El mensaje me llegó como una bofetada: la dama de honor de mi prometida escribió que ella estaba teniendo dudas y que, para tranquilizarla, debía ofrecerle pagarle el coche de sus sueños. Sentí que todo el compromiso se había convertido en un chantaje disfrazado de romance. Respondí solo “entendido”. Después llamé al salón, cancelé la boda y en el motivo escribí una sola palabra: extorsión. La señal, no reembolsable, estaba a nombre de ella; mientras tanto, yo miraba la pantalla, preguntándome en qué momento el amor se había convertido en una factura.

Cuando leí el mensaje de Lucía, pensé que era una broma pesada.

«Marta está teniendo dudas. Dice que no sabe si casarse. Creo que deberías ofrecer pagarle el coche de sus sueños para tranquilizarla. Eso le demostraría que vas en serio.»

Me quedé mirando la pantalla del WhatsApp, sentado en el sofá de mi piso en Chamberí, con la televisión encendida en silencio. El icono de escribiendo… aparecía y desaparecía mientras Lucía seguía conectada.

Marta, mi prometida, estaba en casa de sus padres en Alcalá de Henares ultimando detalles de la boda con su madre. Yo, Javier, 32 años, ingeniero informático, acababa de llegar de la oficina y lo último que esperaba era un chantaje envuelto en emoticonos de corazones.

Pensé en el “coche de sus sueños”. Lo conocía bien: un Audi descapotable blanco, del que llevaba hablando un año entero. Ya habíamos discutido sobre eso. Yo quería seguir ahorrando para una entrada de piso; ella decía que la vida era corta y que ya tendríamos tiempo para hipotecas.

Volví a leer el mensaje de Lucía, dama de honor, amiga de Marta desde el instituto. Cuando empezamos a salir siempre me pareció graciosa, un poco entrometida, pero leal a Marta. Aquella noche, sin embargo, el tono del mensaje me sonó a otra cosa.

Tecleé despacio:

«Entendido.»

Lucía tardó unos segundos en contestar.

«Me alegro. No se lo digas así a lo bruto, hazlo como sorpresa. Confía en mí, esto le hará mucha ilusión y se le quitarán las dudas.»

No respondí. Abrí el correo donde guardaba el contrato de la finca “El Olivar de San Marcos”, en las afueras de Madrid. Boda civil, cóctel, banquete, barra libre. Todo reservado desde hacía nueve meses. En el contrato, el titular de la reserva y del número de cuenta para el depósito no era yo. Era Marta. Yo había hecho la transferencia inicial a su cuenta “para ir más rápido”, como ella dijo entonces.

El depósito: 6.000 euros. No reembolsable.

Seguí leyendo las condiciones. Había una cláusula sobre cancelaciones por “circunstancias excepcionales” que, en realidad, no decía gran cosa. Cerré los ojos unos segundos. Recordé nuestra última discusión: Marta llamándome “tacaño” porque dije que un coche de 50.000 euros no era un “detalle de boda”, sino una inversión seria.

Abrí de nuevo WhatsApp. Vi el chat con Marta: fotos de centros de mesa, listas de canciones, memes sobre novios nerviosos. Todo eso ahora mezclado con el mensaje de Lucía pidiéndome, en su nombre, un coche a cambio de que no se echara atrás.

Me levanté, fui al escritorio y encendí el portátil. Busqué el número de la finca y marqué. Eran casi las ocho de la tarde.

—Finca El Olivar de San Marcos, buenas tardes. —La voz de una mujer sonó formal, algo cansada.

—Buenas tardes. Soy Javier Herrero. Llamo para solicitar la cancelación de la boda del 15 de junio.

Hubo un silencio breve al otro lado.

—¿La boda de Marta Sáenz?

—Sí. Quiero dejar constancia de que el motivo es un intento de extorsión económica relacionado con el enlace.

La mujer carraspeó, incómoda.

—Entiendo, señor Herrero. Le recuerdo que el depósito es no reembolsable, pero procederemos a cancelar la fecha y a enviarle un correo de confirmación.

