Cuando mi novia me miró a los ojos y, sin parpadear, soltó: «Este fin de semana me voy de viaje de chicas a Miami, tú no estás invitado», solo atiné a responderle con una sonrisa tensa: «Que la pases increíble». Un par de horas después, su mamá me llamó, confundida, preguntando por qué no iba con ellos a sus supuestas vacaciones de pareja. Entonces, con el corazón helado, le envié las capturas del chat del “viaje de chicas”… donde también estaba su ex.

—Me voy de viaje de chicas a Miami este finde. Y tú no estás invitado —me dijo Lucía, apoyada en el marco de la puerta de la cocina, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

Yo estaba fregando una taza. Me giré, todavía con jabón en las manos.
—¿Viaje de chicas? ¿A Miami? —repetí, intentando que sonara a broma.
—Sí. Marta, Patri, Laura y yo. Necesito desconectar, Diego. Llevamos meses sin hacer nada solo entre nosotras.

Noté el pinchazo, pero tragué.
—Vale. Pues… que lo paséis bien —respondí al final.

Ella se acercó, me dio un beso rápido en la mejilla y salió del piso de Lavapiés casi corriendo, diciendo algo sobre comprar bikinis nuevos.

En teoría, llevaba semanas con el viaje planeado, pero yo me había enterado hacía tres días. Últimamente estaba más pendiente del gimnasio, del pelo, de la ropa interior que compraba por internet y que escondía al fondo del armario. Y, sobre todo, del móvil: siempre boca abajo, siempre con el brillo al mínimo.

Aun así, me repetía que eran paranoias mías. Hasta que al día siguiente sonó mi móvil y vi el nombre: Carmen suegra.

—Hola, Diego, cariño —dijo la madre de Lucía, con su tono de siempre—. Oye, ¿por qué al final no vas al viaje a Miami con Lucía?

Me quedé helado.
—¿Cómo que no voy al viaje con Lucía? Es un viaje de chicas.
—¿Qué dices? —se rió nerviosa—. Lucía me dijo que ibais varias parejas. Ella, tú, Sergio con su novia, Marta con su chico… Un viaje en pareja, pero en grupo. Que tú al final no podías pedir los días en el trabajo.

Sergio. El ex. Me subió la sangre a la cabeza.
—Carmen, yo no tengo ningún billete a Miami. Y Lucía me ha dicho que es un viaje solo de chicas.

Se hizo un silencio incómodo.
—Mándame lo que tengas, por WhatsApp —murmuró ella—. A ver si ha habido un malentendido.

Colgamos. Me quedé en el salón, mirando el iPad que compartíamos para Netflix. Recordé que Lucía había iniciado sesión en su WhatsApp Web hacía unas semanas para mandarse fotos. Lo abrí casi por inercia.

En la pantalla apareció un chat grupal: “Miami 🔥🔥. Ocho participantes. Reconocí a Marta, a Patri… y a Sergio.

Empecé a leer.
“¿Entonces al final compartimos habitación como antes o te vas a hacer la santa?”, escribía Sergio.
Lucía respondía con un emoji de risa y una llama.
“Calla, que a Diego le he dicho que es viaje de chicas. No quiero dramas. Ya sabes que contigo se me quedó una espinita”.

Sentí cómo algo se rompía, pero la cabeza se me quedaba fría. Fui haciendo capturas: la broma de la “habitación como antes”, los comentarios sobre “volver a sentirnos jóvenes”, las risas de las amigas.

Abrí el chat con Carmen y envié todas las capturas, una tras otra. Tardó diez segundos en escribir:
¿Esto es verdad?

Antes de que pudiera contestar, volvió a llamarme. Descolgué.

En ese momento oí la llave girar en la cerradura. La puerta del piso se abrió.

—¡Cari, mira mis bikinis nuevos! —gritó Lucía desde el pasillo.

La voz de Carmen sonaba ahogada al otro lado del teléfono. Yo, con el iPad en la mano y el chat de “Miami 🔥🔥” abierto, me giré hacia la entrada mientras Lucía entraba al salón con una bolsa llena de ropa.

—Lucía —dije, mirándola fijamente—, tu madre y yo tenemos una pregunta sobre tu “viaje de chicas” a Miami.

Lucía se quedó quieta en medio del salón, con la bolsa colgando de la mano.
—¿Mi madre? —parpadeó—. ¿Por qué está tu…?

Puse el altavoz.
—Lucía —la voz de Carmen salió nítida—. Explícame ahora mismo qué es ese grupo de Miami donde hablas de compartir habitación con Sergio.

El color se le fue de la cara. Dejó la bolsa en el sofá.
—Mamá, ¿qué dices? —intentó sonreír—. Es una coña. Un grupo de amigos.

—“A Diego le he dicho que es viaje de chicas, no quiero dramas” —leyó Carmen, con la voz quebrada—. Esto lo has escrito tú, Lucía. Lo estoy viendo.

