Mi prometida me escribió un mensaje helado: “La boda sigue en pie, pero voy a pasar las últimas noches con mi ex para tener ‘closure’”. Sentí que el suelo se abría, pero contesté con los dedos temblando: “Haz lo que necesites”. Colgué el teléfono, llamé al salón y cancelé absolutamente todo. Pensaba contárselo después, hasta que, en plena despedida de soltera, el lugar la llamó para confirmar la cancelación de la boda… y entonces el mundo se le vino abajo.

El mensaje llegó mientras estaba revisando el excel del catering.
La boda sigue en pie, pero voy a pasar las últimas noches antes con Marcos para cerrar todo bien. Necesito esa despedida. Te quiero. No te enfades, por favor.

Me quedé mirando la pantalla como si fuera de otra persona. Laura. Mi prometida. A cuatro días de la boda en Toledo. Y hablando de “despedida” con su ex.

Escribí:
Haz lo que tengas que hacer.

Tardé un minuto en darle a enviar. No porque dudara, sino porque sentí, con una claridad extraña, que en ese momento se había roto algo que no se arreglaba ya ni con flores ni con fotos en Instagram.

Ni cinco minutos después marqué el número del restaurante donde íbamos a celebrarlo todo, en un cigarral con vistas al Tajo.
—¿Cigarral El Mirador, dígame?
—Hola, soy Daniel Martín, de la boda del sábado. Quiero cancelar.
Al otro lado hubo un silencio corto.
—¿Cancelar… todo, señor Martín? Ya está todo preparado.
—Sí. Todo.

Carmen, la encargada, me repitió lo de las arras, la señal, los invitados que ya habían confirmado el menú. Le dije que era definitivo. Me pidió un correo para dejar constancia. Lo envié desde el móvil, con una calma que ni yo entendía.

Después llamé al fotógrafo, a la floristería, al DJ. Mis palabras eran siempre las mismas:
—La boda no se celebra. Sí, estoy seguro.

A Laura no le dije nada. Solo le mandé un simple “ok” cuando escribió más tarde que se quedaría en casa de Marcos “solo para hablar”, que no me rayara, que confiara.

En casa, el vestido colgado en la puerta del armario, el traje aún en la funda. Sobre la mesa del salón, los detallitos para los invitados, las minibotellitas de aceite con nuestras iniciales: L & D.

La noche del jueves fue su despedida de soltera. Me mandó un selfie rápido desde una azotea de Malasaña, coronitas de flores y gin-tonic en la mano, rodeada de amigas. “Te echo de menos”, añadió. Yo miré la pantalla, apoyado en el sofá, con el silencio del piso envolviéndolo todo.

Fue allí, en medio del ruido de la música y los gritos, cuando sonó su móvil. Carmen, la del cigarral, la estaba llamando porque necesitaba confirmar unos datos de la ahora inexistente boda. Laura se apartó del grupo, aún riéndose.
—¿Sí? Soy Laura.
—Hola, Laura, mira, te llamo por la cancelación…

La palabra “cancelación” la cortó de golpe.

—¿Cómo que cancelación? —preguntó, la sonrisa cayéndosele de la cara.
—Daniel vino el martes a cancelar todo. Solo necesito que me confirmes la cuenta para la devolución parcial…

Las amigas vieron cómo se le blanqueaba la cara. Ana le tocó el brazo.
—Tía, ¿qué pasa?

Laura colgó casi sin despedirse, con las manos temblando, los ojos empañados, y marcó mi número. Una vez. Dos. Tres. Llamadas perdidas.
Yo veía la pantalla parpadear sobre la mesa del salón. “Laura ❤️”. Dejé que sonara. Volvió a insistir. Al final contesté.

—¿Has cancelado la boda? —escupió, ahogándose, con la música de fondo y las amigas murmurando.
Respiré hondo.
—Claro que la he cancelado —dije despacio—. Tú la cancelaste primero cuando hiciste la maleta para irte a casa de tu ex.

Y entonces, al otro lado, lo único que escuché fue un sollozo roto, seguido de un grito ahogado y el golpe de algo al caer, mientras la fiesta se congelaba en torno a ella.

Laura apareció en el piso la mañana siguiente con el maquillaje corrido y el vestido de la despedida arrugado. No había dormido. Yo ya lo tenía casi todo recogido en cajas: invitaciones sobrantes, programas de la ceremonia, la lista de mesas tachada con rotulador rojo.

