Cuando compramos la casa adosada en las afueras de Alcalá de Henares, me pareció casi un milagro.
Tres habitaciones, un pequeño patio para que los niños jugasen y un sótano enorme que Diego soñaba convertir en bodega.
El precio estaba por debajo de lo que se veía en cualquier portal, y la inmobiliaria solo dijo que los antiguos dueños “se habían mudado con prisa al extranjero”.
No le di más vueltas.
Tenía demasiadas cajas por abrir y dos hijos pequeños preguntando dónde iría la consola.
El cuarto de baño principal era lo único realmente viejo.
Azulejos resquebrajados, tuberías que sonaban como si alguien tosiera detrás de la pared.
Por eso llamé a Javier, un fontanero recomendado por la vecina, el típico hombre de barrio, cincuentón, bromista, que siempre olía a tabaco y metal.
Llegó una mañana de martes, cargado con herramientas, y subió al baño mientras yo ordenaba la cocina y escuchaba a los niños discutir por la televisión.
Todo parecía normal hasta que dejó de oírse el ruido de la taladradora.
—Señora Laura —me llamó desde el pasillo, con una voz que no le conocía—, ¿puede subir un momento?
Cuando lo vi, casi no lo reconocí.
Estaba pálido, con el sudor pegado a la frente, las manos temblando alrededor de la llave inglesa.
Miraba hacia la escalera que bajaba al sótano como si esperara que alguien subiera en cualquier momento.
Se acercó a mí, demasiado cerca, y habló casi sin mover los labios:
—Haga lo que le digo, por favor.
Haga las maletas, coja a sus hijos y váyase de esta casa.
Ahora.
Y no les diga nada a los críos.
Me quedé helada, intentando reírme, pensando que era una broma rara.
—¿Qué pasa, Javier? —susurré, notando cómo la piel se me erizaba—. ¿Hay una fuga de gas, algo peligroso?
Negó con la cabeza, tragando saliva.
—Ojalá fuera eso.
He tenido que abrir un hueco en la pared del baño, justo encima del antiguo desagüe.
Alguien había pasado un tubo nuevo que baja directo al sótano, detrás del tabique falso.
No debería estar allí.
Y lo que se oye… —calló un segundo—. Señora, no se quede.
Mientras hablaba, el silencio de la casa se volvió pesado.
No se oían los dibujos animados, ni las voces de mis hijos.
Solo un ruido lejano, un zumbido grave, como un ventilador viejo funcionando bajo tierra.
Yo nunca había notado nada.
—Siga con sus cosas como si nada —añadió Javier—. Voy a fingir que me llamaron de urgencia y me marcho.
No quiero estar aquí cuando vuelva el dueño.
—El dueño soy yo —respondí, casi indignada.
—No —dijo, mirándome a los ojos por primera vez—. Usted solo ha comprado las paredes.
Lo de debajo sigue siendo de otra persona.
Cuando Javier se fue, fingiendo prisa, me quedé sola en el pasillo.
Los niños estaban en su habitación, con cascos puestos, ajenos a todo.
Yo, en cambio, solo podía mirar la puerta del sótano.
No tenía cerradura, pero nunca habíamos bajado más allá del primer escalón.
Siempre olía un poco raro, como lejía y humedad.
La advertencia “no les diga nada a los críos” me daba vueltas en la cabeza.
Sentía que, si no veía con mis propios ojos lo que él había insinuado, nunca volvería a dormir tranquila.
Abrí la puerta, encendí la luz del rellano y empecé a bajar, sujetándome a la barandilla.
A mitad de escalera, escuché claramente el zumbido del ventilador, mezclado con algo más: un leve golpeteo metálico, rítmico.
El aire cambió, cargado de un olor fuerte a detergente y algo dulce, desagradable.
Llegué al final y vi la pared del fondo.
Había un panel de madera que yo no recordaba, ligeramente separado, como si se hubiera abierto y cerrado muchas veces.
Detrás se escapaba un hilo de aire frío.
Lo empujé con la punta de los dedos, temblando.
