Me llamo Diego y tenía veintinueve años cuando, una madrugada de abril en Madrid, mi vida se partió en dos. Llevaba casi dos años viviendo con Lucía en un piso pequeño de Lavapiés, con las paredes descascarilladas y una terraza minúscula donde ella intentaba plantar hierbabuena y yo fumaba para los nervios.
Nos conocimos en una fiesta de un amigo común, y todo fue rápido: en tres meses ya tenía mis camisetas en su armario; en seis, compartíamos alquiler. Lucía era de las que entraban en un bar y llenaban el espacio sin esfuerzo: risa fuerte, ojos grandes, comentarios afilados. Yo era más de esquina y cerveza en la mano, observando. Ella decía que yo era “su lugar seguro”. Yo decía que ella era “mi caos favorito”.
Aquella noche dijo que solo iba a tomar algo rápido con unas compañeras del bar donde trabajaba, en Malasaña. “Como mucho a la una estoy en casa”, me besó en la puerta, con el pintalabios rojo dejándome marca en la mejilla. A la una no había vuelto. A las dos, tampoco. A las tres, con el estómago hecho un nudo, le escribí por WhatsApp: “¿Dónde estás? ¿Estás bien?”. El mensaje se quedó en un solo tic gris, luego en dos azules. No respondió.
A las tres y veinte oí la llave en la cerradura. Lucía entró riéndose, tambaleándose un poco, el rímel corrido y el móvil en la mano. Pasó de largo por el salón sin mirarme, hasta que casi tropieza con sus propias botas en el pasillo y entonces alzó la vista. Me encontró sentado en el sofá, con el portátil apagado delante y el corazón dándome golpes en la garganta.
—¿Qué haces despierto? —murmuró, arrastrando las palabras.
—Son las tres y veinte, Lucía —dije, intentando sonar tranquilo—. Te he escrito. Me he preocupado.
Se detuvo y me miró fijamente. Vi cómo la sonrisa se le caía de golpe. Apretó la mandíbula, los ojos brillando de alcohol y de algo más oscuro.
—¡Eres un pesado, Diego! —estalló—. Estás todo el día encima, preguntando, controlando… ¡eres demasiado pegajoso! ¡Necesito espacio, joder! ¡Necesito respirar!
Las palabras me atravesaron como si hubieran estado esperándome desde hacía meses. No discutí. Solo la miré un momento, con el abrigo cayéndosele del hombro y la rabia deformándole la cara que yo conocía de memoria.
—Vale —dije.
Ella resopló, tiró el bolso sobre la mesa y se metió en el dormitorio dando un portazo. En menos de cinco minutos, estaba roncando.
Yo me quedé inmóvil en el salón, con la luz tenue de la lámpara amarilla y el eco de su “eres demasiado pegajoso” sonando una y otra vez. Cogí el móvil, abrí WhatsApp y la bloqueé. Luego Instagram. Luego todo lo demás.
A las cuatro ya tenía la maleta hecha con lo imprescindible: ropa, el portátil, un par de cuadernos de dibujo, mi DNI. Dejé las llaves sobre la encimera junto a una taza sucia que no era mía. No dejé nota.
A las seis y media, subía a un Alsa en Méndez Álvaro con destino a Bilbao, sin avisar a nadie, mirando cómo Madrid se hacía pequeña tras el cristal.
Tres años después, en ese mismo Bilbao, alguien llamó a la puerta de mi piso compartido. Cuando abrí, era Lucía.
Tardé un par de segundos en reconocerla. El pelo, antes largo y rizado, ahora le caía liso sobre los hombros, más oscuro. Llevaba un abrigo beige que nunca le había visto y unas ojeras que sí reconocí al instante. Los ojos, esos ojos grandes, seguían siendo los mismos.
—Hola, Diego —dijo, y el sonido de mi nombre en su boca me hizo retroceder medio paso.
Me quedé agarrado al marco de la puerta.
—¿Qué… qué haces aquí? —pregunté, sintiendo cómo se me secaba la garganta.
—¿Puedo pasar? No he venido desde Madrid para hablar en el rellano.
Su voz sonaba cansada, no agresiva. Eso me desconcertó casi más que verla allí. Dudé unos segundos, luego me hice a un lado. Entró, mirándolo todo: el pasillo estrecho, las mochilas tiradas, los zapatos de mi compañero de piso.
—Huele a curry —comentó—. No me pega contigo.
—Es de Iker —respondí automáticamente—. Cocina fatal, pero insiste.
Nos quedamos los dos en el salón, frente a frente. El sofá barato de Ikea, la tele pequeña, mis plantas medio vivas junto a la ventana que daba a una calle gris de Deusto. Nada que ver con Lavapiés.
