Tenía 65 años cuando me puse el vestido azul que había comprado en rebajas, después de meses guardando monedas en un bote de galletas. Mis manos, llenas de grietas por la lejía y los inviernos sin guantes, temblaban un poco mientras me pintaba los labios frente al espejo del pasillo. Ese día mi hijo Diego se graduaba de médico en la Universidad Complutense de Madrid.
Había trabajado tres empleos durante años: limpiadora en una oficina por las mañanas, cajera en un supermercado por las tardes, cuidadora nocturna de una anciana en Chamberí. Dormía a ratos, en el autobús, apoyando la frente en el cristal. Todo para pagar las matrículas, los libros, el alquiler del cuarto de estudiante de Diego y los billetes de tren cuando podía venir a verme a Sevilla los veranos.
Cuando me dijo que me había conseguido una invitación para su graduación, pensé que, por fin, todo había merecido la pena. Cogí el AVE a primera hora y llegué con tiempo de sobra. El campus estaba lleno de familias haciendo fotos, abrazándose, riendo. Me sentía torpe, con mis zapatos viejos recién lustrados, pero llevaba el pecho lleno de orgullo.
Vi a Diego a lo lejos, con la toga y la banda verde, rodeado de compañeros. Reía, alto, gesticulando, con ese brillo en los ojos que siempre tuvo cuando hablaba de medicina. A su lado, una mujer elegante, de unos 50 años, traje beige impecable, pelo corto perfectamente peinado.
Me acerqué despacio, sin querer interrumpir, esperando a que él me viera primero. Cuando al fin giró la cabeza, nuestras miradas se cruzaron. Durante un segundo, vi algo que no supe descifrar: sorpresa, incomodidad… y luego una sonrisa rápida, más para los demás que para mí.
—Chicos —dijo, levantando la voz—, os presento a mi madre, la mujer responsable de quién soy hoy.
Se hizo un pequeño silencio. Yo di un paso al frente, preparada para saludar, pero su mano no señaló hacia donde yo estaba, sino hacia la mujer del traje beige.
—Isabel Martín —continuó, orgulloso—. Gracias a ella estoy aquí.
Los amigos aplaudieron, algunos silbaron de admiración. La mujer sonrió, ligeramente incómoda, pero no lo negó. Yo me quedé a medio paso, con la boca entreabierta. Una de las chicas del grupo me miró y luego le susurró algo al oído al muchacho de al lado, que frunció el ceño.
Diego pareció recordar de pronto que yo existía.
—Ah… y esta es Carmen —dijo, sin mirarme a los ojos—. Ella me cuidó de pequeño.
Me cuidó. Como si yo hubiera sido una niñera contratada por horas. Sentí que el suelo se inclinaba. Durante un segundo, escuché solo un zumbido en los oídos, mientras mi corazón golpeaba en el pecho.
La chica que había fruncido el ceño preguntó, mirando a Diego:
—¿Pero… no habías dicho que tu madre era de Sevilla y trabajaba limpiando para pagarte la carrera?
Él se tensó. Se le marcó la mandíbula.
—Las cosas son… más complicadas —respondió, incómodo.
Entonces respiré hondo, me cuadré los hombros, di un paso hasta quedar en el centro del círculo y levanté la voz, clara, firme, delante de todos:
—Muy bien, doctor —dije—. Ahora vas a contarles a todos quién soy yo de verdad.
El murmullo del patio se apagó de golpe.
Durante unos segundos, nadie dijo nada. Solo se oía, a lo lejos, el nombre de otros graduados por los altavoces. Sentí todas las miradas clavadas en mí, en mis manos rugosas agarrando el bolso barato como si fuera un salvavidas.
Diego tragó saliva.
—Mamá… no es el momento —murmuró entre dientes, en un hilo de voz que solo yo debería haber oído.
Pero ya era tarde.
—¿No es el momento? —repetí, sin bajar el tono—. ¿Después de 6 años trabajando día y noche para que tú lleves esa bata, no es el momento?
Vi cómo algunos de sus amigos evitaban mirarlo. Otros no podían apartar los ojos de nosotros, congelados, como si estuvieran viendo una escena de teatro que no habían pagado por presenciar.
Isabel dio un paso adelante, incómoda.
