Cuando mi propio hijo me miró a los ojos y, sin pestañear, me dio sólo dos opciones —arrodillarme y servir humildemente a su prometida o desaparecer de su vida para siempre, marcharme en silencio, como si nunca hubiera existido— sentí cómo algo se rompía por dentro, como si me arrancaran años de sacrificios y amor de un solo zarpazo; pero en lugar de suplicarle, sonreí con una calma que lo inquietó, tomé mi vieja maleta, la cerré con un chasquido seco y me fui sin mirar atrás.

Cuando Javier dijo: «Mamá, tenemos que hablar», ya supe que nada bueno venía detrás. Estábamos en el salón del piso de Carabanchel, el mismo donde lo vi dar sus primeros pasos. Ahora el sofá estaba nuevo, la tele era enorme y, sin embargo, yo me sentía más fuera de lugar que nunca. A su lado, con las piernas cruzadas y el móvil boca abajo en la mesa, estaba Clara, su flamante prometida.

—Siéntate, por favor —añadió él, sin mirarme del todo a los ojos.

Me senté despacio, alisando por costumbre la falda. Clara me sostuvo la mirada, firme, como si esto fuera una reunión de trabajo.

—Llevamos semanas dándole vueltas a esto —empezó ella—. Y creemos que ya es hora de poner las cosas claras.

«Creemos». Esa palabra se me clavó más que todo lo demás.

—Clara y yo vamos a casarnos —continuó Javier—. Y… bueno, la situación como está ahora no es sostenible.

—¿La situación? —pregunté, aunque ya sabía a qué se refería.

—Que vivas aquí con nosotros —intervino Clara—. No es que no te queramos, Elena, pero necesitamos nuestro espacio, nuestra intimidad. Es normal, ¿no?

Me llamó por mi nombre, no «suegra», no «mamá de Javi». Solo «Elena», como si yo fuera una casera pesada.

—Hemos pensado dos opciones —dijo Javier, respirando hondo—. O te buscas otro sitio y te vas tranquilamente, sin dramas…

—O te quedas —lo interrumpió Clara—, pero aceptando que la casa es nuestra. Tú nos ayudas con la limpieza, con la compra, más adelante con los niños… Como siempre has hecho, pero… sin meterte en nuestras decisiones. A cambio no pagarías nada y estarías aquí, con nosotros.

La miré en silencio. Era joven, guapa, con ese aire de seguridad que solo tienen los que todavía no han perdido nada importante en la vida.

—O sea —dije despacio—, que las dos opciones son: o me voy, o me quedo como una especie de criada silenciosa.

—No lo digas así, mamá… —Javier frunció el ceño—. Solo queremos que todo esté claro, que no haya malentendidos.

Recordé las noches trabajando de limpiadora, volviendo con los pies hinchados para dejarle la mochila preparada al día siguiente. Recordé al médico diciéndome que mi marido no saldría del hospital, y a Javier, con ocho años, agarrándome de la mano. «Somos tú y yo, mamá», había dicho entonces.

—¿Y esto te parece justo? —pregunté, sin apartar la vista de él.

Javier bajó la cabeza.

—Es lo mejor para todos —murmuró—. Clara tiene razón. Tú ya has criado, ya has vivido tu vida. Déjanos vivir la nuestra.

El silencio se hizo pesado, espeso. Escuché el rumor lejano del tráfico de la calle General Ricardos, un claxon, alguien riéndose en el portal.

Yo asentí despacio.

—Entiendo —dije.

Me levanté sin prisas y caminé hacia mi habitación. Sentí la mirada de Clara clavada en mi espalda. Abrí el armario, saqué mi vieja maleta de ruedas, la misma con la que había llegado a Madrid treinta años atrás, y empecé a doblar mi ropa. Cada prenda guardada era un recuerdo: la camisa que llevé en la graduación de Javier, el jersey que tejí durante las noches de hospital de mi marido.

Cuando terminé, la maleta estaba más llena de pasado que de ropa. La cerré con un clic seco.

Volví al salón. Javier se levantó, nervioso.

—Mamá, no hace falta que te lo tomes así, podemos hablarlo…

Me acerqué, le di un beso en la mejilla. Olía al mismo aftershave barato que le regalé por primera vez cuando tenía dieciséis años.

