Cuando recibí el mensaje de mi esposa desde su supuesto “viaje de trabajo” —«voy a alargar la estancia, no me esperes despierto»— sentí algo helarse dentro de mí, pero no dije nada. Unas horas después, su jefe me llamó con voz confusa para preguntarme por qué ella no había aparecido en la conferencia. Solo respondí: «Gracias por la información» y colgué. Cuando por fin abrió la puerta y encontró la casa vacía y los papeles de divorcio sobre la mesa, su historia cambió de repente.

Cuando el mensaje de Laura apareció en la pantalla de mi móvil, estaba terminando de remover una tortilla de patatas medio cuajada.

“Cariño, han cambiado el programa del congreso. Extiendo la estancia una noche más. No me esperes despierto. Te quiero.”

Me quedé mirándolo un par de segundos, con el olor a huevo y cebolla quemándose un poco. No era la primera vez que se quedaba más de la cuenta en algo de trabajo, pero esa frase, “no me esperes despierto”, tenía un peso raro, como si hubiera sido ensayada delante del espejo.

Apagué el fuego, serví la tortilla a medias y me senté en el taburete de la cocina. Madrid estaba en silencio al otro lado de la ventana, con esa luz anaranjada de las nueve y pico. Le respondí algo neutro:

“Vale. Que vaya bien. Descansa.”

El móvil vibró de nuevo a los veinte minutos, pero no era ella. Era un número fijo desconocido. Dudé un momento antes de descolgar.

—¿Sí, dígame?
—¿Daniel Muñoz? Soy Ricardo Herrera, el director comercial de Laura —dijo una voz grave, con ese tono cortés pero tenso—. Disculpa que llame a estas horas, ¿sabes si le ha pasado algo?

Se me heló un poco la nuca.

—¿A Laura? Está en el congreso de Valencia. Me ha escrito hace un rato.
—Por eso llamo —dijo él, carraspeando—. El congreso empezó esta mañana. No se ha acreditado, no ha asistido a ninguna ponencia, y la organización me ha confirmado que ni siquiera figura en la lista de registrados del hotel. He intentado llamarla y no contesta. Pensé que quizá sabías algo.

Sentí cómo la cocina se hacía más pequeña. Miré el plato con la tortilla intacta. Me escuché a mí mismo contestar con una calma que no sentía:

—Gracias por la información, señor Herrera.

Colgué antes de que pudiera añadir nada más.

Durante unos segundos solo se oyó el tic-tac del reloj del microondas. El mensaje de Laura seguía ahí, brillando en la pantalla. “Extiendo la estancia una noche más.” El congreso, según ella, duraba tres días. Según su jefe, ella ni siquiera estaba allí.

Abrí el cajón donde guardábamos las cartas importantes: escrituras del piso, pólizas del seguro, la hipoteca. Mis manos se movían solas mientras en mi cabeza se alineaban semanas de detalles que había querido ignorar: colonias nuevas, risas ahogadas leyendo mensajes, “reuniones” que empezaban cada vez más tarde.

Esa noche dormí en el sofá, con el móvil boca abajo y una idea fija: no iba a esperarla para discutir. No iba a pedir explicaciones a alguien que ya estaba mintiendo.

Dos días después, a las diez y media de la noche, la puerta del piso se abrió con el chirrido de siempre. Las ruedas de la maleta de Laura golpearon el parquet vacío.

—¿Dani? —llamó, con una sonrisa cansada en la voz que se fue deshaciendo al notar el eco extraño del salón.

No había fotos en las estanterías, ni mi abrigo en el perchero, ni mis zapatillas junto al sofá. Sólo el silencio y, sobre la mesa del comedor, un sobre grande con su nombre escrito a mano y un sello de notaría en la esquina.

Laura dejó la maleta a medio abrir, tragó saliva y cogió el sobre con dedos temblorosos. Cuando lo rasgó y vio, en la primera página, la palabra “DIVORCIO” en mayúsculas, soltó un suspiro roto.

En ese mismo instante, su móvil vibró en el bolsillo. Miró la pantalla. Mi nombre. Y una sola frase en el mensaje:

“Ahora, sí, podemos hablar.”

Su historia, de repente, empezó a cambiarse a toda prisa en su cabeza.

Mientras Laura recorría el piso vacío, yo estaba sentado en un bar discreto de Lavapiés, frente a un vaso de agua y a una carpeta azul. El camarero limpiaba vasos con la televisión encendida sin sonido. Mi móvil reposaba boca arriba sobre la mesa. Vi cómo su llamada entraba, parpadeó unos segundos, y la dejé morir.

