La Nochebuena de aquel año empezó con una puerta cerrándose en mis narices.
—Fuera de mi casa, Laura —dijo Sergio, mi exmarido, sin siquiera mirarme a los ojos—. El juez ya firmó el divorcio. Esto es mío.
Lucía, con diez años, abrazaba su mochila rosa como si fuera un salvavidas. Diego, de siete, se agarraba a mi abrigo. Detrás de nosotros, el pasillo del piso de Carabanchel olía a lejía y a col lombarda. Algunos vecinos abrían la puerta unos centímetros, curiosos, pero nadie decía nada.
—Sergio, al menos deja que los niños cenen aquí hoy… —susurré, sintiendo cómo se me encogía el pecho.
—Te he hecho un favor aguantándote hasta ahora —respondió, arrastrando una maleta hacia dentro—. La pensión ya se verá. Yo no voy a pasar la Navidad contigo fingiendo.
La puerta se cerró con un portazo que hizo temblar la escalera. Bajé despacio, intentando no llorar delante de los niños. Fuera hacía un frío seco de Madrid, de esos que cortan la cara. No teníamos a dónde ir. Mi madre, Carmen, había muerto hacía un año; mi hermana vivía en Valencia, con tres hijos y un sueldo de risa. En el bolso, al fondo, guardaba lo poco que quedaba: unas monedas, mi DNI… y una vieja tarjeta de débito con el nombre de mi madre, que nunca había tenido valor de tirar.
“Guárdala, Laura —me había dicho ella en el hospital, con la voz rota por la tos—. Un día podría salvarte.”
Yo siempre pensé que la pobre estaba delirando; en casa nunca hubo dinero.
Aquella noche acabamos en un hostal barato cerca de Atocha, pagando en efectivo lo que nos quedaba. Los niños se durmieron pronto, agotados. Yo me quedé despierta, mirando la tarjeta bajo la luz amarillenta de la mesilla. Banco Castellano. Mi madre había sido limpiadora en una sucursal de ese banco durante veinte años.
Al amanecer del 24, con los ojos hinchados por no dormir, metí a los niños en el metro.
—¿Adónde vamos, mamá? —preguntó Lucía.
—A ver si la yaya nos hace un regalo desde el cielo —respondí, aunque no creía en nada.
La sucursal de Banco Castellano en Lavapiés estaba casi vacía. Intenté primero en el cajero. Introduje la tarjeta, tecleé el PIN que aún recordaba. “TARJETA BLOQUEADA. ACUDA A SU OFICINA.” Sentí que el estómago se me caía.
Tragué saliva y entré. Un chico joven, con traje azul y gafas finas, me sonrió desde un despacho.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?
Le expliqué lo justo. Él tomó la tarjeta y empezó a teclear en el ordenador. Vi cómo su expresión relajada se tensaba. Frunció el ceño, miró de nuevo la pantalla, luego mi DNI, luego otra vez la pantalla. Se levantó, fue hacia la impresora, cogió unos papeles que ni miró, y regresó conmigo visiblemente pálido.
—Señora Jiménez… —susurró, bajando aún más la voz—. Por favor, venga un momento a mi despacho… y mire esto.
Giró el monitor hacia mí. Mis ojos recorrieron la cifra que brillaba en la pantalla… y sentí que las piernas me temblaban.
El número parecía una broma pesada: 1.237.560,84 €.
Volví a leerlo, separando mentalmente las comas, por si acaso. Más de un millón de euros. A nombre de Carmen López García, mi madre. Titular fallecida. Beneficiaria: Laura Jiménez López. Yo.
—Tiene que haber un error —balbuceé—. Mi madre… nosotros nunca tuvimos dinero. Vivíamos al día.
El empleado se aclaró la garganta.
—Soy Alejandro Ruiz, gestoro personal de esta oficina. No, no es un error, señora. Su madre abrió esta cuenta hace diecisiete años. Es un fondo de inversión vinculado a varias empresas del IBEX. Y, según consta aquí, usted es la heredera única.
Sentí un cosquilleo en las manos, como si de repente ya no fueran mías. Recordé a mi madre volviendo tarde, agotada, con olor a lejía y a café, las manos agrietadas por el detergente.
—Pero… ¿por qué nunca dijo nada? —murmuré, casi para mí.
Alejandro dudó un instante.
—Aquí también figura una caja de seguridad asociada. Sólo se puede abrir con su autorización y documentación en regla. Es muy probable que haya una carta explicándolo todo. Sus compañeros de la sucursal de Plaza Mayor dejaron notas internas sobre ello.
