Supe que algo dentro de mí se rompía khi ella, mirándome con una calma que me heló la sangre, dijo: «Si no confías en que salga cada fin de semana con mi ex, quizá no deberíamos estar juntos». Respondí «tienes toda la razón» mientras sentía que el suelo desaparecía, y esa misma noche firmé la transferencia a Londres que llevaba meses rechazando por ella. Días después, cuando preguntó por mensaje «¿qué haces este finde?», solo contesté con una selfie desde Heathrow, billete en mano y el corazón ardiendo entre alivio y devastación.

—Si no confías en mí quedando con mi ex todos los fines de semana, igual no deberíamos estar juntos.

Irene me lo dijo sin temblarle la voz, apoyada en la encimera de mi cocina, con los brazos cruzados. Tenía esa expresión fría que ya conocía: el gesto que usaba cuando una decisión ya estaba tomada en su cabeza.

Yo me quedé mirándola, con el portátil aún abierto en la mesa, el correo de Recursos Humanos en grande: “Último día para confirmar traslado a Londres”. Llevaba un año rechazando esa oferta por ella, por “nuestros planes” en Madrid.

—Tienes toda la razón —respondí, sorprendiéndome de lo calmado que sonó mi propio tono.

Ella parpadeó, apenas un segundo, como si no se esperara que no discutiera.

—¿Eso qué significa, Marcos? —preguntó al fin.

—Que si para estar contigo tengo que aceptar que te vayas con Álvaro todos los fines de semana como si fuera tu novio suplente, igual sí que no deberíamos estar juntos.

Rodó los ojos.

—No dramatices. Álvaro es mi amigo desde los dieciséis. Que salgamos a tomar algo los sábados no significa nada. Eres tú el que tiene el problema de confianza.

No hablamos de que, “tomando algo con Álvaro”, ella desaparecía desde la hora de la comida hasta las tres de la mañana. Ni de los mensajes que había leído sin querer cuando dejó el móvil en mi sofá, con demasiados corazones para ser “sólo amigos”. Yo no saqué nada. Ella tampoco.

Lo dejamos ahí, en un silencio tenso. Irene cogió su chaqueta de cuero.

—Me voy. Tengo que quedar con los chicos —dijo, evitando mi mirada. Sabía que “los chicos” significaba, sobre todo, Álvaro.

La puerta se cerró, y el piso se quedó quieto, sólo el zumbido del frigorífico llenando el vacío. Volví al portátil. Leí el correo de Londres una vez más. Buen sueldo, puesto mejor, proyecto nuevo. Y nada que me atara ya del todo a Madrid, aparte de una relación que cojeaba desde hacía meses.

Abrí un nuevo correo.
“Confirmo mi aceptación del traslado a Londres, con incorporación inmediata.”
Lo releí dos veces. Di a enviar.

No le dije nada a Irene esa noche, ni las siguientes. Dejamos de vernos entre semana; ella siempre tenía planes, yo siempre tenía “mucho trabajo”. En realidad, estaba firmando papeles, buscando piso en Londres por videollamada, despidiéndome de mis padres en Aluche con una mezcla extraña de culpa y alivio.

El viernes por la tarde, ya sentado en la zona de embarque de Barajas con una mochila y una maleta facturada, mi móvil vibró. Era un WhatsApp de Irene:

“¿Qué haces este finde?” seguido de un emoticono de guiño.

Durante unos segundos, me limité a mirar la pantalla. Podía mentir. Podía decir “nada” y alargar la farsa. Pero no estaba en ese punto ya. Abrí la cámara frontal. Mi cara, con ojeras, pero ligera. Cambié a la cámara trasera, apuntando al cartel enorme: “London – Heathrow”.

Me levanté, caminé hacia el cristal donde se veía el avión preparándose en pista y me hice una selfie con la puerta de embarque detrás. Sonreí lo justo. Ni feliz, ni triste. Simplemente decidido.

La envié.

A los cinco segundos, aparecieron las dos flechas azules. Irene estaba en línea. Escribiendo. Borrando. Escribiendo otra vez.

