Me llamo Marta Delgado y, hasta hace unos meses, pensaba que mi vida estaba perfectamente ordenada. Tenía cuarenta y dos años, un marido atractivo, un ático en el barrio de Salamanca con vistas al Retiro y un conglomerado de empresas tecnológicas valorado en más de quinientos millones. En las fotos parecíamos el matrimonio perfecto. En los balances también.
La primera grieta apareció en algo tan simple como una risa. Una noche, Javier estaba en el despacho de casa, al teléfono, y se rió de una manera que yo no le escuchaba desde que éramos novios. Fui a llevarle un café, empujé la puerta y, en cuanto me oyó, bajó la voz y colgó con un “luego lo vemos, pero con la demanda no se puede retrasar más”.
—¿Qué demanda? —pregunté, apoyando la taza en la mesa.
—Nada, un tema de un cliente —respondió sin mirarme, cerrando el portátil con demasiada rapidez.
Javier era abogado de un gran despacho en Castellana, acostumbrado a secretos de otros. Pero esa noche, sus dedos temblaban ligeramente sobre el bolígrafo Montblanc que yo le había regalado.
La verdad llegó tres días después, a través de su propia torpeza. Había olvidado cerrar la sesión de correo en el iPad del salón. Yo solo quería buscar una receta. Lo que encontré fue un hilo de correos con el asunto: “Plan para el divorcio – estrategia patrimonial”.
Su mensaje a un tal Fernando G. – Familia decía:
“No pienso irme con las manos vacías. Ella está distraída con la nueva ronda de financiación. Presentamos la demanda en una semana, la pillamos en frío y reclamamos la mitad de todo lo que esté a su nombre. Me lo dijo el fiscalista: mientras no mueva nada ahora, la masa ganancial es enorme. No sospecha nada.”
Seguí leyendo, con la mandíbula tensa. Hablaban de mis empresas, de mi patrimonio personal, de cómo “recolocar” a ciertos directivos cuando yo “estuviera fuera”. Incluso mencionaba vender nuestro ático para comprarse un dúplex en Chamberí “cuando cobremos lo que me corresponde”.
No lloré. No grité. Guardé las capturas de pantalla, cerré el iPad y llamé a Ana Cebrián, mi abogada de confianza, especialista en derecho mercantil y de familia.
—Marta, si lo que dice ahí es cierto, va a por la mitad de todo —dijo Ana, hojeando los correos en su despacho de la calle Serrano—. Pero todavía no ha presentado nada. De momento, solo es intención.
—¿Puedo mover mis activos? —pregunté—. Todos.
Ana me miró largo rato.
—Legalmente, sí, siempre que las operaciones sean reales, documentadas y no haya simulación. Va a ser una carrera contra reloj. Si presenta la demanda antes de que reestructuremos, tendrá argumentos para pedir la nulidad de todo.
Durante cinco días viví entre notarías, firmas digitales y reuniones con fiscalistas. Creamos la Fundación Delgado Futuro, con sede en Madrid, y transferimos la totalidad de mis participaciones en el grupo empresarial a la fundación, dotándola con 500 millones. Yo pasaba de ser propietaria a ser solo presidenta del patronato, con un sueldo muy razonable… pero sin la titularidad del patrimonio.
La mañana del sexto día, en el despacho del notario de la calle José Ortega y Gasset, firmé la última escritura. La pluma resbaló por el papel con un trazo firme.
En ese preciso instante, mi móvil vibró sobre la mesa. Era una notificación del procurador:
“Sra. Delgado, su marido Javier Ruiz acaba de presentar demanda de divorcio contencioso. Reclama el 50% de su patrimonio.”
Sonreí por primera vez en una semana, con el sello del notario aún húmedo sobre la escritura. La partida acababa de empezar.
La demanda llegó por burofax esa misma tarde. Javier no tuvo siquiera la cortesía de estar presente; delegó en un mensajero y en seis folios de tecnicismos. Reclamaba, según sus cálculos, “aproximadamente 250 millones de euros, más la mitad del patrimonio inmobiliario y una compensación por el desequilibrio económico”.
Cuando terminé de leer, levanté la vista hacia Ana. Ella ya estaba subrayando párrafos.
—Va con todo —murmuró—. Y se nota que Fernando le ha preparado la jugada.
—¿Puede conseguirlo? —pregunté.
—Depende de una palabra: tiempo. —Alzó la vista—. ¿Seguro que todas las escrituras se otorgaron antes de la fecha de presentación de la demanda?