—Carmen, ¿verdad? —dijo, intentando sonreír—. Seguro que todo esto es un malentendido…
La miré un instante. Tenía los ojos cansados pero amables, el tipo de mujer acostumbrada a mandar pero también a escuchar. No era a ella a quien yo odiaba en ese momento.
—No se preocupe, señora —respondí—. No es con usted.
Volví a mi hijo.
—Cuando tu padre se fue, tenías 10 años y un asma que no nos dejaba dormir —empecé, sin prisa—. Yo limpiaba escaleras en Triana y por las noches planchaba camisas para un bar. Aun así, cuando dijiste que querías ser médico, vendí las pocas joyas que me había dejado mi madre para pagarte una academia. ¿Te acuerdas?
Diego cerró los ojos un segundo.
—Mamá, por favor…
—Luego te fuiste a Madrid —seguí—. Y yo me vine detrás, porque el alquiler del piso compartido no salía de la nada. Cambié de ciudad, de trabajo, de todo. Tres turnos, Diego. Tres. Sin vacaciones, sin domingos. Con las piernas hinchadas y los ojos rojos.
Nadie se movía. Incluso los padres de otros alumnos, que pasaban cerca, se detenían unos segundos a escuchar, incómodos, como cuando se oye una discusión en el rellano del edificio.
—Y hoy —dije, notando cómo se me quebraba la voz pero negándome a llorar—, delante de todos, señalas a otra mujer y la llamas “mamá”. A mí me llamas “Carmen, la que te cuidó de pequeño”.
Isabel habló entonces, baja pero clara:
—Diego, yo no sabía…
Él alzó por fin la mirada. Estaba rojo, entre la vergüenza y la rabia.
—Isabel me consiguió la beca, mamá —soltó, casi a la defensiva—. Me presentó a los médicos del hospital, me abrió puertas… Ella fue la que creyó en mí cuando aquí nadie me conocía.
—Yo también creí en ti cuando nadie te conocía ni te soportaba porque no querías recoger tus juguetes —respondí, sin pensarlo—. Pero supongo que eso no queda tan elegante en los cócteles.
Un par de compañeros soltaron una risa nerviosa y enseguida se taparon la boca. Diego los fulminó con la mirada.
—Mamá, solo intentaba… encajar —dijo por fin, la voz baja—. No quería que se rieran de mí por venir de donde vengo.
—De donde venimos —lo corregí—. Porque venimos del mismo sitio, te guste o no.
Abrí el bolso y saqué un sobre doblado, amarillento por los años. Dentro estaban las copias de los recibos de matrícula, los resguardos de los giros que le mandaba, una foto suya de niño con un inhalador en la mano. Lo había llevado conmigo como quien lleva un talismán.
—Esto es lo que hay detrás de tu título —dije, sosteniendo el sobre para que lo viera—. No solo becas, contactos y trajes bonitos. También suelos fregados de madrugada y espaldas reventadas.
Extendí el sobre hacia él. Diego lo miró sin atreverse a cogerlo.
—Quédate con ello —continué—. Para que no se te olvide de dónde saliste cada vez que presentes a tu “madre” en público.
Esta vez sí bajé un poco la voz.
—Porque desde hoy, Diego, ya tienes lo que querías: una madre nueva que queda bien en las fotos.
Me coloqué el bolso al hombro, notando cómo me pesaba el cuerpo entero.
—La vieja —añadí, sin temblar— se acaba de marchar.
Y, sin esperar respuesta, di media vuelta y empecé a caminar entre las togas y los flashes, dejando un círculo de rostros en silencio detrás de mí.
No miré atrás. Me fui del campus, del barrio y casi de la ciudad. Esa misma tarde cambié el billete de vuelta y subí al primer tren a Sevilla. Durante el trayecto, apoyé la frente en la ventana, viendo pasar campos secos y naves industriales sin realmente ver nada. El sobre que no había querido aceptar seguía en mi bolso, como un recordatorio inútil.
Los días siguientes fueron silenciosos. Dejé el móvil en modo avión la primera noche y lo guardé en un cajón. No quería escuchar disculpas apresuradas, ni explicaciones, ni promesas. Volví a limpiar escaleras en el bloque donde había trabajado tantos años. Las vecinas me miraban con curiosidad, porque yo había hablado siempre de “mi hijo el futuro médico” como quien habla del sol que todavía no ha salido pero ya calienta.
