Mi hija puso los ojos en blanco en cuanto crucé la puerta de la sala. Ese gesto rápido, casi imperceptible para los demás, fue suficiente para decirme todo lo que necesitaba saber: vergüenza, rabia, cansancio de mí. De nosotros. Lucía se giró hacia el fiscal como si yo fuera una molestia más, al nivel del murmullo de los periodistas al fondo.
El suelo de mármol del Juzgado de Menores de Madrid amplificaba cada paso que daba. Llevaba los tacones más discretos que tenía, pero aún así me parecieron demasiado ruidosos. Caminé hacia el banco reservado al público, procurando no mirar a nadie a los ojos. Había aprendido hace años que las miradas reconocen más rápido que la memoria.
Entonces vi al juez.
El magistrado Joaquín Mérida estaba inclinándose hacia la secretaria judicial para firmar unos papeles cuando levantó la vista, distraído, y me vio avanzar entre los bancos. Primero frunció el ceño como quien intenta enfocar mejor. Luego palideció. La pluma se le escapó de los dedos y cayó sobre el estrado, manchando el papel con una mancha de tinta azul.
Sus labios se movieron apenas.
—¿Es… ella? —susurró, pero el micrófono abierto, destinado a proyectar la voz de la autoridad, traicionó su intención.
El murmullo en la sala se cortó de golpe. El guardia civil en la puerta se irguió, tenso. La madre del chico agredido, sentada en primera fila, me miró por primera vez con atención, como si hasta ese momento solo hubiera sido parte del decorado.
Lucía se dio la vuelta hacia mí, confundida, el gesto de hastío borrado de golpe. Su mirada fue de mi cara al juez, y del juez a mí, tratando de encajar piezas de un puzle que yo jamás le había dejado ver completo.
Yo me quedé quieta, a medio camino entre la puerta y el banco, como si el suelo se hubiese convertido en hielo fino. No dije nada. Solo incliné ligeramente la cabeza, un gesto mínimo que el juez entendió al instante.
—Se suspende la vista cinco minutos —dijo de pronto, la voz más áspera de lo normal—. Que se despeje la sala. Ahora.
El fiscal abrió la boca para protestar, pero se contuvo cuando vio la expresión del magistrado. Los periodistas comenzaron a levantarse a regañadientes. La familia del denunciante murmuraba algo sobre favoritismos y falta de respeto.
Yo seguía sin moverme.
El juez se levantó, rodeó el estrado y bajó los peldaños con una rapidez que no encajaba con su edad ni con su traje demasiado entallado. Se acercó a mí hasta quedar a un paso, tan cerca que pude oler el rastro metálico de la tinta en sus dedos.
—Nuria Gálvez… —susurró—. Creíamos que estabas muerta.
La puerta de la sala se cerró de golpe detrás de nosotros. Dentro, sin testigos, la máscara de juez se le resquebrajó por un segundo. Yo sonreí, apenas.
—Pues parece que no.
Y en ese instante, comprendí que toda la sala, incluida mi propia hija, estaba a punto de descubrir quién era realmente la mujer que había venido a “apoyar” a la acusada.
El nombre que había pronunciado el juez llevaba diez años enterrado.
En los expedientes de la Audiencia Nacional, yo era “la testigo clave”. En los periódicos de entonces, “la contable fantasma de la Trama del Estrecho”. Para el Ministerio del Interior, durante un tiempo, fui un número de expediente en el programa de protección de testigos. Para Lucía, simplemente era “mamá”, la administrativa que llegaba cansada a casa, que vivía en un piso de alquiler en Vallecas y que evitaba hablar del pasado.
El juez Joaquín Mérida apretó la mandíbula, me miró como si estuviera viendo un fantasma.
—¿Cómo has osado entrar aquí con ese nombre falso? —murmuró, bajando la voz aún más—. ¿Qué pretendes, Nuria?
—Proteger a mi hija —respondí—. Igual que hace diez años protegí a tu carrera.
Él cerró los ojos un segundo. Recordaba. En aquella época, Mérida era solo un joven fiscal que se jugó mucho respaldando mi testimonio. Gracias a mis cuentas, a mis correos, a mis grabaciones, cayeron un ministro, tres constructores, dos alcaldes y media docena de empresarios. Gracias a su empeño, el caso no se archivó cuando empezaron las presiones.
También por eso intentaron matarme.
El coche bomba en un garaje de Leganés no me mató, pero casi. Para la prensa, bastó el coche calcinado y un cadáver irreconocible para dar por cerrada la historia. Para Interior, fue una oportunidad excelente: la testigo se daba por muerta y el problema desaparecía. Para mí, fue una resurrección obligada con otra identidad, otro apellido, otra ciudad.
Hasta que Lucía.
El expediente de mi hija era delgado, pero pesado. Diecisiete años, sin antecedentes, buena estudiante. Acusada de haber empujado por las escaleras a un compañero de clase, Diego Altayo, causándole un traumatismo craneoencefálico. El hijo del exministro de Fomento, Joaquín Altayo: uno de los hombres que no llegó a entrar en prisión a pesar de mi testimonio, porque alguien perdió unas pruebas por el camino.
