Cuando Lucía dijo:
—No te veo ya como novio, Diego. Solo como un compañero de piso que paga facturas—
estábamos en la cocina del piso de Lavapiés, en Madrid. Era un martes por la noche, y el vapor de la olla empañaba la ventana mientras ella miraba el móvil, sin levantar la vista.
Yo estaba con la tarjeta de Metro aún en la mano. El cansancio del trabajo me pesaba en los hombros, pero sus palabras no me dolieron como esperaba. Fue más como si por fin encajara una pieza del puzle.
—Perfecto —respondí, apoyando la tarjeta sobre la encimera—. Entonces, a partir de hoy, somos solo compañeros de piso.
Ella levantó los ojos, sorprendida.
—¿Qué? No lo digo así… —balbuceó—. Solo que ya no siento lo mismo. Pero podemos seguir, no quiero que esto sea dramático.
—Tranquila —corté, con voz neutra—. Lo dejamos aquí. Desde hoy, cuentas claras.
Al día siguiente imprimí un nuevo presupuesto del piso. Dividí el alquiler al 50 %, sumé la luz, el gas, el internet. Pegué la hoja en la nevera con el imán del Museo del Prado. Dejé debajo un Bizum pendiente: “Mitad del alquiler – noviembre”.
Lucía lo vio mientras preparaba café.
—¿Esto qué es?
—Lo de compañeros de piso. Pagamos a medias.
—Pero siempre has pagado tú más, porque ganas más.
—Eso era cuando era tu novio. Ahora ya no.
No levantó la voz, pero se le tensó la mandíbula. Aquella semana fue la primera vez, en dos años, que fui al supermercado solo. Compré mis cosas: yogures, pasta integral, pechuga de pollo, cerveza sin alcohol. En el carro cabía de sobra. Cuando llegué a casa, marqué mis productos con un rotulador en el lateral: “D”. Dejé claro qué era mío y qué no.
Lucía empezó a hacer lo mismo. “L” apareció en sus bricks de zumo, en el helado de chocolate, incluso en la mantequilla. Dejamos de cocinar juntos. Compartíamos cocina, pero no comidas. Nos cruzábamos en el pasillo como dos desconocidos que se evitan con educación forzada.
Las noches cambiaron. Antes veíamos series juntos en el sofá, ahora yo me quedaba en mi habitación, con la puerta entornada, hablando por videollamada o revisando una app de citas. Ajusté mi perfil, actualicé fotos, marqué “soltero” con una sensación extraña, pero no desagradable.
Una semana después tenía mi primera cita: una chica llamada Marta, de Vallecas. Quedamos un sábado por la noche en un bar de Malasaña. Me duché temprano, planché una camisa blanca que casi nunca usaba y me perfumé en el baño, con la puerta entreabierta.
Cuando salí al pasillo, abrochándome el último botón del puño, Lucía estaba allí, apoyada en el marco de la puerta del salón, con una manta enredada en la cintura y el mando de la tele en la mano. Me miró de arriba abajo, frunciendo el ceño.
—¿A dónde vas así? —preguntó, con la voz más tensa de lo habitual.
Yo ya tenía las llaves en la mano, el móvil vibrando con un mensaje de Marta: “Estoy llegando 😉”.
Me colgué la chaqueta sobre el brazo, me puse las zapatillas de cuero y avancé hacia la puerta mientras sentía sus ojos clavados en mi espalda. Justo cuando mi mano tocó el pomo, Lucía dio un paso adelante y dijo, esta vez con un filo claro en la voz:
—Diego, contéstame. ¿Con quién vas?
Me giré lentamente, encontrándome su mirada cargada de algo que, dos semanas antes, juraría que ya no existía: una mezcla de celos y miedo.
—Con una cita —respondí, sin adornos—. Con una chica.
El silencio llenó el pasillo. La tele seguía encendida en el salón, con las risas enlatadas de una serie de fondo. Lucía apretó más la manta contra su cuerpo, como si de golpe hiciera frío.
—¿Perdona? ¿Tan rápido? —soltó, alzando una ceja—. Hace dos semanas que lo dejamos.
—Hace bastante más que lo dejamos, solo que tú no lo habías dicho en voz alta —contesté—. Tú misma dijiste que soy solo un compañero de piso. Eso es lo que estoy siendo.
Lucía se acercó un poco, bajando la voz.
—¿Y si te veo llegar con alguien aquí?
—Como cuando antes tú traías a tus amigas a dormir en el sofá o llenabas el salón con tus colegas de la universidad. Es mi casa también.
Ella chasqueó la lengua.
—No es lo mismo.