—Ya has hablado suficiente, hijo.

Cogí la maleta.

—Elena, de verdad, no queremos problemas —dijo Clara, cruzándose de brazos—. Solo queríamos que quedara claro.

La miré por última vez.

—Más claro, imposible.

Abrí la puerta del piso. Antes de salir, me giré hacia Javier.

—Ojalá nunca tengas que elegir entre tu madre y tu miedo a estar solo.

Cerré la puerta tras de mí. En el pasillo, la luz fluorescente parpadeaba. Empecé a bajar las escaleras despacio, la maleta golpeando cada peldaño. En el segundo piso, se detuvo un momento mi mano en la barandilla: desde arriba llegaron, apagadas pero nítidas, las voces.

—Te lo dije, Javi —la voz de Clara, irritada—. Con tu madre solo hay dramas. Mejor así. Ahora por fin podemos vivir tranquilos.

—Sí… mejor así —respondió él, tras un silencio que me ardió en el pecho.

Me quedé inmóvil en el tramo de escaleras, con la maleta en la mano, el corazón desbocado y la certeza helada de que, en ese momento, estaba realmente sola por primera vez en mi vida.

Salí a la calle con la maleta y sin un plan. El aire de Madrid olía a tubos de escape y pan recién hecho de la panadería de la esquina. Era una tarde cualquiera, pero para mí sonaba como un final de algo que no sabía nombrar.

Caminé sin rumbo por General Ricardos, dejando que el ruido de los coches ahogara los pensamientos. No podía ir a un hotel; mi pensión de limpiadora no daba para caprichos. Tampoco tenía hermanos ni padres vivos. Por un momento pensé en llamar a Javier otra vez, volver arriba, fingir que aceptaba sus condiciones. Luego me vi a mí misma, recogiendo platos detrás de Clara, callando cada vez que opinara. La idea me revolvió el estómago.

En un bar de esquina, «Bar Manolo», entré a tomar un café. Coloqué la maleta a mi lado, como si fuera otra persona esperando conmigo.

—¿Todo bien, señora? —preguntó el camarero, un chico joven con acento de Vallecas.

—Todo está… cambiando —respondí, encogiéndome de hombros.

En la barra, un tablón de anuncios estaba lleno de papeles: clases particulares, se vende coche, se alquila habitación. Uno me llamó la atención: «Se busca interna para señora mayor. Imprescindible experiencia. Alojamiento y sueldo. Zona Argüelles». Abajo, un número de móvil.

Lo arranqué con cuidado. Tenía experiencia de sobra cuidando enfermos y casas, pensé. Solo que hasta ahora se llamaban «mi marido» y «mi hijo».

Llamé desde mi viejo teléfono.

—¿Sí? —contestó una voz de mujer, fría pero educada.

—Llamo por el anuncio de la interna —dije—. Me llamo Elena.

Media hora después, tenía una cita para esa misma tarde en la calle Princesa, cerca de Argüelles. Terminé el café, respiré hondo y me fui hacia el metro, empujando la maleta como si fuera un carro de supermercado lleno de restos de vida.

El portal de la casa de doña Carmen, la señora mayor, era antiguo, de esos con portero automático medio roto. Me abrió su hija, Marta, una mujer de unos cincuenta años, bien vestida, con prisa en la mirada.

—Mi madre necesita ayuda para todo —explicó mientras subíamos en un ascensor minúsculo—. Yo vivo en Pozuelo, trabajo muchas horas. Buscamos a alguien que esté aquí, que la cuide, que lleve la casa. A cambio, habitación, comida y un sueldo modesto. ¿Tiene referencias?

—He cuidado de mi marido enfermo y he llevado sola una casa toda la vida —respondí—. Y he criado a un hijo. No sé si sirve como referencia.

Marta me miró de reojo, sorprendida por el tono.

—Supongo que sí —dijo—. Mi madre es difícil. Le aviso.

Doña Carmen era una anciana delgada, con los ojos vivos y la lengua afilada.

—¿Sabes cocinar lentejas como Dios manda? —fue lo primero que me preguntó.

—Me temo que mejor que Dios —contesté, sin pensarlo.