El panel cedió, y la luz del pasillo iluminó una habitación oculta: paredes forradas de plástico transparente, un foco industrial colgando, una mesa metálica con correas y, encima de una silla, una carpeta abierta con fotografías impresas.
En la primera foto estábamos nosotros, entrando en la casa el día de la firma.
En la segunda, mis hijos, tomados desde la acera de enfrente, sus caras ampliadas, rodeadas con bolígrafo rojo.
Solté un grito ahogado, mientras algo chirrió detrás de mí, en la parte alta de la escalera.
No fui capaz de mirar hacia arriba al principio.
Sentía la nuca expuesta, como si alguien estuviera apuntándome con una linterna.
El chirrido se repitió: era solo la puerta del sótano, que se cerraba poco a poco por su propio peso.
La luz del rellano quedó reducida a una franja en la parte superior de la pared.
Tragué saliva, obligándome a respirar despacio.
Me lancé hacia la silla, agarré la carpeta y la abrí del todo.
Había más fotos, ordenadas por fechas anotadas a mano en las esquinas.
Los primeros folios eran de la casa vacía, luego de parejas que no conocía, familias con niños, todos posando delante del portal, sonrientes.
En las últimas páginas se repetían los mismos rostros pero en otras circunstancias: entrando de noche, cargando cajas, sacando la basura.
Las últimas fotos eran solo de mí y de mis hijos, tomadas desde distintos ángulos del barrio.
Entre las hojas apareció un contrato de compraventa con mi nombre y el de Diego, subrayado en amarillo.
Al lado, una nota manuscrita: “Perfil perfecto. Sin familia cerca. Rutina previsible”.
Noté un hormigueo en las manos, como si ya no fueran mías.
Pensé en el comentario del agente inmobiliario, Marta, cuando nos dio las llaves: “Este barrio es muy tranquilo, casi nadie se mete en la vida de los demás”.
De repente, esas palabras sonaban a advertencia, no a halago.
Sobre la mesa metálica había un cuaderno de tapas negras.
Lo abrí con torpeza.
En cada página había un nombre, una fecha de ingreso y otra de salida.
Siete familias en total.
En una columna, alguien había escrito “resuelto” junto a todos los registros, excepto el último, donde se leía “Familia GONZÁLEZ – pendiente”.
Yo era González de soltera.
Lo había puesto así en la ficha del colegio de los niños.
El ventilador del techo siguió girando con un zumbido constante, obligando al aire a circular.
El olor a lejía me quemaba la garganta.
Había un desagüe en el centro del suelo, rodeado de marcas circulares, como si se hubiera fregado muchas veces.
Pensé en Javier, en su cara al decirme que me fuera.
Si él había descubierto este lugar, alguien más podía hacerlo también, alguien que considerara todo esto “suyo”.
Subí las escaleras casi corriendo, cerré el panel de madera a medias y salí del sótano.
La puerta de arriba estaba entreabierta, la luz del pasillo encendida.
Los niños seguían en su habitación, ajenos al mundo, con los cascos puestos.
Los llamé con una voz que intenté hacer normal, pero me salió tensa.
—Pablo, Lucía, recoged solo lo imprescindible.
Nos vamos a pasar unos días a casa de la tía Elena, ¿vale?
Es una sorpresa.
Pablo me miró con desconfianza, a sus nueve años ya olía las mentiras.
—¿Y papá? —preguntó Lucía, de siete, con el peluche en la mano.
—Papá nos alcanza luego —mentí—. Ha tenido que quedarse a trabajar.
Mientras hablaban, mandé un mensaje rápido a Diego:
“Vuelve cuando puedas, no te quedes solo en la casa. Te lo explico luego. No llames”.
No sabía por qué escribí “no llames”, pero algo en mí temía que cualquiera pudiera escuchar.
En menos de quince minutos, metí cuatro mudas, dos pijamas, una carpeta con documentos y el cuaderno negro en una mochila.
Guardé la carpeta con las fotos bajo mi jersey, pegada al cuerpo.
Apagué luces, cerré ventanas sin ruido.
Todo el tiempo sentía la casa como un animal al que estaba despertando sin querer.