Lucía me miró entonces, con una mezcla de rabia y miedo.
—¿Has estado leyendo mi WhatsApp? —me escupió—. ¿Me estás espiando?

—Lo has abierto tú en el iPad de casa —respondí—. Solo he querido entender por qué tu madre creía que yo iba a un viaje en pareja y tú me decías que era solo de chicas.

—Eso no te da derecho a invadir mi privacidad —alzaba la voz, ojos brillantes—. ¡Estás enfermo de celos!

—¿Enfermo de celos? —se oyó a Carmen—. ¡Lucía, estás mintiendo! Has engañado a Diego y a mí. Me dijiste que ibais parejas, que Diego no podía por el trabajo. Incluso te hice una transferencia para ayudar con el vuelo.

Lucía apretó los labios.
—Mamá, de verdad, es que… es complicado.

—No parece tan complicado —intervine—. Aquí Sergio te pone: “Por fin tendremos tiempo sin que nadie nos moleste”. Y tú contestas: “A ver si esta vez no nos pillan”.

Lucía dio un paso rápido hacia mí e intentó arrebatarme el iPad. Lo retiré.
—¡Basta, Diego! Era una broma, ¿vale? ¡Una broma!

—Pues tiene muchas líneas para ser una broma —dije, casi sin tono—. Lleváis semanas.

Se giró hacia el móvil, como buscando apoyo en otra voz.
—Mamá, te lo juro, no iba a pasar nada. Solo… quería cerrar cosas. Con Sergio quedaron cosas pendientes, pero yo quiero a Diego.

—¿Cerrar cosas en una habitación de hotel en Miami? —Carmen respiraba fuerte—. Lucía, tengo 57 años, no soy idiota.

En el salón se hizo un silencio pesado. Solo se oía el tráfico de la calle Argumosa.

—Mira —dijo Lucía al fin, cruzándose de brazos—. Estoy cansada de que todos me digáis lo que puedo y no puedo hacer. Necesito este viaje. Necesito salir de aquí, de esta rutina, de este piso.

—No estás hablando del viaje —contesté—. Estás hablando de nosotros.

Ella me sostuvo la mirada.
—Quizá sí. Quizá necesito ver qué siento de verdad. Sergio fue muy importante para mí.

Carmen soltó un suspiro.
—Lucía, si te vas a Miami con la intención de “ver qué sientes” con tu ex, mientras engañas a tu pareja, yo no voy a apoyarte. Ni moralmente ni con dinero.

—Ya me ha pagado Marta su parte, mamá, no necesito tu permiso —replicó, seca.

—Perfecto —dijo Carmen—. Pero que sepas que después de esto, conmigo vas a tener una conversación muy seria. Y con tu padre también.

Carmen colgó. El silencio volvió, más grueso.

Lucía se dejó caer en la esquina del sofá, se agarró la cabeza. Empezó a llorar, primero en silencio, luego con sollozos exagerados.
—¿Ves lo que has hecho? —me señaló—. Has puesto a mi madre en mi contra. Siempre igual, controlando todo.

—Yo no te he pedido que mientas ni que planees dormir con tu ex —respondí—. Solo te he dicho “que lo pases bien”.

Se secó las lágrimas con la palma de la mano. La expresión cambió de súplica a dureza.
—¿Sabes qué? Voy a ir igualmente. No te debo explicaciones. Es mi vida.

Noté algo encajarse dentro de mí.
—Entonces haz lo que quieras —dije—. Pero si te vas a ese viaje tal y como lo has planteado, para mí nuestra relación se acaba.

Ella sonrió, torcida.
—A lo mejor es justo lo que necesito, Diego. Un poco de aire.

Se levantó, entró en la habitación y empezó a abrir cajones. Saqué la maleta pequeña del armario del pasillo y la dejó encima de la cama. Empezó a meter ropa sin mirar, bikinis nuevos, vestidos que no se ponía conmigo desde hacía meses.

Diez minutos después, pasó por el salón con la maleta en la mano y el abrigo al brazo.
—Me voy a casa de Marta hasta el viernes. El sábado vuelo a Miami. Cuando vuelva… ya veremos.

La puerta se cerró de un portazo.

Me quedé solo en el salón, con el iPad aún abierto en el chat de “Miami 🔥🔥”. Justo cuando iba a cerrarlo, apareció un mensaje nuevo, de un número que no tenía guardado:

“Soy Sergio. Me han llegado algunos comentarios sobre lo que ha pasado con Lucía. Creo que deberíamos hablar antes de que des por terminado todo esto.”

Me quedé mirando el mensaje de Sergio, el ex al que había leído bromear sobre compartir cama con mi novia.

