Todavía estaba en la oficina cuando vibró el móvil. Miré la pantalla: un mensaje de Laura.
“Cariño, he chocado tu coche. No te enfades, ¿vale? Conducía mi ex y solo estábamos poniéndonos al día.”
Me quedé inmóvil. Volví a leerlo, fijándome solo en dos palabras: “mi ex”.
Tragué saliva y escribí lo único que me salió.
“¿Estáis bien?”
Tardó en contestar.
“Sí, estamos bien. Ha sido solo chapa, creo. Estamos en la glorieta de Bilbao. Ven si puedes.”
Luego llegaron las fotos: el frontal del SEAT León hundido, el airbag abierto, trozos de plástico por el suelo. Aquello no parecía “solo chapa”.
Eran casi las ocho de la tarde, viernes, Madrid atascado. Sabía que tardaría una eternidad en llegar. Apreté la mandíbula y la llamé.
—¿Qué ha pasado? —solté, sin saludo.
—Nada, que Sergio ha insistido en llevarme a casa con tu coche y un tío ha frenado de golpe delante —dijo—. La policía ya está aquí. Dicen que la culpa es suya por no guardar la distancia. ¿Llamas tú al seguro?
Escuchar el nombre de Sergio me dio un vuelco en el estómago. El ex del que tanto hablaba como “amigo”, el que yo no quería cerca de nuestra relación, acababa de estrellar mi coche.
Abrí la carpeta escaneada de la póliza en el correo. Recordé la frase del agente: “Solo los conductores autorizados, Javier. Si otro conduce, responde con su bolsillo”.
Entré en la app de la aseguradora y marqué el número de asistencia. El tono sonó dos veces antes de que contestaran.
—Buenas tardes, Mutua Madrileña, ¿en qué puedo ayudarle? —dijo una voz tranquila.
—Han tenido un accidente con mi coche —expliqué—. Lo conducía el ex de mi pareja. No está autorizado en la póliza y quiero que conste desde el principio.
Escuché cómo tecleaba.
—De acuerdo, Javier —respondió—. En estos casos cubrimos al tercero, pero la compañía puede reclamar después al conductor no autorizado. Por los daños que nos indica la grúa, podríamos llegar a reclamar unos cuarenta mil euros.
Noté un cosquilleo extraño en el pecho. Imaginé la cara de Sergio cuando recibiera una carta con esa cifra.
—Solo necesito que me confirme —añadió la operadora—: ¿quiere que iniciemos el procedimiento contra el conductor que figura en el atestado?
Miré de nuevo la foto del coche destrozado en la pantalla, mientras el nombre de Sergio daba vueltas en mi cabeza. Sentí cómo una parte de mí pedía decir que sí, muy despacio.
Al final no lo pensé demasiado.
—Sí —dije al teléfono—. Adelante.
La operadora volvió a leer mis datos, me pidió la matrícula y confirmó que en el parte figuraba Sergio como conductor. Cuando colgué, el despacho me pareció más pequeño. Guardé el móvil en el bolsillo y, por primera vez en mucho tiempo, apagué el ordenador sin revisar el correo.
En el metro de vuelta a casa, Laura me mandó otro mensaje: “Gracias por ocuparte de todo. Perdón por el susto. Te quiero”. Lo leí tres veces, sin saber muy bien qué sentía ya por esas cuatro palabras.
Cuando entró por la puerta del piso de Chamberí, venía pálida y ojerosa. Dejó las llaves en el cuenco de la entrada y el abrigo tirado en la silla.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Podría estar mejor —respondió, intentando sonreír—. Ha sido un show. El del BMW casi se come a Sergio. Y los municipales, pesados con los papeles…
—Ya. —Crucé los brazos—. Explícame por qué tu ex iba conduciendo mi coche.
Se quedó unos segundos callada.
—Estábamos tomando un café, hablando de cosas pendientes —dijo al fin—. Me vio cansada, dijo que así me relajaba, que solo eran diez minutos hasta casa. No pensé que pasaría nada.
—Pues ha pasado —repliqué—. Y bastante gordo.
Se sentó en el sofá, me miró con una mezcla de culpa y defensa.
—Podrías haber dicho que conducías tú —soltó—. O que yo. Así el seguro no le iría a por él.
Me eché hacia atrás, incrédulo.
—¿Me estás pidiendo que mienta a mi aseguradora para salvarle el culo a tu ex?
—Te estoy pidiendo que no le arruines la vida —subió el tono—. No lo ha hecho aposta.
—Yo tampoco —dije—. Solo he contado la verdad.
El silencio que se sentó entre los dos fue nuevo, frío. No era la típica discusión por dejar platos en el fregadero. Era otra cosa.
Los días siguientes fueron una sucesión de mensajes secos. Ella, ocupada con “reuniones”; yo, con el coche en el taller y el abono transporte recién cargado. Hasta que, a mediodía, me llegó una foto al móvil: un burofax con el sello de la aseguradora, una cantidad en números grandes y vocabulario jurídico.
“Le reclaman 40.327 euros. Está histérico. Dice que eres un cabrón”, escribió Laura debajo.
Esa noche, cuando volvió, no esperó ni a quitarse los zapatos.
—¿Tú disfrutas con esto? —me soltó—. ¿Te hace feliz ver cómo van a por él?
—Disfrutar no es la palabra —respondí—. Pero alguien tenía que pagar ese golpe, y no voy a ser yo. Si tanto te preocupaba Sergio, no deberías haberle dejado el volante.
—Siempre le has tenido manía —replicó—. Nunca quisiste entender que ahora solo era un amigo.
La miré, cansado.
—Un amigo que te convence para que me ocultes cosas y que ahora conduce mi coche sin permiso. Perfecto.