Cuando ya teníamos las zapatillas puestas en el pasillo, sonó el portero automático.
El timbrazo cortó el aire como un cuchillo.
Los niños me miraron, esperando que descolgara.
En la pantalla del vídeoportero se veía solo una silueta oscura, un hombre con gorra, de espaldas, mirando hacia la calle.
No contesté.
Volvió a sonar, más insistente.
Luego, silencio.
Pasaron dos minutos eternos.
Me atreví a mirar otra vez la pantalla: ya no había nadie.
—Mamá, tengo miedo —susurró Lucía.
—Es solo el mensajero, se habrá equivocado de piso —respondí, desafinando.
Abrí la puerta del piso con cuidado.
El rellano estaba vacío.
Escuché, eso sí, la puerta del portal cerrarse abajo, el eco subiendo por el hueco de la escalera.
Bajamos deprisa, intentando que nuestras prisas parecieran normalidad.
En la calle, el aire frío de febrero me aclaró un poco la mente.
Metí a los niños en el coche, los abroché con manos nerviosas y arranqué sin mirar atrás.
Mientras salíamos del barrio, vi a lo lejos una furgoneta blanca aparcada en la esquina, sin logotipos, con los cristales delanteros tintados.
Pasé por delante fingiendo no darle importancia, pero pude notar los ojos de alguien siguiendo el movimiento de nuestro coche.
Cuando por fin tomé la carretera hacia Madrid, el móvil vibró.
Era un mensaje nuevo, número desconocido:
“Llegaré a las ocho. Que los niños estén cansados. Esta vez quiero hacerlo todo sin prisas”.
Leí el mensaje en un semáforo, con las luces del coche de detrás reflejándose en el retrovisor.
Por un momento pensé que era una equivocación, un número mal marcado.
Pero el texto encajaba demasiado bien con la carpeta de fotos que llevaba pegada al pecho.
“Esta vez”.
“Sin prisas”.
No hablaban de una mudanza.
No contesté.
Apagué el móvil completamente, por instinto, como si eso rompiera algún hilo invisible que me unía a la casa.
Pablo protestó desde el asiento de atrás:
—Mamá, ¿por qué apagas el móvil? Quería poner música.
—Está sin batería —dije sin girarme.
Fui directa al piso de mi hermana Elena, en el barrio de Carabanchel.
Cuando abrió la puerta y me vio con los niños, las mochilas y la cara desencajada, no hizo preguntas.
Solo nos dejó pasar, les puso dibujos a los críos en el salón y me llevó a la cocina.
Solo entonces saqué la carpeta y el cuaderno negro, y empecé a hablar.
No recuerdo exactamente el orden de las frases.
Solo sé que, cuando terminé, Elena estaba sujetándose a la encimera para no resbalar.
Me quitó la carpeta de las manos y empezó a mirar las fotos con un cuidado extraño, casi profesional.
No era casual: Elena trabajaba como administrativa en una comisaría de Policía Nacional.
Llevaba años archivando informes de casos que yo solo conocía por los titulares.
—Laura, esto no es una tontería —dijo al cabo de un rato—. Aquí hay datos, patrones, y si esas fechas coinciden con desapariciones…
Tengo que llamar a alguien de confianza.
En menos de una hora, el inspector Romero, un hombre de barba gris y gesto cansado, estaba sentado en la misma cocina, con las fotos ordenadas por montones frente a él.
Preguntaba poco y anotaba mucho.
Nos hizo repetir varias veces cómo habíamos conseguido la casa, qué exactamente dijo la agente inmobiliaria, cuánto tiempo llevábamos viviendo allí.
Escuchó también el mensaje del número desconocido, que ya habíamos vuelto a encender para enseñárselo.
—¿Reconoce este número? —preguntó.
—No —respondí—. Pero Marta, la de la inmobiliaria, siempre llamaba desde una centralita, nunca desde un móvil personal.
Romero asintió lentamente.
—Hace cinco años tuvimos una serie de desapariciones alrededor de vuestra zona.
Familias enteras, sin rastro.
Nunca pudimos vincularlo a un lugar concreto.
