Mi esposa desapareció tres días.
Ni un mensaje, ni una llamada, nada.
El primer día pensé que había habido un accidente. Llamé a Urgencias, a hospitales de media Madrid, incluso a la comisaría de Atocha por si había habido algún incidente en el metro. Nadie sabía nada de Clara Roldán, treinta y cinco años, publicista, pelo castaño hasta los hombros y una manía desesperante de dejar el móvil sin batería.
El segundo día empecé a pensar en otras cosas. En aquel mensaje borroso que vi de reojo en su móvil, el “nos vemos en cuanto puedas” de un tal “M”. En las últimas semanas, en su forma de apartar la mano cuando intentaba abrazarla en el sofá. Dormíamos espalda con espalda. Yo me repetía que era una mala racha, nada más.
La policía me dijo que hasta pasadas 72 horas poco podían hacer. “Seguro que aparece, señor Martín, habrá tenido algún problema personal.” Su tono dejaba claro que, para ellos, Clara era una adulta y mi preocupación, exagerada.
Esa misma tarde llamé a un detective privado. Carlos Jiménez, despacho pequeño cerca de Plaza de Castilla, café horrible y mirada que lo escaneaba todo.
—¿Sospecha de alguien en concreto? —me preguntó, sin rodeos.
—De un tal “M”. No sé quién es. Y de mí mismo, por no haberme dado cuenta antes —respondí.
Le di fotos, direcciones, el número de su DNI, hasta la matrícula de su coche. Carlos asintió, tomó notas y me dijo que me avisaría en cuanto tuviera algo.
El tercer día, a las seis y media de la tarde, sonó el timbre. Era él, con una carpeta azul y cara de haber dormido poco.
—La he encontrado —dijo, entrando en el salón sin ceremonias—. Ha estado en Valencia. No sola.
Extendió sobre la mesa un puñado de fotos en color. Clara bajando del AVE en Joaquín Sorolla. Clara entrando en un hotel pequeño del Carmen del brazo de un hombre moreno. Clara riéndose en una terraza, una copa de vino en la mano. Clara apoyando la cabeza en el hombro de ese mismo hombre.
Noté cómo algo dentro de mí hacía clic, como si una pieza se hubiera roto definitivamente. No grité. No lloré. Sólo sentí una calma fría.
—¿Nombre? —pregunté.
—Miguel Ferrer. Arquitecto. Vive en Valencia. Hay más en el informe —dijo Carlos, señalando la carpeta.
Lo pagué, firmé el recibo sin leerlo siquiera y, cuando se fue, abrí el cajón del escritorio. Las demandas de divorcio llevaban semanas allí, redactadas por mi abogado “por si acaso”. Esa noche sólo añadí la fecha y mi firma.
Clara volvió a las once y pico. La cerradura giró y el olor a tabaco de la escalera se coló en el piso.
Entró como si volviera del gimnasio, con vaqueros, camiseta blanca y el pelo recogido en un moño descuidado. Me miró, dejó el bolso en la silla y dijo, sin preámbulos:
—No te debo explicaciones, Luis.
Me levanté despacio del sofá, sin apartar la vista de ella.
—Tienes razón —respondí.
Saqué la carpeta con el membrete del bufete y el informe del detective y se los tendí. Primero cogió los papeles del divorcio; sonrió con incredulidad. Luego vio las fotos que asomaban por detrás, en blanco y negro.
Su cara cambió como si le hubieran apagado la luz por dentro. Los hombros se le hundieron, la boca se le abrió apenas.
—¿Qué… qué es esto? —susurró, pasando páginas.
—Tres días resumidos —dije—. Sin juicios. Sólo hechos.
Cuando llegó a una foto en concreto, una de ella y Miguel saliendo de un edificio oficial con un letrero de “Agencia Tributaria” al fondo, se quedó helada. Sus dedos temblaron sobre el papel.
—Luis… esto no puedes enseñárselo a nadie —murmuró, de repente pálida—. Si alguien más ve estas fotos, no seré yo quien lo pierda todo. Serás tú.
