—Mira, Javier, lo voy a decir claro —dijo Lucía sin apartar la vista del móvil—. Estoy harta de tus “sentimientos” y tus “necesidades”. Eres demasiado emocional para un hombre.
La frase se quedó flotando en la cocina del piso de Carabanchel como si alguien hubiera abierto la ventana en pleno enero. Javier sostuvo el plato húmedo entre las manos, con espuma escurriéndole por los dedos.
—Perdona, ¿qué? —preguntó, aunque lo había oído perfectamente.
Lucía por fin levantó la mirada, molesta.
—Que siempre estás con lo mismo: que si estás agobiado, que si necesitas hablar, que si te sientes solo. Tengo mil cosas en la cabeza: la boda, el trabajo, el piso, la hipoteca futura… No puedo estar todo el día validando tus emociones.
Javier notó un pinchazo en el pecho.
—Solo te estaba diciendo que estoy preocupado por el dinero de la boda —respondió, intentando mantener la voz estable—. Y que me siento un poco… desbordado.
—Pues guárdatelo un poco, ¿no? —soltó ella, dejando el móvil sobre la encimera—. No eres el único que está cansado. Además, es que… —hizo un gesto vago con la mano—, tanta emoción en un tío… agota.
Javier se quedó muy quieto. Sintió algo encajarse por dentro, como una puerta que se cerraba con cerrojo.
—Notado —dijo al fin, con una calma que no sentía—. No te preocupes. No volveré a cargarte con mis cosas.
Lucía rodó los ojos, interpretando su tono como dramatismo.
—Eso, gracias. Un poco de tranquilidad, por favor.
Esa noche, en la cama, ella se durmió rápido. Él se quedó mirando el techo, repasando mentalmente todas las veces que había tragado, suavizado frases, explicado miedos, buscando complicidad. Todas las veces que ella había cambiado de tema, hecho bromas o dicho “no exageres”.
“Demasiado emocional para un hombre.”
La frase se le clavó. Dejó el móvil en la mesilla, boca abajo. No volvió a intentarlo esa noche. Ni al día siguiente.
En la oficina, una semana después, le llegó un correo de una consultora en Barcelona con la que había hecho una entrevista tiempo atrás “por ver qué tal”. Asunto: Oferta en firme. Lo abrió casi por inercia. Su salario, mejor. Horario más flexible. Paquete de reubicación, mudanza incluida. Inicio: dentro de seis semanas.
Sintió cómo se le aceleraba el pulso. Miró por la ventana al cielo gris de Madrid, luego al icono de WhatsApp de Lucía en la pantalla. Podría hacer una captura y mandársela. “Cariño, nos ha salido una oportunidad en Barcelona, ¿lo hablamos?”. Podría… si no supiera ya la respuesta emocional que no quería escuchar.
Recordó su voz en la cocina: “Estoy harta de tus sentimientos y tus necesidades”.
Cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya había tomado la decisión. Respondió al correo:
“Acepto la oferta. Adjunto documentación. Gracias por la oportunidad.”
Firmó el contrato digital, revisó las cláusulas, puso su nueva fecha de incorporación. En el salón, al llegar a casa esa noche, Lucía veía un reality y se reía a carcajadas.
—¿Qué tal el día? —preguntó sin apartar la vista de la tele.
—Normal —respondió Javier, dejando el portátil en la mesa—. Nada que contar.
Mientras ella cambiaba de canal, él comprobó en su correo la confirmación: la empresa se encargaría de la mudanza completa desde Madrid a Barcelona.
El clic que sonó en su bandeja de entrada fue, para él, más fuerte que cualquier portazo.
Las semanas siguientes se llenaron de una rutina extraña, como si vivieran en pisos distintos separados por un pasillo invisible.
Javier dejó de empezar conversaciones profundas. Contestaba, preguntaba lo justo, hacía planes, pero todo en la superficie. Lucía lo atribuía al estrés.
—Estás más serio últimamente —comentó una noche mientras cenaban una tortilla y una ensalada comprada de camino a casa—. Te va a explotar la cabeza con tanto trabajo.
—Puede ser —dijo él, cortando la tortilla con cuidado—. No te preocupes.
Y no añadió nada más.
Durante los descansos del trabajo, Javier hablaba con recursos humanos de la empresa de Barcelona, firmaba papeles, mandaba fotocopias del DNI, del contrato de alquiler del nuevo piso en el Poblenou, que había encontrado en una escapada “de trabajo” a Cataluña. Lucía creyó que estaba en una formación interna de dos días; incluso le escribió: “Pásatelo bien en tu viaje aburrido 😅”.
Él respondió con un simple “Gracias”.
La mudanza se fijó para un sábado por la mañana. La empresa le propuso encargarse de todo: empaquetado, transporte, descarga. Javier pidió que solo se llevaran sus cosas: ropa, libros, ordenador, equipo de música, algunos muebles que había comprado antes de irse a vivir con Lucía.
—¿No queréis que desmontemos todo el salón? —preguntó el comercial por teléfono.