Algunos compañeros pensaban en una trama de secuestros para extorsión, pero los perfiles no encajaban.
El caso quedó prácticamente muerto.
Señaló el cuaderno negro.
—Si esto es auténtico, alguien ha estado usando esa casa como base.
Y si envió este mensaje hoy, significa que no sabe que usted ha encontrado el sótano.
Cree que todo sigue su plan.
Un silencio pesado se instaló en la cocina.
Pablo y Lucía reían en el salón, ajenos, como si perteneciéramos a otro mundo.
Yo solo podía pensar en que, a las ocho, alguien iba a entrar en nuestra casa preparado para “hacerlo todo sin prisas”.
—No vamos a esperar a que llegue solo —dijo al fin Romero—.
Montaremos un dispositivo discreto alrededor del portal.
Ustedes se quedan aquí, sin contestar a ninguna llamada ni mensaje.
Si tiene más fotos o papeles, me los llevo.
Firme papeles sin leerlos demasiado.
A medianoche, Elena apagó la televisión del salón, se llevó a los niños a dormir a su habitación y me dejó el sofá.
Yo no dormí.
Miraba el techo, escuchando cada moto que pasaba, cada puerta del edificio cercano.
A las tres de la mañana, el móvil vibró otra vez.
Era Romeo.
“Lo tenemos”, decía el mensaje.
“Agente inmobiliaria. Llegó puntual a las 20:03 con furgoneta. Sótano preparado. Siguen registros en marcha. No vuelva a la casa hasta nuevo aviso”.
Sentí algo parecido a alivio, mezclado con un vacío raro, como si me hubieran arrancado la vida que creía estar construyendo.
Supe, sin que nadie me lo dijera, que no volvería a dormir bajo aquel techo.
Que el patio, el sueño de la bodega de Diego, todo eso estaba contaminado por algo que había empezado mucho antes de que nosotros llegáramos.
Los meses siguientes fueron una sucesión de declaraciones en comisaría, visitas a abogados y notificaciones del juzgado.
Supimos que Marta no trabajaba sola, que había al menos dos hombres más vinculados a las furgonetas y a los traslados nocturnos.
Supimos también que varias de las familias de las fotos nunca aparecieron.
Todas habían pasado, en algún momento, por nuestra misma casa.
Los periódicos hablaron de “la casa del adosado del horror”.
El barrio salió en todos los telediarios.
Yo me mantuve al margen, protegida por un anonimato frágil que en realidad no engañaba a nadie.
Cada vez que veía mi antiguo portal en la pantalla, sentía un escalofrío, como si la cámara pudiera girarse de repente hacia la cocina de Elena.
Un año después, el juicio terminó.
Marta fue condenada junto con otros dos acusados, aunque el tribunal reconoció que faltaban piezas en el puzzle.
Había huecos en las fechas, sospechas sobre clientes que nunca se identificaron.
Los periodistas hablaban de “cerebro en la sombra” y “red internacional”, pero nada quedó probado.
Nosotros no volvimos a aquella casa.
El banco terminó quedándosela; nadie quería comprarla, aunque rebajaran el precio una y otra vez.
A veces buscaba el anuncio por internet y leía los comentarios de la gente, opinando sin saber nada.
Hablaban de fantasmas, de maldiciones, de energías negativas.
Yo sabía que no había nada de eso.
Solo decisiones humanas, frías, tomadas en habitaciones limpias que olían a lejía.
Con el tiempo, recuperamos una especie de rutina en un piso alquilado en otro barrio.
Pablo y Lucía dejaron de preguntar por la casa del patio grande.
Diego y yo aprendimos a no mencionar la palabra “sótano” delante de ellos.
A veces, cuando me quedo sola en la cocina, todavía oigo, en la memoria, el zumbido grave de aquel ventilador.
Y, algunas noches, me despierto sobresaltada, segura de haber escuchado de nuevo la voz temblorosa de Javier, el fontanero, susurrándome al oído lo que cambió nuestra vida:
“Pack your things and leave immediately. Don’t tell your kids”.
No hizo falta que lo repitiera.
Lo entendí a la primera.