—Perfecto. Lo necesito por escrito. Y les mandaré también un correo explicando el motivo.

Colgué, abrí el correo y redacté el mensaje con el asunto: “Cancelación boda – Motivo: extorsión”. Adjunté capturas del chat con Lucía. Respiré hondo antes de darle a enviar.

A los pocos minutos, mi móvil empezó a vibrar sin parar. Primero, una llamada de Marta. Luego otra. Después, mensajes de voz. El grupo de la boda se llenó de notificaciones. El nombre de Lucía apareció en la pantalla: “Llámame YA”.

No contesté. El timbre de la puerta sonó de repente, insistente, casi desesperado.

Miré por la mirilla. Marta estaba al otro lado, los ojos rojos, el móvil en la mano, con Lucía justo detrás, cruzada de brazos.

El timbre volvió a sonar, más largo, más agresivo, mientras mi corazón se aceleraba y mis manos seguían temblando por el correo que acababa de enviar.

Abrí la puerta despacio. Marta entró casi empujándome con el hombro.

—¿Se puede saber qué has hecho? —escupió, con la voz rota.

Lucía se quedó en el umbral, mirando alrededor del piso como si necesitara confirmar que todo aquello era real.

—He cancelado la boda —contesté—. Y lo sabes, porque ya te habrá llegado el correo de la finca.

Marta levantó el móvil.

—¿ESTO? ¿Este circo que has montado poniendo “extorsión” en el motivo? ¿Estás loco, Javier?

Lucía dio un paso adelante.

—A ver, tampoco dramatices —dijo, mirándome—. Solo te envié un mensaje de consejo. Lo has malinterpretado a lo bestia.

—¿Consejo? —Cogí mi propio móvil y abrí la conversación con Lucía—. “Deberías ofrecer pagarle el coche de sus sueños para tranquilizarla”. “Si no, no sé si se va a casar”. Eso no es un consejo. Eso es una condición.

Marta me arrancó el móvil de la mano para leer el mensaje por sí misma. Lo conocía, pero aun así frunció el ceño, como si verlo en mi pantalla cambiara algo.

—Lucía lo ha exagerado, ya te lo he dicho. Yo… solo estaba agobiada. No es para tanto. Podríamos haber hablado.

—Intentar que compre un coche de cincuenta mil euros para “tranquilizarte” sí es para tanto —respondí—. Y más a tres semanas de la boda.

Lucía resopló.

—Madre mía, qué drama por un coche. Mis amigas se han casado con tíos que les han regalado pisos, viajes por el mundo y coches. Es normal que Marta quiera algo especial.

—Sería distinto si saliera de mí —dije, mirándola directamente a los ojos—. Pero tú me escribes diciendo que “no sabe si casarse” y que la forma de convencerla es pagarle el coche. Lo siento, pero no.

Marta me devolvió el móvil con un gesto brusco.

—¿Y por eso cancelas la boda, Javier? ¿Por eso tiras por la borda todo? ¿Los meses de preparación? ¿Los 6.000 euros de depósito de mis padres?

Sentí un nudo en el estómago.

—Ese dinero salió de ambos, Marta. Lo transferí a tu cuenta.

—¡A MI NOMBRE! —gritó ella—. En el contrato solo aparezco yo. ¿Sabes lo que significa? Que mis padres acaban de perder 6.000 euros. Para ellos no es calderilla.

—Yo tampoco nado en dinero —respondí, más bajo—. Pero no voy a casarme si para “tranquilizarte” tengo que aceptar ese tipo de presión.

El móvil de Marta sonó. Era su madre. Contestó delante de nosotros.

—Sí, mamá… Sí, ya estoy con él… Sí, lo ha cancelado… Ha puesto en el correo que es por extorsión… —Hizo una pausa, mirándome fijamente—. Sí, ahora te lo paso si quieres.

Me alargó el móvil.

—Mi madre.

No lo cogí.

—No voy a discutir con tu madre por teléfono —dije—. Ya bastante espectáculo hay.

Lucía rodó los ojos.

—Tío, estás quedando fatal. ¿Eres consciente? Toda la familia se ha enterado de que has cancelado a tres semanas. Van a pensar que la has dejado tirada.

