Cuando Lucía dijo lo de las “24 horas”, estábamos en la cocina de nuestro piso en Lavapiés, un jueves por la noche cualquiera. Yo, Javier, treinta años, ingeniero informático; ella, veintiocho, jefa de marketing, carácter afilado y lengua aún más afilada. Llevábamos cuatro años juntos, uno de ellos prometidos. El anillo brillaba en su dedo, pero en ese momento parecía más una cadena que otra cosa.
La discusión empezó por una tontería: le dije que últimamente estaba demasiado pendiente de Instagram, de los likes, de los DM de tíos random. Ella se encendió.
—Lo que te pasa —soltó, apoyándose en la encimera— es que tienes miedo de que me dé cuenta de que puedo tener a quien quiera.
—Lucía, solo te estoy diciendo que me incomoda que flirtees con medio planeta delante de mí.
Se rió, esa risa suya que mezclaba burla y desprecio.
—Por favor, Javi. Si quisiera, podría reemplazarte en veinticuatro horas. —Lo dijo despacio, marcando cada palabra—. Vein-ti-cua-tro.
Sentí algo romperse por dentro. No era la primera vez que alardeaba de “lo cotizada” que estaba, pero nunca había puesto una fecha de caducidad a nuestra relación.
—¿Ah sí? —pregunté, más calmado de lo que me sentía—. Pues demuéstralo.
Se quedó en silencio un segundo, sorprendida. Luego sonrió.
—No seas ridículo. No voy a jugar a tus dramas.
Pero vi cómo protegía instintivamente el móvil, boca abajo sobre la mesa. Desde hacía semanas notaba notificaciones a altas horas, nuevas fotos más provocativas, el típico comportamiento de alguien que está tanteando alternativas.
Me fui a la habitación y cerré la puerta. No grité, no lloré. Solo abrí WhatsApp y encontré el chat de Claudia.
Claudia: veintisiete años, modelo, amiga “intocable” de Lucía desde la universidad. Alta, morena, portada de varias campañas. Siempre había flotado alrededor de nuestro grupo como una estrella lejana. Un año atrás, en una fiesta, medio borracha, me había mandado un audio confesando que yo era “el tipo de hombre” que le gustaba. A la mañana siguiente pidió perdón, dijo que no se acordaba bien. Yo lo enterré y seguí con mi vida.
Esa noche le escribí:
“Claudia, hemos discutido fuerte. Creo que se ha roto algo.”
Tardó dos minutos en llamarme. Su voz sonó preocupada, cercana.
—Javi, ¿estás bien?
Hablamos casi una hora. Le conté lo de las “24 horas”. Ella suspiró.
—Siempre ha jugado con esa superioridad. No te lo mereces.
Cuando colgamos, la decisión ya estaba tomada en mi cabeza. Salí, cogí una maleta del armario y empecé a llenarla con lo básico. Lucía apareció en la puerta, con los brazos cruzados.
—¿Qué haces?
—Tomarte la palabra. Si puedes reemplazarme en veinticuatro horas, no me necesitas aquí.
—No digas estupideces, Javier. Estás exagerando.
—No. Llevo años minimizando cosas. Esta vez no.
Cerré la maleta. Dejé el anillo sobre la mesita del recibidor. Salí sin mirar atrás.
A medianoche estaba sentado en un bar pequeño de Malasaña, con la maleta a mi lado, esperando. La puerta se abrió y entró Claudia, con vaqueros y una sudadera grande, sin maquillaje. Nada de flashes ni pasarelas, solo ella.
Se sentó frente a mí, me miró a los ojos y, antes de que dijera nada, murmuró:
—He deseado que dejaras a Lucía más veces de las que admito.
El móvil vibró en mi bolsillo: diez mensajes de Lucía, llamadas perdidas, notas de voz. Miré la pantalla un segundo y la puse en silencio.
Luego subí la vista hacia Claudia.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —pregunté.
Ella sonrió, nerviosa pero decidida, y apoyó su mano sobre la mía.
—Ahora —dijo— te demuestro que hay quien no te cambiaría ni en veinticuatro horas, ni en veinticuatro vidas.
Y la besé, mientras el móvil seguía vibrando sin descanso sobre la mesa.
Dormí en el sofá de mi amigo Sergio los primeros días. El viernes por la mañana le mandé a Lucía un mensaje claro:
“La boda queda cancelada. El piso lo vemos con calma y lo hacemos por escrito. No quiero más discusiones.”
