Mi hijo Álvaro me pidió cien mil euros para su nueva idea de negocio un jueves por la tarde, en mi piso de Chamberí. Hablaba de una plataforma “revolucionaria” de inversión inmobiliaria, de rondas de financiación, de socios extranjeros. Yo, que me gané la vida con una ferretería de barrio y treinta años de trabajo sin vacaciones, solo veía números que no cuadraban. Cuando le dije que no, que no iba a hipotecar mi jubilación para financiarle un sueño más, se hizo un silencio espeso.
—Papá, no confías en mí —murmuró, con la mandíbula tensa.
—Confío en ti, pero no en esos planes —respondí.
Lucía, su mujer, estaba sentada al lado de él, acariciándole el brazo. No dijo nada, pero su mirada fue fría, calculadora. Dos días después me llamaron para invitarme a comer a su piso, también en Madrid, cerca de Quevedo. Dijeron que vendría Carmen, la madre de Lucía, que estaba de visita desde Sevilla. Acepté, intentando convencerme de que no todo giraba alrededor del dinero.
El domingo el piso olía a pollo asado y a romero. Carmen hablaba sin parar, con ese acento suave andaluz, contándome anécdotas del hospital donde trabajaba como enfermera. Álvaro hacía esfuerzos por mostrarse normal, pero lo notaba distante, como si algo se hubiera roto entre nosotros. Lucía estaba amabilísima, exageradamente atenta conmigo. Me extrañó, pero lo dejé pasar.
Después del postre, Lucía sonrió y dijo:
—Manuel, te voy a preparar un café especial, solo para ti. Sé que te gusta fuerte.
Me lo trajo en una taza distinta a la de los demás, un pocillo blanco con ribete azul. El aroma no era el de un café normal: había una nota metálica, áspera, casi química. Lo acerqué a la nariz y sentí un pinchazo de desconfianza. Recordé la conversación de los cien mil euros, la frialdad en los ojos de Lucía, el orgullo herido de Álvaro.
—¿No lo pruebas? —preguntó ella, observándome con atención.
—Ahora, ahora, deja que se enfríe un poco —respondí, intentando sonar distraído.
Me levanté con la excusa de ir al baño. Al pasar por detrás de Carmen, vi su taza casi vacía y mi pocillo intacto en la mesa auxiliar del salón. El corazón me golpeó el pecho. Sin pensar demasiado, intercambié las tazas con un gesto rápido y torpe. La de Carmen era común, sin dibujo; la mía, el ribete azul, quedó frente a su silla. Nadie miraba.
Volví a sentarme. Carmen habló un rato más y, en algún momento, dio un sorbo largo al café que había sido destinado a mí. Sentí la boca seca. El tiempo se volvió espeso. Una hora más tarde, en mitad de una frase sobre la feria de Sevilla, Carmen se llevó la mano al pecho, se puso pálida de golpe y se desplomó sobre la mesa, tirando el pocillo de ribete azul al suelo. Lucía lanzó un grito agudo, Álvaro se levantó de un salto, y yo me quedé helado, mirando el café derramado en las baldosas.
En aquel instante supe que algo, en esa casa, había cruzado una línea de la que ya no habría vuelta atrás.
La ambulancia llegó en menos de diez minutos, aunque a mí me parecieron horas. Los sanitarios intentaron estabilizar a Carmen en el suelo del salón, entre cristales de la taza rota y el olor frío del café derramado. Uno de ellos murmuró algo sobre arritmia, otro mencionó “posible intoxicación”. Esa palabra se me clavó como un gancho.
En el Hospital Clínico nos dejaron en una sala de espera pequeña, con asientos de plástico azul y luz blanca implacable. Lucía lloraba sin consuelo, aferrada al móvil. Álvaro paseaba de un lado a otro, con las manos en el pelo. Yo estaba sentado, inmóvil, sintiendo cada latido como un golpe de martillo.
Repetía en mi cabeza la escena de las tazas. Mi decisión. Mi mano cambiando el café. Si el café estaba envenenado, lo había desviado hacia Carmen. Si no lo estaba, había sospechado de mi propia familia sin razón. Ninguna de las dos opciones me dejaba respirar.
Al cabo de casi una hora, salió un médico de mediana edad, con las ojeras marcadas.
—¿Familia de Carmen Martín?
Lucía dio un paso adelante, con Álvaro detrás.
—Soy su hija.
El médico dudó un instante antes de hablar.