Mientras hablábamos, Lucía y Diego pegaban la nariz al cristal del despacho, aburridos, sin saber que la cifra en la pantalla acababa de cambiar nuestras vidas. Alejandro me ofreció agua.
—Lo primero —continuó—, es tramitar formalmente la aceptación de la herencia. El dinero está bloqueado, pero cuando firmemos toda la documentación, podremos transferirlo a una cuenta a su nombre. Debe saber que su exmarido no tiene ningún derecho automático sobre esta cantidad. Es un bien heredado, privativo.
Esa última frase me atravesó como un rayo. Sergio. Lo imaginé fumando en el balcón del piso que había sido nuestro, tan tranquilo, quizá pensando que yo estaría mendigando favores en casa de algún familiar.
—¿Cuánto tardará todo esto? —pregunté, intentando mantener la calma.
—Podemos iniciar hoy mismo los trámites. Como es Navidad, algunas gestiones se demorarán, pero usted ya dispone de algo de margen —dijo, tecleando—. Voy a autorizar un adelanto de efectivo con cargo futuro a la herencia, para que pueda pasar estos días con sus hijos sin apuros.
Salí del banco con un sobre marrón lleno de billetes, un nuevo contrato para firmar después de las fiestas y una sensación extraña, mezcla de alivio y vértigo. Compré a los niños bocadillos calientes, chocolate y, por primera vez en meses, un juguete para cada uno sin mirar las etiquetas del precio. Esa Nochebuena la pasamos de nuevo en el hostal, pero con la habitación más grande, una pequeña bolsa de regalos y una tranquilidad que no sentía desde hacía mucho.
Por la noche, cuando los niños se durmieron, abrí el sobre que Alejandro me había insistido en llevar conmigo: una copia del contenido de la caja de seguridad, que sólo veríamos completa tras Reyes. En la fotocopia se distinguía la letra torcida de mi madre:
“Laura, si estás leyendo esto es porque ya no estoy. No te lo dije en vida porque sé cómo eres: habrías querido compartirlo con Sergio, y ese hombre no merece ni tu cansancio.
Empecé a ahorrar escuchando a los clientes del banco, copiando lo que hacían los ricos pero con cantidades pequeñas. Me salió bien. No se lo digas jamás a nadie en quien no confíes. Sobre todo, nunca a él.
Este dinero es para ti y para mis nietos. Que nadie más lo toque. Y, por favor, prométeme una cosa: no tengas piedad con quien no la tuvo contigo.”
Doblé la hoja con las manos temblorosas. Una ira tranquila, fría, empezó a crecer en mí, como si alguien encendiera una luz en un cuarto que llevaba años a oscuras.
Dos días después, cuando ya habíamos alquilado por un mes un pequeño piso amueblado en Usera, sonó mi móvil. Sergio.
—¿Dónde estás? —escupió, sin saludar—. Me han dicho que te han visto saliendo de un banco, con los niños y cara de lista. ¿Qué estás tramando, Laura?
Miré a mi alrededor: el salón pequeño pero limpio, las bolsas de la compra llenando la cocina, Lucía y Diego jugando en el suelo. La carta de mi madre descansaba sobre la mesa.
Por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo de su tono.
—Tramando, no. Planeando —respondí—. Y tú, Sergio, deberías empezar a preocuparte.
La reacción de Sergio no tardó en llegar. Tres días más tarde se presentó en el piso de Usera, golpeando la puerta con los nudillos.
—¡Abre, Laura! ¡Sé que estás ahí!
Lucía se sobresaltó, Diego corrió a esconderse detrás del sofá. Yo respiré hondo y abrí sólo la cadena de seguridad. Sergio apestaba a tabaco y colonia barata.
—¿De dónde has sacado el dinero? —soltó sin rodeos, espiando por la rendija—. El hostal, este piso, las bolsas del súper… No me tomes por tonto.
—Eso no es asunto tuyo —dije, manteniendo la voz baja—. La manutención de los niños sí lo es, por cierto. Aún no has ingresado ni un euro.
Su risa fue seca, desagradable.
—No me hagas reír. Sabes perfectamente que el bar va mal. Y si estás ganando dinero por ahí, el juez tiene que saberlo. Igual hasta me corresponde una parte. Somos ex, pero todo se declara, bonita.
