El Hospital Universitario La Paz olía a lejía y café recalentado cuando llegué aquella tarde. Javier dormía, la pierna derecha colgada en tracción, envuelta en yeso hasta la cadera. El traumatólogo había repetido que la fractura de fémur era “fea”, consecuencia de una caída por las escaleras de nuestro edificio en Chamberí.
Yo sabía que Javier nunca tropezaba. Era ingeniero, meticuloso hasta la manía, alguien que revisaba dos veces la cerradura y tres la alarma del coche. Aun así, había insistido en que no hacía falta avisar a la policía ni al seguro del hogar. “Ha sido una tontería, Marta, ya está”, murmuró antes de que la morfina lo dejara inconsciente.
Me senté junto a la cama, mirando el monitor del suero y el reloj de la pared. Las ocho y cuarto. El televisor del pasillo dejaba escapar la voz de un tertuliano hablando de corrupción política. Dentro de la habitación 512 sólo se oía el pitido regular del saturímetro y la respiración pesada de Javier.
La jefa de enfermeras entró empujando un carro de medicación. Llevaba una coleta tirante, el pelo oscuro salpicado de canas y unas ojeras profundas. La placa decía “Elena Santos”. Me sonrió con cortesía cansada.
—¿Es usted la esposa? —preguntó mientras comprobaba el suero.
Asentí. Sentí de nuevo esa mezcla de culpa y rabia que me acompañaba desde el “accidente”. En casa no hablábamos de nuestras discusiones, de los portazos, de las noches en las que Javier desaparecía sin explicar adónde iba. Ante los demás, yo era sólo “la esposa”.
Elena clavó la mirada en la cara dormida de Javier un par de segundos más de lo normal. Luego, sin decir nada, se acercó a mí por el lado contrario de la cama, como si fuera a ajustar la sábana. Noté el crujido seco del papel entre sus dedos cuando deslizó algo en mi mano.
—Si necesita cualquier cosa, estoy en el control de enfermería —dijo en voz alta.
Se marchó antes de que pudiera reaccionar. Cerré la mano instintivamente, sintiendo una hoja doblada. Miré a Javier: seguía con la boca entreabierta, ajeno a todo. Salí al pasillo con el pretexto de buscar un café.
En el ascensor, sola, abrí el papel. La letra era apresurada, inclinada hacia la derecha:
“No vuelvas. Mira la cámara de la habitación 512. Madrugada de hoy, 02:37.”
El corazón me golpeó el pecho con fuerza. Miré alrededor, como si alguien pudiera estar leyendo por encima de mi hombro. ¿Una broma? ¿Una trampa? ¿Por qué la jefa de enfermeras me pediría que no volviera?
Recordé que Javier me había mandado a casa la noche anterior, insistiendo en que descansara. “Aquí estoy controlado, no va a pasar nada”, había dicho. Yo le hice caso y me fui a nuestro piso vacío. A las 2:37 estaba en la cama, despierta, mirando el techo.
Seguí los carteles que indicaban “Seguridad” hasta un despacho en el sótano, junto al aparcamiento. Un hombre mayor, con chaleco azul marino y un termo al lado del teclado, levantó la vista del ordenador.
—Buenas tardes… ¿puedo ayudarla?
Respiré hondo.
—Soy la esposa del paciente de la 512. Creo que ha habido un problema con las cámaras esta madrugada. Necesito ver las grabaciones.
El hombre dudó, pero al final resopló y giró el monitor hacia mí. Tecleó la fecha, la hora, la planta. Apareció el plano de la cuarta planta, con varias miniaturas en blanco y negro. Señaló una.
—Esta es la 512. Vamos a las 02:37, como dice.
Movió la barra temporal hasta la hora indicada y le dio a reproducir. Me incliné hacia la pantalla, sintiendo cómo me sudaban las manos. Primero sólo vi la silueta inmóvil de Javier y la cama contigua, ocupada por un anciano conectado a oxígeno.
Entonces, a las 02:36:50, algo se movió. La figura de mi marido, que debería estar inmovilizada, se incorporó lentamente en la cama. El guardia dejó escapar un “¿qué demonios…?”. Javier apartó las mantas con cuidado, tiró de la pierna enyesada y, con un gesto tenso pero decidido, se puso de pie.
Yo me agarré al borde de la mesa. En la pantalla, mi marido cojeaba hasta la cama del anciano, miraba hacia la puerta… y alargaba la mano hacia la almohada bajo su cabeza.