A la tercera semana, la portera me alcanzó en el portal.
—Carmen, te han dejado esto. Un chico joven, muy guapo, con traje —dijo, entregándome un sobre blanco.
Lo reconocí por la letra: Diego. Dudé en abrirlo, pero lo hice. Dentro había una carta, no muy larga, y una foto de la graduación. En la imagen, él aparecía solo, sin Isabel, sin compañeros, sin nadie. Solo el edificio de la facultad detrás. En el reverso, había escrito: “Todavía falta alguien en esta foto”.
La carta decía que lo sentía, que había sido un cobarde, que necesitaba hablar conmigo cara a cara. No respondí. La doblé y la guardé en el mismo cajón del móvil.
Pasaron dos meses. Un lunes de agosto, el calor caía sobre Sevilla como una sábana húmeda. Yo estaba fregando la entrada del bloque cuando la sombra de alguien se detuvo al borde de mi cubo de agua.
—Mamá.
Reconocí la voz sin necesidad de levantar la cabeza. Aun así, me tomé mi tiempo para escurrir la fregona, como si estuviera terminando un trabajo cualquiera. Luego lo miré. No llevaba toga ni traje caro, solo unos vaqueros y una camisa arrugada por el viaje. Los ojos enrojecidos del cansancio… o de algo más.
—Has venido sin tu madre elegante —dije, apoyándome en el palo de la fregona.
Bajó la mirada.
—Isabel no es mi madre —respondió—. Es una buena médica que hizo lo que pudo por mí. Pero madre solo tengo una, y está enfadada conmigo.
Un par de vecinos salían del ascensor y se quedaron paralizados al ver la escena. Diego se dio cuenta y, para sorpresa de todos, se arrodilló en medio del portal, sobre las baldosas húmedas.
—Carmen Álvarez —dijo, lo bastante alto para que lo escucharan los presentes—, yo soy el hijo que te faltó al respeto el día más importante de tu vida. Me avergoncé de tus manos, de tu acento, de tu historia. Quise cambiar de madre como quien cambia de apellido en una tarjeta de visita.
Tragué saliva. Sentí que la portera, los vecinos, el chico de la mensajería que pasaba por la puerta, todos contenían la respiración.
—No he venido a pedirte que finjas que no pasó nada —continuó—. He venido a preguntarte si me dejas empezar de nuevo. Como hijo, esta vez. No como señorito al que se le lava la bata.
Se quedó allí, de rodillas, mientras el agua del cubo se movía un poco, agitada por el ventilador del portal.
Podría haberlo dejado marcharse. Podría haberme dado la vuelta y subir las escaleras, aferrada a mi orgullo como a un abrigo viejo. Nadie habría podido reprochármelo.
En lugar de eso, dejé la fregona contra la pared y me acerqué despacio.
—Levántate, que vas a pillar una pulmonía —murmuré.
No lo hice sonriendo, ni llorando. Solo estaba cansada. Cuando se puso de pie, vi en su cara al niño con el inhalador, no al hombre de la toga.
—No te voy a mentir, Diego —dije—. Lo que hiciste no se me va a olvidar. Pero tampoco se me ha olvidado el niño que se dormía con los libros de anatomía abiertos en la mesa de la cocina.
Respiré hondo.
—Si quieres empezar de nuevo, tendrás que venir mucho por este portal. Sin esconderme, sin esconderte. Y la próxima vez que digas “esta es mi madre”, será con estas manos llenas de lejía a la vista.
Él asintió, con los ojos brillantes.
—Trato hecho.
Los vecinos fingieron seguir con su día, pero no engañaban a nadie. La portera se secó una lágrima disimuladamente con el delantal. Yo volví a coger la fregona. El suelo seguía sucio, la vida seguía igual. Solo que, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí sola fregándolo.
Y, a partir de entonces, cada vez que Diego presentaba a alguien en el portal, empezaba siempre igual:
—Ella es mi madre, Carmen. La mujer responsable de que yo sea quien soy.
Esta vez, sin señalar a nadie más.



