Cuando firmé el divorcio con Javier, pensé que al menos tendría un par de meses de respiro antes de que hiciera otra de las suyas. Pero no. Exactamente una semana después, mientras estaba en el estudio revisando unos planos, me llegó una notificación en el móvil: foto de invitación de boda, enviada al grupo de WhatsApp de los antiguos amigos comunes.
“Con enorme alegría anunciamos nuestra unión… Javier y su mujer perfecta, su sueño hecho realidad: Elena”.
Casi me atraganto con el café.
Llevábamos diez años casados. Diez. Vivíamos en Chamberí, piso hipotecado a medias, rutina de desayunos rápidos y peleas por tonterías. Y, sin embargo, en su cabeza, yo nunca fui “la mujer perfecta”. Siempre había algo que pulir: que si engordaba dos kilos, que si trabajaba demasiado en el estudio de arquitectura, que si no era “tan femenina” como las novias de sus amigos.
—Algún día encontraré a alguien que sí se cuide —me dijo una vez, mirándose en el espejo del recibidor mientras ajustaba su corbata.
Aquella frase se me clavó como una espina. Aun así, aguanté. Hasta que apareció en su vida el gimnasio, los coaches motivacionales de Instagram y, finalmente, los mensajes extraños en su móvil que “eran solo del trabajo”.
Cuando descubrí la infidelidad con una tal Elena —nombre guardado como “E. Nutrición”— ya estaba todo decidido. Él no quiso pelear. Dijo que nuestra historia estaba “agotada” y que necesitaba “un nuevo comienzo”. Firmamos, repartimos muebles, hasta el gato se quedó con él porque “la nueva casa tiene terraza”.
Y ahora, a los siete días exactos, se casaba con su “sueño hecho realidad”.
—Tienes que ir —insistió Marta, mi mejor amiga—. No por él, por ti. Para verlo con tus propios ojos y luego rajar a gusto.
Acepté más por orgullo que por otra cosa. No iba a esconderme en mi piso de alquiler en Malasaña mientras él hacía de príncipe azul. Me puse un vestido negro sencillo, un pintalabios rojo que no usaba desde hacía años y fui.
La boda era en una finca a las afueras de Madrid, de esas que salen en Instagram, con luces colgando, barriles de mentira y carrito de mojitos. Javier, con su traje azul marino entallado, posaba saludando a todos como si fuera un político en campaña. Cuando me vio, se le tensó la mandíbula, pero vino a darme dos besos, fríos, ceremoniosos.
—Gracias por venir, Laura —dijo, como si estuviera leyendo un guion.
Me senté en uno de los bancos del jardín, rodeada de caras conocidas que evitaban mirarme demasiado tiempo. El DJ bajó la música, el oficiante pidió silencio y la gente se levantó. Sonó una versión acústica de una canción cursi, y todo el mundo giró la cabeza hacia el camino de grava por donde iba a aparecer la novia.
Y entonces la vi.
Primero, el vestido: corte sencillo, elegante, casi idéntico al que yo llevé el día de nuestra boda. Luego, el pelo: castaño, melena hasta los hombros, ondas suaves, raya a un lado. Y, al levantar la vista del todo, mi estómago dio un vuelco.
La cara de la novia.
Sentí cómo se me helaba la sangre… y, al mismo tiempo, cómo algo dentro de mí empezaba a romperse en carcajadas.
Porque la mujer perfecta, el sueño de Javier, la flamante Elena…
Era, literalmente, una versión corregida y aumentada de mí misma.
Al principio pensé que era cosa de la distancia, del maquillaje, de los nervios. Pero a cada paso que daba Elena hacia el altar, la semejanza se volvía más insultante.
Tenía mi misma forma de ojos, solo que con pestañas postizas kilométricas. Mi mismo tono de piel, pero sin una sola mancha. Incluso el lunar junto al labio… solo que el suyo era un poco más arriba, como si alguien hubiera copiado una foto y la hubiera recolocado en Photoshop.
Sentí que se me escapaba una risita. Luego otra. Y, cuando la novia se detuvo frente a Javier y él la miró con esa expresión boba que jamás había tenido conmigo, la risa se desbordó.
Solté una carcajada. Sonó fuerte, clara, en medio del silencio solemne.
Varias cabezas se giraron hacia mí. Marta me clavó el codo.
—Tía, contrólate —susurró—. Nos van a echar.
Pero ya era tarde. Cada vez que miraba a Elena veía un collage de todos los comentarios que Javier me había hecho en una década:
“Te quedarías genial con el pelo un poco más largo, como en esa foto de tu amiga”.
“¿Te has planteado operarte un poco la nariz? Sólo un retoque, nada exagerado”.
“Ese vestido que llevaste en la boda de mi primo era perfecto, resaltaba tu figura. No sé por qué ya no te vistes así”.