Tardó en responder, pero cuando lo hizo fue un alud: que si era un inmaduro, que si “todo por una frase sacada de contexto”, que si “nadie te va a aguantar como yo”. No contesté. Le pedí a Sergio que estuviera en casa cuando recogiera mis cosas, por si acaso.
Claudia y yo quedamos otra vez ese fin de semana. Caminamos por La Latina, sin darnos la mano todavía, demasiado conscientes de la línea que acabábamos de cruzar.
—No quiero ser tu rebote —me dijo, mirándome muy seria sobre las cañas.
—Si fueras un rebote, no habría salido de casa esta noche —respondí—. Habría puesto Netflix y ya.
Se rió, aunque seguía tensa. Aun así, poco a poco, los encuentros se hicieron más frecuentes. A las tres semanas ya era evidente que estábamos saliendo.
El grupo de amigos explotó. Unos lo entendieron, otros nos llamaron “traidores.” Lucía fue encadenando historias en Instagram: indirectas, frases motivacionales de “las mujeres que renacen”, fotos con tíos a los que etiquetaba de forma estratégica.
—Ha vuelto a Tinder —me contó Sergio una noche—. Y a Bumble. Dice que está “mejor que nunca”.
Lucía se tomó sus 24 horas muy en serio. A las pocas semanas ya iba por la tercera cita organizada desde una app. Pero la cosa no salía como ella imaginaba. Una vez coincidimos, sin ella saberlo, en el mismo bar de Chueca. Claudia y yo en una esquina, Lucía llegando con un tipo demasiado bronceado, sonrisa ensayada. Treinta minutos después, él se levantó al baño y no volvió. La dejé plantada, literalmente.
La vi desde lejos mirar el móvil cada dos por tres, forzar una sonrisa, pedir la cuenta con el gesto crispado. Claudia notó que me había quedado clavado mirando.
—¿Es…? —susurró.
Asentí. Ella apretó mi mano bajo la mesa.
—Mira hacia aquí —me pidió—. Estás conmigo.
Pasaron los meses. Claudia me acompañó a buscar piso, acabamos viviendo juntos en un apartamento luminoso en Embajadores. Conocí a su familia en Zaragoza, ella a la mía en Toledo. Yo la veía desfilar algunas noches, pero la mayor parte del tiempo era solo Claudia en chándal, riéndose de sus propios chistes malos.
Mientras tanto, de Lucía me llegaban noticias por terceros. Que si un tío que parecía perfecto resultó estar casado. Que si otro primero le dijo que quería algo serio y luego desapareció durante semanas, para volver con un “perdón, he estado muy liado”. Que si el guapísimo abogado que enseñaba en sus stories resultó ser un narcisista que la criticaba por comer pan en la cena.
Sus “24 horas” se fueron estirando. Tres meses. Seis. Nueve. Cuando hacía un año de nuestra ruptura, recibí su primer mensaje sobrio y sin insultos:
“A veces pienso que nos equivocamos los dos. Espero que estés bien.”
Lo leí varias veces. Estaba en el salón, Claudia editando unas fotos en el portátil.
—Es de Lucía, ¿verdad? —preguntó sin levantar la vista.
—Sí. Dice que espera que esté bien.
—¿Lo estás?
La miré. Tenía el pelo recogido en un moño deshecho, gafas, una camiseta mía demasiado grande.
—Creo que por primera vez en años, sí —respondí.
No contesté a Lucía.
Alrededor de los dieciocho meses la encontré frente a frente, en el cumpleaños de una amiga en común. Llegó sola. El vestido perfecto, el maquillaje perfecto, la mirada cansada.
—Así que era verdad lo de Claudia —me dijo en voz baja, mientras Claudia hablaba con otros.
—Hace mucho que es verdad —respondí.
Se mordió el labio, furiosa y dolida al mismo tiempo.
—Pensé que volverías. Que solo era un drama más.
—Yo también pensé que aguantaría tus dramas toda la vida —dije, sin tono—. Y mira.
Lucía bajó la vista a su copa.
—No es tan fácil como pensaba —admitió—. Lo de encontrar a alguien en veinticuatro horas.
Nos quedamos en silencio, el ruido de la fiesta alrededor, pegado pero ajeno. Yo miré a Claudia al otro lado del salón. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sonrió como si aún me descubriera por primera vez.
En ese momento supe que lo siguiente con ella iba a ser definitivo.
Decidí pedirle matrimonio a Claudia un domingo de otoño, en el Parque del Retiro. Nada de gestos grandilocuentes, ni globos, ni flashmob; bastante espectáculo teníamos ya en las redes de otros. Paseábamos junto al estanque, café en mano, cuando me paré de golpe.
