El día que abrió la boca y, con una sonrisa que ya no reconocía, soltó: «Estoy comprometida con otra persona, llevamos meses viéndonos», todavía vivía bajo mi techo, rodeada de mis cosas, respirando mi aire. Sentí cómo se me helaba la sangre, pero sólo respondí: «Felicidades a los dos». Esa misma tarde la policía la acompañó hasta la puerta mientras yo cambiaba cada cerradura, cada código. Y cuando su flamante prometido apareció exigiendo a gritos que la dejara volver a entrar…

El piso olía a café recalentado y a algo a lo que ya no sabía ponerle nombre. Marcos se apoyó en la encimera de la cocina, todavía en pijama, viendo cómo la tostada se quemaba en la tostadora sin hacer nada por evitarlo. Laura entró descalza, móvil en la mano, el pelo recogido en un moño apresurado que antes le parecía entrañable y ahora solo le parecía descuidado.

—Tenemos que hablar —dijo ella, sin mirarle.

Marcos no contestó. Sacó la tostada negra, la tiró a la basura y puso otra. El clic del aparato fue el único sonido durante unos segundos.

—Estoy comprometida —soltó Laura de golpe—. Estoy comprometida con otra persona. Llevamos viéndonos meses.

Marcos levantó la vista. No hubo escena, ni vaso roto, ni grito. Solo la vio allí, agarrando el móvil con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. Llevaba todavía su camiseta vieja del Atleti.

—Enhorabuena a los dos —respondió él, con una calma que la descolocó mucho más que cualquier explosión.

Ella frunció el ceño.

—¿No vas a decir nada más?

—¿Cuánto tiempo? —preguntó él, sirviéndose café como si hablara del tiempo.

—Desde febrero… —tragó saliva—. Se llama Sergio. Nos vamos a ir a vivir juntos cuando encontremos piso. No quería hacerte daño, Marcos, pero…

Él dejó la taza en la mesa con cuidado quirúrgico.

—Sigues viviendo en mi casa, Laura. Comiendo mi comida, durmiendo en mi cama. Mientras tanto te comprometes con otro. Ya has hecho bastante.

Ella empezó a justificarse; palabras sobre “no era el momento”, “teníamos problemas”, “tú nunca estabas”, flotaron en el aire como humo espeso. Marcos las escuchó sin escucharlas. Cuando terminó, solo dijo:

—Perfecto. Hoy mismo empiezas tu nueva vida.

Se encerró en el despacho y llamó a David, su amigo abogado.

—Solo está empadronada temporalmente en casa de sus padres, ¿no? —preguntó David—. El piso está solo a tu nombre, sin contrato de alquiler ni nada que la vincule.

—Exacto.

—Legalmente es una invitada. Si le pides que se vaya y no quiere, puedes llamar a la policía. Que conste que la estás desalojando hoy.

Marcos colgó, hizo un par de fotos a la habitación de Laura, abrió el armario y empezó a sacar ropa. Llenó dos maletas grandes con lo esencial y dejó el resto en cajas en el pasillo. A las seis, cuando Laura volvió del trabajo, se encontró a dos agentes de la Policía Municipal en el salón y a Marcos sentado en el sofá, con las llaves en la mesa.

—Señorita, él le pide que abandone la vivienda hoy mismo —explicó uno de los agentes—. Aquí no figura usted en ningún contrato.

Laura gritó, lloró, llamó “hijo de puta” a Marcos. Los vecinos miraban por la mirilla. Al final, salió con una maleta, los ojos hinchados, prometiendo que “no se iba a quedar así”. El cerrajero subió en cuanto el ascensor se cerró tras ella.

A las diez de la noche, con las cerraduras ya cambiadas y los códigos de la alarma y del garaje actualizados, el timbre empezó a sonar como si alguien quisiera arrancarlo de la pared. Luego llegaron los golpes secos contra la puerta.

—¡Marcos, abre ahora mismo! —rugió una voz masculina, desconocida, al otro lado—. ¡Soy Sergio! ¡No puedes echarla a la calle así, vas a abrir esa puerta o esto no acaba bien!

La mano de Marcos se detuvo a milímetros del pomo, mientras los golpes contra la puerta retumbaban como si fueran a echarla abajo.

Marcos respiró hondo, enganchó la cadena de seguridad y abrió la puerta lo justo para ver un ojo, medio rostro y mucha rabia. Sergio era más alto de lo que imaginaba, camisa blanca remangada, reloj caro brillando en la muñeca. Laura estaba detrás de él, con la cara roja y los ojos hinchados.