Y ahí estaba ella: el resultado final de todos esos “consejos”. El prototipo. Mi reemplazo hecho carne.
El oficiante carraspeó, intentando retomar el hilo. Yo me tapé la boca con la mano, pero los hombros me temblaban. Lloraba de risa. Y, en parte, de rabia.
Tras la ceremonia, cuando por fin dejaron de mirarme como si fuera un atentado al decoro, me escapé al baño. Me acerqué al espejo, me miré y luego me eché a reír otra vez.
—¿En serio? —le dije a mi reflejo—. ¿En serio, Javier?
La puerta se abrió y entró Elena, sola, sujetándose la cola del vestido. Nos cruzamos las miradas en el espejo. Durante un segundo, tuve la sensación de estar viendo a una prima lejana.
—Ah —dijo ella—. Tú debes de ser Laura.
Su voz era suave, estudiada. Se acercó al lavamanos y se retocó el pintalabios rojo. El mismo tono que el mío.
—Sí —respondí—. Y tú eres… la versión 2.0, por lo que veo.
Sonrió, incómoda.
—Javier me ha hablado mucho de ti —dijo—. Dice que fue una relación complicada.
—Curiosa elección de palabras —repuse—. ¿Te contó también que llevé un vestido casi igual que el tuyo en nuestra boda?
Elena se miró en el espejo, luego me observó a mí con más atención. Vi cómo se le encendía una alarma en los ojos.
—Bueno… —titubeó—. Él me ha enseñado algunas fotos antiguas, sí. Dijo que eran ejemplos de cosas que no quería repetir.
—¿Y te pidió que te peinaras así? —pregunté—. ¿O que te maquillaras de esa forma?
Se mordió el labio, minúsculo gesto de culpa.
—Dijo que este estilo le parecía muy… favorecedor. Que le recordaba a una época en la que se sentía muy feliz.
Ahí lo tuve claro. Javier no se había enamorado de Elena. Se había enamorado de la idea de rehacer nuestra relación, pero esta vez con una mujer dispuesta a moldearse sin protestar.
—Escucha, Elena —dije, apoyándome en el lavabo—. No tengo nada contra ti. Pero te voy a ahorrar unos años de terapia. Ese hombre no busca una mujer. Busca un espejo que le devuelva exactamente lo que él quiere ver.
Ella frunció el ceño.
—No es justo que hables así de él el día de nuestra boda.
—No es justo que te haya convertido en un proyecto —repliqué—. Pero, en fin, tú verás. Al menos ya sabes cómo voy a envejecer.
Me giré para salir y, justo en la puerta, apareció Javier. Debía de estar buscándonos a las dos.
—¿Qué estás haciendo aquí? —me soltó entre dientes—. Has montado un numerito ridículo durante la ceremonia.
Lo miré, todavía con restos de risa en los ojos.
—Perdona, Javi. Es que no estaba preparada para encontrarme con mi doble mejorada.
—No empieces con tus dramatismos de siempre —escupió—. Tú estás fuera de mi vida. Acéptalo y desaparece.
Elena los miraba a los dos, confusa.
—No te preocupes —le dije, pasando junto a él—. Sólo he venido a darte las gracias.
—¿Por qué? —preguntó, irritado.
Lo miré a los ojos y sonreí.
—Por demostrarme, delante de todo el mundo, lo patéticamente predecible que eres.
Y me marché del baño, dejando a la novia perfecta y al hombre que necesitaba perfección encerrados con su propio reflejo.
Pensé que la historia acabaría ahí: yo volviendo a mi piso alquilado, riéndome sola en el sofá mientras me quitaba los tacones, y ellos dos comenzando su vida de ensueño en alguna urbanización de lujo.
Pero Madrid es pequeño. Y los grupos de WhatsApp, crueles.
Alguien había grabado mi carcajada en plena ceremonia. En el vídeo se veía perfectamente el momento en que la novia entraba, el giro de cabezas, Javier sonriendo… y, de repente, mi risa soltándose como un disparo. Alguien añadió el título: “Cuando tu ex se casa con tu copia barata”.
En dos días, el vídeo circulaba por medio Instagram. No se hizo “viral nacional”, pero sí lo suficiente en nuestro círculo: compañeros de trabajo de Javier, clientes, antiguos amigos. Las comparaciones de fotos empezaron a aparecer sin que yo moviera un dedo. Collages con mi foto de boda al lado de la de Elena, flechas marcando el peinado, el vestido, hasta el dichoso lunar.
Marta me mandaba capturas cada dos por tres.
—Tía, esto es fuerte —escribió—. Javier está que trina. Dice que lo habéis orquestado tú y yo.
Yo, mientras tanto, iba al estudio, presentaba proyectos a clientes y por las noches salía a tomar cañas por Malasaña. Me descubrí durmiendo mejor que en años.
