Me lo dijo mientras recogía los platos de la cena, como quien comenta el tiempo:
—Carmen, creo que me equivoqué al casarme contigo. Si pudiera volver atrás… no lo haría.
El cuchillo que tenía en la mano resbaló de mis dedos y cayó al suelo. El ruido seco contra las baldosas fue lo único que se escuchó en la cocina de nuestro piso en Chamberí. Cuarenta años de matrimonio reducidos a una frase lanzada sin levantar la voz.
No le pregunté por qué. No grité, no lloré. Me limité a terminar de fregar, a secarme las manos en el delantal y a asentir, como si acabara de recordarme que el viernes tocaba bajar la basura orgánica. Javier se pasó la mano por el pelo, nervioso, pero tampoco añadió nada.
Esa noche, mientras él roncaba en nuestro dormitorio, yo abrí el armario empotrado y saqué la maleta azul que solo usábamos para visitar a nuestra hija en Valencia. Puse la ropa doblada con calma, los medicamentos ordenados en un neceser, la carpeta con análisis médicos en el fondo, escondida bajo los jerseys de lana. No tenía prisa. Cuando se vive sabiendo que el tiempo se acorta, un minuto arriba o abajo deja de importar.
Al amanecer, dejé la maleta junto a la puerta de servicio y me mudé al cuarto pequeño, el que había sido de Diego, nuestro hijo. Javier lo notó al despertar. Miró la cama vacía, miró la maleta, me miró a mí.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—Lo que parece —respondí—. De momento dormiré aquí. No te preocupes, no haré escenas.
No las hicimos. Pasamos una semana entera compartiendo pasillos, silencios y cafés que se enfriaban sobre la mesa. Él se encerraba en el despacho; yo salía a pasear por el Parque del Oeste, contaba pasos como quien reza. Por las noches, escribía en mi diario, un cuaderno negro que guardaba en el segundo cajón de mi mesita. Anotaba cada gesto, cada mirada esquiva, cada punzada en el costado que me recordaba la cita pendiente en oncología.
Al séptimo día, cuando ya tenía decidido irme a Valencia con Lucía, salí temprano a la revisión con el médico. Javier no estaba en casa; había dicho algo de ir a la oficina. Cerré con llave, por costumbre, y dejé el diario donde siempre. No pensé que fuera a tocar nada mío; llevaba años sin fijarse en mis cosas.
Pero aquel mismo día, por la tarde, él volvió antes de tiempo. Buscó unos papeles en mi mesita —eso supe después— y encontró el cuaderno negro. Lo abrió por la última página, aún húmeda de tinta, y empezó a leer.
“Hoy, 14 de febrero”, había escrito, “hace una semana que Javier me dijo que se arrepiente de haberse casado conmigo. No sabe que ayer me confirmaron en La Paz que el cáncer ha vuelto, esta vez en el hígado. No pienso pedirle que me acompañe en esto. Ya bastante carga soy para un hombre que desearía no haber compartido su vida conmigo.”
Más abajo, en letras torcidas por el temblor de la mano, había añadido:
“Por eso me iré con Lucía a Valencia. Quiero que él sea libre cuando empiece lo peor. Que pueda rehacer su vida sin la molestia de una mujer enferma.”
Javier llegó hasta esa línea. El cuaderno le tembló entre los dedos. De pronto, la casa, con sus muebles conocidos y sus fotos familiares en el pasillo, pareció empequeñecerse a su alrededor.
Sintió un zumbido en los oídos, las piernas le fallaron y se dejó caer de rodillas sobre la alfombra. El diario se le escapó de las manos y quedó abierto sobre el suelo, mientras él rompía a llorar con un gemido ronco que llenó, por primera vez en años, todo el piso.
Javier no recordaba cuánto tiempo había pasado tirado en el suelo del dormitorio. Solo sabía que, cuando consiguió incorporarse, la luz que entraba por la ventana había cambiado de ángulo y le dolía la garganta de tanto llorar.
Se secó la cara con la manga de la camisa y volvió a coger el diario. Esta vez lo abrió por el principio, por una entrada de hacía tres meses.
“20 de noviembre. Hoy el digestivo ha dicho que mejor hagamos más pruebas. No se lo he contado a Javier. Últimamente llega tarde, cansado, con ese olor a colonia que no es la suya. No quiero añadirle preocupaciones. Si todo sale bien, no hará falta hablar de esto. Si sale mal… ya veré.”
