Cuando mi prometida me escupió: “No pienso mudarme a ese pueblo aburrido por tu trabajo”, sentí cómo algo se rompía por dentro, pero solo respondí, con una calma que no sentía: “Lo entiendo”. Al día siguiente acepté la promoción, empaqué mi vida y me mudé solo a ese lugar que ella despreciaba sin siquiera verlo, un puesto silencioso, gris… y de 600.000 dólares al año. No dije nada. Semanas después, cuando descubrió cuánto ganaba, su teléfono empezó a llenarse de mensajes de reconciliación desesperados.

—No me voy a ese pueblo aburrido por tu trabajo, Diego. —La voz de Laura rebotó en las paredes del piso de alquiler en Chamberí—. Lo siento, pero no.

Diego apoyó los codos en la mesa de la cocina, aún con la taza de café entre las manos. Afuera, Madrid seguía con su ruido de viernes por la noche; dentro, el silencio se hizo espeso.

—Lo entiendo —respondió, despacio.

Había ensayado mil veces una conversación distinta en su cabeza. En su versión ideal, Laura se mostraba nerviosa pero ilusionada con la idea de mudarse juntos a Soria durante unos años, “un sacrificio temporal por algo más grande”. La realidad era otra.

—¿Qué es lo que entiendes exactamente? —Laura cruzó los brazos—. Tengo mi trabajo, mis amigas, mis padres aquí. Mi vida está aquí. Y tú pretendes que lo deje todo para irme a… —buscó la palabra— Soria. ¿Tú sabes cuántas cosas cierran allí a las diez?

Diego respiró hondo.

—Es una oportunidad muy grande. Director de tecnología con treinta y dos años. No es sólo el cargo, es lo que puedo aprender, los contactos, el proyecto de energías renovables… No es para toda la vida.

—Siempre dices lo mismo: “no es para toda la vida”. —Ella negó con la cabeza—. La boda, nuestros planes, ¿qué? ¿Los metemos en una caja y los dejamos aparcados en un trastero de Soria?

Podía decirle que el sueldo superaba con creces cualquier oferta que hubiera soñado: más de 600.000 euros al año entre fijo, bonus y stock options. Pero cada vez que lo tenía en la punta de la lengua, algo le frenaba. Sentía que, si lo ponía sobre la mesa, la conversación dejaría de ir sobre ellos.

—Nos casaríamos igual —intentó—. Sólo cambiaría el código postal.

Laura se quedó mirándole unos segundos, seria.

—Te lo voy a poner fácil: acepta si quieres. De verdad. Pero yo no me voy. Si te vas, me quedo en Madrid y… ya veremos.

“Ya veremos” sonó más a final que a pausa. Diego tragó saliva.

Esa noche, cuando ella se encerró en el dormitorio con el portátil, él abrió el correo en el salón. El contrato estaba allí, firmado por el CEO, adjunto en un PDF con un asunto claro: “Oferta definitiva”. Volvió a leer la cifra del salario; le parecían demasiados ceros para alguien que aún se sentía el becario que había entrado en prácticas diez años atrás.

Firmó digitalmente sin decírselo a Laura.

Dos semanas después, Laura cerró la maleta de cabina de un tirón.

—Te he ayudado a hacerla, pero sigo pensando que estás cometiendo un error —dijo, apoyada en el marco de la puerta.

En el andén de Chamartín, el aire frío de enero se colaba por todas partes. Diego sujetaba su mochila y una pequeña maleta; el resto ya estaba camino de Soria en una furgoneta de la empresa.

—Llámame cuando llegues —murmuró ella.

Él asintió. Laura se quitó el anillo de compromiso, lo sostuvo un segundo entre los dedos y luego se lo puso de nuevo.

—Llévatelo tú —dijo, medio en broma, medio en serio—. Cuando decidas volver a Madrid, hablamos.

Diego le tomó la mano y cerró sus dedos alrededor del anillo.

—No sé si volveré —admitió.

El pitido del tren cortó la conversación. Las puertas se cerraron. Mientras el vagón empezaba a moverse, Diego vio cómo la figura de Laura se hacía más pequeña en el andén, inmóvil, con la mano en el bolsillo donde guardaba el anillo. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba cruzando una línea que no tenía regreso claro.