—Diego llevaba meses acosándola —dije, mirando al juez—. Mensajes, vídeos, fotos. Sabes cómo va esto. Su padre paga, el colegio mira para otro lado, el chico aprende que no le pasa nada.
—Eso no justifica… —empezó.
—No vengo a justificar nada —lo interrumpí—. Vengo a recordarte quiénes son esta vez los que se sientan a mi lado, y quién está al otro lado de la sala.
Porque el abogado del denunciante, ese hombre de traje caro que lucía el pin del partido de moda en la solapa, había sido asesor jurídico del exministro. El fiscal que pedía tres años de internamiento para mi hija había trabajado, casualmente, en la unidad que había archivado una de las piezas de la vieja trama.
Lucía nunca supo que, cuando me enseñó el primer mensaje humillante de Diego, yo ya reconocí el apellido. Tampoco supo que yo no la frené lo suficiente. Que, cuando me contó entre lágrimas que pensaba “hacer algo”, yo, en vez de llevarla a la policía, le hablé de límites y de miedo, pero también de no dejarse pisar.
De los tres, solo escuchó lo que quiso.
Mérida me miró largo rato, como si intentara decidir si yo era la misma mujer que una vez había confiado en él.
—Si eres oficialmente una muerta, no deberías estar aquí —dijo al fin—. Podría detenerte por fraude de identidad. Por obstrucción. Por…
—Podrías —asentí—. O podrías preguntarte por qué he elegido precisamente este juicio para salir de la tumba.
Sus ojos, cansados, buscaron algo en los míos.
—¿Qué has hecho, Nuria?
—He hecho lo que siempre he hecho —respondí—: contar. Guardar. Esperar.
Saqué del bolso una memoria USB diminuta, del tamaño de una uña, y la dejé sobre la mesa auxiliar junto al estrado.
—Ahí dentro está lo que faltaba hace diez años —susurré—. Las cuentas que se perdieron, los correos que nunca llegaron a tu despacho, las transferencias a los jueces que archivaron piezas del caso. Incluyendo el nombre de quien te frenó a ti.
El juez extendió la mano, temblorosa, pero no la tocó.
—Si la fiscalía mantiene la acusación contra Lucía —continué—, mañana esa memoria no estará en tu mano. Estará en los correos de tres periódicos, dos radios y un medio digital que vive de hacer sangre.
Mérida respiró hondo. Al otro lado de la puerta, se oía el murmullo de la sala aguardando.
—Me estás chantajeando —dijo.
—No —respondí, con calma—. Solo te estoy ofreciendo la oportunidad de elegir quién se hunde esta vez.
El juez apretó los labios. Sus ojos recorrieron la memoria, mi cara, la puerta.
—Volvamos a la sala —ordenó al fin—. Pero entiéndelo bien, Nuria: si haces esto mal, esta vez caeréis tú y tu hija.
—No pienso caer —dije—. No vine aquí para eso.
Y cuando se abrió de nuevo la puerta de la sala y los presentes volvieron a sus sitios, supe que la verdadera vista no era la de menores, sino la que se celebraba en silencio entre el juez y yo.
El juez recuperó la compostura con una habilidad que solo dan los años de estrado.
—Se reanuda la sesión —anunció, como si los últimos minutos no hubiesen existido—. Que conste en acta que el retraso ha sido debido a cuestiones organizativas del tribunal.
Lucía me miró con el ceño fruncido. Yo me senté en la segunda fila, justo detrás de ella, donde podía ver su nuca tensa y sus manos entrelazadas sobre las rodillas. No sabía nada de pendrives, tramas, ministros ni coches bomba. Solo sabía que su futuro inmediato dependía de lo que dijeran unos adultos desconocidos.
El fiscal se levantó para mantener su escrito de acusación. Habló de violencia injustificada, de peligro, de consecuencias. Describió el empujón como si hubiera sido un intento calculado de matar, no un arrebato de una adolescente acorralada en una escalera sin cámaras. El abogado de la familia Altayo añadió dramatismo: el “hijo ejemplar” en coma inducido, las secuelas futuras, el sufrimiento de unos padres destrozados.
La madre de Diego lloraba en silencio, cuidando de no emborronar el maquillaje. Su marido, el exministro, no estaba presente; prefería mover los hilos desde despachos más cómodos.
Cuando tocó el turno de la defensa de Lucía, su abogada, una joven del turno de oficio con más ojeras que experiencia, empezó a titubear leyendo sus notas. Iba a ser un desastre. La vi buscar indulgencia en el juez, sin saber con quién estaba hablando realmente.
No podía dejar que todo dependiera de ella.
Cuando el juez anunció el final de los alegatos y la sala se quedó en ese silencio espeso que precede a las decisiones, me levanté sin esperar turno.
—Señoría —dije.
La abogada giró la cabeza, horrorizada. El fiscal resopló. La secretaria judicial levantó la vista, alerta.
—Señora, debe sentarse —dijo el juez, con voz neutra.