—Supe que estabas en Bilbao hace un año —empezó ella, sin rodeos—. Pero no me atreví a venir entonces.
Sentí una punzada en el pecho.
—¿Cómo me encontraste?
Sacó el móvil del bolsillo y me enseñó una pantalla. Una foto mía, de espaldas, dibujando en un puesto de un pequeño mercadillo de artesanía que a veces montaban en la plaza. La había subido el ayuntamiento en su Instagram.
—Una amiga la vio, le sonaste y me la mandó. Luego busqué tu nombre en Google. No borraste tu antigua dirección de LinkedIn. De ahí al resto fue fácil.
Me quedé callado. Había pasado tres años evitando conscientemente cualquier rastro de mi vida anterior, y al final me había delatado una foto tomada sin que me diera cuenta y una red social que nunca miraba.
—Pensé que te habría dado igual —dije al fin—. Que… bueno, que era lo que querías: espacio.
Lucía cerró los ojos un segundo.
—Lo que hiciste no fue darme espacio, Diego. Fue desaparecer. Borrar tu número, cambiar de ciudad, dejarme con tus cosas… ¿Sabes cómo fue despertarme y no encontrarte en casa? Pensé que te había pasado algo.
Bajé la mirada. No lo había imaginado más allá de mi propia rabia.
—Llamé a tu madre —continuó—. No sabía nada. Fui a comisaría, me miraron como si estuviera loca. Luego encontré el correo de la compra del billete a Bilbao en tu bandeja abierta en el portátil. Y entendí que te habías ido… de mí.
Se hizo un silencio espeso. Afuera, se oía la lluvia golpeando el cristal.
—No podía quedarme allí —murmuré—. No después de esa noche. Sentí que… que sobraba en tu vida. Que era una molestia.
—Te dije algo horrible —admitió ella—. Estaba borracha, enfadada, asustada. Pero una frase dicha a las tres de la mañana no justifica que te esfumes sin una palabra.
Me dolió, sobre todo porque era verdad.
—Tampoco justifica que me llamaras controlador cuando solo pregunté dónde estabas a las tres de la madrugada —contesté, más duro de lo que pretendía.
Sus ojos se llenaron de agua, pero no lloró. Caminó hasta la ventana, miró las fachadas húmedas del barrio, respiró hondo y volvió a mirarme.
—He estado en terapia estos dos últimos años —dijo—. La psicóloga lo llama “miedo al compromiso” y “conductas evitativas”. Yo lo llamo “cagarla con la gente que me quiere”. No vine a pedirte que vuelvas conmigo, Diego.
Mi pecho se apretó al oír esas últimas palabras, aunque parte de mí se sintió aliviada.
—Entonces ¿para qué has venido? —pregunté.
Lucía se mordió el labio inferior, dudando.
—Primero, para pedirte perdón a la cara. Por aquella frase, por hacerte sentir que eras un problema. Y segundo… —hizo una pausa, como si las palabras pesaran— porque todavía pienso en ti todas las noches. Porque, aunque sé que no debería, sigo queriéndote.
La habitación pareció encogerse. Imágenes de nuestro piso en Lavapiés, de desayunos tardíos y discusiones pequeñas, se mezclaron con mis mañanas grises en Bilbao, mi trabajo en la agencia de diseño, las cervezas con Marta y los partidos del Athletic sonando de fondo.
—Lucía…
—He dejado a mi prometido en Madrid —soltó de golpe, mirándome fijamente—. No pude casarme con él sabiendo que aún no había cerrado esto contigo.
La palabra “prometido” me golpeó con retraso, como un eco. Me imaginé a un tipo cualquiera en Madrid, traje colgado en una puerta, invitaciones de boda apiladas en una mesa, sin saber que ella estaba en Bilbao hablando con el exnovio que desapareció sin dejar rastro.
—Tenías… un prometido —repetí, más como constatación que como pregunta.
—Se llama Sergio —respondió—. Es bueno, estable, todo lo contrario que yo. Supongo que por eso dije que sí cuando me lo pidió. Pero cada vez que pensaba en casarme, me venías a la cabeza tú y esa maldita mañana en la que desperté y ya no estabas.
Sentí una mezcla extraña de celos y culpa, de victoria amarga. Me senté en el sofá y le hice un gesto para que se sentara también. Se dejó caer a mi lado, dejando una distancia prudente entre los dos.
—No vine a que elijas entre él y yo —dijo—. No es una película. Solo necesitaba mirarte y saber que estabas bien. Y decirte que lo que te dije aquella noche fue injusto.
