Me llamo Alejandro Martín y, cuando todo esto empezó, tenía treinta y dos años y una boda por delante. Vivía en Madrid, trabajaba como ingeniero informático en una empresa de software y llevaba casi dos años saliendo con Lucía Rivas, una economista de Barcelona que, desde que la conocí, parecía tener un plan detallado para cada minuto de su vida.
Nos conocimos en un afterwork en Chamartín. Ella acababa de volver de un máster en ESADE y hablaba sin parar de startups, rondas de inversión y “su futura libertad financiera”. Yo, más simple, pensaba en pagar la hipoteca y en ahorrar algo para vacaciones en Cádiz. Aun así, encajamos. A Lucía le gustaba que yo fuera “estable”; a mí me atraía su ambición, esa forma de mirar todo como si fuera un balance.
Cuando decidimos casarnos, fue ella quien llevó la voz cantante. Iglesia en el centro, banquete en una finca de Toledo, lista de invitados en Excel, presupuesto en otra pestaña con fórmulas y colores. Yo asentía, firmaba transferencias y hacía de chófer entre pruebas de menú y visitas a floristas.
Una noche, a un mes de la boda, me soltó la frase que cambió todo, aunque entonces no lo entendí.
—Cariño, tenemos que ir al notario a firmar las capitulaciones —dijo, como quien comenta que falta comprar vino.
—¿Capitulaciones? —fruncí el ceño—. ¿Un acuerdo prematrimonial?
—Exacto. Un contrato para proteger mis futuros activos —pronunció “activos” como si hablara de algo sagrado—. La startup está a punto de cerrar una ronda. Mi abogado dice que es lo más sensato.
Me quedé callado. Nunca había pensado en un prenup. Mis padres se habían casado en gananciales sin darle más vueltas y se habían divorciado gritando por un piso en Alcorcón. Lucía, en cambio, hablaba de “separación de bienes” con la naturalidad de quien recita una receta.
—¿Y si no firmo? —pregunté, más para probarla que por otra cosa.
Lucía ni siquiera dudó.
—Entonces no me caso —respondió, clavándome los ojos—. No voy a poner en riesgo años de trabajo por romanticismo. Te quiero, pero también quiero seguridad.
Apreté los labios. En el fondo, no tenía nada que proteger. Mi sueldo, un Seat León a medias con el banco y un piso minúsculo en Vallecas con hipoteca. Ella, en cambio, tenía un proyecto que podía valer millones, según repetía su mentor de la aceleradora.
—Está bien —dije al fin—. Lo firmo.
El día del notario fuimos a una notaría cerca de Colón. Todo olía a madera vieja y a papeles caros. Su abogado, Javier, un tipo elegante de cuarenta y tantos, nos esperaba con una carpeta azul.
—Son capitulaciones de separación total de bienes —explicó—. Cada uno conserva lo que tenga y lo que obtenga en el futuro, sin derecho a reclamación.
Lucía asentía convencida. Yo escuchaba solo a medias, distraído por la fecha grabada en la pluma del notario y por el cosquilleo incómodo en el estómago.
—Y aquí —continuó Javier— se añade una cláusula específica para activos futuros: herencias, donaciones, plusvalías, premios de azar, loterías…
La palabra “loterías” me llamó la atención. El abogado siguió leyendo, con lenguaje técnico: “cualquier incremento patrimonial futuro derivado de juegos de azar, sorteos o similares tendrá carácter estrictamente privativo del cónyuge que lo obtenga, sin que el otro pueda reclamar participación alguna”.
Lucía intervino:
—Eso lo pedí yo. Es importante dejarlo claro.
Las miradas se cruzaron. Javier me ofreció la pluma.
—Si estás de acuerdo, Alejandro, firmas aquí, aquí y aquí.
Lucía añadió, con voz baja pero firme:
—Ale, si no firmamos hoy, hay que cancelar la fecha con la finca.
Sentí cómo el silencio de la sala pesaba sobre mí. Vi mi nombre impreso en el contrato, la cláusula subrayada, la palabra “loterías” destacando como una broma absurda. Tragué saliva, cogí la pluma y firmé.
Mientras mi firma se dibujaba en el papel, una idea fugaz me cruzó la mente, tan absurda que ni siquiera la tomé en serio: ¿Y si algún día fuera al revés?