El primer mes en Soria se le hizo extraño. El silencio por las noches, la facilidad para aparcar, los mismos rostros repitiéndose en los bares. Diego pasaba la mayor parte del tiempo en la oficina acristalada de la empresa, a las afueras de la ciudad, rodeado de pizarras llenas de esquemas y gráficos de producción eléctrica.

El sueldo estaba en su cuenta, pero su vida no había cambiado tanto. Pagó la hipoteca pendiente del piso de sus padres en Carabanchel, ayudó a su hermana con un máster y se compró un coche decente. El resto, lo dejó dormir en el banco. No le salía gastar como si nada.

Con Laura, al principio, hablaban casi cada noche por videollamada. Ella enseñaba el caos de la agencia de publicidad, las campañas, las cenas con amigas. Él le enseñaba la nieve en la Alameda de Cervantes, la oficina aún medio vacía, la casa con cajas sin deshacer.

Poco a poco, las llamadas se hicieron más cortas. Ella comentaba que “en ese pueblo no hay nada que hacer”, que “un fin de semana vale, pero vivir allí es otra cosa”. Él notaba cómo cada frase dibujaba una distancia que no tenía que ver con los kilómetros entre Madrid y Soria.

A sus familias les dijeron que la boda se posponía “por temas de trabajo y dinero”. Nadie sospechó que el dinero no era precisamente el problema.

Un martes por la mañana, el CEO entró en su despacho con una sonrisa.

—Nos han sacado en El País —anunció, agitando un periódico—. Hablan de la ronda de inversión y de nuestro “fichaje estrella de Madrid”.

Diego hojeó el artículo más tarde, con curiosidad distraída. Entre los párrafos había una frase que le hizo fruncir el ceño: “según fuentes del sector, el paquete retributivo del director de tecnología supera los 600.000 euros anuales”. Chasqueó la lengua. Era una exageración aproximada, pero no iba desencaminada.

No le dio más vueltas. Cerró la pestaña y siguió con una reunión.

En Madrid, Laura iba de pie en el metro cuando vio que una amiga había compartido el artículo en LinkedIn. Reconoció la foto de Diego al segundo. Abrió la noticia, leyó despacio y se quedó clavada en esa misma frase sobre el sueldo.

Recordó la noche en la cocina, la palabra “pueblo” pronunciada con desdén, la idea de que él estaba “tirando su carrera” por irse a Soria. De repente, el mapa se le recolocó. No se trataba de un sacrificio para él; era un salto enorme. Y ella no lo había visto.

El vagón se llenó de ruido cuando llegó a Sol, pero Laura apenas lo escuchó. Pensó en su sueldo de ejecutiva de cuentas, en la oficina donde podían despedir a la mitad en cualquier momento, en el alquiler que subía cada año. Y en la cifra del periódico.

Esa noche, después de una cerveza con sus amigas en Malasaña, volvió a casa y abrió WhatsApp. Escribió, borró, volvió a escribir. Al final le mandó un audio largo.

“Diego… llevo días pensando en ti. Echo de menos cómo eran las cosas antes. Creo que me asusté con lo de Soria, con todo. Pero verte allí, triunfando, me ha hecho darme cuenta de lo que de verdad importa. Me gustaría ir a verte, conocer bien la ciudad, buscar trabajo en remoto… Soria tiene su encanto, seguro. Si tú sigues queriendo, claro.”

Diego escuchó el audio sentado en el sofá de su piso de alquiler con vistas al Duero. Frunció el ceño ante el comentario de “triunfando”. No mencionaba el artículo, pero algo en el tono era distinto. Le respondió con calma.

—¿Y este cambio de opinión tan de repente? —escribió—. Hace un mes decías que allí “te morirías de aburrimiento”.

Ella contestó rápido: “He cambiado, Diego. Me he dado cuenta de que prefiero estar contigo en un sitio tranquilo que sola en Madrid. Dame la oportunidad de demostrarlo.”