—Para mí, sí.
Volvió la cara hacia un lado, mordiéndose el labio. Durante un segundo pareció que iba a decir algo más, pero se contuvo.
—Haz lo que quieras —masculló—. Total, eres tan “práctico” para todo…
No respondí. Bajé las escaleras, salí al portal y respiré el aire frío de la noche madrileña. El bar de Malasaña estaba lleno, y la cita con Marta fue sencilla, sin dramatismos: cerveza, tapas, conversaciones de trabajo, música de fondo. Me sorprendió lo fácil que me resultaba reírme sin pensar en la situación de casa.
Volví tarde. Eran cerca de las dos de la mañana cuando abrí la puerta del piso. Las luces estaban apagadas, salvo la del pasillo. El sofá del salón estaba vacío; Lucía no estaba allí. Deduje que se habría ido a dormir. Caminé con cuidado para no hacer ruido y, al pasar frente a su habitación, vi la rendija de luz bajo la puerta. No llamé. Me metí en mi cuarto y cerré con suavidad.
Al día siguiente, el ambiente era otro. Lucía estaba en la cocina, con un café y un cigarrillo en la mano, la ventana abierta pese al frío. Ni siquiera miró el frío que entraba.
—¿Qué tal tu cita? —preguntó, sin rodeos.
Abrí la nevera, cogí mi leche marcada con “D” y me serví.
—Bien —respondí—. Me cayó bien.
Ella soltó una risa seca.
—Te ha dado fuerte la pose de soltero, ¿eh?
—No es una pose. Solo estoy viviendo como lo que soy ahora.
Se giró, apoyando la cadera contra la encimera.
—Yo pensaba… —empezó, dudando—. Creí que, no sé, lo nuestro se enfriaría, que volveríamos a intentarlo con el tiempo. Que esto era… una fase rara.
—No soy una fase rara —dije, sin levantar la voz—. Me dijiste que ya no me veías como novio. Te creí. Estoy actuando en consecuencia.
Sus ojos se llenaron de rabia contenida.
—Siempre tan literal, Diego. Siempre tan lógico. Nunca sientes nada, ¿o qué?
—Sí que siento —contesté—. Pero esta vez, he decidido no quedarme esperando a que se te ocurra quererme otra vez.
El resto del día, apenas hablamos. Lucía se encerró en su habitación con el portátil. Oí de fondo una videollamada, risas, música. Yo salí a correr por el Retiro, despejando la cabeza. En el móvil, Marta me escribió: “Me lo pasé muy bien, cuando quieras repetimos.” Respondí que sí, que a mí también me gustaría.
Esa semana quedé con Marta otra vez, y una tercera con otra chica que había conocido en la app. Empecé a llegar más tarde a casa algunos días, y otras noches simplemente salía con compañeros del trabajo. Cada vez que abría la puerta del piso, notaba que Lucía escuchaba desde su habitación. A veces, cuando me veía entrar con camisa y colonia aún reciente, me lanzaba una mirada rápida, evaluadora, antes de volver al móvil.
Una noche, un viernes, la encontré sentada en el sofá, maquillada, con un vestido negro que conocía bien. Tenía el bolso listo y el abrigo sobre el brazo.
—Yo también tengo una cita —anunció, sin que yo hubiera preguntado.
—Perfecto —respondí, repitiendo la misma palabra de aquella noche en la cocina.
Se mordió la mejilla, como si esa respuesta le molestara.
—Solo para que lo sepas —añadió—. No eres el único al que pueden querer.
No contesté. Ella salió dando un portazo algo más fuerte de lo normal. Pasadas las dos de la madrugada, la oí volver. Risas en el pasillo, pasos tambaleantes, una voz masculina intentando ser discreta. Apagué la luz de mi habitación a propósito, pero escuché cómo abría la puerta de su cuarto y decía en voz baja:
—Pasa, no te preocupes, mi compañero está dormido.
Me quedé mirando al techo, en la oscuridad, mientras el murmullo ahogado de su risa atravesaba la pared fina del piso.
Las semanas siguientes convirtieron el piso en un escenario silencioso de competencia. Nunca lo hablamos en esos términos, pero se notaba. Había noches que yo salía, noches que salía ella, y otras en las que los dos coincidíamos arreglados en el pasillo, cruzándonos como desconocidos que comparten espejo.
Un domingo por la mañana, mientras fregaba mis propios platos en la cocina, vi sobre la mesa el contrato del piso. Estaba abierto por la última página, donde figuraban nuestros dos nombres. Encima, un boli. Lucía apareció en el marco de la puerta, en pijama, el pelo recogido en un moño desordenado.