No sabía que, en ese momento exacto, estaba sellando el origen del escándalo que tres años después dejaría a Lucía con la boca abierta, a su abogado en silencio… y a mí con un boleto premiado entre los dedos.
Tres años después de aquella firma, nuestra vida en común era muy distinta de la foto perfecta que Lucía había colgado en Instagram el día de la boda.
Lucía vivía pegada al portátil. Su startup, FinRise, una plataforma de inversión automatizada, había crecido deprisa. Había rondas, inversores, viajes a Londres y Berlín. Empezó a hablar en inglés en casa sin darse cuenta, mezclando “deadline” y “equity” con las discusiones sobre quién sacaba la basura. Yo seguía en mi trabajo, con un horario fijo, proyectos aburridos y un jefe obsesionado con los informes.
La separación de bienes se notaba en lo cotidiano: cada uno tenía su cuenta, su tarjeta, sus gastos. Compartíamos alquiler en un piso mejor en Chamberí, pero el contrato estaba a mi nombre y el depósito lo había puesto yo. Ella pagaba más cenas fuera; yo me encargaba de la compra del día a día. No había discusiones abiertas, pero sí un fondo de contabilidad permanente que lo impregnaba todo.
Una tarde de viernes, saliendo de la oficina, pasé por un estanco en Cuatro Caminos. Había cola para la Primitiva especial de primavera, bote acumulado, carteles con números gigantes. Nunca jugaba, pero ese día, aburrido, compré un boleto de Euromillones casi por inercia, marcando números al azar: la fecha de nuestra boda, el día que conocí a Lucía, el número de mi portal de niño.
Lo guardé en la cartera y, sinceramente, me olvidé.
Hasta el martes siguiente.
Estaba en el salón, con el móvil en la mano, cuando me saltó una notificación de la app de Loterías: “Tiene un premio superior. Acuda a su administración”. Fruncí el ceño. Saqué el boleto, miré los números en la televisión, y al principio pensé que estaba leyendo mal. Luego conté, comparé y volví a contar.
Cinco números, dos estrellas. Acertados.
Se me secó la boca. Entré en la web oficial, metí los datos, y allí apareció la cifra: 5.000.000 €. Cinco millones. No cinco mil, no cincuenta mil. Cinco millones.
Me quedé sentado en el sofá, con el corazón desbocado. Pensé en mis padres, en mi hipoteca, en el Seat León, en los correos de mi jefe de mierda. Pensé, inevitablemente, en Lucía y en su obsesión por los “activos futuros”.
Cuando ella llegó esa noche, ojerosa y con el portátil colgado del hombro, yo seguía con el boleto sobre la mesa.
—¿Qué haces con eso? —preguntó, dejando las llaves en el cuenco.
—He ganado —dije, con la voz más tranquila de lo que me sentía—. El bote. Cinco millones.
Lucía parpadeó, como si no hubiera procesado la frase.
—¿Cómo que has ganado?
Le enseñé el mensaje, la web, el boleto. Su cara pasó de la incredulidad a una sonrisa abierta, brillante, casi infantil.
—¡Dios! —rió—. ¡Alejandro, somos millonarios!
La palabra “somos” me pinchó, pero no dije nada. Me abrazó, empezó a hablar rápido: nos compramos un piso en el centro, invertimos una parte en FinRise, otra en fondos indexados, dejamos el trabajo, viajamos. En menos de cinco minutos ya tenía un plan de negocio para mi premio.
—Mañana llamo a Javier —añadió—. Que nos haga una estructura fiscal buena. No quiero que Hacienda se quede la mitad.
Esa noche apenas dormí. No por el dinero, sino por una frase: “cada uno conserva lo que obtenga en el futuro”. Y, sobre todo, por esa línea ridícula que había escuchado distraído tres años atrás: “premios de azar, loterías”.
Al día siguiente, estábamos en el despacho de Javier, el mismo abogado que nos había acompañado al notario. La oficina en la Castellana, las vistas a las torres, la cafetera de cápsulas caras. Javier nos recibió sonriente.
—Así que enhorabuena, Alejandro. Cinco millones no se ganan todos los días —dijo estrechándome la mano.
Lucía se adelantó:
—Javier, necesitamos que estructures esto bien. Parte para invertir en la empresa, parte para nosotros, otra para un plan de jubilación…
Hablaba en plural con naturalidad. Javier asentía, tomando notas.
