Cuando sonó la alarma a las ocho, Sergio ya estaba despierto, mirando el techo de su piso en Lavapiés. En la silla, perfectamente doblada, la camisa azul que se había comprado solo para esa noche. En la mesa, el pequeño estuche negro del regalo: un colgante de plata con una luna diminuta y la fecha grabada por detrás. Tres años con Lucía.
Cogió el móvil con una sonrisa automática, esperando el típico mensaje cursi. Encontró uno, sí, pero no el que imaginaba.
“Cari, se me ha pasado totalmente que hoy era lo nuestro 😅. Las chicas ya tenían reservado en un rooftop en Malasaña, imposible cancelar. Mañana lo celebramos, ¿vale? Te quiero ❤️”
Sergio se quedó quieto, leyendo y releyendo la frase “se me ha pasado totalmente” como si las palabras fueran golpes. Miró el estuche del colgante, luego el espejo: ojeras, barba de dos días, la ilusión tonta en la mirada.
Escribió despacio:
“Claro, no pasa nada. Que lo pases bien. Mañana lo celebramos 😊”
En cuanto pulsó “enviar”, la sonrisa del emoji le pareció una traición. Caminó por el piso pequeño, dando vueltas. Pensó en las veces que él había cambiado turnos, perdido partidos con sus amigos, cancelado planes para estar con ella. Y ahora Lucía simplemente había “olvidado” su aniversario.
El móvil vibró con otra notificación, esta vez de Instagram. Una historia de Claudia, la hermanastra de Lucía: un café con leche, un libro subrayado, la frase “Mañana examen, deseadme suerte 🙏”.
Claudia siempre había sido diferente: callada, irónica, con una amabilidad sin esfuerzo que a Sergio le resultaba incómoda de lo sincera que era. Cada vez que Lucía le soltaba un comentario frío, Claudia intentaba suavizar la situación con una broma, con un “déjale en paz, tía”.
Una idea se encendió en su mente, primero como un chispazo absurdo, luego como algo que empezaba a tener forma. Miró de nuevo el estuche. No quería que aquel día fuera solo un recuerdo ridículo de cómo había esperado a alguien que ni siquiera se acordaba.
Abrió WhatsApp.
“Claudia, ¿tienes un rato esta tarde? Quiero darte las gracias por algo.”
No tardó en contestar.
“Qué misterio 😂. Salgo de la biblioteca a las seis, si quieres nos vemos por Sol.”
A las seis y diez, Sergio la grababa con el móvil mientras ella abría el estuche sentada en un banco, el sol cayendo entre los edificios de la Puerta del Sol.
—Pero, Sergio… —susurró Claudia, tocando el colgante—. Es precioso. ¿Por qué me lo das a mí?
—Porque siempre has estado cuando nadie más lo estaba —dijo él, sin mencionar el nombre de Lucía—. Y hoy necesitaba que este regalo se lo quedara alguien que sí se lo merece.
Claudia se le lanzó al cuello en un abrazo espontáneo. Él captó el momento sin querer, el colgante brillando, la risa nerviosa de ella. Más tarde, en casa, montó un vídeo corto: el estuche cerrándose, ella abriendo los ojos sorprendida, el abrazo final. Lo subió a TikTok con el texto:
“Mi novia se olvidó de nuestro aniversario. Así que se lo regalé a la única persona que siempre ha sido amable conmigo.”
Sin nombres, sin caras claramente visibles, solo manos, voces, siluetas. Pensó que lo verían sus cuatro amigos y poco más.
En menos de dos horas, el vídeo explotó. Comentarios, likes, gente llamándole “crack”, otros llamándole “tóxico”, debates interminables. Sergio miraba la pantalla con una mezcla de vértigo y calma amarga.
A las once y cuarto de la noche, le llegó un mensaje de Lucía:
“Sergio. ¿Qué es este vídeo?”
Antes de que pudiera contestar, oyó golpes furiosos en la puerta del piso. Abrió. Lucía estaba allí, maquillada, aún con el vestido corto y la chaqueta de cuero, el móvil en la mano temblando, los ojos enrojecidos de rabia.
Detrás de ella, en el rellano, asomaba Claudia, con el colgante de luna colgando del cuello, brillando como una acusación.
—Explícame esto —escupió Lucía, levantando el móvil hacia su cara—. Ahora.
El pasillo olía a perfume caro y a tensión. Sergio miró a una y a otra, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera huir por sí solo.
—Vamos a entrar —dijo él, apartándose de la puerta.
Lucía pasó primero, tacones resonando sobre el parqué. Claudia dudó un segundo, luego entró detrás, cerrando la puerta con cuidado. El colgante tintineó suavemente cuando se giró.
—¿Qué clase de circo es este, Sergio? —preguntó Lucía, agitando el móvil—. ¿Te parece normal humillarme así delante de todo internet?
—En el vídeo no sale tu nombre —respondió él, apoyándose en la mesa del salón—. Ni tu cara. Ni siquiera dije que fueras tú.