—Tenemos que hablar del piso —dijo, sin rodeos.
—Adelante.
—Esto no es normal, Diego. Ni sano ni nada.
—No estoy poniendo adjetivos —respondí—. Solo estamos cumpliendo lo que tú planteaste.
Se sentó frente a mí, con una taza de té.
—No imaginé que lo tomarías tan al pie de la letra. Pensé que, no sé, lo hablaríamos más.
—Llevamos meses sin hablar de verdad —dije—. Antes de que lo dijeras, ya estábamos en piloto automático.
Lucía se quedó callada un momento, mirando el contrato.
—¿Estás… con alguien? De verdad, digo.
—Estoy conociendo a alguien —respondí, pensando en Marta—. Vamos poco a poco.
Asintió muy despacio.
—Y… ¿es serio?
—Puede que lo sea.
Sus dedos jugaron con la cucharilla, golpeando suavemente la taza.
—Yo me equivoqué —soltó, de golpe—. Pensé que si decía lo de “compañero de piso” te… sacudirías, no sé. Que reaccionarías, que pelearías por mí.
La miré sin dramatismo.
—Pues me sacudió, sí. Pero en otra dirección. Entendí el mensaje literal.
Se le humedecieron los ojos, pero los secó rápido con el dorso de la mano.
—No pensé que fueras capaz de seguir sin mí tan… tranquilo.
—No es tranquilidad —aclaré—. Es que estoy cansado de luchar solo.
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Menos tenso, más pesado. Lucía suspiró.
—Creo que debería irme yo del piso —dijo—. Fui yo quien estropeó esto.
—No se trata de culpa —contesté—. Se trata de que así, ninguno de los dos está bien.
Quedamos en que, cuando acabara el curso universitario en junio, ella buscaría habitación con unas amigas y yo me quedaría en el piso, asumiendo de nuevo el alquiler completo, pero ya por decisión propia. Mientras tanto, seguiríamos como hasta entonces, aunque con una claridad nueva: teníamos fecha de caducidad como convivientes.
En esos meses, mi relación con Marta se fue consolidando. Empezó a venir al piso algunos fines de semana. Yo le había contado, sin adornos, que compartía piso con mi ex. La primera vez que Marta y Lucía coincidieron fue en la cocina, un sábado al mediodía. Yo estaba preparando café.
—Hola, soy Marta —saludó ella, cordial, tendiendo la mano.
—Lucía —respondió mi ex, estrechándola—. Compañera de piso de Diego.
No hubo comentarios irónicos ni miradas venenosas. Solo una tensión contenida, pero manejable. Con el tiempo, esa tensión se volvió más neutra. A veces, incluso compartían algún comentario sobre el clima o el tráfico.
El día que Lucía se fue definitivamente del piso fue a finales de junio. Hacía un calor seco, típico de Madrid. Las cajas se apilaban junto a la puerta. Sus padres habían bajado ya algunas cosas al coche. Ella se quedó un momento sola conmigo en el salón casi vacío.
—Cuando te dije aquello en la cocina… —empezó—, nunca pensé que sería el principio del final.
—Para mí fue el final de algo que ya estaba terminado hace tiempo —dije—, y el inicio de otra cosa.
Asintió, sin discutir.
—Te veía como una especie de… salvavidas. Alguien que siempre estaría ahí. Me acostumbré demasiado a eso.
—Y yo me acostumbré a aguantar —respondí—. Ahora estamos los dos aprendiendo otra cosa.
Se acercó y me abrazó, breve. No fue un abrazo de pareja, ni de reconciliación. Fue un gesto de despedida.
—Espero que seas feliz con Marta —murmuró—. De verdad.
—Y yo espero que tú también lo seas, Lucía.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, el piso quedó en silencio. Me quedé un rato en medio del salón, mirando el hueco donde antes estaba el sofá. No sentí euforia ni tristeza desbordada. Solo una calma extraña, nueva.
Esa noche, Marta vino con una botella de vino barato y dos vasos.
—Por tu piso nuevo-viejo —bromeó, chocando su vaso con el mío.
Mientras brindábamos en la cocina, mirando la hoja de gastos pegada aún en la nevera, pensé en lo que había cambiado todo desde aquella frase: “Solo te veo como un compañero de piso”. Había sido, al final, la puerta de salida que ninguno de los dos se atrevía a abrir.
No hubo reconciliación milagrosa ni gran escena dramática. Solo dos personas que, al tratarse como simples compañeros de piso, descubrieron que ya no eran nada más. Y, a partir de ahí, cada uno siguió su camino.