No fue una decisión impulsiva. Después de la llamada de Ricardo Herrera, todo se había vuelto metódico. Al día siguiente pedí el día libre en la asesoría con la excusa de un tema familiar. Fui al despacho de una abogada que me recomendó mi hermano: Carmen Ruiz, especializada en derecho de familia. Le conté lo del mensaje, la llamada del jefe, los últimos meses extraños.

—No necesitas pruebas de infidelidad para pedir el divorcio —me dijo, sin dramatismos—. Pero si quieres estar seguro de que no te estás precipitando, investiga un poco antes de dar el paso.

No me hacía falta mucho. Esa misma tarde, mientras ella “estaba en una ponencia”, miré nuestras cuentas compartidas. Había un cargo reciente en un hotel de Valencia, sí, pero no en el del congreso que ella me había mencionado. Otro, anterior, en un restaurante caro de Madrid, un martes cualquiera a la hora de comer. Y los mensajes. No violé ninguna contraseña: su WhatsApp web seguía abierto en mi portátil desde hacía meses. Yo simplemente nunca lo había mirado.

Esta vez miré.

Los mensajes con “Javi – Ventas Levante” empezaban siendo laborales y terminaban con chistes internos, fotos de copas, confesiones de “ojalá estuviéramos solos” y un último:

“Nos vemos en Valencia. Esta vez sin excusas.”

Volví a Carmen con la frente fría. Ella preparó la demanda, redactó el convenio, me explicó qué pasaría con el piso, el coche, la cuenta común. Yo simplemente firmé donde me indicaba, como si estuviera revisando un informe más.

El día que Laura regresó, yo ya había sacado mis cosas del piso y estaba temporalmente en casa de mi hermano, en Carabanchel. Habíamos dejado el sobre con la documentación bien visible, como una especie de punto final subrayado.

El móvil vibró de nuevo: esta vez, un mensaje de voz suyo.

—Daniel, ¿qué es esto? —su voz estaba descompuesta—. He llegado y… falta todo. ¿Qué haces? Habla conmigo, por favor. No es lo que piensas.

Respiré hondo y dejé que mandara otro.

—Lo del congreso es… es complicado de explicar por teléfono. Tuve un problema, ¿vale? No pude ir a las ponencias, me encontré con una amiga que lo estaba pasando fatal y… Mira, no mezcles las cosas. Volvemos a hablar y ya está, ¿sí?

Su historia nacía improvisada, con huecos por todas partes. Abrí el mensaje, pero no lo escuché entero. Escribí:

“Mañana, 10:00. Despacho de la abogada, C/ Alcalá 125, 3ºB. Ven sola.”

Esperé. Tardó menos de un minuto en contestar.

“¿Una abogada? ¿De verdad? Dani, estás exagerando. Podemos arreglar esto. Dime dónde estás, voy ahora.”

No respondí.

A la mañana siguiente, llegó al despacho de Carmen con el pelo recogido deprisa y las ojeras marcadas. Llevaba el sobre de la demanda arrugado en la mano.

—Daniel, por favor —dijo en cuanto me vio en la sala de reuniones—. Esto es una locura.

Carmen la saludó con profesionalidad, explicó el procedimiento, le habló de plazos, de régimen económico, de posibilidades de acuerdo. Laura asentía mecánicamente, pero cada pocos segundos me miraba, buscando al hombre que se quedaba despierto hasta que ella llegaba de una “reunión”.

—Dani, lo de Valencia no fue lo que piensas —soltó de golpe, interrumpiendo a Carmen—. No fui al congreso, es verdad. Me encontré con Javier, sí, pero solo porque necesitaba hablar con alguien del trabajo, despejarme. Dormí sola. Te lo juro.

Sacó las palabras deprisa, como quien apaga incendios con las manos desnudas.

Yo abrí la carpeta azul y, sin teatralidad, desllicé unas hojas impresas hacia ella: capturas de pantalla de WhatsApp, extractos bancarios, la reserva del hotel a nombre de “Laura Sánchez y Javier Peña”.

—Entonces —pregunté, sin alzar la voz—, explícame esto.

Su cara se desmoronó por primera vez.

Laura cogió la primera hoja con dedos rígidos. Reconoció enseguida la interfaz verde de WhatsApp, su propio icono de perfil junto al de Javier. Leyó en silencio un par de líneas que yo ya podía recitar de memoria.

“No me lo creo, por fin una noche juntos sin tener que mirar el reloj.”
“Te prometo que no pensaré en nada más.”

Su respiración se volvió un jadeo corto. Pasó a la hoja siguiente, la de la reserva: dos noches, habitación doble, cama de matrimonio, desayuno incluido. Fecha: las mismas que ella me había dado para el “congreso”.