El altavoz anunció el inicio del embarque. Mientras la cola empezaba a avanzar, mi móvil vibró de nuevo. Esta vez no era un mensaje. Era una llamada entrante: “Irene ❤️.

La pantalla temblaba en mi mano mientras la fila avanzaba hacia la puerta del avión.

Dejé que el móvil sonara hasta que la llamada se cortó sola. Luego vino una ráfaga de mensajes.

“¿Estás de coña?”
“Marcos, respóndeme ya.”
“¿Desde cuándo sabes esto?”
“¿Lo sabías cuando discutimos el otro día?”

Guardé el teléfono en el bolsillo mientras mostraba la tarjeta de embarque. No contesté hasta que el avión despegó y el piloto anunció que podíamos activar los dispositivos electrónicos.

“Acepté el traslado. Me voy a vivir a Londres. Suerte con Álvaro.”

Mandé ese único mensaje y luego puse el móvil en modo avión otra vez, aunque ya no hacía falta. Me quedé mirando por la ventanilla las nubes grises, pensando en Malasaña, en las cañas de los domingos, en la risa de Irene cuando se burlaba de mi acento de barrio.

Los primeros días en Londres fueron una mezcla de vértigo y ruido. Aulas de formación en la oficina del banco en Canary Wharf, todo cristal y moqueta. Presentaciones en inglés, siglas que se me mezclaban en la cabeza, compañeros nuevos. Uno de ellos, Diego, de Sevilla, me llevó a comer un menú barato en un bar español en Elephant & Castle y me presentó a Carmen, una gallega que llevaba tres años en Londres.

—¿Cuánto llevas tú por aquí? —me preguntó ella, apoyando el codo en la barra.

—Tres días —respondí, riéndome con una inseguridad que no supe disimular.

—Entonces aún no has conocido la fase depresiva de echar de menos el jamón y el sol. Ya llegará.

Sonreí, pero esa tarde, al volver al estudio que había alquilado en Stratford, lo que eché de menos no fue el jamón ni el sol. Fue la rutina de Irene entrando en mi cocina como si fuera su casa.

El móvil estaba lleno de mensajes suyos. Al principio, furiosos:

“Eres un cobarde.”
“¿Así lo arreglas todo? ¿Huyendo?”

Luego, más largos, más suaves:

“Podríamos haberlo hablado.”
“No tienes derecho a decidir por los dos.”
“Lo de Álvaro siempre ha sido solo amistad, lo sabías.”

No le contesté. Abría la conversación, leía, cerraba. A veces veía que estaba “escribiendo…”, pero salía antes de que llegara el siguiente párrafo.

Pasaron dos semanas. Empecé a entender mejor mi trabajo, a coger costumbre al metro de Londres, a los pubs llenos desde las cinco de la tarde. Carmen me arrastró a un afterwork un jueves. Entre pintas y risas en spanglish, me preguntó:

—¿Y tú, qué dejaste en España? Siempre hay algo.

Miré mi vaso un segundo de más.

—Una novia. O algo parecido a una novia. Todavía no sé.

—¿Mal final? —insistió.

—Digamos que… no nos pusimos de acuerdo sobre lo que significa “respeto”.

Carmen asintió, sin hacer más preguntas. Cambió de tema con naturalidad. Agradecí que no insistiera.

Esa noche, ya en la cama, volví a abrir el Instagram. No sé por qué, pero entré en el perfil de Álvaro. No lo seguía, pero su perfil era público. Historias recientes: un bar de Lavapiés, un concierto en La Riviera, una mesa llena de copas. En casi todas salía Irene, pegada a él, riéndose, la cabeza en su hombro. En una, un vídeo borroso: él la abrazaba por detrás mientras bailaban. No había beso, pero tampoco hacía falta.

El corazón me dio un vuelco raro. No de celos, algo diferente. Una mezcla de confirmación y vacío. Capturé la pantalla, la miré unos segundos y luego borré la captura.

Al día siguiente, Irene me mandó un audio.

