Mi nombre es Julián, tengo sesenta y ocho años, y aquella tarde en Barajas descubrí exactamente cuánto valía para mi hijo. No hizo falta ninguna bronca, ningún insulto. Solo el reloj del panel de llegadas, marcando minuto a minuto que Alejandro no aparecía.
Habíamos quedado claro: “Papá, no cojas taxi, yo te recojo. Así charlamos, ¿vale?”. Venía de visitar a mi hermana en Valencia, la maleta cargada de naranjas y embutido que a Lucía, mi nuera, le encantaban. Me apoyé en la barandilla, viendo salir a la gente entre abrazos y risas. Nadie levantaba la mano para mí.
A la media hora, pensé que habría tráfico en la M-40. A la hora, empecé a mirar el móvil. Nada. A la hora y media, el cansancio se mezcló con una rabia silenciosa. Finalmente, vibró el teléfono. Un WhatsApp de Alejandro:
“Papá, lo siento, se me ha complicado el día en la oficina. Estoy fatal de tiempo. Pilla un taxi y luego te llamo, ¿vale?”
Me quedé mirando la pantalla un buen rato, como si las letras fuesen a cambiar solas. Nadie se “complica” tanto como para dejar a su padre de casi setenta años tirado en una terminal llena de gente. Escribí:
“No pasa nada, hijo. Nos vemos luego.”
Pagué un taxi que me dejó temblando más por el precio que por los baches. El conductor hablaba del Atleti, del gobierno, de lo cara que estaba la gasolina. Yo solo veía, por la ventanilla, una ciudad en la que ya no terminaba de reconocer mi lugar.
Alejandro y Lucía vivían en un piso moderno en Carabanchel, noventa metros cuadrados, terraza comunitaria, piscina en verano. Hipoteca a treinta años que yo había avalado con mi piso de toda la vida en Vallecas. “Papá, sin tu aval no nos la conceden, y el banco es amigo tuyo, ¿no?”, me había dicho él, sonriendo, aquella mañana en que firmamos ante el notario.
Al llegar al portal no había nadie esperándome. Subí en ascensor con la maleta y las bolsas de comida colgando. El rellano estaba en silencio. Saqué mi llavero, la copia que me había dado Lucía para “cuando te apetezca venir, esta es tu casa”. Entré. Luces apagadas. En la encimera, platos sucios del desayuno. Un vaso con café reseco. Un aroma leve a perfume caro.
Me senté en el sofá, dejando la maleta a un lado. El móvil vibró de nuevo: otro mensaje de Alejandro.
“Papá, perdona de verdad. Esta semana voy a tope. Luego hablamos del tema del banco, ¿vale? Tengo que renovar unas condiciones de la hipoteca, pero contigo de avalista no habrá problema.”
Leí esas palabras despacio, una y otra vez: “contigo de avalista no habrá problema”.
Entonces saqué mi propia cartera, abrí la aplicación del banco y miré la pestaña donde ponía: “Avales y garantías personales”. Justo debajo, en letras pequeñas, estaba el nombre de mi hijo, de mi nuera y la referencia de su hipoteca. Y un botón gris, discreto, que decía: “Solicitar cancelación / modificación de aval”.
Me quedé con el dedo suspendido sobre la pantalla, mientras la rabia de Barajas se convertía en algo más frío y calculado.
Y en ese momento decidí que aquella sería la última vez que me dejarían plantado como a un tonto.
No toqué el botón aquella noche. Cerré la aplicación, guardé el móvil y me quedé un rato en la oscuridad del salón. Escuchaba el ruido lejano de la M-30, como un zumbido constante, mientras hacía cuentas silenciosas: años trabajados, horas extras, vacaciones que nunca cogí para que a Alejandro no le faltara nada.
Llegaron casi a las diez. Alejandro entró primero, con el traje arrugado y el portátil colgando del hombro. Lucía detrás, todavía con el maquillaje impecable.
—Papá, lo siento —dijo él, dejándose caer en el sillón frente a mí—. Ha sido un día de locos.
Lucía me dio dos besos rápidos.
—Julián, de verdad, hoy ha sido imposible. ¿El viaje bien?
Asentí. No hice reproches. No les hablé del taxi, de la espera, de mi espalda dolorida por las horas de pie. Era más útil escuchar.
—¿Y eso del banco que me decías? —pregunté al cabo de un rato, como si fuese un tema menor.
Alejandro bufó.