—Me llamo Nuria Gálvez —respondí, lo bastante alto para que los periodistas en el fondo pudieran escucharlo—. Y hace diez años declaré en la Audiencia Nacional contra la red de corrupción en la que estaba implicado el padre del denunciante.
Un siseo recorrió la sala. El apellido “Gálvez” todavía significaba algo para los pocos que no habían olvidado. Algunos periodistas empezaron a teclear a toda velocidad. La madre de Diego se giró hacia mí, atónita.
El juez me miró como si me estuviera clavando a la silla, pero no ordenó desalojarme. Sabía que cualquier gesto brusco levantaría más sospechas.
—Lo que la señora afirma no consta en este procedimiento —dijo, con frialdad—. Si insiste en alterar el orden de la sala, me veré obligado a expulsarla.
Yo asentí, como si me rindiera. Y en ese gesto de aparente sumisión, saqué del bolso el segundo pendrive. Otro, idéntico al que reposaba en ese momento oculto en su bolsillo interior. Nadie más lo sabía.
—Entonces me marcharé —dije—. Pero antes de salir, quiero que conste también que, pase lo que pase hoy, esta información no va a desaparecer otra vez.
Alcé la memoria USB entre dos dedos, apenas un segundo. Suficiente para que los fotógrafos la captaran. Suficiente para que la madre de Diego, pálida, entendiera que aquello no era un simple arrebato de una madre histérica. Suficiente para que el fiscal, que también había merodeado por ciertos despachos en el pasado, empalideciera.
El juez pidió un receso inesperado “para deliberación”. Esta vez no pudo echar a la gente de la sala; habría parecido demasiado extraño. Se retiró con el fiscal y la defensa al despacho contiguo.
Yo no fui llamada. No hacía falta. Ya había hablado lo suficiente.
En aquel pequeño despacho, lo sabía, no se discutirían solo los hechos de la escalera del instituto. Se hablaría de titulares, de carreras, de filtraciones. El fiscal, que había entrado convencido de pedir el internamiento de una menor, saldría calculando cuánto daño le haría a su currículum que de repente reapareciera la “contable fantasma” con pruebas nuevas. Mérida decidiría cuánto estaba dispuesto a sacrificar esta vez, y cuánto quería seguir siendo juez.
No tuve que esperar mucho.
Cuando regresaron, el juez no miró ni al fiscal ni a mí. Miró directamente a Lucía.
—Tras valorar las pruebas, las declaraciones y las circunstancias personales de la acusada —empezó—, este tribunal considera que no ha quedado acreditada la intención de causar un daño grave al denunciante. Entendemos los hechos como un resultado desgraciado de una situación de acoso continuado que este tribunal considera probado.
Hizo una pausa.
—Se absuelve a la menor de los delitos que se le imputaban. Se remiten las actuaciones a Fiscalía de Sala para valorar posibles acciones en relación con el centro educativo y con el denunciante por los hechos de acoso.
El murmullo esta vez fue ensordecedor. La madre de Diego se levantó gritando, acusando de venderse, de prevaricar, de favoritismo. El nombre de su marido flotaba sin pronunciarse, pesado. Los periodistas ya no sabían a dónde apuntar sus móviles: a Lucía, llorando en silencio; a mí, tan quieta como siempre; o al juez, cuya sentencia se alejaba escandalosamente de la petición inicial del fiscal.
Mérida levantó la sesión con golpecitos secos de mazo. Antes de levantarse, me lanzó una mirada breve y dura. En ella no había gratitud ni simpatía. Solo reconocimiento.
Entendía el trato.
En los días siguientes, algunos medios publicaron tímidas notas sobre “la reaparición de una antigua testigo clave en casos de corrupción”. Se insinuó que podía haber nuevas revelaciones, pero no llegaron. No todavía. El pendrive que mostré en la sala estaba vacío. El verdadero seguía bien guardado donde yo lo quería.
Lucía, absuelta, me observaba de manera distinta. No sabía exactamente qué había pasado, pero intuía que su libertad no había sido un simple golpe de suerte judicial. Entre nosotras se abrió un hueco nuevo: no solo el de madre e hija, sino el de cómplice y testigo involuntaria.
—¿Quién eres realmente? —me preguntó una noche, en la cocina, mientras el agua hervía para la cena.
La miré largo rato, midiendo las palabras. Entonces sonreí, cansada.
—Soy la mujer que se asegura de que no vuelvan a pisarte —respondí—. Y que, cuando lo intenten, tengan más que perder que tú.
No fue una promesa de justicia. Fue una declaración de estrategia.
Porque el juez Mérida sabía que yo seguía viva. El exministro sabía que su pasado estaba, por fin, en manos de alguien que ya no creía en salvadores con toga. Y Lucía empezaba a comprender que el mundo no se dividía en buenos y malos, sino en quienes sabían usar la información y quienes no.
El resto del país, como siempre, seguiría fingiendo sorpresa cuando saliera otro escándalo por la tele.
Yo no necesitaba aplausos. Ni redención. Ni venganza limpia.
Solo necesitaba que, cada vez que alguien pronunciara mi nombre en un despacho cerrado, bajara la voz.