Cuando vi a Javier alzar la almohada con ambas manos, acercándola al rostro del viejo, sentí que algo dentro de mí se rompía.
El guardia de seguridad paró el vídeo de golpe. El silencio del despacho se volvió espeso, casi sólido. Sólo se oía el zumbido del fluorescente.
—Esto tiene que estar mal —balbuceó—. Ese hombre está… está en tracción. No podría ni apoyar el pie.
Yo no pude responder. La imagen congelada mostraba a Javier inclinado sobre el anciano, la almohada tapándole casi toda la cara. En la esquina de la pantalla, el reloj marcaba 02:37:12.
—Siga —conseguí decir.
El guardia tragó saliva y volvió a darle al play. Vimos cómo el cuerpo del viejo se agitaba, cómo su brazo flaco golpeaba el aire y luego caía. Todo duró menos de un minuto. Después, Javier retiró la almohada, la colocó de nuevo bajo la cabeza inerte y comprobó el monitor del oxígeno. El pitido continuo llenó el despacho a través de los altavoces.
En la grabación, Javier volvió a su cama con la misma calma extraña con la que se había levantado. Se dejó caer sobre el colchón, acomodó la pierna enyesada y tiró de las mantas como si nada. A las 02:40 ya estaba otra vez inmóvil.
El vídeo terminó.
—El paciente de la cama dos —murmuró el guardia—. Murió esta mañana. Paro cardiorrespiratorio. Lo escuché en la radio interna.
Me llevé la mano a la boca. No recordaba el nombre del anciano, sólo su voz ronca pidiéndome agua el día anterior mientras Javier dormía. Yo se la había acercado, ajustando el vaso al borde de la cama. Ahora estaba muerto.
—Tenemos que avisar a alguien —dije, más alta de lo que quería—. A la policía, al médico, a…
La puerta se abrió de golpe. Elena, la jefa de enfermeras, asomó la cabeza. Nos miró a los dos, luego al monitor, todavía parado en la imagen de Javier recostándose en su cama.
—Así que ha venido —dijo, sin sorpresa.
—Usted… —me tembló la voz—. ¿Por qué me dejó esa nota?
Elena cerró la puerta y bajó el tono.
—Porque sabía que, si iba al director o a otro médico, lo taparían. Sin familia que reclame, un anciano más muerto en un hospital público es estadística. Una esposa asustada es otra cosa.
El guardia la miró ofendido.
—Esto es serio, Elena. Yo voy a informar a mi superior.
—Haz lo que quieras, José —respondió ella—. Pero antes hay que comprobar una cosa.
Se acercó al teclado y retrocedió la grabación hasta la medianoche. Durante horas comprimidas en segundos, vimos enfermeras entrando y saliendo, luces encendiéndose y apagándose. Nadie tocó la cama del anciano salvo para cambiarle el suero. A la una y cuarto, Elena misma apareció ajustándole la mascarilla de oxígeno. Todo parecía normal hasta la escena que ya conocíamos.
—No hay nadie más —susurré—. Nadie entró a la habitación a hacerle daño.
—Sólo tu marido —dijo Elena, mirándome a los ojos.
Sentí una mezcla absurda de rechazo y reconocimiento. Recordé la forma en que Javier me había apretado el cuello una vez, en una discusión por un mensaje en mi móvil. Sólo fueron segundos, pero yo había visto en sus ojos algo frío, distante, que luego él negó. “Estabas histérica, te sujeté para que te calmaras”, repitió tantas veces que terminé dudando de mí misma.
José tomó el teléfono interno. Llamó al supervisor de seguridad y al médico de guardia. En menos de diez minutos, el despacho se llenó de gente: un hombre delgado con bata blanca, gafas de pasta y cara de pocos amigos, y otro guardia con aire de jefe.
Reprodujimos el vídeo una vez más. Nadie habló hasta que terminó. El médico, el doctor Morales, se pasó la mano por la barba incipiente.
—Ese paciente lleva clavo intramedular en el fémur. Es prácticamente imposible que se levante así a las pocas horas de la operación —murmuró—. Y, aun así, lo hemos visto.
—Hay que llamar a la policía —dijo el supervisor de seguridad.
Elena asintió. Yo sentí las piernas de gelatina. De repente, la idea de subir otra vez a la habitación, de ver a Javier dormido bajo las mismas mantas, se volvió intolerable.
