A las tres de la madrugada, cuando el silencio pesa más que cualquier grito, me llegó su mensaje: “Estoy en casa de Jake. Ven a buscarme o lo nuestro se acaba”. Sentí el corazón helarse… y con una calma que no reconocí como mía, escribí: “Entonces, lo nuestro se acaba”. Tomé captura de su ubicación y se la envié a la esposa embarazada de Jake. Al amanecer, ella me llamaba, llorando y desesperada, suplicando un techo: la habían echado a ambos.

A las 3:07 de la madrugada, mi móvil vibró en la mesilla y me arrancó de un sueño ligero. Alcancé el teléfono a ciegas, medio dormido, con la vista todavía borrosa. En la pantalla, el nombre de Laura. Abrí WhatsApp y solo había un mensaje:
“Estoy en casa de Jake. Ven a recogerme o se acaba lo nuestro.”
Tardé unos segundos en entender lo que estaba leyendo. El punto azul de su ubicación en tiempo real brillaba sobre un mapa de Alcalá de Henares, justo en la misma urbanización donde vivían Jake y Marta, su mujer, embarazada de siete meses.

Llevábamos casi dos años juntos. Laura, 26, camarera en un bar del centro de Madrid. Yo, 29, informático, esclavo del turno de mañana. A Jake lo conocimos en el gimnasio; inglés viviendo en España desde hacía años, de esos que hablan castellano con acento pero se hacen colegas de todo el mundo. Nos invitó varias veces a su casa con Marta, paellas de domingo, partidos del Atleti. Yo le caía bien a Marta; un día me pidió mi número para montar un grupo de WhatsApp con “los amigos de Jake”. Por eso tenía su contacto guardado.

Hacía semanas que algo olía raro. Mensajes que Laura borraba, cambios de humor, “cariño, hoy me quedo con las chicas”, pero volvía oliendo a colonia de hombre que no era la mía. Una vez vi en su móvil una notificación de Jake a las doce de la noche, y ella me llamó paranoico, celoso, “típico tío inseguro”. Esa palabra se me quedó clavada. Inseguro. Y ahora estaba allí, a las tres de la mañana, en casa de “un amigo de ambos”, dándome un ultimátum.

Miré de nuevo el mensaje. “Ven a recogerme o se acaba lo nuestro.”
Sentí algo muy parecido a calma. Una calma fría, precisa. Tecleé despacio:
“Entonces se acaba lo nuestro.”
Lo envié. Doble check azul. No añadí nada más. Silencié la conversación y abrí la ubicación que me había compartido. El puntito azul seguía quieto en el mismo portal adosado donde Marta nos había enseñado, hacía apenas un mes, la ecografía del bebé en la pantalla de su salón.

Hice una captura de pantalla a la ubicación, con la hora bien visible, y abrí el chat de Marta: “Marta – mujer de Jake 👶🏻”. El cursor parpadeó unos segundos mientras pensaba qué escribir. No necesitaba discurso. Solo escribí:
“Perdona la hora. Creo que esto deberías verlo.”
Adjunté la captura y le di a enviar. El mensaje voló, y justo debajo apareció “escribiendo…”. Me quedé mirando la pantalla, tumbado boca arriba, con el corazón acelerado pero la mente sorprendentemente clara.

En menos de treinta segundos empezó el concierto: primero una llamada entrante de Jake, que rechacé sin dudar. Luego otra de Laura. Tres notas de voz de Marta, que no abrí. Uno tras otro, los iconos de notificación se fueron acumulando. Dejé el móvil boca abajo, el zumbido constante sobre la madera de la mesilla llenando el silencio de mi habitación. Mientras cerraba los ojos, el timbre de una nueva llamada resonó de nuevo y, en el momento exacto en que estuve a punto de apagar el teléfono, la pantalla se iluminó con un mensaje de Marta, en mayúsculas, que me atravesó el pecho:
“IVÁN, ACABO DE LLEGAR A CASA. ESTÁN AQUÍ LOS DOS. NO TE IMAGINAS LO QUE ESTÁ PASANDO.”

Desperté a las siete y media con la boca seca y la sensación de no haber descansado nada. El móvil seguía en la mesilla, caliente de tanto uso. Tenía más de cien notificaciones entre WhatsApp y llamadas perdidas. Me incorporé despacio y empecé a revisar.

En el chat de Marta había un torrente de mensajes. Primero, audio tras audio, todos entrecortados, gritos de fondo, puertas golpeándose. Uno de texto decía: “He llegado y estaban en el salón, borrachos. Ella con tu novia en bragas en mi sofá. Jake diciendo que no es lo que parece. Me estoy volviendo loca.”
Más abajo, otro: “Se ha intentado vestir delante de mí como si nada. La he echado de mi casa. A él también. No quiero verles más.”
Luego silencio durante casi una hora, roto solo por un “Gracias por decírmelo, de verdad. Me voy a casa de mi hermana. Esto se ha acabado.”