Se encerró en la habitación y pasó allí la noche, escribiendo furiosa en el móvil. Yo dormí en el sofá, mirando el techo y escuchando el vibrar constante de sus mensajes.
Una semana después, recibí la llamada del abogado de la aseguradora. Iban a ejercer el derecho de repetición, Sergio se negaba a pagar y habría juicio. Necesitaban mi declaración como testigo.
Colgué y vi varios mensajes de un número desconocido en WhatsApp. Foto de perfil: un tipo moreno, tatuajes en el antebrazo, sonrisa de discoteca. No hizo falta pensar mucho para saber quién era.
“Valiente rata”, decía el primero. “No sabes con quién te metes”.
En el segundo mensaje había una captura de pantalla de un chat. Arriba, su nombre: Sergio. Abajo, el mensaje de Laura, de hacía apenas dos meses:
“Anoche ha sido increíble. No puedo dejar a Javier todavía, pero te echo tanto de menos”.
El tercer mensaje llegó un segundo después:
“Si quieres guerra, la vas a tener. Pregúntale a tu novia dónde durmió de verdad esas noches con ‘la amiga’.”
Me quedé mirando aquellas líneas hasta que la pantalla se apagó sola, con la sensación clara de que el accidente era ya solo el detonante de algo mucho más roto.
Esa noche, cuando Laura llegó, seguía sin saber si quería gritar, llorar o simplemente hacer la maleta por ella. La escuché entrar, dejar el abrigo, ir directa a la cocina.
—Tenemos que hablar —dije desde la mesa, el móvil boca abajo.
—Si es otra vez por Sergio y el juicio, de verdad que no puedo más —bufó, abriendo la nevera.
Le di la vuelta al teléfono y le enseñé la pantalla con la captura que me había mandado él. Ella se quedó quieta, la puerta de la nevera abierta, el motor zumbando de fondo.
—Explícame esto —pedí, sin levantar la voz.
Tardó unos segundos en reaccionar. Cerró la nevera, cogió el móvil con manos temblorosas.
—Es… es cosa suya —balbuceó—. Lo habrá editado, tú no le conoces…
—Laura —la corté—. Conozco tu forma de escribir. Y la fecha. Hace dos meses.
Se dejó caer en la silla frente a mí. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no apartó la vista.
—Fue una vez —susurró—. Bueno… un par. Yo estaba hecha un lío, tú solo pensabas en el trabajo, él apareció y… No sé qué quieres que te diga.
Sentí una calma extraña, casi clínica.
—Quiero que me digas si has terminado con él.
Se quedó callada. Ese silencio fue respuesta suficiente.
Me levanté.
—Vale. Pues esto se ha acabado. El coche, el juicio, tú y yo. Todo.
—¿Y ya está? —saltó—. ¿Te crees perfecto? ¿No ves que lo del seguro ha sido tu venganza?
—Lo del seguro fue antes de saber nada —respondí—. Fue simplemente decidir quién tenía que hacerse cargo de sus actos. Y ahora estoy haciendo lo mismo contigo.
No hubo más gritos. Al día siguiente, Laura metió ropa en dos maletas, cogió su planta favorita del salón y se fue a casa de su hermana en Vallecas. No nos bloqueamos en redes; simplemente dejamos de escribirnos.
El juicio llegó tres meses después. Primer Juzgado de Primera Instancia de Madrid, un edificio gris, pasillos largos con bancos de madera. Sergio estaba allí, traje barato, el tatuaje asomando por el cuello de la camisa. Me miró al entrar con una mezcla de odio y desafío.
Declaré lo que había pasado: que yo era el titular del vehículo, que Sergio no figuraba en la póliza, que tenía constancia de que conducía él porque así lo había indicado la policía, porque Laura me lo había dicho por teléfono y porque él mismo firmó el parte amistoso. El abogado de Sergio intentó retorcer las preguntas, sugirió que yo quería “perseguir personalmente” a su cliente. El juez bostezó discretamente.
La aseguradora aportó fotos, informes periciales, el atestado de la Guardia Civil. En una de las bancadas, un hombre con traje caro, probablemente el del BMW, observaba en silencio.
La sentencia llegó por correo un mes después: se estimaba íntegramente la demanda de la compañía. Sergio debía pagar los más de cuarenta mil euros de daños, más intereses y costas. Le embargarían parte del sueldo durante años.
Me enteré, por amigos comunes, de cómo le iba. Vendió su moto, el coche que tenía a su nombre y volvió al piso de sus padres en Alcorcón. Él y Laura lo intentaron unos meses, pero las broncas por el dinero, por “el juicio de tu ex” y por todo lo demás acabaron rompiéndolo también.
Un domingo por la tarde, mientras preparaba pasta en mi cocina ya ordenada a mi manera, recibí un correo de Laura. No un mensaje, sino un texto largo, con párrafos y disculpas. Decía que aceptaba su parte de culpa, que Sergio no era el monstruo que yo quería ver ni el héroe que ella había imaginado, que sentía haber mezclado mi coche, nuestra casa y su nostalgia en la misma coctelera.
Lo leí entero. No contesté.
Con el tiempo, ahorré lo suficiente para comprar otro coche, más modesto. El día que pasé de nuevo por la glorieta de Bilbao al volante, el tráfico era el de siempre: claxon, motos colándose entre coches, un repartidor insultando a un taxista.
Miré de reojo el punto donde, meses antes, habían recogido mi León destrozado. No sentí victoria ni pena. Solo la sensación de haber firmado, paso a paso, el final de una historia que llevaba tiempo fracturada.
El semáforo se puso en verde. Metí primera y seguí adelante.