—Quiero estar presente cuando le enseñen esto —dije. No sabía de dónde me salía la voz.
El doctor Morales negó con la cabeza.
—Primero hablaremos con él, con mucho cuidado. Y con usted, señora… Marta, ¿verdad? La policía querrá tomarle declaración.
Tardaron menos de una hora en llegar dos agentes de la Policía Nacional y un inspector de paisano. Cuando entraron al despacho, el vídeo ya estaba listo para reproducirse de nuevo. Pero esta vez, al darle al play, la pantalla se quedó negra. Un icono rojo parpadeó en la esquina: “Archivo no encontrado”.
El silencio fue distinto, más denso. El supervisor se puso rojo.
—Imposible. Lo hemos visto hace un momento.
Rebuscó entre las carpetas digitales, cambió de día, de hora. Nada. Toda la franja entre las 02:30 y las 02:45 de la habitación 512 había desaparecido.
Noté cómo el inspector me observaba desde la puerta, como si pesara cada gesto mío. Y, por primera vez desde que entré al hospital, sentí auténtico miedo de Javier… y de lo que aún no había visto.
Arriba, en la cuarta planta, alguien avisó por el interfono de que el paciente de la 512 acababa de despertar y preguntaba por mí.
Subí a la habitación escoltada por una de las agentes. El pasillo olía a desinfectante y a sopa. Cada paso se me hacía pesado, como si caminara hacia un escenario donde ya se había decidido mi papel.
Javier estaba despierto, incorporado con el cabecero elevado. Tenía la barba de un par de días y la piel pálida, pero sus ojos estaban claros, atentos. Cuando me vio, sonrió con una mezcla de alivio y algo más que no supe identificar.
—Marta… —abrió los brazos, en la medida que el suero le permitía—. Me han dicho que ha pasado algo horrible con el señor de al lado.
El inspector se colocó a los pies de la cama, mostrando su placa.
—Soy el inspector Ramiro Lozano. Necesito hacerle unas preguntas, don Javier.
Javier frunció el ceño, miró al policía y luego a mí.
—¿He hecho algo yo? Apenas recuerdo nada desde la operación. La morfina me deja confuso.
—Un paciente de su habitación falleció esta mañana —dijo el inspector—. Estamos revisando protocolos. Sabemos que usted le tenía cerca. ¿Vio algo extraño anoche?
Javier se pasó la mano por la frente, teatralmente pensativo.
—No lo sé… —murmuró—. Desperté en algún momento de la madrugada. Me dolía mucho la pierna. Oí ruidos, como… como una tos ahogada.
Sentí un nudo en el estómago. Yo sabía lo que venía antes de que lo dijera. Lo conocía demasiado bien.
—¿Quién estaba en la habitación entonces? —insistió el inspector.
Javier bajó la mirada.
—Marta —susurró—. Mi mujer estaba aquí.
Me giré hacia él, helada.
—Eso es imposible. Yo estaba en casa.
—La vi —continuó, esquivando mis ojos—. Entró muy nerviosa, con el abrigo puesto. Se acercó a la cama del señor, no a la mía. Pensé que… no sé, que estaba ayudándole. Tenía una almohada en la mano. Yo intenté levantarme, pero la pierna…
—Es mentira —corté—. ¡Yo no vine! ¡Tú mismo me insististe en que me fuera a casa!
El inspector tomó nota sin inmutarse.
—Curioso —dijo—. Porque varios enfermeros recuerdan haberla visto en la planta cerca de las dos. Y tenemos esta nota suya.
Sacó una bolsa de plástico transparente con la hoja que Elena me había pasado. Le di una mirada rápida a la enfermera, que estaba en la puerta. Su rostro se contrajo.
—Esa nota no la he escrito yo —protesté—. Me la dio ella.
Todos miraron a Elena. Ella levantó la barbilla.
—Yo escribí la nota, sí —admitió—. Pero a las tres y media, cuando revisé las incidencias y vi que algo no cuadraba con la hora de la muerte del anciano. Se la di a usted hoy, no ayer.
Sonaba coherente. Demasiado. Sentí cómo la realidad se reordenaba alrededor de esas frases, dejándome fuera de encuadre.