—A las doce y siete he firmado la última —respondí—. El mensaje del procurador me ha llegado a las doce y diez.
Ana dejó escapar una pequeña risa.
—Entonces, que rece. Porque jurídicamente, el patrimonio que reclama ya no es tuyo. Es de una fundación de interés general autorizada por el Protectorado. Otra cosa es que intenten alegar fraude de ley, pero para eso tendrían que demostrar que tú sigues controlando el dinero. Y tú ya no lo controlas: lo controla el patronato.
El patronato lo formábamos yo, dos profesores de la Politécnica y mi tía Carmen, antigua catedrática de Matemáticas, tan estricta como incorruptible. Si alguien pensaba que podía manipularla, estaba equivocado.
Mientras tanto, Javier vivía en otra realidad. Lo supe por un mensaje que envió por error al grupo familiar en WhatsApp, creyendo que se lo mandaba a su amigo.
“En tres meses estoy libre y millonario. Me llevo la mitad de todo y cierro el despacho. Nos compramos algo en Ibiza este verano.”
Borró el mensaje en segundos, pero todos lo habíamos leído. Nadie dijo nada en el chat; el silencio digital fue todavía más elocuente.
El día de la primera vista en el Juzgado de Familia nº 12 de Madrid, Javier se presentó con un traje nuevo y una sonrisa de anuncio. A su lado, Fernando, su abogado, hojeaba una carpeta azul repleta de papeles.
—Marta —saludó Javier, con un tono falsamente cordial—. Ojalá pudiéramos haber evitado esto.
—Siempre se puede evitar lo que no está escrito —respondí, sin alterarme.
Ana me tocó levemente el codo, señal para guardar silencio. Nos llamaron a la sala. El juez, un hombre de unos cincuenta y tantos con gafas finas, repasó primero los datos generales del matrimonio, el régimen económico —gananciales, como es habitual en España— y la petición del demandante.
—Sr. Ruiz —dijo el juez—, su demanda se basa en una valoración patrimonial de la Sra. Delgado de aproximadamente quinientos millones de euros. ¿Confirma esa cifra?
—Sí, señoría —respondió Javier, hinchando un poco el pecho—. Tengo aquí los informes.
Fernando se levantó y colocó sobre la mesa del juez una copia del último informe de valoración de mis empresas… datado de hacía ocho meses.
—Muy bien —replicó el juez—. Entonces vamos a incorporar también la documentación actualizada que aporta la parte demandada.
Ana se levantó despacio y dejó otra carpeta, gris y mucho más gruesa, sobre la mesa.
—En ella se reflejan las operaciones realizadas por la Sra. Delgado antes de la presentación de la demanda —dijo—: constitución de la Fundación Delgado Futuro, dotación patrimonial y nuevo organigrama societario. También un informe pericial que acredita que la Sra. Delgado no es ya titular del patrimonio que el Sr. Ruiz reclama.
Javier frunció el ceño por primera vez. Abrió su copia de la carpeta gris, empezó a pasar hojas y su rostro fue cambiando de color, del rosado satisfecho a un blanco tenso.
—¿Qué es esto? —susurró, mirando a Fernando.
Fernando no respondió. También él había llegado a la página clave:
Patrimonio neto actual de la sociedad de gananciales: 1.200.000 euros (vivienda habitual, un apartamento en Alicante y cuentas corrientes conjuntas).
El juez carraspeó, llamando de nuevo la atención de todos.
—Parece que la fotografía del patrimonio conyugal no es la que la parte actora creía.
Javier me miró entonces como si me viera por primera vez. Y en sus ojos, por fin, apareció lo que llevaba semanas esperando: pánico.
—Esto es un fraude —estalló Javier, incorporándose de golpe—. Ha escondido el dinero para que yo no vea ni un euro.
El juez levantó la mano, imperturbable.
—Siéntese, por favor, Sr. Ruiz. Aquí no estamos para discursos, sino para analizar documentos y fechas.
Fernando tiró suavemente de la manga de Javier para obligarle a sentarse. Yo seguía inmóvil, con las manos entrelazadas sobre la mesa.
—Sra. Cebrián —continuó el juez—, ¿puede aclarar el calendario de las operaciones?
—Por supuesto, señoría —respondió Ana—. Todas las escrituras de donación y dotación de la fundación se otorgaron antes de que el Sr. Ruiz presentara la demanda. La última firma es a las 12:07 del día 14; la demanda entra en el Decanato a las 12:09, según el sello. La Sra. Delgado ha renunciado a la titularidad de las participaciones, que pasan a ser de la fundación, cuyo patronato es independiente y responde ante el Protectorado. La Sra. Delgado solo conserva su salario como presidenta ejecutiva.