—Quita la cadena —ordenó Sergio—. Vamos a hablar como adultos.

—Así estamos bien —contestó Marcos—. ¿Qué quieres?

—Que la dejes entrar. Es su casa también, lleva años viviendo aquí. No puedes echarla como a un perro.

Marcos ladeó la cabeza.

—Su casa no. Nunca lo fue. Escrituras, hipoteca y recibos están solo a mi nombre. Lo sabe ella, y ahora lo sabes tú.

Sergio intentó empujar la puerta; la cadena se tensó con un tintineo metálico.

—Mira, chaval, no sabes con quién te estás metiendo. Llamo a mi abogado y…

—Llama a quien quieras —le cortó Marcos—. Yo ya he hablado con el mío y con la policía. Los mismos que han estado aquí esta tarde.

Los ojos de Sergio destellaron un segundo de sorpresa, rápidamente sustituida por desprecio.

—Sabías lo nuestro —dijo, bajando la voz—. Desde hace cuánto.

Marcos se apoyó en el marco.

—Desde mediados de marzo. Dejaste tu correo abierto en su portátil. Muy descuidado para alguien tan importante.

Los labios de Laura se entreabrieron.

—¿Por qué no dijiste nada? —preguntó ella, casi en un susurro.

—Porque necesitaba tiempo para ordenar las cosas. Cerrar la cuenta conjunta, sacar tus cosas de mi nombre, cambiar el testamento… —enumeró con frialdad—. Y esperar a que tú sola pronunciaras la frase mágica. “Estoy comprometida con otra persona”. Me lo pusiste fácil.

Desde el rellano se escuchó una puerta que se abría. La vecina del 3ºB asomó la cabeza, curiosa. El edificio entero respiraba tensión.

—Lo que has hecho es una salvajada —soltó Laura—. No tengo dónde ir esta noche.

—Tienes unos padres en Vallecas, una hermana en Getafe y un flamante prometido justo delante de ti —replicó Marcos—. Opciones no te faltan.

Sergio dio un paso más hacia la puerta.

—Sus cosas siguen dentro. Tiene derecho a entrar a por ellas.

Marcos cogió dos bolsas grandes que ya estaban preparadas junto a la entrada y las acercó a la rendija.

—Lo básico está aquí: ropa, portátil, documentación. El resto lo he dejado en el trastero. Mañana a las siete de la tarde podéis pasar los dos, con cita, y os lo bajo. Sin necesidad de que entréis en mi casa.

—No puedes poner condiciones —escupió Sergio.

—Claro que puedo. Es mi puerta.

La discusión subió de tono. Los gritos resonaban por la escalera. Alguien, en algún piso, llamó de nuevo a la policía. Cuando los agentes subieron, encontraron a Sergio intentando forzar otra vez la puerta.

—Señor, retírese de la puerta ahora mismo —ordenó uno, poniendo una mano en el pecho de Sergio—. Le pueden denunciar por coacciones.

—¡Él la ha echado a la calle! ¡Es ilegal! —bramó Sergio.

Marcos les enseñó el DNI, una carpeta con copias de la escritura y el contrato de la hipoteca. Los agentes revisaron los papeles con gesto cansado; ya le conocían de esa misma tarde.

—La vivienda es de su exclusiva propiedad —dijo el agente—. Puede decidir quién entra y quién no.

Laura, a un lado, sollozaba en silencio.

—Solo quiero recuperar todo lo mío —murmuró.

Marcos la miró a través de la rendija.

—Lo tendrás. Pero aquí dentro no vuelves a poner un pie.

Los agentes empezaron a bajar a Sergio y a Laura hacia la escalera. Antes de cerrar, Marcos habló, como quien recuerda algo sin importancia:

—Ah, Sergio.

El aludido se giró, irritado.

—¿Qué.

—Revisa los movimientos de tu tarjeta de crédito estos últimos meses —dijo Marcos, casi amable—. Igual te sorprende saber quién ha pagado muchos de nuestros fines de semana en La Rioja y en Cádiz.

Los ojos de Sergio volaron hacia Laura.

—¿Qué tarjeta? —preguntó, con un filo nuevo en la voz.

—No es el momento, Sergio —balbuceó ella.

La discusión cambió de dirección en un segundo; ya no era Marcos el enemigo cercano. El portal se llenó de reproches nuevos mientras la puerta del piso se cerraba con un clic seco, dejando fuera el eco de aquella vida rota.

Esa noche, Marcos durmió por primera vez en meses sin despertarse a las cuatro de la mañana con el corazón acelerado. El silencio del piso le parecía extraño, demasiado grande, pero no le pesaba. A la mañana siguiente, el único rastro de Laura era un pendiente olvidado en el baño y una taza con restos de pintalabios en el fregadero.