Durante un rato, no contesté. Me limité a caminar por el piso, recogiendo tazas, apagando luces encendidas por Lucía, como si ese gesto pudiera ordenar algo dentro de mí. Al final me senté frente al iPad y escribí:

“Hablar de qué exactamente?”

La respuesta llegó al minuto.
“Lucía me ha contado que has montado un número por lo del viaje. Solo quiero decirte que yo tengo pareja y no pienso hacer nada con ella. Si te sirve de algo.”

Fruncí el ceño.
“Me sirve de poco cuando llevas semanas escribiendo cosas como ‘compartir habitación como antes’”, respondí.

Sergio tardó más esta vez.
“Vale. Eso es verdad. Se me fue. Pero ella ha sido la que ha insistido en que te dijera que era un viaje de parejas y luego a ti que era de chicas. Yo pensé que lo teníais hablado. No voy a excusarme, pero quería que supieras que la idea de engañarte no ha salido de mí.”

Lo leí dos veces. No me caía bien, no me inspiraba confianza, pero coincidía con lo que había visto en el chat: Lucía dirigía la función.

“Da igual”, escribí. “Lo que tenga con ella, se ha roto. Haz lo que quieras con tu viaje.”

Cerré el iPad. Esa noche dormí poco. Di vueltas en la cama vacía, mirando el hueco donde Lucía dejaba siempre el móvil cargando. A las siete de la mañana metí algo de ropa en una mochila y me fui a casa de mi amigo Álvaro en Lavapiés.

—Tío, te lo dije —murmuró Álvaro, después de escuchar la historia con un café en la mano—. Llevaba meses rara. ¿Qué vas a hacer?
—Nada de dramas —contesté—. Que se vaya. Yo me voy a ir también, pero del piso.

Los siguientes días fueron mecánicos. Fui a trabajar, hablé con el casero para avisar de que dejaba el piso a final de mes, busqué habitación en Idealista. Carmen me escribió un par de mensajes, pidiéndome perdón “por cómo es Lucía” y preguntándome si quería pasar por su casa en Carabanchel a recoger unas cosas que tenía allí.

El sábado, mientras salía del metro, vi en Instagram la primera historia de Lucía: el aeropuerto de Barajas, un cóctel a las diez de la mañana, el texto “Miami, allá vamos 😈” y un boomerang con Sergio al fondo levantando la maleta.

Silencié sus historias. No las volví a abrir.

Una madrugada, a las cuatro y pico, el móvil vibró en la mesilla de la habitación nueva que había alquilado en Usera. Era un audio de Lucía desde un número americano. Lo miré un rato, luego le di al play.

Su voz sonaba borracha y cargada de ruido de fondo.
—Diego… joder, te echo de menos… —reía y lloraba a la vez—. No ha pasado nada, ¿vale? Solo bebemos y bailamos. Lo de Sergio es… es una tontería. Vuelve conmigo cuando vuelva, ¿sí? No hagas tonterías…

Pausé el audio a la mitad. Lo borré.

Dos semanas después, me escribió desde Madrid:
—He vuelto. Tenemos que hablar.

Quedamos en una cafetería en La Latina. Ella llegó con el pelo más claro, un vestido blanco que no le había visto nunca y unas ojeras marcadas. Se sentó frente a mí, pidió un cortado.

—Te he traído esto —dijo, sacando de su bolso una pequeña bolsa de regalo con un llavero de Miami—. Para que veas que he pensado en ti.

—Yo también he traído algo —respondí, poniendo sobre la mesa un sobre con mi copia del contrato de alquiler, las facturas y una nota: “He avisado al casero. En un mes dejo el piso.”

Lucía se quedó mirando los papeles.
—¿En serio vas a tirar dos años por un viaje? —susurró.
—No los tiro yo —contesté—. Los tiraste tú cuando decidiste mentir y jugar a ver qué sentías con tu ex a ocho horas de vuelo.

Intentó el llanto de siempre, pero esta vez no salió nada. Solo respiró hondo.
—Pensé que no te atreverías —dijo al final, casi con respeto—. Siempre tan buena persona, tan correcto…

—No soy bueno ni malo, Lucía —dije, levantándome—. Solo he decidido no quedarme donde no me quieren de verdad.

Dejé el dinero del café en la mesa. Ella cogió el llavero de Miami y lo apretó en el puño.

—Te vas a arrepentir —alcanzó a decir—. Nadie te va a aguantar como yo.

No respondí. Salí a la calle, al ruido de la Plaza de la Cebada, con la sensación extraña de llevar menos peso encima.

Meses después, vi por casualidad una foto suya en Instagram, compartida por un amigo común: Lucía en una playa, probablemente en México esta vez, besándose con Sergio. El pie de foto decía: “A veces hay que perderlo todo para encontrarse a uno mismo”.

Apagué la pantalla. No sentí rabia, ni alivio, ni nostalgia. Solo la certeza tranquila de que aquella historia, la mía con ella, estaba cerrada del todo.