—Tenemos que hablar —dijo, cerrando la puerta con un golpe seco.

Se quedó mirando las cajas, el comedor desmantelado, como si fuera la escena de un crimen.
—¿De verdad has hecho esto? ¿Sin hablar conmigo?
—Te dije que hicieras lo que necesitaras —respondí—. Yo también he hecho lo que necesitaba.

Se quitó la chaqueta con manos temblorosas.
—No ibas a decir nada a nadie. Iba a ser solo unos días, Dan. Ni siquiera te he engañado.
Me reí, sin humor.
—¿Te escuchas? Días antes de casarte, te vas a dormir a casa de tu ex, y pretendes que lo vea como una terapia de pareja.

—No fue así —insistió—. Con Marcos quedaron muchas cosas en el aire. Me dejó fatal, y luego apareciste tú y… —se interrumpió, como si acabara de darse cuenta de lo que estaba diciendo—. Solo quería cerrar ese capítulo. Entrar limpia en el matrimonio.

—Pues has entrado tan limpia que el banquete se ha ido al carajo —contesté—. El cigarral, el fotógrafo, todo. Mis padres están de camino a Madrid y aún ni lo saben.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Podemos explicárselo, podemos posponer…
—No. No hay nada que posponer.

Nos quedamos en silencio. En la mesa, entre nosotros, estaba el sobre con las alianzas, aún sin grabar. Lo había dejado ahí adrede.

—¿Estuviste con él antes de mandarme el mensaje? —pregunté de repente.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—El lunes —precisé—. ¿Ya habías ido a su casa cuando me escribiste lo de “la boda sigue en pie”?

Se pasó la lengua por los labios, nerviosa. Ese gesto la delató.
—Solo fui a hablar…
—No te he preguntado qué hicisteis. Te he preguntado cuándo.

No respondió. Se derrumbó en la silla.

—Marcos me escribió anoche —añadí, sacando el móvil—. Después de que tú le llamaras hecha una furia porque él te dijo que estaba de acuerdo con la cancelación.
Le enseñé la pantalla. Un mensaje corto: “No te cases con alguien que me usa de excusa para decidir. No es justo para ti ni para mí.

Laura leyó la frase y apretó los labios.
—Es un cabrón. Siempre lo ha sido. Está manipulando todo para que me quede sola.
—No hace falta que él manipule nada —respondí—. Has sido tú la que ha pensado que necesitaba una gira de despedida con su ex para casarse conmigo.

Se levantó de golpe.
—¿Y tú? ¿Nunca has dudado? ¿Nunca has pensado en ninguna de tus ex? Solo porque yo he sido sincera…
—No, Laura. Tú no has sido sincera. Me lo contaste cuando ya lo estabas haciendo. Me colocaste delante de un hecho consumado para sentirte menos culpable.

El silencio se hizo denso. En el pasillo, la maleta con la que se había ido a “cerrar capítulos” seguía sin deshacer.

—Dime que me sigues queriendo —susurró ella—. Dime que podemos arreglarlo.
La miré, cansado, como si de repente fuesen diez años y no tres de relación.
—Quererte no es el problema —dije al fin—. El problema es que ya no te creo.

Fue ahí cuando empezó a sonar el móvil de ella sin parar: su madre, su hermana, las amigas de la despedida, todos preguntando qué estaba pasando. El rumor ya corría por los grupos de WhatsApp. La boda cancelada. Las habladurías creciendo como espuma.

Laura agarró el teléfono, se apretó la cabeza con la otra mano y, entre sollozos, murmuró:
—Has hecho de mi vida un espectáculo.

Yo me limité a responder:
—No, Laura. Solo he bajado el telón antes de que se cayera solo.

Los dos días siguientes fueron un desfile de llamadas, reproches y silencios. Mis padres llegaron desde Valencia con las maletas y la ilusión arrugada. Nos sentamos en la cocina estrecha, con el olor del café flotando en un ambiente cargado.

—¿Qué ha pasado, hijo? —preguntó mi madre, con esa mezcla de preocupación y enfado que solo las madres saben manejar.
—Ha pasado que no me voy a casar con alguien que necesita dormir en casa de su ex para estar segura —respondí, sin entrar en detalles.

Mi padre asintió, serio.
—Entonces has hecho bien —dijo, sin dramatismos—. Más vale perder una señal que perder la vida.