—Está muy grave. Hemos detectado signos compatibles con una intoxicación por una sustancia tóxica, aún no identificada. Hemos avisado a la policía porque es protocolo. Lo siento.
Lucía rompió a llorar con más fuerza. Álvaro la abrazó, mirándome por encima de su hombro. En sus ojos vi algo que no supe descifrar: ¿miedo, reproche, cálculo?
Una pareja de agentes de la Policía Nacional apareció poco después. Tomaron nota de nuestros documentos y nos pidieron una versión rápida de lo ocurrido. Conté lo esencial: la comida, el café, el desplome. Dudé un segundo antes de mencionar el olor extraño.
—El café que me pusieron olía raro —dije al final—, como si tuviera algo más.
Lucía me miró con los ojos enrojecidos.
—¿Qué insinúas, Manuel? ¿Que yo he envenenado a mi madre?
—No he dicho eso —respondí, aunque mi voz sonó débil, culpable—. Solo digo lo que he notado.
Los agentes se miraron entre ellos y apuntaron algo más en la libreta. Esa misma noche abrieron diligencias.
Carmen murió dos días después, sin recuperar la conciencia. El informe preliminar habló de una sustancia presente en algunos pesticidas domésticos. La palabra “veneno” empezó a rondar en los pasillos, en los susurros. Registraron el piso de Álvaro y Lucía, y, por supuesto, la cocina. Encontraron restos de la misma sustancia en el filtro de la cafetera italiana.
—Alguien lo puso ahí —dijo la inspectora Morales, una mujer de gesto duro, cuando me llamó a declarar formalmente.
Yo ya había pasado dos noches sin dormir, repasando cada conversación, cada mirada. Pensaba en los cien mil euros, en el rechazo, en la forma en que Lucía había dicho “especialmente para ti”. La sospecha se había convertida en certeza íntima: el café estaba destinado a mí.
Empecé a observarlos de otra manera. Álvaro evitaba quedarse solo conmigo, y cuando lo hacía, estaba irritable, a la defensiva. Lucía, en cambio, jugaba a ser la viuda anticipada, la hija devastada por la pérdida inminente de su madre. Hablaba conmigo en voz baja, se interesaba por mi salud, pero en sus ojos había un brillo calculador.
Una tarde, mientras ellos estaban en el tanatorio preparando el funeral, me llamaron para entregarles unas llaves que se habían dejado en mi casa. Subí a su piso. El salón seguía oliendo vagamente a café y desinfectante. Devolví las llaves, las dejé en la mesita de la entrada… y no me fui.
El impulso de buscar respuestas fue más fuerte que cualquier prudencia. Entré en el pequeño despacho donde Lucía trabajaba. El portátil estaba encendido, solo bloqueado. Probé con “Luna2018”, el nombre de la perra que tenían. Se desbloqueó al segundo intento.
Abrí su correo, luego una aplicación de mensajería. Encontré una conversación con un número guardado como “S.”:
“—¿Lo del producto?
—Ya está hecho.
—Mejor en algo caliente, el sabor se nota menos.
—El domingo será. Tiene que salir bien.”
Leí esos mensajes tres veces, con las manos temblando. No mencionaban nombres, pero el domingo era el día de la comida. Y “el producto” ya no podía ser otra cosa en mi cabeza. Hice fotos a la pantalla con mi móvil, uno tras otro, como si eso pudiera protegerme.
Salí del piso con el corazón golpeándome el pecho, convencido de tener por fin pruebas de que no estaba loco, de que alguien me había querido muerto. Sin imaginar, todavía, que esas mismas pruebas no iban a salvarme, sino a hundirme todavía más.
Fui directamente a la comisaría de Guzmán el Bueno con el móvil en la mano. Pedí hablar con la inspectora Morales. Me hizo pasar a un despacho estrecho, con una ventana que daba a un patio interior. Le conté lo que había visto en el portátil de Lucía, le enseñé las fotos. Ella las miró en silencio, pasando de una a otra.
—¿Tomó estas fotos sin el consentimiento de su nuera? —preguntó al final.
—No estaba en casa. Pero… ¿no ve lo que pone? “El producto”, “el domingo”…
Morales suspiró.
—Señor Ortega, vamos a verificar el origen de estos mensajes, pero le aviso: la forma en la que ha obtenido esta información complica mucho su uso. Además, ahora mismo usted no es solo un testigo.