Un mes después de la boda, recibí un mensaje inesperado. Número desconocido.
“Soy Elena. ¿Podemos hablar?”
Quedamos en una cafetería tranquila cerca de Sol. Llegó con gafas de sol enormes, como si quisiera pasar desapercibida. Se las quitó y vi que tenía ojeras profundas.
—Nos han retirado un par de clientes importantes —soltó sin preámbulos—. Dicen que no quieren trabajar con alguien que hace el ridículo en Internet.
—Lo siento —respondí, sin mucha convicción—. Yo no subí nada.
—Lo sé —dijo—. Lo he comprobado. Pero eso no cambia que, ahora, cada vez que alguien me ve con él, piensa en ese vídeo. En ti.
Se quedó un momento en silencio, removiendo el café.
—Estoy cansada —confesó—. No puedo equivocarme. Si engordo, si me cambio el peinado, si me pongo unas deportivas, él me mira como si estuviera traicionando un contrato. Y ahora, además, tengo que vivir compitiendo con… contigo.
Me preguntó cómo había sido mi matrimonio. Hablé lo justo: las correcciones constantes, los consejos no pedidos, la sensación de examen diario. Nada de gritos, nada de golpes, sólo ese goteo fino de exigencias que acababa agujereando la autoestima.
—Pensé que estaba exagerando —dijo ella, bajando la mirada—. Pero ayer discutimos porque me corté medio centímetro de pelo sin consultarle. Dijo que estaba “destrozando la imagen que él había construido”.
Bebimos en silencio. En la mesa de al lado, un grupo de turistas alemanes se reía en voz alta. Las luces de Navidad empezaban a colgar ya por las calles, aunque aún faltaba para diciembre.
—No he venido a pedirte que lo perdones —añadió Elena—. Ni a hacerme amiga tuya. Sólo quería decirte que… tenías razón en el baño.
—¿Y qué vas a hacer? —pregunté.
Se quedó mirando su taza vacía.
—Aún no lo sé. Pero no quiero acabar mirándome al espejo y viendo sólo lo que él ha decidido que sea.
Nos despedimos con un apretón de manos incómodo. No sentí complicidad, ni sororidad brillante. Sólo la extraña cercanía de alguien que había heredado tu antigua celda.
Pasaron seis meses. Una tarde de primavera, mientras revisaba unos planos en el estudio, Marta irrumpió agitando el móvil.
—Última hora: Javier y Elena, separados —canturreó—. Ella se ha ido. Dice que necesita tiempo para “reconectar consigo misma”.
Le quité el móvil y leí el titular de la revistilla digital. Había una foto de Javier saliendo de su portal de Chamberí, cara seria, gafas de sol. Ni rastro de Elena.
—¿Te da pena? —preguntó Marta.
Pensé la respuesta mientras miraba por la ventana, a la gente caminando con bolsas de la compra, al repartidor de Glovo en bici, a una pareja discutiendo a la salida del metro.
—No —dije al final—. Pero tampoco alegría. Es… lógico.
Javier reapareció en mi vida sólo una vez más, por correo electrónico. Un mensaje breve, sin saludos afectuosos:
“Sé que te hace gracia todo lo que ha pasado. Me gustaría que recordaras que tu risa tuvo consecuencias. No todo el mundo se lo toma tan bien. Javier.”
Lo leí dos veces y luego lo archivé, sin contestar. No había nada que decir.
Un domingo por la tarde, meses después, estaba sentada en una terraza de La Latina con unos amigos nuevos, gente que no sabía nada de mi matrimonio ni de mis exdobles. Hablábamos de trabajo, de viajes, de tonterías. Alguien sacó el tema de las “red flags” en las relaciones.
—Si enseguida te empieza a decir cómo vestir, cómo peinarte, cómo reírte… sal corriendo —dije, riendo.
Uno de ellos me miró curioso.
—Suena a experiencia personal.
—Algo así —respondí.
Y, por primera vez, cuando recordé la cara de Elena entrando en aquella finca, tan milimétricamente parecida a la mía, no sentí rabia. Sólo una risa tranquila, privada, que ya no necesitaba testigos.
Javier, en algún lugar de Madrid, seguiría buscando su mujer perfecta, su sueño hecho realidad. Quién sabe cuántos espejos más tendría que romper hasta darse cuenta de que el problema no estaba en el reflejo.
Yo, en cambio, había decidido algo muy sencillo: jamás volvería a salir con alguien que viera en mí un proyecto.
Y, cada vez que veía en redes algún meme reciclado del famoso vídeo de la boda, no podía evitar sonreír.
Al fin y al cabo, pocas cosas hay más absurdas que un hombre que se divorcia de ti porque no eres perfecta… para acabar casándose con tu copia.