Javier sintió un pinchazo de vergüenza. Sabía exactamente a qué se refería ese olor. No era una amante —no del todo—, pero sí una compañera de trabajo con la que últimamente se había permitido demasiadas confidencias, demasiadas cañas después de la oficina. Había justificado su distancia con Carmen hablando de “estrés” y “proyectos”, palabras que ahora le sonaban ridículas.
Pasó páginas. El diario estaba lleno de detalles que a él se le habían escapado: las pequeñas rutinas de Carmen, su afición secreta a escuchar boleros cuando él no estaba, los miedos que nunca había mencionado en voz alta.
“5 de diciembre. Echo de menos cómo me miraba Javier cuando éramos jóvenes. En Salamanca, cuando estudiábamos en la universidad y pensábamos que el mundo nos esperaba. Dejé la beca a París porque él no quería irse de España. Nunca se lo reproché. Pero hoy, sentada en la sala de espera del hospital, me pregunto en qué momento dejé de ser alguien con sueños para convertirme solo en ‘su mujer’.”
Recordó aquella beca. Recordó cómo ella había roto la carta frente a él, sonriendo, diciendo que su sitio estaba a su lado. Él había aceptado ese sacrificio sin medirlo, sin siquiera agradecerlo como merecía.
Siguió leyendo.
“23 de enero. El oncólogo ha sido claro: metástasis. Me ha hablado de tratamientos, de porcentajes, de meses. No he llorado delante de él. He llorado luego, en el autobús, pensando en Lucía y Diego. No tanto por mí como por lo que vendrá: las decisiones, las sillas de ruedas, las miradas de lástima. Javier lleva días distante. Hoy, por primera vez, he pensado que quizá sea mejor así. Si ya está medio fuera de este matrimonio, no le dolerá tanto cuando yo falte.”
La letra se volvía más apretada, como si Carmen hubiera querido atrapar cada pensamiento antes de que se escapara.
“10 de febrero. He escuchado a Javier hablar por teléfono en el despacho. Le ha dicho a alguien ‘A veces pienso que si no me hubiera casado tan joven, mi vida sería otra’. No sé si era broma. Me he quedado apoyada en la puerta, sin fuerzas para entrar. He entendido, de golpe, que en el fondo se arrepiente. No es culpa suya, supongo. Cuarenta años dan para cansarse de cualquiera.”
Javier cerró los ojos. Recordaba aquella conversación: un comentario tonto a un amigo de la facultad, medio en serio, medio en broma. No había pensado que Carmen pudiera oírlo.
La última entrada, la que ya había leído a medias antes de caer de rodillas, continuaba:
“Si alguna vez encuentra este diario, quiero que sepa que no le guardo rencor. Fui feliz muchos años a su lado. Le vi reír con los niños, le acompañé cuando murió su padre, compartimos veranos en Cádiz y noches enteras hablando de libros. Eso no se borra porque ahora esté cansado de mí. Solo me duele que no pueda verme ya como algo más que una carga. Por eso me iré. Quiero que, cuando todo termine, recuerde de mí lo mejor, no la última fase, la de los hospitales y las ojeras.”
Javier dejó el cuaderno sobre la cama. La palabra “carga” le martilleaba en la cabeza. Se levantó de golpe, caminó hasta el salón y vio la foto de su boda en la estantería: Carmen, con el vestido sencillo y la mirada clara, sosteniéndole la mano frente a la iglesia de San Juan de Sahagún, en Salamanca.
Había pasado una semana desde que le dijo aquella frase cruel en la cocina. Una semana desde que Carmen movió su ropa al cuarto pequeño. Esa misma mañana, ella había salido temprano, con el abrigo gris y la bufanda roja. No había dejado nota.
Javier sintió un frío extraño. Cogió el móvil y marcó el número de su hija.
—¿Papá? —respondió Lucía, sorprendida—. ¿Todo bien?
Tragó saliva.
—¿Está tu madre contigo en Valencia? —preguntó, con la voz rota.
Hubo un segundo de silencio al otro lado de la línea.
—No… —dijo Lucía, lentamente—. Hace días que no me llama. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
Javier miró el diario abierto sobre la mesa, las palabras subrayadas con lágrimas. En ese momento entendió que no sabía dónde estaba Carmen, ni en qué punto exacto de aquella enfermedad que él acababa de descubrir.
—Porque la he perdido —susurró—. Y no sé si aún estoy a tiempo de encontrarla.
