Lucía me lo soltó mientras guardaba los platos en nuestro piso de Lavapiés, como si hablara del tiempo.
—He donado tu esperma sin decirte nada. —Ni siquiera me miró—. Mi amiga no podía pagar una clínica. Enhorabuena, eres bio-papá.
Seguí secando el vaso entre las manos. Sentí ese cosquilleo en el estómago que avisa de un accidente justo antes del impacto.
—Eso es ilegal, Lucía —respondí, despacio.
Ella se giró, por fin, con el ceño fruncido.
—No dramatices, Marcos. Fue en casa, nada raro. Tú querías tener hijos algún día, ¿no? Pues mira, has ayudado a Carla. Está embarazada de tres meses.
La silla raspó el suelo cuando me levanté.
—¿Carla de Vallecas? —pregunté, casi sin voz—. ¿La que vino a cenar aquí en enero?
Lucía asintió, cruzándose de brazos.
—Te pedí una muestra “para revisarte”, ¿recuerdas? Te dije que en el hospital podía mirarla una compañera… Bueno, no era exactamente para eso.
Noté cómo se me helaba la espalda. Recordé aquella tarde absurda en el baño, el bote de plástico, las bromas. Me había fiado de ella.
—Cogiste mi semen y se lo diste a tu amiga —resumí—. Sin mi consentimiento. Sin ningún papel. Sin nada.
—No te he hecho daño —insistió—. Ella sólo se inseminó en casa. Ahora por fin va a ser madre. Eres muy egoísta si conviertes esto en un drama legal.
La miré largo rato. Por dentro estaba gritando, pero la voz me salió fría.
—Mañana hablo con un abogado.
Lucía bufó, dando un portazo al entrar en el dormitorio.
Al día siguiente, sentado en el despacho de Javier, mi abogado de confianza, relaté todo con la misma calma tensa.
—Esto no es una broma, Marcos —dijo Javier, revisando sus notas—. Aquí hay una utilización de tu material genético sin consentimiento, posible vulneración de tu intimidad y un lío de filiación de manual. Vamos a presentar denuncia y, paralelamente, un burofax a esa chica, Carla, para que se abstenga de inscribirte como padre o utilizar tu nombre.
Esa tarde, Carla recibió el burofax. Me llamó al instante, número desconocido.
—¿Tú estás enfermo? —gritó, sin saludo—. Este bebé es mío. Lucía me dijo que estabas encantado de ayudar.
—Nunca di mi permiso —contesté—. Y no pienso hacer de padre de algo que se ha hecho a mis espaldas.
Colgó llorando, después de soltar una cadena de insultos.
Durante las semanas siguientes, el piso se convirtió en un campo minado. Lucía me acusaba de traidor; yo dormía en el sofá. Los mensajes de Carla se alternaban entre súplicas y amenazas veladas. Javier me enviaba copias de escritos al juzgado de instrucción, palabras que daban vértigo: “filiación”, “responsabilidad civil”, “posible delito”.
Tres semanas después de la denuncia, una tarde de abril, llamaron al timbre. No esperaba a nadie.
Abrí la puerta. En el rellano había una mujer de unos cuarenta años, carpeta azul en brazos, acreditación colgando del cuello con el logo de la Comunidad de Madrid.
—Buenas tardes, ¿Marcos Álvarez? —preguntó, con tono profesional—. Soy Ana Morales, trabajadora social de Servicios Sociales. Se ha abierto un expediente de protección al menor en gestación. Necesitamos hablar con usted… y con su pareja.
Lucía apareció detrás de mí, pálida.
Y en ese momento entendí que aquello ya no era sólo una pelea entre adultos: el Estado había entrado en nuestra casa.
Dos días después estaba sentado frente a Ana en un despacho pequeño, en un centro de servicios sociales de la calle O’Donnell. Había posters descoloridos sobre crianza positiva y un humidificador zumbando en una esquina.
Ana encendió la grabadora.
—Fecha, diez de mayo. Entrevista con el señor Marcos Álvarez, posible progenitor biológico del menor en gestación —dictó, sin dramatismo—. Marcos, cuénteme con tus palabras qué ha pasado.
Se lo conté todo otra vez. El bote de plástico, la confianza en Lucía, la confesión, el embarazo de Carla, la denuncia. Ana tomaba notas sin levantar apenas la vista.
—¿Quieres ejercer como padre de ese niño, en caso de confirmarse la paternidad? —preguntó al final.