Cerré la puerta sin contestar. Minutos después, mientras los niños veían dibujos en la tele, llamé al número que Alejandro me había anotado en una tarjeta: Elena García, abogada especializada en familia y herencias.
Nos vimos el 3 de enero en su despacho del centro, lleno de carpetas y calendarios de 2024 colgando de la pared.
—Tu caso es muy claro, Laura —dijo Elena, después de revisar la fotocopia del testamento de mi madre y la documentación del banco—. Lo heredado es tuyo exclusivamente. Ni Sergio ni nadie puede reclamar derechos sobre esto. Y, por lo que me cuentas, lleva meses sin cumplir con las obligaciones de la pensión alimenticia.
—Temo que se invente cosas, que diga que estoy escondiendo ingresos…
—Déjame a mí esa parte —sonrió ella, con seguridad profesional—. Con el dinero de la herencia podemos iniciar acciones legales para exigirle lo que debe y, si hace falta, revisar el régimen de visitas. No se trata de venganza, sino de proteger a tus hijos.
Asentí, aunque la palabra “venganza” me revoloteó en la cabeza como un insecto persistente. Pensé en la última frase de mi madre: no tengas piedad. No iba a ir a buscarlo con odio, pero tampoco volvería a inclinar la cabeza.
Los meses siguientes fueron una sucesión de papeles, firmas y citas en el juzgado de Plaza de Castilla. Sergio se presentó en la primera vista con un traje arrugado y ojeras profundas. Declaró que estaba arruinado, que yo vivía “por encima de mis posibilidades” gracias a “ciertos amigos”.
El juez escuchó en silencio mientras Elena desgranaba los extractos bancarios de Sergio, demostrando que seguía gastando en apuestas online y vacaciones de fin de semana aunque no pagara la pensión. También presentó los documentos del Banco Castellano que acreditaban la herencia como bien privativo. Sergio, acorralado, fue subiendo el tono hasta que el juez le llamó al orden.
Al final, el auto fue claro: debía pagar una cantidad fija mensual por cada niño, con carácter retroactivo desde hacía seis meses. En caso de impago, se embargarían sus cuentas y parte de su sueldo.
Con una pequeña parte de la herencia compré un piso modesto pero luminoso en Vallecas. Lo amueblamos poco a poco; Lucía tuvo por fin su propia habitación, con pósters de grupos de música pegados con celo en la pared, y Diego llenó la suya de coches en miniatura. El resto del dinero quedó invertido, siguiendo los consejos de Alejandro y de un asesor financiero del banco.
Yo dejé los trabajos esporádicos de camarera y limpieza y abrí, con otra porción de la herencia, una pequeña cafetería en la esquina de nuestra calle. La llamé “La Casa de Carmen”. En la pared principal colgué una foto de mi madre, con su bata de flores y esa sonrisa cansada que ahora entendía mejor.
El primer año fue duro, lleno de madrugones y miedo a que algún mes las cuentas no salieran. Pero la cafetería empezó a llenarse de vecinos, de obreros del barrio que venían cada mañana a por café y tostadas, de madres que esperaban a sus hijos a la salida del colegio.
Sergio siguió apareciendo de tanto en tanto, siempre con retraso en la pensión, siempre con excusas nuevas. Al cabo de un tiempo, sus visitas se redujeron: el embargo de parte de su sueldo y los apercibimientos del juzgado le quitaron ganas de jugar al gallito. Los niños fueron creciendo y, poco a poco, la figura de su padre dejó de ocupar tanto espacio en sus conversaciones.
La siguiente Nochebuena, la pasamos en nuestro piso, con un árbol pequeño comprado en el chino de la esquina y luces baratas que parpadeaban con cierto orgullo. En la mesa había cordero al horno, turrón y una botella de vino sencillo. Yo llevaba el delantal de la cafetería manchado de harina y cacao.
Cuando los niños se durmieron, abrí un cajón y saqué la antigua tarjeta verde del Banco Castellano. La miré un rato, en silencio, y luego la dejé junto a la foto de mi madre.
—Gracias, mamá —susurré, sin grandilocuencias.
En la calle, alguien tiró un petardo adelantado. Lucía se removió en su cuarto; Diego abrazó más fuerte su peluche. Cerré la ventana, apagué las luces del salón y me senté un momento en la oscuridad, escuchando las respiraciones tranquilas que llenaban la casa.
No había milagros. Sólo decisiones, papeles firmados y una tarjeta olvidada que, un día, decidió cambiar de significado.