Las semanas siguientes, los mensajes de Laura se hicieron más tiernos, más constantes. Le mandaba fotos de vestidos de novia, de ideas de decoración, de pisos en idealista “por si alguna vez volvíamos a Madrid, pero sin prisas”. Él le contaba cosas del trabajo, pero evitaba hablar de dinero.

En la oficina, se lo confesó a Ana, una pediatra del hospital a la que había conocido en un curso de montaña. Se tomaban café algunos días.

—No sé si vuelve por mí o por lo que represento ahora —dijo él.

Ana se limitó a encogerse de hombros.

—Sólo tú puedes saberlo. Pero si dudas tanto, es por algo.

Un jueves, Laura le mandó una captura de pantalla de un billete de autobús Madrid–Soria.

“Este finde por fin nos vemos. Vete haciendo a la idea de que pronto viviré ahí contigo”.

El sábado por la mañana, cuando sonó el timbre, Diego abrió la puerta. Laura estaba allí, con una maleta grande, el abrigo caro y una sonrisa amplia.

—Hola, futuro marido —dijo, entrando directamente en el piso—. A ver ese “pueblo aburrido” del que casi me pierdo la mejor parte.

Diego cerró la puerta detrás de ella, con una sensación extraña entre el pecho y el estómago, sin saber si estaba a punto de recuperar su antigua vida o de terminar de perderla.

El abrazo fue más largo de lo que Diego esperaba, pero menos familiar de lo que recordaba. Laura olía al mismo perfume caro de siempre, ese que compraba en Serrano por “capricho de vez en cuando”.

—Vaya piso, ¿no? —miró alrededor, evaluando el salón amplio, la cocina americana, las vistas al río—. Para ser Soria, está muy bien.

El comentario quedó flotando en el aire. Diego sonrió apenas.

—La empresa tiene buen convenio con la inmobiliaria —dijo—. ¿Te apetece que demos una vuelta? Hay un mercadillo hoy en la plaza.

Salieron a la calle. Soria estaba tranquila, con el frío seco pegándose a la cara. Caminaron por la calle principal, pasaron por la Dehesa, se acercaron al río. Laura iba comentando todo con un entusiasmo que, a Diego, le sonaba un poco forzado.

—Esto es mono… —dijo al ver una cafetería pequeña—. Me recuerda a ciertos barrios de Madrid, pero sin tanta gente. Y el aire… se nota que se respira mejor.

Él recordó su primera visita, cuando ella había bostezado cada diez minutos y preguntado cuántos bares “de verdad” había.

—No está mal —admitió ella—. Igual necesitaba verlo con otros ojos.

—O con otros números —pensó Diego, pero no lo dijo.

Volvieron al piso a media tarde. Laura dejó el abrigo sobre el sofá y empezó a curiosear con naturalidad: abrió la nevera, comentó la cantidad de verduras, revisó los libros de la estantería. Se detuvo en una foto enmarcada de una excursión a la montaña; Diego salía con un grupo de gente, sonriendo. A su lado, Ana levantaba los brazos en la cima.

—¿Y ella? —preguntó Laura, señalando la foto.

—Ana —respondió Diego—. Una amiga. Es pediatra en el hospital de aquí.

—Ah. —Laura dejó la foto en su sitio, como si quemara un poco—. Tienes buena cara en esta… Se ve que… te va bien.

Se sentaron en la mesa de la cocina. Diego sirvió café. El silencio se alargó hasta que Laura se decidió.

—Mira, no quiero andar con rodeos. La he liado mucho. Me asusté, pensé primero en mí y en mi comodidad. Pero al ver lo que has conseguido aquí, me he dado cuenta de que estaba equivocada. Quiero estar contigo, donde sea. Si es en Soria, en Soria. Podríamos fijar nueva fecha para la boda, buscar un piso aún más grande… con lo que tú ganas aquí, podríamos vivir muy tranquilos.

La frase se quedó ahí, vibrando. “Con lo que tú ganas aquí.”

Diego levantó la mirada.

—¿Cómo sabes lo que gano?

Laura parpadeó.