—¡Pero todo el mundo sabe que soy yo! —chilló ella—. Mis amigas han visto el colgante, han visto a Claudia, me están enviando el enlace sin parar. ¿Tú sabes el ridículo que estoy haciendo?
Sergio la observó. El maquillaje perfecto, el outfit planeado al milímetro para las fotos del rooftop, el enfado centrado no en él, sino en “el ridículo”.
—Lo que hiciste hoy —dijo, despacio— fue olvidarte de nuestro aniversario. Eso no te parecía ridículo.
Claudia dio un paso al frente, incómoda.
—Lucía, yo no sabía nada —murmuró—. Pensé que sería un detalle de Sergio por ayudarle con…
—¡Cállate tú también! —le cortó su hermanastra, volviéndose hacia ella—. ¿Cómo se te ocurre aceptar un regalo así? ¡El día de nuestro aniversario!
Claudia se mordió el labio, herida.
—¿Y cómo se te ocurre olvidarte de él? —preguntó, en voz baja pero firme—. Te lo llevo recordando toda la semana.
Lucía se giró de pronto hacia Sergio.
—Apaga ese vídeo. Bórralo. Ahora mismo.
Él se quedó en silencio unos segundos. Podía sentir el peso del móvil en su bolsillo, vibrando cada pocos segundos con notificaciones nuevas.
—No voy a borrarlo —dijo al fin—. Es lo que pasó. Yo también tengo derecho a contar mi versión.
—¿Tu versión? —rió ella, incrédula—. Tu versión es editar un vídeo cursi para quedar de víctima y de héroe a la vez. ¡Le has dado MI regalo a ella!
—Nunca llegaste a ser la dueña del regalo —respondió Sergio, con una calma que le sorprendió a sí mismo—. Ni siquiera recordaste que existía.
El silencio que siguió fue espeso, apenas roto por el sonido lejano del tráfico de Madrid filtrándose por la ventana.
Lucía se cruzó de brazos.
—Vale. Perfecto. ¿Sabes lo que has conseguido? —Sus ojos brillaban de una furia contenida—. Mañana, cuando vaya a trabajar, todo el mundo en la oficina habrá visto el vídeo. Ya lo han compartido en un grupo de la empresa. Me están etiquetando en TikTok, Sergio. Esto no se va a quedar así.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó él, cansado.
Lucía le sostuvo la mirada un segundo más, luego dio media vuelta hacia Claudia.
—Y tú —dijo, venenosa—, disfrutas mucho de tu colgante. Quédate también con mi novio, ya que estamos. Siempre te encantó ir de niña buena delante de todos.
Claudia abrió la boca, pero Sergio se adelantó.
—Basta, Lucía. No la metas en esto. Si estás enfadada, estoy aquí.
—No te preocupes, que pienso meteros a los dos —respondió ella, sin mirarlo—. Y también a tus queridos seguidores.
Se dirigió a la puerta, pero se detuvo con la mano en el pomo. Sin girarse, dijo:
—Voy a subir mi vídeo. Y cuando lo veas, espero que tengas la misma cara de seguridad que tienes ahora.
La puerta se cerró de un portazo que hizo vibrar los marcos de las fotos.
Durante unos segundos, sólo se oyó la respiración entrecortada de Claudia.
—Lo siento —susurró ella—. De verdad que no quería…
Sergio se acercó y le colocó con cuidado el colgante en su sitio, porque se le había girado del revés.
—Tú no has hecho nada malo —dijo—. Si quieres devolverlo, lo entenderé.
Claudia negó, con los ojos llenos de dudas.
—No sé si quiero devolverlo —admitió—. Pero tampoco quiero que esto te destroce la vida. Lucía es capaz de cualquier cosa cuando se siente humillada.
Como si el comentario fuera una invocación, el móvil de Sergio vibró con una notificación de TikTok. Lucía acababa de subir un vídeo nuevo.
La miniatura mostraba una captura de su vídeo, congelando el momento del abrazo con Claudia. El título decía:
“La verdad que él no cuenta.”
El vídeo de Lucía no tardó en aparecerle en “Para ti” aunque él ni siquiera le dio a seguirla. TikTok no necesitaba invitación para ofrecerle el incendio que él mismo había iniciado. Claudia estaba sentada a su lado en el sofá, mordiéndose las uñas.
Sergio respiró hondo y le dio a reproducir.
Lucía aparecía sentada frente a la cámara de su cuarto, luz cálida, maquillaje impecable, ese tono de voz suave que usaba cuando quería sonar razonable.
—Hola —empezaba—. Supongo que muchos ya habéis visto el vídeo de mi ex novio —remarcó la palabra con una media sonrisa— donde dice que “su novia se olvidó de su aniversario” y que le dio el regalo a “la única persona que siempre fue amable con él”.
Hizo una pequeña pausa dramática.
—No voy a insultarle. Sólo quiero contar el contexto. Porque, ya sabéis, los vídeos de quince segundos no lo cuentan todo.