—No, solo lo que está en la lista que te he enviado. El resto se queda.
Lucía hablaba cada vez más de la boda: flores, menús, invitados, mesas. Mandaba audios kilométricos al grupo de amigas sobre qué vestido de dama de honor le sentaba peor a quién. A Javier le llegaban PDFs del banquete para “aprobarlos”, que miraba rápido y respondía: “está bien”.
Una tarde, tomando una cerveza con su amigo Sergio cerca de Atocha, él fue el único en notar algo raro.
—Tío, estás como… apagado —dijo Sergio, apoyando el vaso en la barra—. ¿Todo bien con Lucía?
Javier se encogió de hombros.
—Todo como siempre.
—Eso suena peor que un “regular”.
Javier dudó. Por primera vez, dejó escapar algo:
—Me voy a Barcelona en tres semanas. Trabajo nuevo.
Sergio dejó de sonreír.
—¿Y Lucía?
—No lo sabe.
—¿Estás loco? —bajó la voz—. ¿Se lo vas a decir cuándo, cuando estés en la AP-2?
Javier dio un sorbo largo.
—Ella me dejó claro que no quería más “sentimientos” ni “necesidades”. Esto entra en el pack.
Sergio iba a responder, pero vio en la cara de su amigo que la decisión estaba tomada. Cambió de tema, incómodo.
Llegó el sábado de la mudanza. Lucía tenía previsto un brunch con sus amigas en Malasaña y, después, prueba de peinado para la boda. Se levantó, se maquilló delante del espejo del baño y habló del seating plan mientras se rizaba el pelo.
—No sé dónde sentar a tu prima la de Zaragoza —dijo, saliendo con el rizador en la mano—. Es un poco intensa.
—Haz lo que veas —contestó Javier, doblando cuidadosamente unas camisetas en el armario.
—Vale. Me voy. ¿Quieres que te traiga algo luego?
—No hace falta.
Lucía le dio un beso rápido en la mejilla y salió corriendo, buscando las llaves en el bolso.
Los operarios de la mudanza llegaron media hora más tarde. Llamaron al timbre con los nudillos.
—¿Javier Morales? —preguntó el primero, con chaleco fosforito.
—Sí, soy yo. Pasad.
En menos de diez minutos, el piso se convirtió en un campo de batalla organizado: cajas, rollos de cinta adhesiva, mantas para proteger muebles. Javier había señalado previamente lo que era suyo con pequeños post-its amarillos.
Mientras ellos trabajaban, él respondía correos de Barcelona desde el portátil, cada tanto levantando la vista para supervisar.
No contaba con que el salón de belleza llamara a Lucía para cancelar la cita por una emergencia. Ni con que sus amigas decidieran posponer el brunch una hora. Ni con que Lucía volviera al piso mucho antes de lo previsto, buscando su blazer beige.
Abrió la puerta del edificio hablando por el móvil y se topó con el camión de mudanzas aparcado frente al portal, con su nombre bien grande en el lateral. Frunció el ceño.
Subió las escaleras, cada peldaño acompañado por ecos de muebles arrastrándose. Cuando abrió la puerta de casa, vio a dos hombres sacando su estantería llena de libros, ahora vacía, envuelta en mantas.
—Perdona, ¿qué…? —se quedó en seco—. ¿Qué está pasando aquí?
Uno de los operarios sonrió, sudando.
—La mudanza de Javier, ¿eres la pareja? Ahora te avisará, estamos casi con todo.
Lucía sintió un frío seco en la nuca.
—¿La mudanza de qué?
Entró al pasillo y vio la habitación de él medio vacía, cajas con su nombre escrito en rotulador negro: “Javier — Ropa”, “Javier — Libros”, “Javier — Escritorio”.
Javier salió del dormitorio, con una carpeta en la mano. La miró. Ella le sostuvo la mirada, incrédula.
—¿Javier? —la voz le tembló—. ¿Qué estás haciendo?
Durante unos segundos, solo se oyó el ruido de la cinta adhesiva y los pasos de los operarios. Javier sostuvo la carpeta como si fuera un escudo.
—Me estoy mudando —dijo al fin.
Lucía parpadeó varias veces, como si esperara que alguien saliera con una cámara y gritara que era una broma.
—¿Cómo que te estás mudando? —se acercó un paso—. ¿A dónde? ¿Por qué hay un camión abajo? ¿Por qué no sabía nada?
Javier respiró hondo.
—Me han ofrecido un trabajo en Barcelona. Lo acepté hace semanas.
La mandíbula de Lucía cayó un poco.
—¿Barcelona? —repitió—. ¿Y no se te ocurrió comentármelo? ¿A tu… futura esposa?
La palabra “futura” se quedó colgando entre los dos, absurda.
—Intenté hablar contigo de cómo estaba —contestó Javier, sin levantar la voz—. De lo saturado que me sentía, de que necesitaba replantearme cosas. Me dejaste claro que estabas harta de mis sentimientos y mis necesidades. Esto entra en la categoría de “necesidad vital”, supongo.