—Bueno… —se removió en la silla—. Lo del artículo. Lo compartió Marta, ¿te acuerdas de ella? Lo vi en LinkedIn. Tampoco soy tonta, sé leer entre líneas.

—¿Cuándo lo leíste? —preguntó él.

—No sé… hace unas semanas.

—¿Antes o después de mandarme el primer audio diciéndome que echabas de menos “cómo eran las cosas”?

Ella se mordió el labio.

—¿Importa?

Diego se recostó en la silla. No le salía enfadarse; sólo estaba cansado.

—A mí sí. —Hablaba despacio—. Cuando me ofrecieron venir aquí, tú sólo viste un pueblo. Yo estaba muerto de miedo, pero también ilusionado. Lo único que te pedí fue que lo pensaras conmigo. Ni siquiera que dijeras que sí. Sólo que lo pensáramos juntos. Me dijiste que si me iba, “ya veríamos”.

—Tenía mi vida hecha en Madrid —respondió Laura, alzando un poco la voz—. No es tan fácil dejarlo todo por alguien, Diego. No soy una mochila que te llevas a cualquier sitio.

—Lo sé. —Asintió—. Pero ahora mismo no sé si quieres estar conmigo… o con lo que represento. Antes, cuando sólo tenía un contrato y muchos nervios, te apartaste. Ahora que soy “el fichaje estrella”, estás aquí con la maleta.

Ambos guardaron silencio. Laura jugueteó con el anillo, dándole vueltas.

—También podrías admitir que tú has cambiado —dijo al cabo de un rato—. Esa chica de la foto… Ana. ¿Qué hay entre vosotros?

Diego dudó un segundo.

—Nos estamos conociendo. Empezamos a quedar meses después de que dejáramos de hablar de boda. No te he engañado.

Laura soltó una pequeña risa incrédula.

—Genial. Yo soy la egoísta que no se viene al pueblo, y tú eres el héroe que rehace su vida con una pediatra adorable.

—No he dicho que seas egoísta —respondió él, sin exaltarse—. Sólo digo que ya no confío en que queramos lo mismo. Ni en que quieras estar aquí si mañana dejo este trabajo y gano la mitad.

Ella se quedó muy quieta. Los ojos se le llenaron de lágrimas sin llegar a caer.

—Entonces… ¿qué quieres hacer? —preguntó, casi en susurro.

Diego miró el anillo en su mano. Recordó los cafés en Madrid, los planes de boda, las discusiones, el andén de Chamartín.

—Creo que lo mejor es que lo dejemos aquí —dijo al fin—. De verdad te deseo que te vaya bien. Si un día quieres venir a Soria por ti, no por mí ni por mi sueldo, tendrás un amigo. Pero como pareja… no puedo.

Laura respiró hondo, como si le hubieran dado un golpe en el estómago. Se quitó el anillo y lo dejó despacio sobre la mesa.

—Ahora sí que lo entiendes tú —murmuró—. Al final, cada uno elige su ciudad.

Se levantó, fue al salón y empezó a meter de nuevo sus cosas en la maleta. No hubo gritos. Sólo el ruido de la cremallera cerrándose. Diego la acompañó hasta la estación de autobuses. Se abrazaron con torpeza.

—Cuídate, ¿vale? —dijo ella.

—Tú también.

Vio cómo el autobús salía de la estación rumbo a Madrid, igual que él había visto alejarse su tren meses atrás. Esta vez, el que se quedaba era él.

Al caer la tarde, caminó junto al Duero. Le mandó un mensaje a Ana: “¿Te apetece un café? Ha sido un día raro.” Ella respondió con un simple “Voy”.

Se encontraron en una terraza pequeña, resguardados del frío por una estufa. Hablaron del hospital, de una excursión que querían hacer, del bar nuevo que habían abierto en la esquina. No mencionaron a Laura.

Cuando volvió a casa, encendió la luz del salón. El anillo seguía sobre la mesa. Lo guardó en un cajón, sin ceremonias. Desde la ventana, Soria se extendía silenciosa bajo el cielo oscuro.

Ya no le parecía un pueblo aburrido. Era, simplemente, el lugar donde había elegido quedarse.