Siguieron imágenes y capturas de pantalla. Conversaciones donde Sergio se quejaba de su trabajo, de que “no valgo para nada”, mensajes en los que ella intentaba animarle, fotos de viajes juntos, cenas, notas de voz cariñosas.
—Llevamos tres años juntos —continuó Lucía—. He estado ahí cuando se quedó sin curro, cuando su padre estuvo en el hospital, cuando se encerraba semanas sin querer ver a nadie. Hoy, sí, la he cagado. Me lié con unos planes que llevaba tiempo organizando con mis amigas y no miré el calendario. ¿Error? Por supuesto. ¿Motivo suficiente para humillarme delante de millones de personas? Juzgad vosotros.
Luego vino el golpe final: una captura de pantalla del mensaje de Sergio a Claudia.
“Quiero darte las gracias por algo.”
Y más abajo, una foto desenfocada de ellos dos en la Puerta del Sol que alguien los había pillado desde lejos y había subido a Twitter: se les reconocía lo justo.
—Lo que mi ex no cuenta —dijo Lucía, mirando a cámara— es que lleva meses coqueteando con mi hermanastra, refugiándose en ella cada vez que discutimos. Que si “Claudia sí me escucha”, que si “Claudia me entiende”. Al final, le ha regalado nuestro aniversario a ella. Y ahora todos le llamáis héroe.
El vídeo terminaba con una frase escrita en pantalla:
“Ten cuidados con las historias que solo tienen un narrador.”
Sergio cerró TikTok. Sentía una mezcla extraña de rabia y vergüenza ajena. Había verdad en lo que Lucía decía… pero también omisiones cómodas.
—¿Has estado… coqueteando conmigo? —preguntó Claudia, con una sonrisa triste.
—Nunca te he usado para hacerla daño —respondió él—. Pero es verdad que me refugiaba en ti. Porque tú eras la única que no me hacía sentir… pequeño.
Pasaron los días, y la guerra de vídeos no se detuvo. La historia saltó a Twitter, luego a Instagram. Gente tomando partido, hilos analizando cada mensaje, cada gesto, cada palabra. En la oficina de Lucía se hicieron memes; en el trabajo de Sergio, un taller de diseño gráfico en Chueca, los compañeros le clavaban miradas que mezclaban curiosidad y morbo.
Una tarde, su jefe le llamó al despacho.
—Mira, Sergio —dijo—, lo que hagas con tu vida privada es cosa tuya. Pero ahora mismo, cuando un cliente busca el nombre del estudio, le salen tus vídeos. Necesito que esto se calme.
La frase le cayó encima como una piedra. Esa noche, sentado en la cocina, entendió que la historia se le había ido de las manos.
—Voy a subir el último vídeo —le dijo a Claudia por teléfono—. Y luego voy a desaparecer de todo esto.
El vídeo fue sencillo. Nada de música, ni efectos. Solo él, en su salón.
—He convertido mi dolor en espectáculo —empezó—. Lucía me hizo daño, sí, pero yo he decidido amplificarlo delante de miles de personas. Eso es responsabilidad mía. No voy a borrar nada, porque borrarlo sería fingir que no ha pasado. Pero no voy a seguir. No quiero que mi vida se resuma a un hilo de TikTok.
No habló de héroes ni de víctimas. Al final, añadió:
—Y, sobre todo, dejad en paz a Claudia. No ha hecho nada más que estar en medio de algo que no eligió.
Después, cerró los comentarios, desinstaló la aplicación y apagó el móvil.
Los meses siguientes fueron extrañamente silenciosos. El ruido del internet se fue desplazando hacia otros escándalos. En la vida real, Sergio y Lucía terminaron de romper en una cafetería de Chamberí, sin cámaras, sin espectadores, solo dos tazas de café frío entre ellos. No hubo gritos ni ultimatums, solo la constatación de que ya no confiaban el uno en el otro.
Con Claudia, las cosas fueron lentas. Dejaron de verse durante un tiempo; ella se centró en sus estudios, él en reconstruir su trabajo y su rutina. Un día de primavera, se encontraron por casualidad en el Retiro. Hablaron, caminaron, se sentaron a ver las barcas en el estanque.
—¿Todavía lo llevas? —preguntó él, mirando su cuello.
Claudia sonrió, tocando el colgante de luna.
—Sí. No por lo que pasó, sino por lo que aprendí —dijo—. Ahora sé que las historias simples casi nunca lo son.
Con el tiempo, empezaron a verse más. No hubo anuncio oficial en redes, ni fotos con textos dramáticos. Solo dos personas que, después de haber sido personajes en un drama público, decidieron vivir algo en voz baja.
Lucía, por su parte, se cambió de empresa, de barrio y, según algún rumor que llegó por familiares, también de número de teléfono. Para cuando alguien rescataba los viejos vídeos y preguntaba “¿qué fue de esta historia?”, la mayoría ya no se acordaba de todos los detalles.
Sergio sí. Pero ahora, cuando miraba hacia atrás, veía menos la humillación y más la línea clara a partir de la cual decidió dejar de hacer de su vida un espectáculo y empezar, simplemente, a vivirla.