—Marcos, tenemos que hablar de verdad. No aguanto más así. Dime cuándo puedes llamar.

Estuve a punto de borrar el mensaje sin escucharlo entero. Pero algo, quizá simple curiosidad, me hizo deslizar el dedo y pulsar llamar.

—Por fin —dijo ella al segundo tono, como si hubiera tenido el móvil en la mano todo el día—. Te has dignado a contestar.

—Tienes cinco minutos.

—No seas idiota. Sabes que esto no se arregla en cinco minutos.

Se oyó un silencio breve al otro lado, un suspiro. Luego habló más despacio.

—Mira… lo de Álvaro y yo… igual sí se nos fue de las manos alguna vez. Pero no es lo que tú piensas.

—¿Qué pienso? —pregunté, notando cómo se me tensaba la mandíbula.

—Que no eres suficiente, que por eso quedo con él. Y no es eso. Es más complicado.

Antes de que pudiera responder, escuché un ruido de fondo, como una puerta cerrándose, voces. Y entonces, otra voz masculina, demasiado cerca del móvil:

—¿Irene, vienes ya o qué?

Reconocí el timbre enseguida. Álvaro.

El silencio que siguió al otro lado de la línea pesó más que cualquier explicación.

—Tengo que colgar —dijo ella, casi en un susurro.

La llamada se cortó. Me quedé con el móvil en la mano, el reflejo de mi cara cansada en la pantalla negra.

Era viernes por la noche en Londres, y fuera llovía a cántaros. Después de unos segundos, el timbre del piso sonó, insistente, rompiendo el ruido de la lluvia.

Me levanté, con una sensación rara en el estómago. Miré por la mirilla. Y allí estaba Irene, empapada, con una maleta pequeña a su lado y los ojos rojos.

—Tenemos que hablar —dijo, alzando la voz para vencer el ruido del agua, cuando abrí la puerta apenas unos centímetros.

La dejé entrar. El olor a lluvia y tabaco mojado se coló en el estudio. Irene se abrazó el cuerpo con los brazos, tiritando.

—No sabía si vendrías tú a Madrid o si tenía que venir yo —dijo, dejando la maleta junto a la cama desplegable—. Al final he decidido no esperar.

—Ya veo —respondí, cerrando la puerta.

No le ofrecí abrazo. Ella se dio cuenta, porque sus labios temblaron un segundo. Se quitó la chaqueta empapada y quedó en una sudadera gris que le quedaba grande. Se sentó en la única silla. Yo permanecí de pie, apoyado en la encimera.

—¿Cuánto llevas aquí? —pregunté.

—Llegué esta tarde. He estado dando vueltas por tu calle como una idiota —soltó una risa nerviosa—. No sabía si subir.

—Y mientras tanto sigues quedando con Álvaro, por lo que oigo.

Bajó la mirada.

—¿Has oído eso, no? —murmuró—. Fue un desastre.

—Explícame —dije, sin acercarme.

Se pasó las manos por la cara, como si intentara despegarse algo invisible.

—Cuando tú te fuiste… yo me quedé hecha polvo. Me enfadé, me sentí traicionada. Y Álvaro estaba allí. Como siempre. Salíamos, bebíamos, hablábamos de ti. Una noche… nos besamos.

La palabra quedó flotando entre nosotros.

—¿Sólo un beso? —pregunté, sin subir el tono.

Tardó demasiado en contestar.

—No. Pasó más. Pero fue raro, no estuvo bien. Ni siquiera fue… —se detuvo, apretando los dientes—. No fue como imaginaba.

Asentí despacio.

—O sea, que mientras yo pensaba que igual me estaba pasando de celoso, tú estabas probando a ver qué tal el plan B.

—No es así —protestó ella, levantando la vista al fin—. Es que tú te fuiste sin decirme nada, Marcos. Te enteraste de lo de Londres y, en vez de hablar conmigo, me castigaste marchándote. ¿Sabes lo que fue abrir Instagram y ver tu selfie en el aeropuerto sin haberme dicho ni una palabra antes?