—Algo de verdad habría —contesté—. Yo también he pensado mucho. Tenías razón en una cosa: me agarraba a ti como si fueras la única persona que pudiera salvarme de mí mismo. Eso es agotador para cualquiera.
Sonrió torcida.
—Supongo que los dos estábamos rotos y ninguno sabía cómo decirlo.
Durante unos minutos hablamos de cosas pequeñas. De mi trabajo en la agencia de diseño digital, de cómo Bilbao era gris pero cómodo, de cómo ella había dejado el bar y trabajaba ahora en una librería en La Latina. Pero la conversación giraba constantemente alrededor del mismo punto al que ninguno se atrevía a ir de frente.
—¿Has estado con alguien aquí? —preguntó al final.
Pensé en Marta, mi compañera de trabajo, en sus mensajes de “¿cerveza después?” que yo respondía con evasivas, en cómo me miraba cuando me concentraba demasiado en la pantalla.
—He salido con alguna persona —dije—. Nada serio. La verdad es que, después de ti, me ha costado… dejar entrar a nadie.
—Normal —asintió—. Después de lo que tú y yo hicimos el uno con el otro, cualquiera se lo piensa.
Lo dijo sin reproche, como una constatación fría. Y ahí, por primera vez desde que abrió la puerta, sentí algo parecido a calma. No éramos una víctima y un villano. Éramos dos adultos que habían tomado decisiones muy jodidas.
—¿Y ahora qué? —pregunté al fin—. ¿Vuelves a Madrid, le explicas a Sergio que has venido a ver a un fantasma, yo sigo con mi vida y fingimos que esta conversación nunca ha pasado?
Lucía se rió sin alegría.
—No lo sé. Solo sé que, si me casara con él sin haber venido aquí, te llevaría siempre en la cabeza como una espina.
La miré. Vi las arrugas nuevas alrededor de sus ojos, los pequeños cambios que tres años dejan en una cara. Ya no era la chica que llegaba borracha a las tres de la mañana sin avisar. Pero yo tampoco era el tipo que hacía la maleta en silencio y huía sin mirar atrás.
—Yo no puedo volver a Madrid contigo —dije, despacio—. Ni puedo empezar algo aquí como si nada hubiera pasado. Lo que hice fue cobarde, lo sé. Y lo que tú me dijiste me rompió de una forma que aún estoy intentando entender.
Ella asintió, tragando saliva.
—Entonces, ¿para qué hemos pasado todo esto? —susurró.
Me levanté y fui a la estantería. Saqué un cuaderno viejo, de tapas negras, lleno de bocetos y notas. En la primera página, había un dibujo suyo, hecho a lápiz, durmiendo con el pelo revuelto sobre la almohada. Arranqué la hoja con cuidado y se la tendí.
—Para esto —respondí—. Para mirar lo que fuimos y ponerle un punto final, no un punto y seguido con puntos suspensivos detrás.
Lucía miró el dibujo largo rato. Sus dedos temblaron al sujetar el papel.
—Me odias, ¿no? —preguntó.
—No —dije—. Te quise mucho. Y una parte de mí te va a querer siempre. Pero no sé quererte de una forma que no nos haga daño. Y tú tampoco a mí.
Nos quedamos callados. La lluvia seguía golpeando los cristales. De la cocina llegó el pitido del microondas de mi compañero, ajeno a la escena.
—Me voy mañana por la mañana —dijo al fin, guardándose la hoja doblada en el bolso—. Hay un tren a las ocho. No quiero que me acompañes a la estación.
Asentí.
La acompañé hasta la puerta. Antes de salir, se volvió.
—Gracias por abrirme —murmuró—. Esta vez sí me has dado espacio. El de saber la verdad.
—Y tú a mí —respondí—. El de entender que desaparecer no es una forma de resolver nada.
Cerré la puerta tras ella y apoyé la frente en la madera unos segundos. No sentí euforia ni derrota. Solo una especie de vacío limpio, un silencio distinto al de aquella madrugada en Lavapiés.
Esa misma semana pedí cita con una psicóloga recomendada por Marta. Le conté la historia, casi palabra por palabra, desde el “eres demasiado pegajoso” hasta el “gracias por abrirme”.
Cuando salí de la consulta, caminé despacio por la ría, viendo cómo las luces de Bilbao se reflejaban en el agua oscura. No sabía qué haría Lucía en Madrid, ni si se casaría, ni si volveríamos a cruzarnos alguna vez.
Lo único que sabía era que, por primera vez en años, no tenía la maleta mentalmente preparada para huir. Por primera vez, desaparecía de una relación sin intentar desaparecer de mí mismo.