Bajó al trastero antes de ir al estudio de arquitectura. Terminó de organizar las cajas con las cosas de ella, rotuladas con rotulador negro: “Ropa invierno”, “Libros”, “Cachivaches”. A las siete en punto, como había dicho, estaba abajo esperando. Llegaron Laura y Sergio, sin policías esta vez. No se miraban.

—Aquí tenéis —dijo Marcos, señalando las cajas apiladas junto al portal.

Laura evitó su mirada. Llevaba una maleta distinta, más grande; quizá prestada. Sergio parecía haber envejecido de golpe; las ojeras profundas, la mandíbula apretada.

—No hacía falta que fueras tan… cruel —murmuró ella mientras cargaban una de las cajas.

—Solo he puesto fin a algo que tú ya habías terminado —respondió Marcos—. De forma limpia.

Sergio se quedó atrás un segundo.

—Lo de la tarjeta… —empezó, clavándole los ojos—. ¿Tenías que decirlo?

—Solo mencioné hechos —contestó Marcos—. Ya lo verás en el extracto.

No hubo más palabras. Cargaron todo en el maletero de un coche gris y se marcharon sin despedirse. La vida continuó.

Pasaron semanas. Marcos cambió los muebles de sitio, pintó una pared del salón de azul oscuro, tiró la vajilla que habían comprado juntos en Ikea y compró platos nuevos en una tienda pequeña de Malasaña. Empezó a ir más al gimnasio del barrio, a tomar cañas con compañeros del estudio, a volver tarde sin necesidad de avisar a nadie.

Una tarde, en el bar de siempre, David le enseñó algo en el móvil.

—¿Te suena este nombre? —preguntó, ampliando una noticia.

Marcos leyó: “Investigación interna en la start-up tecnológica NexAware por presuntas irregularidades contables”. Debajo, una foto en la que Sergio, con traje y sonrisa de catálogo, posaba junto a otros socios.

—Vaya —dijo simplemente.

—Uno de mis colegas del colegio de abogados lleva un asunto relacionado —añadió David—. Parece que alguien envió a los socios y a un juez capturas de pantalla de correos donde Sergio se lucía moviendo gastos privados como si fueran de empresa. Muy detallado todo, por lo que me han contado.

Marcos dio un sorbo a su cerveza.

—Qué cosas —murmuró.

No explicó que, aquella misma semana de la ruptura, había dedicado una noche entera a ordenar los correos y capturas que había visto de casualidad en el portátil de Laura. Que había creado una cuenta anónima para enviarlos a la dirección genérica de la empresa de Sergio y a un despacho de abogados que había encontrado asociado a una demanda anterior. No añadió nada. No hacía falta.

Los meses siguieron su curso. Supo por redes sociales —un amigo en común, un comentario suelto— que el compromiso de Laura y Sergio no había sobrevivido al escándalo. Ella había vuelto a casa de sus padres, trabajaba ahora en una agencia más pequeña, en Carabanchel. De Sergio se hablaba menos; alguna mención a un proceso judicial en marcha, nada más.

Una tarde de otoño, en una cafetería de La Latina, Marcos la vio por casualidad. Estaba sola, mirando la pantalla del móvil con gesto cansado. Pensó en levantarse, en saludarla, pero decidió pagar y marcharse. Cuando ya estaba en la puerta, escuchó su voz.

—Marcos.

Se giró. Laura se había levantado; tenía el pelo más corto, las ojeras más marcadas.

—Solo quiero preguntarte una cosa —dijo—. ¿Por qué nos hiciste todo eso?

Él la observó unos segundos. La cafetería olía a café y a bizcocho de naranja; la vida alrededor seguía, ajena.

—Yo cerré mi puerta —respondió—. Y conté la verdad a quien me pareció que debía saberla. Lo demás lo hicisteis vosotros.

No había reproche en su tono, ni satisfacción. Solo una constatación plana. Ella apretó los labios, como si esperara alguna disculpa que no llegó.

—Espero que seas feliz, de verdad —murmuró al final.

—Y yo que tú aprendas a no pisar dos casas a la vez —contestó él, sin dureza, solo como una frase que se queda en el aire.

Salió a la calle, donde ya refrescaba. Caminó hacia su piso, pensando en lo mucho que había cambiado su casa… y en lo poco que, en el fondo, necesitaba para estar bien: sus planos, su música, un par de amigos fieles y una puerta que, por primera vez en mucho tiempo, sabía exactamente a quién quería abrir.