Cuando Lucía dijo, tan tranquila, “He invitado a Álvaro a la boda. Si me quisieras, lo entenderías”, yo estaba sentado en la mesa de la cocina, con la lista de invitados abierta en el portátil.
Parpadeé un par de veces.
—¿Tu ex Álvaro? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Se apoyó en la encimera, brazos cruzados.
—Sí, Diego. Es una persona importante en mi vida. Hemos pasado página, somos amigos. No quiero esconder partes de mi pasado en nuestro día.
La frase estaba ensayada, se notaba.
—¿Y su mujer? —pregunté—. Marta, ¿no?
Lucía hizo un gesto vago con la mano.
—No sé si vendrá. Álvaro dijo que lo más probable es que venga solo. No tengo por qué invitar a todo el mundo.
Lo dijo como si la esposa de tu ex fuera “todo el mundo”. Sentí ese pinchazo seco en el estómago. Yo había cedido en mil cosas: la iglesia, el fotógrafo caro, invitar a sus primos de Burgos que apenas conocía… y ahora esto.
Cerré el portátil con calma.
—Si me quisieras, también tú entenderías que me incomoda —respondí.
Se rió, sin humor.
—Es inseguridad. Es solo un amigo. Confía en mí.
La discusión duró una hora más y terminó, como casi siempre, con un “ya está, Diego, no dramatices”. Al final dije la frase que parecía que ella quería oír.
—Vale. Lo entiendo.
Hice una pausa, mirándola a los ojos.
—Lo entiendo perfectamente.
Esa noche, cuando se durmió, abrí Instagram. Encontré el perfil de Álvaro en dos minutos. Foto de boda en Menorca, traje azul marino, Marta con un vestido blanco sencillo y un bebé en brazos en las últimas publicaciones. En ninguna parte aparecía Lucía, pero noté el “me gusta” reciente en casi todo.
Busqué a Marta. Su perfil era privado, pero en la bio ponía el nombre de la empresa donde trabajaba, una asesoría en Chamberí. El lunes, en la pausa del café, llamé allí. Pedí hablar con ella por un asunto personal “relacionado con la boda de un amigo en común”.
Esa misma tarde, Marta y yo nos tomamos un café en una terraza de Alonso Martínez. Tenía ojeras de cansancio y un gesto tenso, pero escuchó sin interrumpirme mientras yo le explicaba que su marido estaba invitado a mi boda… y ella no.
—Así que Lucía sabe que está casado —dijo al final, girando la cucharilla—. Y aun así solo le invita a él.
—Y me dice que, si la quiero, lo entenderé —añadí.
Marta sonrió, pero no era una sonrisa amable.
—Perfecto. Entonces vamos a entenderlo juntos.
Cuando llegó la cena de ensayo, una semana antes de la boda, entré al restaurante de La Latina con Marta del brazo, como mi acompañante. Lucía estaba en una mesa larga con nuestros padres y amigos más cercanos. Álvaro se sentaba a su lado, demasiado cerca.
Lucía levantó la vista, nos vio y se quedó con la copa de vino suspendida a medio aire.
—¿Qué… haces tú aquí? —susurró Marta, mirándole directamente a Álvaro.
El murmullo en la mesa bajó de golpe. Y la “cena tranquila” empezó a hacerse legendaria.
El silencio que cayó sobre la mesa fue tan espeso que se oía solo el hilo musical del restaurante y el tintinear de los cubiertos en otras mesas. Mi madre miró de mí a Lucía, sin entender nada.
Álvaro se levantó a medias, blanco.
—Marta, esto… no es lo que parece.
Ella dejó su bolso sobre la silla, muy despacio.
—¿No es la cena de ensayo de la boda de tu exnovia? —preguntó, clavándole los ojos—. Porque juraría que me dijiste que era una cena de empresa.
Mi suegra se aclaró la garganta.
—Lucía, cariño, ¿qué está pasando?
Lucía reaccionó, por fin, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco.
—Todo el mundo, calma, por favor. Marta, ha debido de haber un malentendido con las invitaciones…
—Yo la invité —intervine, manteniendo la voz baja—. Como mi acompañante.