Las comisuras de sus labios temblaron en algo muy parecido a una sonrisa.

Esa misma noche dormí en una habitación pequeña, con vistas a un patio interior y un armario empotrado que olía a naftalina. Tenía cama propia, techo que no se caía, y una puerta que podía cerrar. Me pareció un lujo.

Los días siguientes se llenaron de rutinas nuevas: pastillas a las ocho, visita de la enfermera a las diez, comida a las dos, telenovela a las cuatro. Doña Carmen se quejaba mucho, pero en el fondo agradecía no estar sola. Yo también.

Javier no llamó. Yo tampoco. Cada vez que miraba el móvil y veía el fondo de pantalla —una foto antigua de los dos en la playa de Benidorm, él con diez años, yo con un bañador ridículo—, me venía un nudo a la garganta.

Un domingo, mientras paseábamos a doña Carmen por la calle Princesa en su silla de ruedas, me crucé con Clara. Llevaba un abrigo caro y unas gafas de sol enormes, del brazo de un hombre que no era mi hijo. Alto, moreno, con una mano demasiado cómoda en la cintura de ella.

Me escondí detrás de un grupo de turistas, deteniendo la silla.

—¿Qué pasa? —protestó doña Carmen—. ¿Por qué paramos?

—Nada, una señora que iba a tropezar —improvisé.

Clara se rió de algo que dijo el hombre y apoyó la cabeza en su hombro. Lo vi besarla en la sien, rápido, como quien hace algo habitual. Apreté los puños.

—¿Seguimos o vas a echar raíces aquí? —rezongó doña Carmen.

Empujé de nuevo la silla, con la mandíbula tensa. El corazón me latía con una mezcla de rabia y una extraña satisfacción amarga. «Que viva su vida», me había dicho. Y vaya si la estaba viviendo.

Esa noche, en mi cama nueva, miré el techo y pensé en llamarlo. Contarle lo que había visto. Pero la imagen de él diciéndome «no hagas dramas» aún quemaba demasiado.

Pasaron las semanas. Yo aprendí a los gustos de doña Carmen, a los horarios de Marta, a las tiendas del barrio. Javier seguía siendo un nombre silencioso en mi agenda. Hasta que, una tarde de jueves, mientras ponía la mesa, el móvil vibró.

Número desconocido.

—¿Sí?

—Mamá… —La voz al otro lado era ronca, quebrada. La reconocería aunque el mundo entero se callara—. Soy Javier.

Sentí que se me caía el plato de las manos. Se estrelló contra el suelo y la porcelana se hizo añicos.

—Necesito hablar contigo —dijo, respirando entrecortado—. Tenías razón sobre Clara.

Me encontré con Javier en una cafetería pequeña de Argüelles, de esas con mesas de mármol y camareros que ya se saben los pedidos de memoria. Llegó tarde, más delgado, con ojeras y la camisa arrugada. Por un segundo vi al niño que venía corriendo del colegio con la mochila deshecha, y no al hombre que me había puesto entre servir a su novia o irme.

—Hola, mamá —dijo, sin saber si acercarse a besarme o no.

Fui yo quien dio el paso. Le besé en las mejillas, notando el olor a tabaco fresco.

—Siéntate, Javi.

Pidió un café solo. Yo, un cortado. Los dos evitamos mirarnos directamente al principio, como si el aire estuviera lleno de cosas por decir y ninguno supiera por dónde empezar.

—Clara se ha ido —soltó al fin, mirando al plato del azúcar—. Hace dos semanas.

No dije nada. Él continuó, como si al hablar rápido doliera menos.

—Con otro. Tenía una relación desde hacía meses. Yo… yo no lo vi. O no quise verlo. Se llevó cosas de la casa, dinero… Hasta el coche se lo vendió a ese tío, a su nombre. Me dejó una nota en la encimera, como si fuera una compañera de piso que se va.

Lo escuché sin interrumpir. La rabia que había sentido al verla en la calle con aquel hombre se mezclaba ahora con una punzada de compasión seca, controlada.

—Y yo fui tan imbécil… —Se pasó una mano por el pelo—. Te eché de tu casa por ella. Por «nuestro espacio». Ni siquiera era nuestro, ¿sabes? El contrato de alquiler estaba solo a mi nombre y ahora no puedo ni pagarlo. Me han reducido jornada en el trabajo.