El color subió a las mejillas de Lucía.
—No es lo mismo, y lo sabes. Una cosa es que estés pesadito con tus dramas un día y otra… —hizo un gesto amplio hacia las cajas— esto. ¿Te parece normal organizar una mudanza a otra ciudad sin decirme nada?
—¿Te parecía normal decirme que era “demasiado emocional para un hombre”? —replicó él, todavía tranquilo, pero con un filo en la voz—. Aquella noche algo se me cerró. Te lo dije: “notado”. Y actué en consecuencia.
Lucía abrió la boca, pero no encontró respuesta al instante. Uno de los operarios pasó entre ellos cargando una caja. La situación rozaba lo surrealista.
—¿Y la boda? —preguntó al fin, casi en un susurro—. ¿Nuestros planes? ¿Nuestra vida? ¿Te da igual tirarlo todo por la borda así?
Javier la miró un momento largo.
—Llevo meses sintiéndome solo viviendo contigo —dijo—. Contigo, pero sin ti. No es de hoy. El trabajo nuevo solo me ha dado una salida clara. La boda… —tragó saliva—. La boda no tiene sentido si ni siquiera puedo decirte cómo me siento sin que te moleste.
Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas, de rabia más que de pena.
—Podrías haberme hablado. De verdad, hablado. No montado este numerito de desaparecer con un camión.
—Te hablé, Lucía. Muchas veces. Solo que esta vez, en lugar de seguir insistiendo, he decidido hacer algo diferente.
Ella negó con la cabeza, furiosa.
—Esto es cruel —dijo—. ¿Sabes cómo me hace quedar con mi familia? ¿Con los invitados? ¿Con todo lo que hemos organizado?
—Yo asumiré mi parte de los gastos —contestó Javier—. Llamaré a quien tenga que llamar. No voy a desaparecer sin más. Pero no voy a quedarme aquí fingiendo que todo va bien.
Se hizo un silencio pesado. Lucía respiraba rápido.
—Si te vas ahora —dijo, marcando cada palabra—, se acaba todo.
—Se acabó el día que mis emociones se convirtieron en una molestia para ti —respondió él.
Otro operario asomó la cabeza por la puerta de la habitación.
—Perdona, Javier, ¿qué hacemos con el escritorio? ¿Va también?
—Sí, todo lo que esté marcado con mi nombre se va —contestó sin apartar la vista de Lucía.
Ella miró a su alrededor, a las cajas, al hueco vacío donde estaba antes su estantería favorita, al armario medio abierto con huecos ya sin ropa de él. Algo en su expresión se derrumbó, pero lo sostuvo con orgullo.
—Haz lo que te dé la gana —escupió—. Pero no vuelvas cuando te canses de ser tan… independiente.
—No tengo pensado volver —dijo Javier, y se sorprendió al darse cuenta de que era verdad.
Ella se encerró en el baño dando un portazo. El ruido rebotó en las paredes desnudas. Javier sintió una punzada en el pecho, pero no era duda, sino duelo.
Terminó de supervisar la mudanza. Firmó los papeles en la calle, junto al camión. El operario le dio una copia.
—En unas ocho horas debería estar todo en Barcelona, en la dirección que nos has dado.
—Perfecto. Gracias.
Subió una última vez al piso. Lucía estaba sentada en el sofá, con los ojos rojos, mirando un punto fijo en la pared.
—Las llaves las dejo en la mesilla —dijo él—. Te escribiré para lo de la boda y el papeleo.
Ella no respondió. Ni siquiera lo miró.
Javier dejó el manojo de llaves, cogió la mochila con lo imprescindible y cerró la puerta con cuidado al salir.
Tres meses después, en Barcelona, el piso olía a café recién hecho y a pintura nueva. Las cajas ya estaban casi todas vacías. Desde la ventana del salón se veía un trozo de mar entre edificios.
Javier se sentó en el suelo, apoyado contra la pared, revisando una carpeta que había quedado al fondo de una caja: papeles de la boda cancelada, contratos de proveedores, un sobre con las invitaciones que nunca se enviaron. Entre todo, una foto: él y Lucía en la Plaza Mayor, con mantones de farolillo en San Isidro, riéndose.
La miró un rato. No sintió odio. Tampoco nostalgia limpia. Solo una mezcla extraña de agradecimiento por lo vivido y alivio por la distancia.
Guardó la foto en una carpeta de plástico, la cerró y la dejó en el fondo del armario, detrás de documentos del banco. No la tiró, pero tampoco la dejó a la vista.
Sonó su móvil: mensaje de Sergio.
“¿Qué tal la vida en catalandia, tío? Cuando baje, me debes unas cañas.”
Javier sonrió.
“Cuando quieras. Aquí se vive bien.”
Dejó el móvil a un lado, se levantó y abrió la ventana. Entró aire salado. No era una sensación de victoria ni de derrota, solo de haber elegido algo distinto a seguir callando en el mismo sitio.
Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad urgente de explicar cómo se sentía. Lo sabía él, y de momento, le bastaba.