Salí de WhatsApp y miré el registro de llamadas: doce de Laura, tres de Jake, una de un número desconocido que supuse que era la hermana de Marta o algo así. Abrí por fin el chat de Laura. Su último mensaje de la noche, tras mi “Entonces se acaba lo nuestro”, era: “¿En serio, Iván? ¿Vas a dejarme tirada?” Después empezaron los audios: llantos, reproches, insultos mezclados con súplicas. A las 5:46, el tono cambió: “Marta nos ha echado. Jake se ha ido al hotel de un amigo y yo estoy en la calle, no tengo dinero para un taxi. Por favor, ven a por mí, hablamos y lo arreglamos. No me hagas esto.”

En ese momento sonó el portero automático. Di un respingo. Miré el reloj: 7:42. Me acerqué al telefonillo.
“¿Sí?”
“Soy yo, Iván. Por favor, ábreme.” La voz de Laura sonaba gastada, ronca de llorar.
Miré por la ventana del salón hacia la calle. Abajo, junto al portal, estaba ella: mochila al hombro, una pequeña maleta, el maquillaje corrido, el pelo recogido de cualquier manera. Una sudadera que yo le había regalado y unas zapatillas blancas llenas de polvo. Nadie más en la calle.

Pulsé el botón y abrí el portal. No tenía claro qué iba a hacer después, pero quería verla la cara. Minutos después escuché sus pasos subiendo las escaleras, pesados, arrastrando la maleta. Llamó a la puerta, dos golpecitos débiles. Abrí.

De cerca estaba peor. Olía a alcohol, tabaco y perfume barato mezclado con sudor. Sus ojos, hinchados.
“¿Puedo pasar?” preguntó, sin mirarme directamente.
Me aparté solo lo justo. Entró con la maleta, miró alrededor como si fuera un sitio nuevo aunque había estado allí cientos de veces.
“Solo necesito unos días, Iván. No tengo a dónde ir. Jake se ha largado. Marta me odia. Mis padres me matan si aparezco así de golpe. Te lo juro, solo un colchón en el suelo, lo que sea.”

La observé en silencio. Se sentó en el borde del sofá, torciendo las manos.
“¿Y Jake? ¿No puede venir a recogerte? Al fin y al cabo estabas en su casa, ¿no?”
Apretó los labios. “Está con su amigo en un hotel en el centro. Dice que ahora mismo no puede hacer nada, que necesita pensar. Vamos, que me ha dejado tirada igual que tú.” Sonrió sin humor. “Supongo que me lo merezco, ¿no?”

No respondí a eso. Fui a la cocina, puse la cafetera y desde allí la oí sorber los mocos. Cuando volví con una taza de café, todavía estaba en la misma posición.
“Puedes quedarte en el sofá, de momento,” dije al fin. “Pero que quede claro que lo nuestro se ha acabado. No eres mi novia. No vamos a hacer como si nada hubiese pasado.”
Asintió rápido, agarrándose a esa mínima concesión. “Lo sé, lo sé. Solo… gracias. Te prometo que buscaré algo en unos días.”

Se levantó para ir al baño y, mientras cerraba la puerta tras de sí, mi móvil vibró de nuevo en la mesa. Un número que no tenía guardado.
“Hola, soy Marta,” decía el mensaje. “He conseguido tu contacto por el grupo del gimnasio. Necesito hablar contigo. Solo tú y yo.”
Debajo, otro: “Hoy por la tarde, si puedes. Quiero saber toda la verdad.”
Me quedé mirando la puerta del baño, donde se oía el agua correr, y luego la pantalla del móvil. El eco de sus palabras resonó en mi cabeza, justo antes de que llegara un último mensaje suyo que tensó todavía más el aire del salón:
“Jake dice que tú lo has malinterpretado todo. No pienso creerle hasta que hable contigo cara a cara.”

Quedé con Marta aquella misma tarde en una cafetería tranquila cerca de Lavapiés, lejos de la casa que compartía —o más bien había compartido— con Jake. Llegué unos minutos antes y la vi entrar arrastrando los pies, con una barriga redonda marcando cada movimiento. Llevaba una coleta alta, la cara sin maquillar y unas ojeras profundas.

“¿Iván?” preguntó, aunque estaba claro que era yo. Asentí y nos sentamos en una mesa del fondo.
“Gracias por venir,” dijo mientras se acomodaba con esfuerzo. “No he dormido nada. El niño tampoco me deja en paz, creo que nota todo esto.” Se llevó la mano al vientre con un gesto mecánico.

No sabía muy bien por dónde empezar, así que fui directo. “Solo te envié la captura porque me pareció justo que lo supieras. No esperaba… todo lo que vino después.”
“Yo sí,” murmuró ella. Me miró fijamente. “Jake llevaba meses raro. Siempre con el móvil, riéndose con mensajes que no me enseñaba. Yo pensaba que era cosa del trabajo, del gimnasio… Tonterías. Ayer por la noche me dijo que se quedaba a dormir en casa de un compañero porque al día siguiente madrugaban para ir a correr. Y luego me mandas tú eso.”