—¿Y qué gana ella con eso? —preguntó el juez, ladeando la cabeza.
—Seguridad jurídica —contestó Ana—. Evitar la inestabilidad que podría generar un conflicto personal sobre empresas con miles de empleados. La fundación tiene fines de investigación y becas universitarias. No hay enriquecimiento personal, sino afectación a fines de interés general.
Javier resopló.
—Es absurdo. Hace dos meses era multimillonaria. Ahora resulta que solo tiene un piso y un coche.
—Eso no es exacto —intervino el juez—. Según estos documentos, la mayoría del patrimonio procedía de bienes privativos de la Sra. Delgado, adquiridos antes del matrimonio o heredados. El hecho de que estuvieran a su nombre durante la sociedad de gananciales no los convertía en automáticamente gananciales. Lo que sí es ganancial es lo que ambos han generado desde la boda… y eso es lo que vamos a repartir.
El golpe fue seco, pero limpio. Javier bajó la vista. Sabía perfectamente que, sin mis empresas, su aportación económica al matrimonio no alcanzaba ni de lejos las cifras que pretendía.
Tras un receso, Ana y yo nos encerramos en una pequeña sala para negociar con Fernando.
—Te voy a hablar claro —dijo Ana, mirando al abogado de Javier—. Podéis intentar una acción de reintegración, alegar fraude, lo que queráis. Pero el tiempo no juega a vuestro favor y el Protectorado ya ha informado de que ve correcta la constitución de la fundación. Si lleváis esto a lo contencioso-administrativo, os vais a pasar años litigando.
Fernando suspiró. No era tonto; sabía leer un caso perdido.
—¿Qué proponéis? —preguntó.
Ana deslizó una hoja por la mesa.
—Liquidación amistosa de la sociedad de gananciales: Javier se queda con el apartamento de Alicante, el BMW, 300.000 euros en efectivo y renuncia a cualquier otra reclamación presente o futura sobre la fundación o sobre las empresas. Sin pensión compensatoria para ninguna de las partes. Divorcio por mutuo acuerdo.
—Es una miseria comparado con lo que le corresponde —protestó Javier.
—Es exactamente lo que te corresponde según la ley y según lo que realmente aportaste —respondí, por primera vez mirándole de frente—. Y es lo máximo que voy a ofrecerte.
Hubo un silencio pesado. Por primera vez, se vio el miedo desnudo en sus ojos. Sabía que sus deudas personales —esas que yo había descubierto después, vinculadas a inversiones fallidas y a apuestas online— no podían pagarse con un apartamento en la playa. Había apostado su futuro a una mitad de mi patrimonio que ya no existía para él.
—Firma —susurró Fernando—. Si no, acabarás peor.
Tardó casi un minuto en coger el bolígrafo. Cuando su firma se estampó junto a la mía, sentí algo parecido a un clic interno, como una puerta que se cierra sin posibilidad de vuelta atrás.
Dos meses más tarde, el divorcio por mutuo acuerdo fue inscrito en el Registro Civil. La noticia de la fundación apareció en un par de medios económicos, destacando las becas y los proyectos de investigación que íbamos a financiar en universidades españolas. Nadie habló del divorcio; Javier no era noticia.
Supe por amigos comunes que la supuesta nueva pareja de Javier le había dejado en cuanto entendió que el “millón y medio” era todo lo que tenía, y que buena parte ya estaba comprometida con sus acreedores. Se mudó a un piso de alquiler en Carabanchel y volvió a trabajar jornadas maratonianas en el despacho, esta vez sin fotos de yates en el fondo de pantalla.
Yo, en cambio, seguí yendo cada mañana a la sede de mi grupo, ahora propiedad de la fundación, atravesando el vestíbulo de cristal de La Castellana con la ligereza de quien ya no debe explicaciones a nadie. El último día que llevé el anillo de boda, lo dejé en una caja de seguridad del banco, junto con otros documentos antiguos. Cerré la puerta metálica y, al hacerlo, sentí que también cerraba definitivamente la etapa en la que alguien había pensado que podía planear mi ruina a mis espaldas.
Salí a la calle. Madrid seguía con su ruido habitual de coches, obras y terrazas llenas. Metí las manos en los bolsillos del abrigo y sonreí, no por lo que había protegido, sino porque, al final, la única que no había perdido nada era la misma a la que todos daban por ingenua.