Me quedé en blanco.
—Quiero que se respete mi voluntad. Y que no se utilice mi ADN como si fuera un objeto —dije—. No sé si quiero ser padre de alguien concebido así.
Ana asintió, neutral.
—Entiendo. Nuestro trabajo es valorar el entorno en el que nacerá el bebé. El conflicto intenso y las denuncias pueden afectar a su bienestar. También valoramos la capacidad de cada adulto para responder a las necesidades del menor… aunque no quisiera ser padre en un principio.
La palabra “capacidad” se me clavó.
A la semana siguiente entrevistaron a Lucía. Volvió del centro con los ojos rojos.
—Les he dicho que lo hice por ayudar —me soltó nada más entrar—. Que tú te habías mostrado abierto a la idea de donar. Me han mirado como si fuera un monstruo.
Yo estaba haciendo la maleta. Había decidido irme unos días a casa de mi hermano en Carabanchel.
—No necesito que Servicios Sociales piensen bien de ti —respondí—. Necesito que dejes de manipular mi vida.
—No puedes dejarme sola con esto —susurró—. Si me condenan, puedo perder el trabajo en el hospital.
—Lo pensaste antes de jugar con mi cuerpo, ¿no?
Agachó la cabeza. Salí con la maleta sin añadir nada más.
Carla, mientras tanto, vivía su propia inspección. Javier me enseñó un informe provisional: piso pequeño en Vallecas, trabajo precario en una peluquería, red de apoyo limitada. La describían como “muy motivada para la maternidad, pero con escasos recursos y expectativa idealizada de la crianza”.
El juzgado de familia citó a las tres partes para una vista previa. El día de la comparecencia nos encontramos en el pasillo: Carla con una panza de casi cinco meses, luciendo un vestido ajustado, Lucía con una chaqueta vaquera que le quedaba demasiado grande, yo con un traje que no usaba desde una boda.
Carla me fulminó con la mirada.
—No te preocupes —me dijo en voz baja, con una sonrisa fría—. Aunque consigas que no pongamos tu nombre, este bebé ya tiene tu cara en la ecografía.
—No es una cuestión de cara, sino de consentimiento —respondí.
La secretaria nos llamó a la sala. Dentro, el juez repasó rápido el caso, la intervención de Servicios Sociales, la denuncia penal.
—Hasta que nazca la criatura no podemos practicar una prueba de paternidad —explicó—. Señora Carla Romero, ¿ha mantenido relaciones sexuales con alguna otra persona en el periodo de concepción?
Carla se removió en la silla. Miró de reojo a Lucía, que frunció el ceño.
—Eso es privado —murmuró.
El juez la observó unos segundos.
—Le recuerdo que está bajo juramento.
Carla tragó saliva.
—Bueno… vi un par de veces a mi ex, Sergio. Pero Lucía me aseguró que con el método casero y las fechas era prácticamente seguro que fuera de Marcos.
Sentí que el suelo se movía. Giré la cabeza hacia Lucía. Estaba blanca.
—¿Lo sabías? —pregunté.
Ella no contestó.
El juez tomó nota, impasible.
—Queda, por tanto, abierta la duda sobre la paternidad. Aun así, si finalmente se determina que el padre biológico es el señor Álvarez, este tribunal tendrá que decidir sobre la patria potestad y el régimen de guarda, a la vista de la gravedad de los hechos. No descarten medidas excepcionales.
Ana, la trabajadora social, intervino desde el lateral.
—Recomendamos seguimiento intensivo desde el nacimiento y evaluar, llegado el momento, la idoneidad de la madre y del posible padre para el cuidado cotidiano.
Salimos de la sala en silencio. En el pasillo, Javier me susurró:
—Si la niña es tuya, el juez podría plantearse incluso retirarle la custodia a Carla.
Carla, que lo oyó, se giró de golpe, llevándose las manos al vientre.
—Antes me muero que dejar que me quiten a mi hija —escupió.
Y por primera vez desde que todo empezó, vi un miedo desnudo que no era sólo el mío.
La niña nació en octubre, una madrugada lluviosa, en el Hospital 12 de Octubre. Me enteré por un correo frío de Javier: “Ha nacido la menor. El juzgado nos cita para coordinar la prueba de ADN”.
Yo estaba en el salón del piso de mi hermano, viendo la lluvia resbalar por las ventanas. Durante meses había vivido en una especie de limbo: sin Lucía, sin piso propio, sin saber si en algún barrio de Madrid estaba creciendo un hijo mío.