Y, por primera vez en tres días, fui yo quien se quedó sin palabras.
—¿Qué estás diciendo? —pregunté, arrebatándole una de las fotos para mirarla mejor.
Era Clara, con gafas de sol, el pelo suelto, junto a Miguel. Salían de un edificio moderno, de cristal, con el logo de la Agencia Tributaria bien visible sobre la puerta. Él llevaba una carpeta negra bajo el brazo; ella, el mismo bolso que ahora estaba tirado en nuestra silla del comedor.
—Creía que te ibas de viaje con… con tu amante —escupí la palabra—. Pero parece que tenías otra cita.
Clara dejó los papeles sobre la mesa, con cuidado, como si estuviera desactivando una bomba.
—Miguel no es sólo mi amante —dijo, sin mirarme—. Es inspector de Hacienda.
Sentí un pinchazo en la nuca.
—¿Inspector? —repetí, como un eco.
—Sí. Nos reencontramos hace meses, en una comida de antiguos alumnos. Empezamos a hablar… y no sólo de nosotros.
La miré sin entender. El salón parecía más pequeño, el reloj de la pared marcaba las once y cuarenta, cada tic-tac golpeando el aire.
—¿Hablar de qué? —pregunté.
—De tu trabajo, Luis.
Me reí, una carcajada seca.
—¿De mi trabajo? Soy asesor fiscal, no narcotraficante.
—Precisamente —respondió ella, alzando por fin la mirada—. ¿Te acuerdas de hace tres años, cuando te pedí que no mezclaras mis ahorros con tus “operaciones creativas”? ¿Cuando firmé papeles que no entendía porque me dijiste que “era sólo un trámite”?
Un sudor frío me recorrió la espalda. Recordaba esos papeles. Fondos de inversión en Luxemburgo, empresas pantalla con nombres neutros, clientes que preferían que parte de su dinero “no existiera”.
—Todo es legal —murmuré—. Optimización fiscal. Lo sabes.
—Lo sabía porque te creía —replicó—. Hasta que empecé a leer por mi cuenta. Hasta que vi extractos con mi nombre en cuentas que yo no había abierto. Empresas donde figuraba como administradora sin tener ni idea. Y un día conocí a Miguel y le pregunté, “off the record”, qué pasaba si alguien denunciaba algo así.
Me quedé quieto. El zumbido del frigorífico llenó el silencio.
—¿Fuiste a Hacienda a… denunciarme? —pregunté al fin.
Clara respiró hondo.
—Fui a protegerme —dijo—. Y sí, eso implicaba hablar de ti. De tus clientes. De los movimientos donde aparecía mi firma.
Se sentó en la silla frente a mí. De cerca, vi ojeras marcadas, la piel apagada.
—Estos tres días he estado en Valencia con Miguel y con un equipo de la Agencia —continuó—. Querían escucharme sin que tú lo supieras, comprobar documentos, cerrar un acuerdo. Colaboración a cambio de no imputarme como parte de la trama.
La palabra “trama” me atravesó como una cuchilla.
—No hay ninguna trama —protesté—. Sólo gente que no quiere que el Estado le robe la mitad de lo que gana.
—Llámalo como quieras —dijo ella, cansada—. Ellos lo llaman fraude fiscal. Y tienen más cosas que estas fotos.
Golpeé la mesa con el puño, haciendo saltar los papeles.
—¿Y el hotel? ¿Y las fotos abrazados? ¿Eso también es parte del acuerdo?
Clara no apartó la vista.
—No voy a mentirte: también estoy con él —respondió—. Pero el orden importa. Primero descubrí lo tuyo. Luego apareció Miguel. Lo nuestro, lo de él y yo, fue después.
Reí, pero ya sin fuerza.
—Perfecto. Me denuncias y además me pones los cuernos con el tipo que lleva tu caso. Muy elegante.