—¿Te acuerdas de cuando me dijiste que no querías ser un rebote? —pregunté.
—Me acuerdo de todo lo que he dicho estando nerviosa —rió—. ¿Por?
Saqué la caja del bolsillo de la chaqueta. Sus ojos se agrandaron, el café tembló un poco en su mano.
—Pues resulta que no lo has sido. Ni un poco. —Abrí la caja—. Claudia, ¿te quieres casar conmigo?
No lloró, no gritó. Simplemente me abrazó fuerte, tanto que casi se nos cayó el café al suelo, y susurró al oído:
—Llevo años queriendo que me lo preguntes.
Subimos una foto sencilla a Instagram: nuestras manos entrelazadas, el anillo, dos cafés sobre la mesa de una terraza. El texto era escueto: “Dijimos sí.”
Los comentarios se llenaron en minutos. Felicidades, corazones, bromas. También, inevitablemente, silencio absoluto de ciertas personas. Lucía vio la foto, por supuesto; lo supe porque una hora después me llegó un mensaje suyo:
“Enhorabuena. De verdad.”
Solo eso. Ningún reproche, ninguna ironía. Contesté con un “Gracias.” y poco más.
La boda fue civil, en un pequeño ayuntamiento de la sierra de Madrid, rodeados de amigos y familia. Algunas caras del grupo original no aparecieron; a esas alturas ya no me importaba. Sergio fue mi testigo. Cuando firmé, sentí una calma que nunca había tenido cuando planificaba la boda con Lucía. Menos espectáculo, más realidad.
Lucía reapareció físicamente unos meses después, una tarde en la que Claudia y yo salíamos de un Zara en Gran Vía con bolsas en la mano. La vi antes de que ella nos viera a nosotros. Venía sola, móvil en mano, deslizando el dedo hacia la derecha y hacia la izquierda en una app que reconocí al instante. Tinder.
Levantó la vista y nos cruzamos a medio camino. Hubo un microsegundo en el que pude apartar la mirada y fingir que no la había visto. No lo hice.
—Hola, Lucía.
—Hola —respondió, mirando la alianza en mi mano—. Así que ya…
—Sí —dijo Claudia, adelantándose medio paso, sin agresividad—. Ya.
Lucía la miró a ella, luego a mí. Inspiró hondo.
—¿Sabes lo peor? —me dijo—. No es que te hayas casado. Es que pensaba que lo de las veinticuatro horas me saldría bien. Que encontraría a alguien mejor que tú como quien pide una pizza.
No supe qué contestar al principio. Finalmente, dije:
—Supongo que los dos nos creíamos más especiales de lo que éramos.
Ella soltó una risa breve, amarga.
—Tú has encontrado a alguien que no te dice que eres sustituible. Yo… —levanta el móvil—. Yo sigo haciendo swipe a desconocidos que mienten sobre su edad y su altura.
Hubo un silencio incómodo. Claudia no dijo nada, pero se mantuvo a mi lado, firme.
—No te deseo nada malo, Lucía —acabé diciendo—. Pero lo de aquella noche… me hizo ver dónde estaba. Y de ahí ya no podía volver.
Asintió, con los ojos brillantes aunque no llegó a llorar.
—Ya lo sé. Y sí, fui una imbécil. Creía que siempre ibas a estar ahí, pasara lo que pasara.
Nos despedimos con un gesto torpe. Ella siguió calle abajo, el móvil vibrando otra vez con una nueva notificación de app.
Esa noche, ya en casa, mientras Claudia se lavaba los dientes, miré mi reflejo en el espejo del baño y pensé en cómo una frase dicha con soberbia había cambiado el rumbo de mi vida.
Lucía no me reemplazó en veinticuatro horas. Sus veinticuatro horas se convirtieron en veinticuatro meses de citas fallidas, de perfiles vacíos, de promesas huecas. Yo, en cambio, había encontrado a alguien que se quedó incluso cuando lo fácil habría sido no hacerlo.
Apagué la luz, me metí en la cama junto a Claudia y ella, medio dormida, murmuró:
—¿En qué piensas?
—En que, al final, salimos ganando —respondí.
—Los dos —corrigió, apoyando la cabeza en mi pecho—. Tú saliste ganando conmigo. Yo salí ganando contigo.
El resto, lo que hubiera podido pasar, se quedó atrás en aquella cocina de Lavapiés, junto a una frase lanzada al aire que nunca llegó a cumplirse.