La prueba se hizo una semana después. Un enfermero pasó el bastoncillo por el interior de la boca de la bebé mientras dormía en los brazos de Carla. No la miré demasiado; me daba la sensación de invadir algo que aún no me pertenecía.
—No la mires así, pareces un extraño —murmuró Carla.
—Es que lo soy —contesté.
El resultado llegó tres semanas después. Javier me llamó al trabajo.
—Noventa y nueve coma nueve por ciento de probabilidad. Es tu hija, Marcos.
Me apoyé en la pared del pasillo, intentando que el mundo dejara de girar.
—¿Y ahora qué?
—Ahora viene lo complicado.
Lo complicado fue la vista definitiva en el juzgado de familia. Ana presentó su informe completo: describía el conflicto, la manipulación de Lucía, la idealización de Carla, mi ambivalencia.
—El señor Álvarez ha mostrado rechazo inicial a la idea de ser padre en este contexto —leyó Ana—, pero también preocupación constante por las consecuencias para la menor y disposición a asumir responsabilidades si el tribunal lo considera necesario.
Carla lloró casi toda la sesión.
—Yo sólo quería ser madre —repetía—. No tengo dinero para clínicas, no tengo pareja estable. Lucía me dijo que era un favor, que todo estaba hablado. He preparado la habitación, he dejado horas en la peluquería… Esta niña es mi vida.
Lucía, más delgada, con el pelo recogido en un moño tenso, declaró en la parte penal, anexada al procedimiento.
—No pensé que fuera tan grave —dijo—. Creí que, al ser su pareja, podía decidir con él. No quería hacer daño.
El fiscal fue seco.
—Usted engañó a su pareja para obtener una muestra de semen e introducirla en el cuerpo de un tercero. Eso no es “decidir con él”. Eso es vulnerar su libertad y su intimidad.
Al final, el juez leyó la sentencia con voz monótona, como si hablara de una hipoteca.
Lucía fue condenada por un delito leve de coacciones y vulneración de la intimidad, con una multa, trabajos en beneficio de la comunidad y la prohibición temporal de ejercer en determinados puestos sanitarios. Para Carla, el golpe fue otro: el tribunal reconocía mi paternidad y, a la vista del conflicto y de ciertos indicadores de inestabilidad emocional, otorgaba la guarda y custodia a mi favor, manteniendo para ella un amplio régimen de visitas supervisadas al principio.
—La niña no será separada de su madre —aclaró el juez—, pero el señor Álvarez asumirá la responsabilidad principal, con seguimiento de Servicios Sociales.
Carla se desplomó en el banco, sollozando.
Yo me quedé quieto. No era la victoria que buscaba; de hecho, nunca había buscado ganar nada. Sólo quería que me devolvieran una vida anterior que ya no existía.
Meses después, me encontré empujando un carrito por el Retiro. La niña, Alba, llevaba un gorrito gris y se entretenía agarrando mis dedos con una fuerza inesperada. Ana caminaba unos pasos detrás, tomando notas mentales más que en su libreta.
—Has cambiado mucho desde la primera entrevista —comentó cuando nos sentamos en un banco—. Ahora hablas de “mi hija” sin dudar.
Miré a Alba, que me observaba con esos ojos oscuros que no sabía de quién había heredado.
—No elegí cómo llegó —dije—. Pero sí puedo elegir qué hacer con lo que hay ahora.
Carla la veía tres tardes por semana en un Punto de Encuentro Familiar. A veces, cuando nos cruzábamos en la entrada, se quedaba unos segundos mirándome.
—Te la cuidas bien —decía, sin ironía.
Lucía había desaparecido de mi vida. Supe por terceros que trabajaba en una clínica privada fuera de Madrid, cumpliendo su condena en silencio. Nunca me llamó.
Una tarde de domingo, mientras Alba se quedaba dormida sobre mi pecho, pensé en la cadena de decisiones que nos había traído hasta allí: un bote de plástico, una mentira, una idea de ayuda mal entendida. Ninguna sentencia podía deshacer eso.
Pero la niña respiraba tranquila, ajena a denuncias, expedientes y culpas. Y, aunque nunca habría elegido ser padre así, ahora lo era de forma irrebatible.
No había héroes ni villanos claros en aquella historia, sólo adultos enfrentados y una niña que necesitaba algo simple: que alguien se hiciera cargo de ella.
Y eso, al final, me había tocado a mí.