—Luis, escucha —insistió—. No he venido a humillarte. He venido a decirte que esto no va a desaparecer porque rompas las fotos o me grites. Hacienda ya está encima de ti. La única pregunta es cómo quieres que termine esto para ti.
Me crucé de brazos.
—Va a terminar con un divorcio, eso está claro —dije, señalando los papeles—. Lo demás lo hablaré con mi abogado.
Clara negó con la cabeza.
—Tu abogado no sabe que yo he firmado una declaración detallada. Ni que he entregado copias de correos tuyos, de excels con movimientos, de notas en tu letra. Si enseñas estas fotos en un juzgado de familia para acusarme de infidelidad, mi abogado enseñará todo lo demás. Y no estaremos hablando de quién se queda el piso en Chamberí, sino de cuántos años puedes pasar en la cárcel.
La imagen de un juez, de barrotes, de titulares en la prensa económica con mi nombre completo me golpeó de lleno.
—Estás exagerando —susurré.
Clara apoyó los codos en la mesa, inclinándose hacia mí.
—No —dijo en voz baja—. Lo que estoy haciendo es darte la única salida decente que te queda.
Me quedé mirándola sin entender del todo.
—¿Qué salida?
Clara deslizó los papeles de divorcio hacia sí, cogió el bolígrafo de la mesa y lo hizo girar entre los dedos.
—Firmar esto con calma, sin guerra, sin fotos, sin escándalo —explicó—. Aceptar que el piso quede a mi nombre, que no me oponga a la pensión compensatoria que me propuso tu abogado… y que, cuando llegue el momento, no intentes arrastrarme contigo.
Hizo una pausa.
—Si lo haces, en mi declaración seguiré diciendo lo mismo: que confiaba en ti, que firmé sin saber, que nunca me contaste los detalles. No te librarás de Hacienda, pero tendrás margen de maniobra. Si no… —señaló el informe del detective—, todo esto y lo que tienes guardado en tus servidores acabará encima de la mesa de un fiscal.
El tic-tac del reloj siguió marcando el tiempo mientras yo miraba mi propia firma en la demanda de divorcio, borrosa de pronto.
No firmé esa noche.
Guardé los papeles en el cajón, eché a Clara del dormitorio y dormí en la cama como un extraño en mi propia casa. Ella se quedó en el sofá, con una manta y el móvil en silencio.
Los días siguientes fueron un desfile de silencios y frases cortas. Yo iba a la asesoría con el nudo en el estómago, revisando cada carpeta, cada disco duro, como si aquello pudiera borrar años de “trucos” compartidos con mis clientes. Ellos seguían llamando para preguntar por nuevas formas de “aligerar” sus cuentas. Yo respondía mecánicamente, pero cada vez que abría un excel veía las palabras de Clara: fraude fiscal.
Una mañana, en la barra de un bar de Guzmán el Bueno, mi amigo y abogado, Javier Serrano, cerró la carpeta con fuerza.
—Te lo voy a decir claro, Luis: si lo que cuenta tu mujer es verdad, tienes un problema serio —resumió—. Y si la Agencia ya la ha sentado a declarar, lo sabrán casi todo.
—¿Qué hago? —pregunté, removiendo un café que ya estaba frío.
—Lo primero, no provocar una guerra abierta en el juzgado de familia —contestó—. Si intentas destruirla con esas fotos, ella vaciará el cargador. Y no te interesa que un juez vea tus cuentas detalladas justo ahora.
Volví a casa con esa frase rebotando en la cabeza: “vaciar el cargador”.
Clara seguía allí, en el piso, como una huésped incómoda. Hablábamos de la compra, de las facturas, de quién sacaba la basura. Nada más. De vez en cuando sonaba su móvil con un mensaje y yo fingía no mirar. Un día vi aparecer el nombre de Miguel en la pantalla. No dije nada.
Pasaron tres semanas así, en un limbo extraño, hasta que llegó la carta certificada. Logo de la Agencia Tributaria, mi nombre completo en el sobre. Sentí que el corazón se me paraba.