—No la he dejado tirada —contesté—. Me están imponiendo condiciones económicas para casarme. Eso lo habéis decidido vosotras.

Marta se acercó tanto que casi pudo empujarme contra la pared.

—Escúchame bien, Javier. Llama ahora mismo a la finca, diles que ha sido un malentendido y reservalo de nuevo. Luego vamos al concesionario y pedimos el coche como regalo de boda. Lo pagas a plazos, no pasa nada. Lo hablamos con calma. Pero esto que has hecho no se queda así.

—La fecha ya la habrán liberado —dije, intentando mantener la voz firme—. Y aunque no, no voy a casarme bajo amenaza. No es un malentendido. Lo tengo por escrito.

Se hizo un silencio pesado. Lucía miró a Marta, esperando.

—¿Así que es por dinero? —susurró Marta, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Por un coche?

Negué con la cabeza.

—No es por el coche. Es por lo que significa.

Marta apretó los labios, respirando hondo. Cuando volvió a hablar, su tono se había helado.

—Entonces escucha tú ahora. Si no llamas hoy para intentar recuperar la fecha y no te comprometes a comprar el coche como detalle de boda, puedes considerar esto terminado. Y te juro que todo el mundo sabrá que me dejaste plantada por dinero. Mi familia, mis amigas, los del trabajo… todos.

—Si esa es la historia que quieres contar, no puedo impedirlo —respondí.

Los ojos de Marta se endurecieron.

—Perfecto. Pues considera la boda cancelada… y nuestra relación también.

Se giró hacia la puerta. Lucía la siguió, pero antes de salir me lanzó una última mirada.

—No sabes la que te acabas de buscar, Javier. —Sonrió sin rastro de humor—. Y créeme, la versión que va a quedar no será la tuya.

La puerta se cerró de un portazo. El eco resonó en el piso mientras mi móvil seguía vibrando sobre la mesa con mensajes que ya no me apetecía leer.

Las semanas siguientes se midieron en notificaciones y silencios.

Primero fue el grupo de la boda: fotos del anuncio de la finca con nuestra fecha ya libre, mensajes de primas preguntando en el chat general qué había pasado, y luego, de pronto, mi expulsión silenciosa del grupo. Después, llegaron los estados de WhatsApp de Marta: frases ambiguas, canciones tristes, fotos con Lucía tomando copas con textos como «quien no te merece, se va solo».

No respondí a nada. Solo guardé capturas de pantalla de todo: el mensaje de Lucía, el correo de cancelación, la respuesta de la finca confirmando la anulación por “motivos personales relacionados con un intento de extorsión económica”, tal como yo lo había redactado.

Un martes por la mañana recibí un burofax en la oficina. Marta y sus padres reclamaban una compensación de 6.000 euros por daños y perjuicios, más los gastos derivados de la cancelación “unilateral y caprichosa” de la boda. Amenazaban con demandarme si no pagaba en quince días.

Llevé el burofax a un amigo abogado, Álvaro, que trabajaba en un despacho cerca de Nuevos Ministerios. Lo leyó con calma, subrayando algunas frases.

—Es más una forma de presión que otra cosa —dijo—. Legalmente lo tienen complicado. Has documentado el motivo de la cancelación y, además, el contrato de la finca estaba a nombre de Marta. El depósito era suyo, para lo bueno y para lo malo.

—No quiero guerra —contesté—. Solo quiero que me dejen en paz.

—La guerra ya la tienes montada en redes y en la familia de ella —respondió, encogiéndose de hombros—. Pero eso no te obliga a pagar.

Durante un tiempo, todo se redujo a comentarios indirectos. Un compañero de trabajo me dijo en la máquina de café:

—Tío, he visto que al final no te casas. Marta ha puesto algo en Instagram sobre “hombres que abandonan a una mujer a tres semanas del altar”. Lo siento, macho.

Asentí. No iba a explicarle la historia del coche a todo el mundo.