—No… —murmuró—. No es… así.

Carmen observaba la escena con el gesto neutro aprendido tras años de divorcios. Me dirigió una mirada fugaz, como preguntando si quería continuar. Asentí.

—Laura —dije, apoyando los codos en la mesa—. No estoy aquí para que me lo jures otra vez. No necesito que me expliques dónde dormiste. Lo importante es que mentiste. A mí, a tu jefe, a todo el mundo. Y que la persona con la que te fuiste no era “una amiga pasándolo mal”.

Ella cerró los ojos un segundo, apretando los párpados como si eso pudiera borrar las hojas frente a ella.

—Empezó siendo una tontería —soltó de pronto, casi en un susurro—. Mensajes, unas cañas después del trabajo. Tuve la sensación de que tú estabas siempre cansado, siempre con la cabeza en la asesoría, en las facturas, en todo menos en mí. Y con él… era fácil. No iba a pasar de ahí, te lo juro. Lo de Valencia fue… fue un error.

—Un error de dos noches con reserva pagada con la tarjeta común —respondí, sin levantar la voz.

Carmen intervino, práctica:

—No hace falta entrar en detalles íntimos. Lo que nos ocupa hoy es si vais a firmar un convenio de mutuo acuerdo o si preferís ir a un procedimiento contencioso, que será más largo y costoso para ambos.

Laura la miró, como si de repente se acordara de dónde estaba.

—¿Y si intentamos terapia? —preguntó, volviendo a mí—. Llevamos diez años juntos, Dani. Hemos pasado cosas peores.

No respondí enseguida. Diez años. El alquiler del primer estudio en Lavapiés, las tardes en El Retiro, el día que firmamos la hipoteca ahogados por la ilusión y el miedo. Todo cabía en un par de carpetas sobre la mesa: vivienda, cuentas, firmas, sellos.

—Lo peor que hemos pasado —dije al fin— es esto. Y no lo hemos pasado, lo has creado tú. Yo ya he tomado una decisión.

Silencio. El reloj de pared marcaba los segundos, implacable.

—Quiero que te quedes el piso —añadí, mirando a Carmen—. Yo me voy con mis cosas. Solo quiero que cerremos la cuenta común cuanto antes y que no me busques para explicaciones. Ya he escuchado suficientes.

Laura se quedó mirándome, incrédula.

—¿Te vas tú? —preguntó, como si esa fuera la parte más incomprensible—. ¿Dejas tu casa?

—Nuestra casa dejó de existir el día que escribiste “no me esperes despierto” desde una habitación de hotel que no era la del congreso.

Firmé donde Carmen indicó. El bolígrafo resbaló por el papel con una facilidad que casi me ofendió. Después, extendió la documentación hacia Laura. Ella dudó, tembló, miró las hojas, a mí, a la ventana, a cualquier sitio donde hubiera una salida que no existía.

Al final, firmó.

Los meses siguientes fueron quietos y ruidosos a la vez. Me mudé a un piso pequeño y amueblado en Arganzuela, cerca del río. Aprendí a cocinar para uno, a no mirar el móvil cada vez que sonaba pensando que era Laura, a acostarme sin ese hueco en la cama que ya no tenía sentido.

De vez en cuando, me llegaban rumores a través de antiguos compañeros suyos: que Ricardo Herrera la había apartado de algunos proyectos, que Javier había pedido el traslado a otra delegación, que en la oficina, durante un tiempo, su nombre sonaba en susurros.

Yo no preguntaba.

Un sábado de otoño, saliendo del Mercado de San Fernando con una bolsa de verduras en la mano, la vi al otro lado de la calle. Iba sola, con un abrigo gris demasiado grande y el gesto cansado. Nuestros ojos se cruzaron un instante. No hubo gritos, ni lágrimas públicas, ni discursos.

Laura levantó apenas la mano, un gesto mínimo de saludo. Yo respondí del mismo modo. Dos personas que se habían querido, que se habían roto, que ahora solo compartían un pasado y unos papeles archivados.

Seguí caminando hacia mi portal. Subí las escaleras, dejé la bolsa en la encimera y abrí la ventana de la cocina. Madrid seguía siendo la misma ciudad de siempre, con sus ruidos, sus luces, sus conferencias de trabajo en hoteles que ya no me importaban.

El mensaje que lo había cambiado todo seguía guardado en mi móvil. A veces lo veía al desplazar el dedo, entre facturas y recordatorios. No lo borré. No por nostalgia, sino como una marca silenciosa de hasta dónde estaba dispuesto a llegar la próxima vez que alguien me dijera “no me esperes despierto”.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, me acosté temprano. No esperaba a nadie. Y el silencio, esta vez, era mío.