Lo sabía. Lo había hecho a propósito.

—No te castigué. Tomé una decisión. Llevabas meses diciéndome que si no confiaba en ti con tu ex “igual no deberíamos estar juntos”. Te tomé la palabra.

—Yo lo dije cabreada —contestó, al borde de las lágrimas—. Tú lo hiciste de verdad.

Se hizo un silencio denso. El ruido de la lluvia contra la ventana llenaba el hueco entre frases.

—¿A qué has venido, Irene? —pregunté al fin—. Dímelo sin rodeos.

Se levantó lentamente. Se acercó dos pasos, lo justo para que pudiera oler su perfume, familiar y ajeno a la vez.

—A pedirte que volvamos —dijo—. Que volvamos a empezar. Sin Álvaro. Sin Londres si hace falta. Busco trabajo aquí, lo que sea. Pero no quiero seguir haciendo como que me da igual que te hayas ido.

La miré. Durante un segundo, imaginé una versión distinta de la historia: yo cediendo, abrazándola, volviendo a Madrid en unos meses, olvidando conversaciones, imágenes de Instagram, llamadas cortadas a medias. Podría pasar. Mucha gente lo hace.

Pero también pensé en mi primer lunes en la oficina de Londres, en Carmen explicándome dónde comprar buen café barato, en la sensación extraña de estar empezando algo propio, por primera vez sin adaptar cada decisión a la vida de otra persona.

—No —dije.

Ella parpadeó, como si no hubiera oído bien.

—¿Cómo que no?

—Que no quiero volver. Ni a empezar, ni a seguir. Quiero que esto se acabe aquí.

Se echó a reír, una risa rota.

—Hablas como si todo fuera tan sencillo. Como si no llevaras tres años conmigo.

—Precisamente porque han sido tres años sé que no quiero otros tres igual —respondí—. Y lo de Álvaro no fue un accidente. Fue el final lógico de algo que ya estaba mal.

Las lágrimas, esta vez, sí le cayeron. No hice ademán de acercarme.

—Entonces, ¿me has traído hasta aquí para esto? —preguntó, la voz quebrada.

—Te has traído tú sola —dije—. Yo no te he pedido que vengas. Pero ya que estás aquí, me parecía honesto decirlo a la cara.

Cogió la maleta con movimientos bruscos.

—Eres un cabrón, Marcos —escupió, limpiándose la cara con el dorso de la mano—. Te vas, me dejas hecha mierda, y encima te quedas como el que “toma decisiones sanas”.

—No he dicho que sea sano. Sólo que es mío.

Nos quedamos mirándonos un último segundo. Vi en su cara orgullo herido, rabia, quizá también algo de miedo. No intenté interpretarlo.

Abrió la puerta, salió al pasillo y la cerró sin dar un portazo, lo cual me sorprendió más que cualquier insulto.

La lluvia siguió cayendo. Me quedé de pie en medio del estudio, escuchando mis propios latidos. Luego, sin pensarlo mucho, cogí el móvil y abrí WhatsApp. Abrí nuestro chat, el de “Irene ❤️”. Lo borré. Después, en contactos, bloqueé su número.

Esa misma semana, Carmen me escribió para preguntar si me apetecía ir a ver un partido de fútbol en un pub lleno de españoles. Dudé unos segundos y luego respondí:

“Claro. Me viene bien salir un poco de mi cabeza.”

Meses después, Londres dejó de ser extraño. Las luces del Támesis se volvieron familiares, las llamadas con mis padres se llenaron más de anécdotas de trabajo que de sombras del pasado. Carmen y yo empezamos a vernos más, primero en grupo, luego solos. No hubo promesas grandilocuentes ni frases de película. Sólo conversaciones largas, risas tranquilas, respeto mutuo.

De vez en cuando, alguna noche especialmente silenciosa, me venía a la cabeza la cocina de mi piso en Madrid, el día en que Irene dijo: “Si no confías en mí, igual no deberíamos estar juntos”.

Y me sorprendía pensando que, al final, los dos habíamos tenido razón.