—Antes de nada —interrumpí—, tendremos que ver cómo encaja esto con las capitulaciones, ¿no?
Él levantó la vista, sorprendido.
—Bueno, sí, por formalidad. Pero al ser matrimonio, aunque en separación de bienes, siempre se puede estudiar…
Saqué de mi mochila una carpeta transparente con el original de las capitulaciones. Las había pedido al notario el día anterior, después de no pegar ojo.
La dejé sobre la mesa.
—Creo que conviene que leas la cláusula especial que añadió Lucía —dije, mirándola a ella, no a él.
Javier ajustó las gafas, abrió la carpeta y empezó a leer. Pasó las primeras páginas deprisa, hasta que llegó al apartado de “Activos futuros”. Sus ojos corrieron por el párrafo, luego se detuvieron. Volvió a leer más despacio.
Lucía, a su lado, inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué pasa? —preguntó.
El despacho se quedó en silencio. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado.
Javier levantó la vista hacia mí, luego hacia Lucía, visiblemente incómodo.
—Lucía… esta cláusula… —murmuró.
Yo pensé en el boleto guardado en mi billetera, en los años de “cada uno lo suyo”, en el “si no firmas, no hay boda”.
Me incliné hacia adelante, señalé con el dedo la frase subrayada y dije despacio:
—Cláusula 7.2. La escribiste tú. Y ahora queréis que actuemos como si no existiera, ¿verdad?
El bolígrafo de Javier resbaló de su mano y cayó sobre la mesa.
No dijo ni una sola palabra.
Durante unos segundos, nadie habló. Lucía miraba a Javier esperando que reaccionara, que dijera algo tranquilizador, una fórmula mágica para deshacer su propia letra en aquel contrato.
—Javier —insistió—, esto se puede… interpretar, ¿no? Es un premio, pero estamos casados. Somos una unidad familiar.
El abogado carraspeó, incómodo.
—A ver… —empezó—. Jurídicamente, el premio es privativo de Alejandro. La cláusula es clara: “estrictamente privativo del cónyuge que lo obtenga, sin que el otro pueda reclamar participación alguna”. Y la separación de bienes refuerza esa idea.
—Pero eso era para mi startup, para mis acciones —replicó Lucía, subiendo el tono—. Yo quería proteger lo mío, no… esto.
—La cláusula no hace distinción —respondió Javier, evitando mirarla directamente—. Habla de cualquier incremento patrimonial por azar. Y la firmaste tú. Ambos la firmasteis.
Lucía se giró hacia mí, como si yo hubiera movido los hilos de una trampa oculta.
—¿Sabías que iba a pasar esto? —me lanzó, con los ojos encendidos—. ¿Has estado esperando que algo así ocurriera?
Me reí, sin humor.
—Claro, Lucía. Llevo tres años comprando lotería a escondidas porque recordaba tu cláusula de memoria. He hecho un plan maestro para que el universo me diera un premio justo ahora.
—No me vaciles —escupió.
Javier levantó las manos, intentando calmarla.
—Podemos estudiar si hay alguna vía —dijo—. Vicio en el consentimiento, error en la interpretación…
—Yo no firmé con error —lo corté—. El notario leyó la cláusula. Ella pidió que se pusiera, tú estabas presente. Yo apenas tenía nada entonces. Acepté las reglas del juego.
Lucía apretó las mandíbulas.
—Pero somos pareja. He trabajado como una loca estos años. He sacrificado todo.
—Y yo también he trabajado —respondí, sin subir la voz—. Y he pagado muchas cosas que ni recuerdas porque eran “pequeñas”. El alquiler, la compra, el coche. Nunca te pedí que compartieras tus participaciones de FinRise.
Ella se quedó callada un instante, respirando rápido. Luego miró a Javier.
—Dime que hay algo que hacer.
Javier se tomó un segundo de más antes de contestar.
—Puedes intentar impugnar las capitulaciones, pero con lo que hay por escrito… no tengo muchas esperanzas —admitió—. Y sería un proceso largo, caro y muy incierto.
El silencio se asentó, pesado. Yo ya había tomado una decisión la noche anterior, leyendo aquellas páginas.
—Lucía —dije—, no voy a negar que el dinero es mío. Legalmente, lo es. Pero tampoco quiero convertir esto en una guerra de abogados.
Sus ojos se iluminaron un momento.
—Entonces compartirás, ¿no?