Aun así, el sábado, la hora en la que deberíamos haber estado diciendo “sí, quiero”, me encontró paseando solo por el Retiro. Vi a varias parejas arregladas, seguramente de otras bodas. Me fijé en un grupo que posaba para fotos junto a la Rosaleda. El vestido blanco, los aplausos, el fotógrafo gritando “¡sonreíd!”. Sentí una punzada rara, no tanto de pérdida como de vértigo por lo que había estado a punto de firmar.

Laura se fue unos días a casa de sus padres, en Alcalá. Su madre me llamó una vez, llorando, pidiéndome que recapacitara, que todos cometemos errores, que “solo fue a hablar con ese chico, Daniel, por Dios”. Yo no discutí. Solo repetí que la boda estaba cancelada y que no habría otra fecha.

Las redes sociales se llenaron de silencio. Ella borró casi todas nuestras fotos. Yo desactivé mis cuentas un tiempo. Los amigos comunes se dividieron: algunos me escribieron apoyándome; otros, más cercanos a ella, me acusaron de humillarla, de haberlo hecho “a lo grande”. Nadie estuvo en ese momento leyendo el mensaje en el que la boda seguía en pie mientras ella hacía la maleta para irse a casa de su ex.

Pasaron semanas. Volví a mi rutina, a la oficina, a los partidos de los domingos con Sergio. El traje de novio lo llevé a la tintorería y luego lo guardé en el altillo del armario, como si fuese un disfraz de una obra que nunca se representó.

Un día de septiembre, cuando el calor empezaba a aflojar en Madrid, recibí el último mensaje de Laura.
Necesito verte solo una vez más. No para volver. Para decirte la verdad. Parque del Retiro, el banco junto al estanque. Mañana a las 19:00.

Fui. No por curiosidad, sino porque sentía que, si no cerraba el círculo, esa historia iba a quedarse pegada a mí durante años.

Ella llegó con vaqueros y una camiseta sencilla, casi sin maquillaje. Parecía mayor, no de edad, sino de cansancio.

—Gracias por venir —dijo, sentándose a mi lado.

Nos quedamos mirando las barcas del estanque un rato.

—No voy a pedirte que volvamos —empezó—. Solo quiero decirte lo que no te dije.
Asentí, en silencio.

—Sí —admitió al final, con la voz tan baja que casi se la llevaba el aire—. Me acosté con Marcos. Antes del mensaje, no después. Fui a su casa un domingo “para hablar” y pasó. Y me asusté. Pensé que, si pasaba unos días allí, si lo vivía hasta el final, sabría de verdad con quién quería estar.

No dije nada. Por dentro, solo sentí cómo encajaba la última pieza de un puzzle que ya estaba completo.

—Cuando vi que habías cancelado la boda, me dio rabia —continuó—. No porque no lo mereciera, sino porque fuiste más valiente que yo. Tú tomaste una decisión. Yo solo iba saltando de una persona a otra para no quedarme sola.

Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero siguió hablando.
—Sé que te he destrozado algo que no sé cómo se repara. Solo quería decirte la verdad y pedirte perdón de verdad, sin excusas.

La miré, sintiendo pena, sí, pero más por la persona que era ella que por lo que había sido nuestro futuro.

—Gracias por contármelo —respondí—. Y por haberlo dicho así, sin adornos.
—¿Me odias?
—No. Simplemente ya no eres la persona con la que me veía compartiendo la vida.

Se quedó callada. El sol se reflejaba en el agua, y un niño reía en una barca cercana, ajeno a todo.

—Ojalá seas feliz, Daniel —dijo al levantarse—. De verdad.
—Y yo a ti —contesté.

Nos despedimos con un apretón de manos torpe, casi formal. La vi alejarse por el paseo de las estatuas hasta perderse entre la gente.

Aquella noche, al volver a casa, guardé el sobre de las alianzas vacío en un cajón. No tiré nada, no quemé fotos, no hice gestos dramáticos. Solo me hice una promesa sencilla: la próxima vez que alguien me diga “la boda sigue en pie, pero…”, no habrá peros que valgan.

El tiempo siguió. Nuevos planes, nuevos viajes, nuevas conversaciones que ya no giraban alrededor de una boda que nunca fue. Y, poco a poco, sin darme cuenta, dejé de imaginar cómo habría sido el “sí, quiero” con Laura, para empezar a preguntarme con quién querría decirlo algún día, sin ex, sin despedidas, sin condiciones.