—Nada grave. Están pesados con revisar las condiciones de la hipoteca. Que si el Euríbor, que si los ingresos… Tonterías. Pero mientras tú sigas de avalista, no hay problema. Tú eres “solvente”, dicen. —Lo dijo con una media sonrisa, como si aquello fuese un chiste interno.
Lucía añadió:
—Nos quieren subir la cuota un poco, pero Ale dice que lo arreglará. Es un pesado el director, el tal Roberto ese, ¿no?
Roberto era amigo mío desde hacía cuarenta años. Habíamos empezado juntos en la misma sucursal, cuando todavía se llamaba caja de ahorros y te daban una hucha de metal. Él se había esforzado por conseguir aquella hipoteca para Alejandro, sobre todo porque yo me sentaba a su lado, firmando papeles y comprometiendo mi piso por si mi hijo no podía pagar.
—Mañana tengo cita con Roberto —dije, despacio—. Para hablar del tema.
—Perfecto —respondió Alejandro, aliviado—. Tú pon cara de preocupado, pero al final firmamos lo que él diga y ya está.
Aquella noche dormí en el cuarto pequeño, el “despachito” reconvertido en habitación de invitados. Las paredes olían a pintura nueva, pero el techo tenía una pequeña grieta en la esquina. Me quedé mirando esa grieta, pensando que todas las cosas empiezan a romperse así: con algo pequeño que nadie quiere ver.
Al día siguiente, en la sucursal, Roberto me saludó con un abrazo fuerte.
—Julián, hacía mucho. Siéntate. Tenemos que hablar en serio de lo de tu hijo.
No hizo falta que yo mencionara nada. Él abrió el ordenador, tecleó un rato y giró la pantalla hacia mí.
—Van justos, muy justos. Tres meses rozando el descubierto antes de que entre la nómina. Tarjetas al límite. Y si sube un poco más el Euríbor, se les complica. Para el banco es cómodo porque estás tú detrás, pero… tú tienes setenta casi, ¿no?
—Sesenta y ocho —corregí, aunque daba igual.
Roberto se quitó las gafas.
—Si quieres, puedes solicitar limitar tu responsabilidad. Que tu piso deje de estar en juego. Es un trámite, pero se puede. La entidad quizá endurezca las condiciones a tu hijo si ya no estás de avalista.
Lo dijo con calma profesional. Yo miré mi nombre en la pantalla junto al de Alejandro y Lucía.
—¿Y si no puedo seguir respondiendo por ellos? —pregunté—. ¿Qué pasa si decido que cada uno se haga cargo de lo suyo?
Roberto suspiró.
—Pues que si siguen igual, algún recibo de la hipoteca rebotará. Y el banco actuará.
Esa palabra quedó flotando: “rebotará”.
Firmé los papeles una hora después. No hice teatro, no hubo discursos. Solo mi firma, un par de clics de Roberto y un “ya está”. Mi piso dejaba de estar ligado al suyo. Mi pensión, mis ahorros, también.
Esa misma tarde, mientras Alejandro comía fuera con unos compañeros —lo vi en una foto que subió a Instagram, copa de vino en mano—, su banco intentó cobrar la cuota mensual de la hipoteca con las nuevas condiciones.
Al no tener mi aval, el sistema revisó de nuevo sus riesgos. Las tarjetas al límite, los gastos, los ingresos.
El recibo fue devuelto.
Una hora después, Alejandro se plantó frente a un cajero automático cerca de su oficina. Introdujo la tarjeta, marcó el PIN y pidió sacar dinero para pagar la comida.
En la pantalla apareció, en letras frías: “OPERACIÓN DENEGADA. ACCESO NO AUTORIZADO. CONSULTE CON SU ENTIDAD.”
Alejandro apretó los dientes. Probó otra vez. Misma respuesta. Un sudor frío le bajó por la espalda. En su móvil entraba al mismo tiempo un correo del banco hablando de “incidencia en el pago de la hipoteca”.
Fue entonces cuando empezó a darse cuenta de que algo, en silencio, había cambiado.
Me llamó a los pocos minutos. Yo estaba en el bar de debajo de mi casa en Vallecas, tomando un café con leche y leyendo el periódico arrugado que todos compartíamos.
El móvil vibró con insistencia. “Alejandro”. Contesté.
—Papá —su voz sonaba más aguda de lo normal—, ¿has hecho algo con el banco?
Le di un sorbo al café antes de responder.
—Buenos días, hijo. ¿Qué tal en la oficina?
—No estoy para bromas, joder. El cajero me ha bloqueado la tarjeta. Y me ha llegado un correo hablando de “incidencia grave” con la hipoteca. Roberto es tu amigo. ¿Qué está pasando?