Me quedé helado.
—¿Cómo que no soy solo un testigo?
—Durante el registro de su domicilio, hemos encontrado una botella de pesticida industrial en su garaje, con restos de la misma sustancia que apareció en la cafetera. También hemos revisado su ordenador: hay búsquedas recientes sobre toxicología y dosis letales.
Noté cómo se me aflojaban las piernas.
—Yo no he comprado nada —balbuceé—. No sabía ni que tenía ese… ese pesticida. Y las búsquedas… Estaba intentando entender qué le habían hecho a Carmen.
Morales mantuvo la mirada fija en mí.
—Sus huellas están en la botella. Y Álvaro declaró que lo vio salir de la cocina con dos tazas de café en la mano, antes de servirlos. Dice que le pareció raro, pero que no sospechó. Lucía asegura que usted insistió en servir el café a Carmen “como detalle”.
Quise protestar, explicar que solo había cambiado las tazas por miedo a que aquel café fuera para mí, pero las palabras se me atragantaron. ¿Cómo sonaba eso ante alguien que ya me imaginaba como un posible asesino? Un hombre mayor, resentido, que se negaba a ayudar a su hijo y, de pronto, envenenaba a la suegra de este.
—Señor Ortega —dijo Morales, con voz neutra—, queda detenido por presunta implicación en la muerte de Carmen Martín.
En ese momento sentí que la habitación se encogía. Las fotos en mi móvil, que yo creía mi salvación, quedaron como un detalle irrelevante en el atestado. Cuando la policía intentó acceder al chat de Lucía, los mensajes ya no estaban. “Mensajes temporales”, dijeron. “Sin copia de seguridad”. Mi palabra contra la de ellos.
El proceso fue rápido y lento a la vez. Meses de instrucción, declaraciones, informes periciales. Álvaro acudió a verme dos veces antes del juicio. En la segunda visita, noté en su muñeca un reloj caro que yo sabía que no podía permitirse.
—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? —le pregunté, detrás del cristal.
Bajó la mirada.
—Las cosas se han ido de las manos, papá. Deberías hablar con tu abogado, aceptar un acuerdo.
—¿Un acuerdo por un crimen que no he cometido? —escupí.
No respondió.
En el juicio, la fiscal dibujó de mí el retrato de un hombre rígido, controlador, incapaz de aceptar la independencia de su hijo. Presentaron el pesticida del garaje, las búsquedas en el ordenador, el hecho de que yo era el único que había tenido la taza “especial” en la mano antes de que la bebiera Carmen. Lucía lloró en la sala cuando contó cómo me había visto “raro, muy nervioso” aquel día. Álvaro confirmó que su madre política y yo habíamos discutido semanas antes por temas de dinero. Yo apenas recordaba aquella conversación trivial.
Mi abogado habló de la posible implicación de Lucía, de los mensajes que yo decía haber visto. Sin rastro digital, sin testigos, sonaba a paranoia de un hombre que buscaba culpar a otros. El jurado no tardó mucho en deliberar. Fui declarado culpable de homicidio. Nueve años de prisión.
Ahora escribo esto desde una celda en Soto del Real. Han pasado tres años. Mis apelaciones no han prosperado. A veces, en la televisión de la sala común, veo anuncios de la empresa de Álvaro: una plataforma de inversión que, al parecer, por fin ha despegado gracias a una importante inyección de capital. Venden una imagen de éxito, de familia joven y brillante. En una entrevista, vi a Lucía sonreír a cámara, la mirada tranquila, y oí cómo se refería a mí como “mi suegro, que falleció hace unos años”. Ni siquiera existo ya en su versión oficial de la historia.
Un interno joven me enseñó hace poco el perfil de Álvaro en Instagram. Vi fotos de un piso nuevo en Valencia, con vistas al mar, viajes, cenas. En una de las imágenes sostenía a un niño pequeño en brazos. El pie de foto decía: “Manu, mi pequeño campeón”.
Me quedé mirando ese nombre largo rato. Manu. Mi apodo toda la vida.
He aprendido a no esperar justicia. Aquí, las noches son largas, y la memoria es lo único que no pueden manipular. Yo sé de quién era ese café. Yo sé quién movió las piezas. Ellos brindan con vino caro frente al Mediterráneo; yo cuento los pasos del patio en los paseos de una hora al día.
Y, por mucho que escriba, la historia ya está decidida: la suya es la versión que todos creen.