Saqué el móvil y le enseñé la conversación de esa madrugada con Laura, el mensaje del ultimátum, la ubicación. Marta leyó despacio, apretando la mandíbula.
“Jake dice que lo teníais todo hablado, que tú sabías que él y Laura tenían algo.”
Solté una risa seca. “No. Yo tenía sospechas de que algo pasaba. Lo que sabía seguro es que era mi novia y que me mentía. Anoche fue la confirmación.”

Ella asintió, como si esa pieza encajara con todas las demás en su cabeza. “Él ahora está en casa de un amigo. Me manda mensajes, notas de voz, que si fue un error, que si está confundido. Que la culpa es de ella, que le ha calentado la cabeza. Y ella, por su parte, me ha escrito esta mañana diciendo que todo ha sido un malentendido.” Buscó algo en su bolso y sacó el móvil. Me mostró un mensaje de Laura: “No quería hacerte daño. Jake me dijo que estabais mal, que estabais prácticamente separados. Solo pasó.”

Sentí un leve cosquilleo al ver su nombre en otra pantalla, contando otra versión. Marta bebió un sorbo de agua y sus ojos se llenaron de lágrimas que no llegaron a caer.
“Solo quiero saber si hay algo más. Si lo habían hecho antes en tu casa, si tú sabías algo que yo no,” dijo, con la voz baja pero firme.

Pensé un segundo. Podía minimizarlo, decir que no sabía nada más y dejarles una puerta medio abierta. O podía cerrarla por completo. Recordé a Laura dormida en mi sofá esa misma mañana, ronquidos suaves, la maleta abierta en el suelo como si fuera ella la víctima de algo que simplemente le había caído encima.

“No es la primera vez que sospecho de ellos,” dije al final. “Hace unas semanas vi mensajes de Jake en su móvil, muy tarde, con emojis y tonito. Ella me juró que era cosa de amigos. Le quise creer. Pero muchas noches, cuando me decía que estaba con sus amigas, en realidad estaba ‘tomando algo con gente del gimnasio’. Y casualmente siempre estaba Jake.” Añadí algunos detalles que no podía demostrar, pero que encajaban demasiado bien con lo que Marta ya intuía. No mentí del todo, pero tampoco hice ningún esfuerzo por suavizar nada.

Marta respiró hondo. “Vale. Es suficiente.” Guardó el móvil. “He llamado a un abogado. Voy a seguir adelante con el divorcio. No le quiero cerca de mi hijo. Y a ella… que se apañe. Que se busquen la vida juntos si quieren.” Me miró con una mezcla de cansancio y determinación. “Te lo debía. Saberlo todo me hace daño, pero al menos no me siento loca.”

Cuando volví a mi piso, ya era casi de noche. Encontré a Laura en la cocina, con una tortilla en la sartén y la mesa puesta. Había recogido la casa, doblado mi ropa, incluso había dejado una nota pegada en la nevera: “Perdón por todo. Voy a demostrarte que puedo cambiar.” La miré un instante en silencio.

“¿Qué tal el café ese al que ibas?” preguntó, intentando sonar casual.
“Productivo,” respondí, dejando las llaves en la mesa. “Era con Marta.”
Se quedó quieta, con la espátula en el aire. “¿Con… Marta?”
“Asintió. “Quería saber la verdad. Se la he contado. Toda.” Me apoyé en el marco de la puerta. “Va a divorciarse de Jake.”

La sangre pareció abandonarle la cara. Apagó el fuego sin mirar. “¿Y tú? ¿Qué vas a hacer conmigo?”
Me senté en la silla del comedor. “Nada especial. Puedes quedarte aquí una semana más, en el sofá. Después tendrás que buscarte otro sitio. No somos pareja, Laura. No lo vamos a ser otra vez. No vamos a dormir juntos, no vamos a hacer como si esto fuera una crisis que se arregla con cuatro cenas y tres te quiero.”

“¿Me odias tanto?” susurró.
“Ni siquiera,” contesté. “Solo ya no me importa lo suficiente como para protegerte de las consecuencias de lo que has hecho.”
Se dejó caer en la silla de enfrente, sin fuerza. No lloró. Solo se quedó mirando un punto fijo de la mesa.

Una semana después, cuando volví del trabajo, su maleta ya no estaba. Había dejado las llaves sobre la encimera y un papel doblado en dos: “Me voy a casa de mis padres. Gracias por no dejarme en la calle.” No añadía nada más. En mi móvil, un mensaje de Marta: “He hablado con el abogado. El proceso ha empezado. El bebé está bien. Gracias otra vez por abrirme los ojos.” Adjuntaba una foto borrosa de una ecografía.

Me senté en el sofá vacío, abrí el chat de Laura y subí hasta el principio de esa noche. “Estoy en casa de Jake. Ven a recogerme o se acaba lo nuestro.” Mantuvé el dedo sobre el mensaje y seleccioné “Archivar”. La conversación desapareció de la lista. Dejé el móvil en la mesa, el piso en silencio, la cabeza extrañamente ligera.

Esta vez, fui yo quien decidió cuándo se acababa.