Miré por la ventana del bar: los mismos vecinos de siempre, los mismos bloques de ladrillo. Mi piso, al otro lado de la calle, pagado hacía años gracias a horas extras que nadie recordaba.
—Lo que está pasando —dije— es que he dejado de ser tu avalista.
Silencio. Tan largo que pensé que se había cortado la llamada.
—¿Cómo que has dejado de…? —balbuceó al fin—. Pero si quedamos en que…
—No quedamos en nada —lo interrumpí—. Tú asumiste que yo iba a responder siempre por ti. Igual que asumiste que era normal dejarme plantado en un aeropuerto porque “se te había complicado el día”.
Alejandro bajó el tono, casi un susurro.
—Papá… no puedes hacerme esto. Tenemos la hipoteca, Lucía…
—Lucía —repetí— tiene su trabajo. Y tú también. Tenéis un coche nuevo, cenas fuera tres veces por semana, suscripciones a todas las plataformas habidas y por haber. Yo tengo una pensión y un piso viejo. Cada uno con lo suyo.
Escuché cómo respiraba al otro lado, corto, nervioso.
—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Qué se supone que tengo que hacer?
—Hablar con el banco. Reducir gastos. Vender el coche si hace falta. Lo mismo que hace todo el mundo cuando no llega a fin de mes.
Colgamos sin despedirnos.
Los días siguientes fueron una sucesión de mensajes suyos que yo leía despacio: fotos del correo del banco, capturas de pantalla de la aplicación con el recibo “devuelto”, frases como “no nos llega, papá”, “Roberto dice que sin tu aval nos suben el riesgo”. Yo contestaba siempre igual: “Hablad con él. Buscad soluciones.”
Al tercer mes de tensión, el banco inició el proceso de ejecución. No fue inmediato ni dramático. Fueron cartas certificadas, reuniones, llamadas. Lucía me llamó una sola vez.
—Julián, no entiendo por qué has hecho esto —dijo con voz controlada—. Sabes que siempre te he tratado bien.
—Tú sí —respondí—. Pero este piso nunca debería haber dependido de mí. Os di un empujón, no una vida entera pagada.
Al final, el banco les dio dos opciones: refinanciación con condiciones durísimas o entregar el piso en pago y cancelar la deuda. Alejandro vino a verme con los ojos hundidos.
—Nos vamos a quedar sin casa —murmuró, sentado frente a mí en la cocina—. Nos piden cosas que no podemos asumir.
—Puedes volver aquí —dije, señalando el pequeño piso de Vallecas—. Esta casa es mía. Pagada. Aquí sí mando yo.
Me miró como si acabara de perder algo que creía suyo por derecho.
Aceptaron la dación en pago. Entregaron las llaves y se mudaron al piso conmigo. Alejandro durmió en el antiguo cuarto de mi hermano, la cama estrecha, el armario cojo. Lucía ocupó el sofá-cama del salón. Su terraza con piscina se convirtió en una ventana a un patio interior donde los vecinos tendían ropa.
Las primeras semanas reinó un silencio tenso. Alejandro salía temprano, volvía tarde. Lucía aprendió el horario de la lavadora comunitaria. Yo seguí con mis rutinas: café en el bar, paseo corto, siesta.
Una noche, mientras cenábamos tortilla y ensalada en la mesa plegable, Alejandro dijo:
—Papá… te odio un poco, ¿sabes?
Clavé el tenedor en el trozo de tortilla.
—Lo sé.
—Pero también sé que si no hubieras hecho lo que hiciste, ahora mismo estaríamos enterrados en deudas. —No me miraba a la cara—. He tenido que vender el coche, recortar gastos, pedir horas extra. He tenido que pensar, por primera vez.
No respondí. No hacía falta.
Con el tiempo, las cosas se asentaron. Siguieron viviendo conmigo, pagando una pequeña cantidad al mes “para gastos”, como dije yo, aunque sabía que era una especie de alquiler encubierto. Alejandro nunca volvió a hablar de aquel día en Barajas, ni de la pantalla del cajero con el mensaje de “acceso no autorizado”.
Yo tampoco.
Pero cada vez que salíamos juntos a la calle y pasábamos cerca de un banco, él evitaba mirar las pantallas luminosas de los cajeros. Y, sin decirlo, sabía que recordaba exactamente el momento en que entendió que yo no era un salvavidas eterno, sino alguien que, cuando se cansaba de esperar en un aeropuerto, podía cambiarle la vida con una firma.