Los días siguientes fueron una sucesión de interrogatorios, declaraciones y miradas sospechosas. José, el guardia, insistió una y otra vez en que el vídeo había existido, en que todos lo habíamos visto. Pero sin archivo, sin copia, sin respaldo, sus palabras parecían excusas de un empleado descuidado. Acabaron suspendiéndolo.
Un técnico de informática del hospital explicó, con un PowerPoint que ninguno de nosotros entendió del todo, que a esa hora hubo “un fallo puntual del servidor de videovigilancia”. Justo entre las 02:30 y las 02:45. Justo en la habitación 512.
Yo sabía que Javier trabajaba para la aseguradora que había instalado parte de ese sistema. Sabía también que conocía a varios ingenieros de la empresa de seguridad. Pero cada vez que intentaba relacionar eso ante el inspector, sonaba como una teoría paranoica de esposa desesperada.
Elena intentó sostener mi versión, diciendo que mi reacción al ver el vídeo había sido demasiado genuina para ser fingida. La dirección del hospital la llamó a despacho varias veces. Empezaron a asignarle turnos peores. Noté cómo su apoyo se volvía más prudente, más silencioso.
Seis meses después, me senté en el banquillo de los acusados en la Audiencia Provincial de Madrid. Javier, con un bastón discreto y traje oscuro, declaró como víctima de mi “inestabilidad emocional”. Habló de mi supuesto insomnio, de mi ansiedad, de una antigua depresión posparto que yo había superado años atrás.
—La noche anterior al incidente —dijo al tribunal—, Marta estaba muy alterada. Decía que no soportaba más hospitales, ni enfermos, ni viejos.
No era exactamente mentira, pero tampoco verdad. Era el tipo de frase que se suelta en mitad del cansancio y que, en boca de Javier, sonaba a profecía.
El juez escuchó, serio. El informe forense sobre el anciano no ayudó: muerte por asfixia mecánica, compatible con la acción de una almohada. Sin grabaciones, sólo quedaban testimonios contradictorios. El mío contra el suyo. Y Javier siempre había sido convincente.
Fui declarada culpable de homicidio. Doce años de prisión. Recuerdo la sensación de vacío al oír la sentencia, más que las palabras exactas. Recuerdo sobre todo mirar a Javier en la sala y ver en su rostro una lástima perfectamente ensayada.
Pasaron dos años antes de que viniera a visitarme a Alcalá-Meco. Llegó con la cojera casi imperceptible, una chaqueta elegante y un ramo de flores que tuvo que dejar en recepción. Entró en la sala de visitas como si fuera un antiguo amigo.
—Marta —dijo, sentándose frente a mí—. He venido a decirte que te perdono.
Lo miré fijamente. Tenía más canas, pero los ojos eran los mismos.
—Yo no necesito tu perdón —respondí—. Necesito que digas la verdad.
Sonrió, leve.
—La verdad es relativa. Lo importante es lo que se puede demostrar. Y, como viste, se borró lo que no convenía.
Se inclinó hacia mí, bajando la voz.
—¿Recuerdas cuando me pediste que buscara un buen seguro para el hospital? Hicimos más que eso. Un sistema completo, integrado. Un pequeño acceso remoto por aquí, un técnico amigo por allá… Nada que no se haga en cualquier sitio. Sólo tuve que esperar una noche en la que tú no estuvieras.
Sentí un frío intenso, pero ya no sorpresa.
—¿Por qué él? —pregunté—. El anciano.
—Porque estaba solo —contestó, sin titubear—. Y porque necesitaba probar hasta dónde podía llegar, qué podía controlar.
Se recostó en la silla.
—Lo más fascinante no fue matarlo, Marta. Fue ver cómo todos prefirieron creer otra versión antes que admitir que un hombre con la pierna rota se levantó y lo hizo. Tú sólo fuiste… útil. Una historia creíble.
Se levantó cuando el guardia anunció el final de la visita. Antes de irse, dejó su mano sobre la mesa, a escasos centímetros de la mía.
—Cuídate —dijo—. Y no vuelvas al hospital cuando salga.
Lo vi alejarse con su ligera cojera, el paso seguro de quien sabe que ya ha ganado. Al otro lado del cristal, su reflejo se mezcló con el mío: él libre, yo con un número en el pecho.
En la vida real, supe entonces, los monstruos no necesitan pasillos oscuros ni máscaras. Les bastan un par de cámaras, un fallo de servidor y alguien dispuesto a creer la versión más cómoda.