Dentro había una notificación de inicio de actuaciones de comprobación e investigación. No era una denuncia abstracta. Era un procedimiento, con número de expediente, fechas límites, obligación de comparecer.
Clara me observó leerla desde la puerta de la cocina.
—Ya está —dijo, sin alegría ni satisfacción—. Ha empezado.
—¿Estás contenta? —pregunté, levantando la vista.
—Estoy protegida —respondió—. Es distinto.
Llevé la carta a Javier Serrano. La leyó en silencio, frunciendo el ceño.
—No es lo peor que podía ser, pero tampoco es un aviso simpático —dijo al final—. Aquí ya hay información concreta. Hablan de sociedades interpuestas, de cuentas en Luxemburgo… alguien les ha dado nombres.
—Clara —dije, sin rodeos.
—Clara y quien sea que haya tirado de la manta con ella —asintió—. Mira, Luis, no vas a salir limpio. La cuestión es si quieres hundirte solo o llevarte por delante a tu exmujer, a tus clientes y a tu propio futuro.
Volví a casa con el expediente bajo el brazo. Clara estaba en el salón, viendo un concurso idiota con el volumen bajo. Apagué la tele.
—Trae los papeles —dije.
No preguntó cuáles. Fue al dormitorio, abrió el cajón donde yo mismo los había guardado y volvió con la demanda de divorcio. Se sentó frente a mí, sin gesto de victoria, sólo cansancio.
—He añadido un par de cláusulas nuevas —comentó—. Nada que no puedas asumir: el coche para ti, yo me quedo el piso, liquidamos las cuentas conjuntas a partes iguales. Y ambos renunciamos a pleitear por pensiones futuras.
Leí rápido. Las manos me temblaban, pero no por las condiciones, sino por lo que implicaba aceptarlas: reconocer, en silencio, que ella tenía la sartén por el mango.
—¿Y lo otro? —pregunté—. ¿Tu declaración?
—Diré que firmaba papeles sin saber realmente lo que eran, que confiaba en ti como marido y profesional —respondió—. No voy a inventarme nada para hundirte más. Tampoco voy a retractarme.
Cogí el bolígrafo. Durante un segundo pensé en negarme, en quemar el expediente, en llamar a Miguel y gritarle por teléfono. Luego pensé en mi padre, jubilado, y en sus ahorros en una de mis sociedades. Pensé en los titulares que no quería ver jamás.
Firmé.
Una vez, en cada página. Luis Martín. Luis Martín. Luis Martín.
Cuando acabé, Clara tomó los documentos y los guardó en una carpeta distinta, de color rojo.
—Mañana los llevaré al juzgado —dijo—. Y me iré a Valencia una temporada.
—Con él —añadí, sin preguntar.
—Sí —respondió, mirándome a los ojos—. Con él.
No hubo escenas, ni gritos, ni platos rotos. Por la noche durmió en el sofá por última vez. A la mañana siguiente, cuando salí de la ducha, ya no estaba. Faltaban su abrigo, su maleta gris y la foto nuestra de San Sebastián del marco del salón.
El piso se quedó en silencio. Sólo el expediente de Hacienda sobre la mesa recordaba que aquello no terminaba allí.
Meses después, sentado en una sala de espera de la Agencia, vi una noticia en el móvil: “Operación contra red de fraude fiscal vinculada a asesorías de Madrid”. No mencionaba mi nombre, pero reconocí las iniciales de varios clientes. Y, al final del artículo, una frase: “La investigación ha sido posible gracias a la colaboración de una afectada que figuraba como administradora en varias sociedades pantalla”.
Pensé en Clara, probablemente desayunando en una terraza de Valencia, tal vez con Miguel, tal vez sola. No sentí odio. Tampoco alivio. Sólo la certeza de que, aquella noche en la que volvió después de tres días desaparecida, había sido ella, no yo, quien marcó cómo iba a acabar nuestra historia.
Yo sólo había firmado donde me pusieron la cruz.