Al mes, Marta me pidió vernos “para hablar por última vez”. Acepté. Quedamos en una cafetería en la calle Alcalá, a media tarde. Ella llegó puntual, elegante pero ojerosa. Sin Lucía.

—No he venido a gritar —dijo, sentándose—. Estoy cansada.

—Yo también —respondí.

Se quedó mirando su café unos segundos.

—Mis padres están furiosos. Han tenido que asumir el depósito, las flores, parte del catering… No entienden nada. La versión que tienen es que te echaste atrás porque no querías comprometerte.

—La versión que tienen es la que tú les has contado —dije—. Y Lucía, supongo.

Marta apretó la cucharilla.

—Lucía se pasó con el mensaje, vale. Yo nunca te dije literalmente “o coche o boda”. Pero no me negarás que te volvías loco hablando de ahorros, de hipotecas, de plazos. Yo quería sentir que todo esto también era un sueño para ti.

Saqué el móvil y abrí de nuevo las capturas.

—No me importa lo que quisieras sentir, Marta. Lo que me importa es lo que se hizo. Tu dama de honor me dijo que estabas dudando de casarte y que la forma de convencerte era un coche de lujo pagado por mí. Y tú, cuando te enseñé el mensaje, no lo negaste. Solo te enfadaste por la cancelación.

Ella guardó silencio. Luego suspiró.

—Quizá sí dudaba —admitió—. No solo por el coche. Por muchas cosas. Pero tú también dudabas, aunque de otra forma. Basta ver lo rápido que cancelaste todo.

Alzó la mirada.

—Mis padres quieren seguir adelante con la demanda —continuó—. Yo no. No quiero alargar esto años.

—¿Qué propones? —pregunté.

—Que pagues la mitad del depósito. Tres mil euros. Tú lo transfieres, mis padres se calman y firmamos un documento de que ninguno de los dos reclamará nada más al otro. Y cada uno sigue con su vida.

Me quedé mirándola. No era exactamente justo ni injusto; era simplemente una salida.

—Si firmamos algo donde conste que la cancelación fue por diferencias económicas y por presión de ambas partes, sin culpar a nadie, acepto pagar la mitad —respondí—. Y que tus padres se comprometan a no hablar de “plantón” ni de “abandono” ni de nada parecido.

Marta dudó unos segundos.

—Lo hablaré con ellos —dijo por fin—. Pero si aceptan, ¿harás la transferencia?

—Sí.

Tres semanas después, firmamos un acuerdo sencillo redactado por Álvaro. Transferí los tres mil euros. No hubo abrazos, ni besos, ni fotos de despedida. Solo un par de firmas, un “cuídate” tenso y la sensación de cerrar una puerta sin saber del todo qué había al otro lado.

Pasó casi un año. Volví a mi rutina, cambié de piso, guardé el traje de novio en el fondo del armario y archiví la carpeta llamada “BODA” en un disco externo que rara vez conectaba. Una noche, tomando una caña con Álvaro en La Latina, él abrió Instagram y frunció el ceño.

—Mira —dijo, girando el móvil.

Era una foto de Marta saliendo de la misma finca, “El Olivar de San Marcos”, con otro hombre de la mano. Un tal Diego. Vestido de novio, sonriente. A su lado, un coche blanco reluciente con lazo gigante.

—Audi descapotable —comentó Álvaro.

En el pie de foto, Marta había escrito: «Al final, la vida pone a cada uno en su sitio. Gracias por demostrarme que sí existía alguien dispuesto a todo por mí».

No sentí rabia, ni alivio, ni nada especialmente claro. Solo la extraña certeza de que aquella historia ya no era mía.

Esa noche, al llegar a casa, abrí por última vez la carpeta con las capturas de la conversación con Lucía. Las leí como quien mira un documento antiguo. Después, la moví a una carpeta llamada “Archivo” y cerré el portátil.

Cogí el móvil, bloqueé los números de Marta y de Lucía y salí a la calle. En la esquina, un coche nupcial adornado con flores cruzó la avenida, tocando el claxon. Lo vi alejarse entre el tráfico madrileño y, sin darle más vueltas, seguí caminando en la dirección contraria.