Sentí cómo la mirada de Lucía me atravesaba.
—¿Tu acompañante? —repetió, con un hilo de voz.
—Claro —dije—. Si tú puedes invitar a tu ex, yo puedo invitar a la mujer de tu ex. Es lo justo, ¿no? Transparencia para todos.
El padrino, mi amigo Sergio, se llevó la mano a la boca escondiendo una sonrisa incrédula. Mi padre se inclinó hacia mí.
—¿Es una broma, Diego?
—Ojalá —contesté sin mirarle.
Marta sacó el móvil del bolso y lo dejó boca abajo sobre el mantel.
—Lucía —dijo, con una calma que me sorprendió—. ¿Desde cuándo sabías que Álvaro está casado?
Lucía se recolocó el mechón de pelo detrás de la oreja, un gesto suyo de siempre cuando estaba nerviosa.
—Desde… siempre. No es un secreto.
—Pero no me invitaste —continuó Marta—. Ni siquiera me mencionaste.
—No sabía si querías venir —respondió Lucía, con esa voz dulce que usaba cuando quería quedar como la razonable—. Pensé que sería incómodo para ti.
—Y, sin embargo, para tu prometido no lo es tener aquí a tu ex, sentado a tu lado —intervino por primera vez mi madre, apretando la servilleta.
Los ojos de todo el mundo iban de un lado a otro, como si siguieran un partido de tenis. El camarero apareció con las croquetas y, al ver el panorama, las dejó en silencio y desapareció.
Álvaro, por fin, habló.
—Marta, no montes un espectáculo. Solo he venido a apoyar a una amiga en un momento importante.
Ella sonrió de lado.
—¿Amiga?
Desbloqueó el móvil, tocó la pantalla un par de veces y me lo alargó a mí primero.
—Diego, ya que vamos de transparencia, léelo en voz alta.
Miré a Lucía. Tenía los labios apretados, pero no negó nada. Miré la pantalla. Era una conversación de WhatsApp de hacía un mes.
“A veces pienso que mi boda es un error, Álvaro. Contigo todo era más intenso.”
Tragué saliva.
—No hace falta… —murmuré.
—Léelo —pidió mi madre, con la voz rota.
Obedecí. Leyendo cada palabra, cada emoji de risa nerviosa, cada “ojalá las cosas hubieran sido diferentes”, sentí cómo la sala se encogía. Había mensajes suyos, de él:
“Si hubieras esperado un poco más, ahora serías tú la que se casara conmigo.”
“Todavía estás a tiempo de pensártelo.”
Cuando terminé, nadie respiraba. Lucía tenía los ojos vidriosos, pero levantó la barbilla.
—Sí, escribí eso. Estaba agobiada, con dudas. Es normal antes de una boda.
Marta me quitó el móvil de la mano y lo sostuvo en alto, girándolo hacia la mesa.
—Sigue leyendo, Diego. El de hace tres días. El que empieza con “No puedo creer que vaya a casarme contigo teniendo esto en la cabeza…”
Noté cómo Lucía se ponía rígida en su sitio. Mi corazón empezó a martillear.
—Diego, no lo hagas —susurró ella, casi sin voz.
Pero ya veía el mensaje en la pantalla, y su primera línea bastaba para que todo se rompiera.
“No puedo creer que vaya a casarme con Diego teniendo esto en la cabeza. Tú sigues siendo mi ‘y si…’ favorito.”
Las palabras flotaron en el aire como una confesión pública. Nadie habló. Ni siquiera Marta.
Yo bajé el móvil, lo dejé sobre el mantel y respiré hondo. Sentía una calma rara, como si el cuerpo hubiera pasado de golpe a piloto automático.
—Así que soy tu plan B —dije, al fin—. Tu opción segura mientras fantaseas con tu “y si” favorito.
Lucía se inclinó hacia mí, extendiendo la mano.
—Diego, por favor, no lo saques de contexto. Estaba agobiada, discutimos ese día, no quería decir…
Sergio se levantó despacio.
—Tío, creo que esto ya no va de contexto.
Mi suegra empezó a llorar en silencio.
—Lucía, hija… ¿es verdad todo eso?
