inteligente ponerse en mi contra, Laura.

—Tampoco lo es regalarle cien millones a alguien y pensar que se va a limitar a obedecer.

No hubo gritos. Solo una respiración contenida y, luego, la línea cortada.

En los meses siguientes, el caso creció como una mancha de aceite. La Fiscalía amplió la investigación. Algunos de los movimientos opacos de Alejandro salieron a la luz. No todos; los suficientes para molestarlo. Javier fue imputado formalmente. Marta también, aunque su blindaje legal ralentizaba cada paso. Alejandro, por primera vez en muchos años, tuvo que sentarse ante un juez.

Yo, mientras tanto, firmé el convenio regulador en un despacho del centro. Renuncié a la mitad de la casa de Jávea y a un coche que no necesitaba. No discutí por los cuadros ni por la vajilla de boda. Mi patrimonio, realmente importante, estaba en otra parte.

Un año después, vivía en un piso luminoso en Valencia, frente al Turia. Trabajaba como consultora independiente para un estudio de arquitectura. En el banco, la cifra seguía siendo obscena, pese a los impuestos, las donaciones y los honorarios legales. Había creado una pequeña sociedad para invertir, otra para declarar mis nuevos ingresos. Todo muy ordenado.

A veces, por la noche, encendía la televisión y veía a Javier entrando en los juzgados, más delgado, envejecido. Veía a Marta, impecable, rodeada de periodistas. Alguna vez, el rótulo mencionaba también a Alejandro. Cambiaba de canal sin sentir nada muy concreto.

No había justicia poética, ni redención. Solo consecuencias, contratos bien redactados y decisiones tomadas a tiempo.

Yo había empezado queriendo divorciarme de un marido infiel. Había terminado convirtiéndome en algo distinto: alguien que aprendió, a base de golpes, que en un mundo de gente que juega sucio, la inocencia es solo otra forma de vulnerabilidad.

Y yo ya no era vulnerable.