—Lo siento —dije, y lo decía de verdad.

—He pensado mucho en aquel día —continuó—. En lo que te dije. En cómo te fuiste con la maleta sin gritar, sin nada. Solo… te fuiste. Clara me decía que era lo mejor, que contigo siempre habría problemas. Y yo… la creí. Porque era más fácil que escuchar lo que tú intentabas decirme.

Se quedó en silencio, tragando saliva.

—¿Por qué no me dijiste nada cuando la viste con ese tío? —preguntó de pronto, levantando por fin la vista.

Parpadeé, sorprendida.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el otro día estuve en tu antiguo barrio —explicó—. Fui al bar Manolo, necesitaba hablar con alguien, con cualquiera. El camarero me reconoció por ti. Me dijo que te veía con una señora mayor y que te habías escondido un día al ver a Clara con otro hombre. Que tenías esa cara de… de querer decir algo y no poder.

Sonreí sin humor.

—Pensé que no me habrías creído —admití—. Y que, aunque me creyeras, te dolería igual. Y que yo ya no pintaba nada en vuestra vida.

Javier se frotó la cara con las manos, como si quisiera borrarse.

—Eras mi madre. Siempre pintas algo —murmuró.

Durante unos segundos, solo se oyó el ruido de las cucharillas y la máquina de café.

—No he venido a pedirte que vuelvas conmigo —añadió, mirándome de frente—. Ni a que me saques de esto. Pero… quiero intentar arreglar lo nuestro, aunque sea un poco. No quiero que la última imagen que tengas de mí sea echándote de casa por una persona que, en cuanto ha podido, me ha dejado tirado.

Lo observé. Había vergüenza en sus ojos, y miedo. Pero también una especie de humildad que nunca le había visto.

—Yo ahora tengo una vida —contesté despacio—. Trabajo con doña Carmen, tengo un cuarto propio, un sueldo. No es mucho, pero es mío. No puedo volver a ser la mujer que lo deja todo por estar disponible para ti cuando te apetezca.

—Lo sé —asintió, rápido—. No te lo pido. Solo… quizá podríamos vernos a veces. Los domingos, o cuando tengas libre. Tomar un café, comer juntos. Quiero conocerte ahora, no como «mi madre que lo hace todo por mí», sino como Elena.

El camarero dejó la cuenta en la mesa, discreto. Yo la miré y luego a Javier.

—Los domingos tengo la tarde libre —dije—. Si quieres, puedes venir a casa de doña Carmen. Le encantan las visitas y así ves dónde vivo. Pero la próxima vez, invitas tú.

Él soltó una pequeña risa, rota pero sincera.

—Trato hecho.

Salimos juntos a la calle. El aire de febrero era frío, pero había un sol tímido que se colaba entre los edificios altos. Caminamos hasta el metro intercambiando frases cortas, como dos personas que se acaban de conocer y tantean el terreno.

—¿Te acuerdas de aquella vez en Benidorm, que casi te ahogas por ir detrás de una colchoneta? —le pregunté de pronto.

—Fue una ola —protestó él—. Una ola traicionera.

—Fue tu cabezonería —respondí, y por primera vez en mucho tiempo, nos reímos los dos a la vez.

En la boca del metro, se detuvo.

—Gracias por venir, mamá —dijo.

—Gracias por llamar —contesté.

Lo vi bajar las escaleras mecánicas hasta que desapareció. No sentí la necesidad de seguirlo ni de agarrarlo. Solo una calma extraña, nueva.

Cuando volví a casa, doña Carmen estaba en el salón, viendo su concurso de siempre.

—¿Qué tal con tu hijo? —preguntó, sin apartar la vista de la tele.

—Ha venido a pedirme que sea su madre, pero no su criada —respondí, encendiendo la luz de la cocina—. Es un buen comienzo.

Esa noche, al guardar mi maleta vacía en el armario, la miré de otra manera. Ya no era el símbolo de lo que perdía, sino de algo que, por fin, había aprendido: podía irme cuando quisiera, pero también podía quedarme donde eligiera. Y esa diferencia lo cambiaba todo.