Lucía miraba alrededor, acorralada.
—Yo os quiero. A todos. Quiero casarme con Diego, de verdad. Álvaro solo es parte de mi pasado.
—Tu pasado que se sienta a tu lado, al que escribes que mi boda es un error —dije—. Y al que invitas sin su mujer.
Álvaro intentó recomponer algo.
—Diego, hermano, de verdad que no hay nada físico entre nosotros. Solo mensajes, hablar del pasado…
Marta se echó a reír, cortante.
—¿De verdad crees que eso lo mejora?
Se quitó el anillo de boda, lo dejó en medio de la mesa, entre las croquetas y el pan.
—Yo he terminado —anunció—. Álvaro, cuando vuelvas a casa ya no estaré.
Él se quedó mudo, mirando el anillo como si fuera una granada.
Lucía se volvió hacia mí, desesperada.
—No tienes por qué hacer lo mismo, Diego. Podemos hablarlo tú y yo, solos. Lo arreglaremos. Cancelamos la boda si hace falta, la posponemos, vamos a terapia…
—Pero ya te casabas con la duda en la cabeza —la interrumpí—. Con tu “y si”.
Miré alrededor. Mis padres. Mis amigos. La familia de Lucía. Todos siendo testigos de algo que nunca imaginé que se vería fuera de nuestra casa. Y, sin embargo, esa exposición pública no era lo que más dolía. Lo peor era que todo cuadraba demasiado.
Me levanté, despacio. La silla raspó el suelo.
—Lo siento —dije—. De verdad, lo siento por todos vosotros. Pero yo no me caso.
Mi madre cerró los ojos, mi padre soltó el aire como si hubiera estado conteniéndolo una vida entera.
Lucía se levantó también, agarrándome del brazo.
—Diego, no puedes decidir esto delante de todo el mundo.
—Fue aquí donde decidiste seguir coqueteando con tu ex —respondí, soltándome—. Y aquí donde me pediste que, si te quería, lo entendería. Pues lo entiendo. Perfectamente.
Cogí mi chaqueta del respaldo. Miré a Marta.
—Siento haberte usado como pieza en esto —le dije bajito—. Pero gracias por no haber mirado hacia otro lado.
Marta asintió, con los ojos vidriosos pero firmes.
—Tú me llamaste para enseñarme la verdad. Yo solo la he dejado hablar.
El camarero se acercó, dubitativo.
—¿Todo bien?
Sergio soltó una carcajada ahogada.
—No, pero la cena será inolvidable. Tranquilo.
Salí del restaurante con la sensación de estar cruzando un umbral. Detrás de mí, oía sollozos, voces elevadas, el murmullo del drama extendiéndose a las otras mesas. En la calle, Madrid seguía su ruido de siempre, indiferente.
Marta salió un minuto después.
—¿Vas a casa? —preguntó.
—A recoger mis cosas y llamar al salón de bodas —respondí—. Y tú… supongo que a hacer lo mismo.
Se encogió de hombros.
—Al menos ahora sé que no estaba loca. Que lo que sentía era real.
Nos quedamos unos segundos en silencio, bajo las luces cálidas de la calle. No éramos aliados, ni amigos, ni nada con nombre claro. Solo dos personas que habían visto derrumbarse el mismo castillo de mentiras desde distinta ventana.
—¿Te apetece coger un taxi? —pregunté—. Puedo dejarte donde quieras.
—Me vendrá bien no ir sola —contestó.
Mientras el taxi se alejaba por la calle Toledo, miré el reflejo de mi cara en la ventanilla. No vi a una víctima, ni a un héroe. Solo a alguien que había decidido no casarse con una duda constante.
Meses después, la historia de “la cena de ensayo” seguía circulando entre amigos, conocidos y hasta compañeros de trabajo. Cada vez que alguien me la mencionaba, solo respondía:
—Fue el mejor error que no llegué a cometer.
Y seguía con mi vida. Sin Lucía, sin boda… y sin preguntarme qué habría pasado si no hubiera dicho aquella noche: “Sí, lo entiendo”. Porque lo había entendido todo, por fin.