—No como tú estás pensando —respondí—. No voy a meter un euro en FinRise. Y no voy a poner todo a medias. Lo que puedo hacer es algo puntual: te transfiero una cantidad cerrada, como regalo. Sin participación, sin acciones, sin derecho a decidir qué hacer con el resto.
Su expresión cambió al instante, de ilusión contenida a rabia pura.
—¿Cuánto?
—Cien mil euros.
La carcajada que soltó fue seca.
—¿Cien mil? ¿De cinco millones? ¿En serio?
—Es más de lo que yo tenía cuando firmamos la cláusula que tú exigiste —contesté—. Y bastante más de lo que tú pensabas darme si la que hubiera vendido la empresa por millones fueras tú.
No respondió. Sabíamos los dos que, si el éxito hubiera sido suyo, yo habría visto poco o nada. Porque el contrato estaba hecho para eso.
—Si no te interesa —añadí—, no pasa nada. No estoy obligado a darte nada.
Javier se removió en la silla.
—Es una oferta razonable —dijo en voz baja.
Lucía lo fulminó con la mirada.
—Tú trabajas para mí —le recordó—. No para él.
El abogado bajó la vista a los papeles. Yo me levanté, guardé la carpeta y respiré hondo.
—Piensa la oferta —dije—. Te la mantengo una semana. Luego, nada.
Salí del despacho dejando a los dos allí, en silencio. En el ascensor, por primera vez desde que vi los números premiados, sentí una calma extraña: la sensación de estar jugando, por fin, con reglas claras.
Una semana después, Lucía no aceptó. Mandó un correo, frío, escrito como un informe de inversión: “Tu propuesta es insuficiente. Mis abogados valorarán otras opciones”. A partir de ahí llegaron burofaxes, amenazas veladas de demandas, conversaciones filtradas a amigos comunes.
Yo seguí mi vida. Pedí el premio oficialmente, cambié el coche, amortigüé la hipoteca de mis padres en Alcorcón, me fui unos días solo a Menorca. Cada euro que gastaba lo acompañaba una mezcla de vértigo y una tranquilidad casi mecánica: estaba usando algo que, según el papel que ella misma diseñó, era solo mío.
A los tres meses, Lucía y yo ya no vivíamos juntos. Ella se mudó a un apartamento alquilado cerca de la oficina de FinRise. Yo me quedé en Chamberí, en un piso que compré a mi nombre, sin fotos de boda en las paredes. La relación se redujo a mensajes sobre el procedimiento de divorcio y correos reenviados por los abogados.
El intento de impugnar las capitulaciones no llegó lejos. El juez, después de revisar el documento, la lectura del notario y los correos previos a la firma, desestimó la demanda. La cláusula sobre loterías y juegos de azar fue considerada válida, expresa y consciente.
La noticia nunca salió en los periódicos, pero en nuestro círculo corrió el rumor: Lucía Rivas, la emprendedora brillante que quiso blindar su futuro, se había quedado fuera de un premio millonario por su propio contrato. Algunos lo contaban con sorna; otros, con incomodidad.
Un día, meses después de la sentencia, nos cruzamos por casualidad en la Gran Vía. Ella venía hablando por el móvil, con aire cansado. Yo llevaba una bolsa de libros. Nos miramos un segundo.
—Hola —dije.
—Hola —respondió, seca.
Nos quedamos en silencio. Vi en su gesto algo que no era solo rabia, ni solo orgullo. Había cálculo, una especie de auditoría silenciosa del pasado.
—¿Sigues con FinRise? —pregunté.
Asintió.
—Sí. Estamos cerrando una nueva ronda. Si sale bien, dentro de poco tendré mis cinco millones —comentó, con una media sonrisa.
—Me alegro —contesté.
No nos abrazamos ni nos insultamos. Cada uno se dio la vuelta hacia su vida, hacia sus propios “activos futuros”. El boleto premiado, la cláusula 7.2, la notaría de Colón… todo eso quedó atrás, congelado en un documento firmado que había decidido más cosas de las que ninguno imaginó.
Yo seguí caminando pensando, sin emoción concreta, en la última ironía de la historia: al final, lo único que realmente habíamos compartido Lucía y yo fue un contrato que protegía a cada uno de nosotros de la posibilidad de que el otro tuviera suerte.
Y en mi caso, funcionó exactamente como estaba escrito.