Esa misma tarde, Javier se subió al primer AVE Madrid–Valencia. Llevaba el diario en la mochila, como si fuera un objeto frágil que pudiera romperse con cualquier movimiento brusco. Durante el viaje, leyó y releyó las páginas, intentando recomponer, línea a línea, a la mujer que tenía al lado desde hacía cuarenta años y que, de repente, le parecía casi una desconocida.
Al llegar a Valencia, fue directo al piso de Lucía, en el barrio de Ruzafa. Ella abrió la puerta con el ceño fruncido, todavía en zapatillas de casa.
—¿Papá? ¿Qué haces aquí?
—Necesito encontrar a tu madre —dijo él—. ¿Ha hablado contigo de… de algún médico, de algún hospital?
Lucía lo miró con una mezcla de miedo y reproche.
—Solo me dijo hace tres semanas que tenía que hacerse unas pruebas más en Madrid. No quiso dar detalles. ¿Qué está pasando?
Javier extendió el diario, abierto por la página de la metástasis. Lucía lo leyó en silencio, palideciendo.
—¿Te enteras ahora? —murmuró, alzando la vista—. ¿De verdad no lo sabías?
Él negó despacio.
—No. Y parece que había muchas cosas que no sabía.
Pasaron horas llamando a hospitales. Lucía, más práctica, fue la que ató cabos. Si Carmen seguía el protocolo de la Seguridad Social, la habrían derivado desde La Paz a algún centro de referencia. Finalmente, en el Hospital Clínico Universitario de Valencia confirmaron que una paciente llamada Carmen Álvarez había sido ingresada aquella misma mañana en oncología, derivada desde Madrid “por preferencia familiar”.
—Ha venido sola —añadió la enfermera al teléfono—. Pero pueden venir a verla mañana por la mañana. Hoy está muy cansada.
Javier apenas durmió esa noche en el sofá de su hija. Se despertaba sobresaltado, con imágenes confusas de Carmen doblando ropa, de cartas rotas de becas pasadas, de palabras que nunca dijo.
Al día siguiente, entró en la habitación del hospital con una sensación de irrealidad. Carmen estaba recostada en la cama, el pelo recogido en un moño desordenado, la piel algo más pálida que de costumbre, pero los ojos igual de claros. Se sorprendió al verlo.
—Has tardado menos de lo que pensaba —dijo, con una media sonrisa—. Creí que leerías el diario al cabo de meses, cuando alguien te obligara a vaciar la casa.
Él no supo qué contestar. Se acercó despacio, sin atreverse a tocarla.
—He sido un imbécil —soltó al fin—. No sabía lo del cáncer, no sabía nada.
—Sabías que estabas cansado de mí —respondió ella, sin dureza, solo con cansancio—. Eso sí lo sabías.
Javier sacó el cuaderno de la mochila y lo dejó sobre la mesilla del hospital.
—He leído todo —dijo—. La beca de París, las horas en el autobús, las citas que no te contaste. Me he dado cuenta de hasta qué punto dejé de mirarte.
Carmen fijó la vista en el diario.
—No lo escribí para castigarte —explicó—. Lo escribí para no volverme loca. Y para recordarme que, a pesar de todo, hubo años buenos.
Se hizo un silencio. Del pasillo llegaba el ruido de un carrito de medicación, voces bajas de enfermeras.
—No quiero que te vayas a Valencia sola a morirte —dijo él, por fin—. Si te vas, me voy contigo. Si te quedas, me quedo. Si hay quimio, habrá quimio para los dos, aunque sea solo en las horas de espera.
Ella lo miró durante unos segundos largos.
—Lo que dijiste aquella noche… —empezó.
—Fue cobardía —la interrumpió—. Miedo a sentir que había desperdiciado cosas, cuando en realidad lo que desperdicié fue a la persona que tenía delante. No puedo cambiar lo que he dicho ni lo que he hecho, Carmen. Pero puedo estar aquí ahora.
Carmen desvió la mirada hacia la ventana, donde se veía un trozo de cielo gris.
—No sé cuánto tiempo me queda —dijo—. Y no quiero que estos meses sean una penitencia para nadie.
—No lo serán —respondió Javier—. Serán lo que tú quieras que sean. Si quieres que solo sea tu acompañante de hospital, lo seré. Si quieres que me vaya, me iré. Pero no voy a dejar que te mueras pensando que fuiste una carga.
Sus ojos se encontraron de nuevo. Ella alargó la mano y, después de una breve duda, él la tomó.
Los meses siguientes no fueron fáciles. Hubo náuseas, ingresos, decisiones complicadas. Javier canceló proyectos en el trabajo, dejó de salir con compañeros y pasó horas en salas de espera leyendo en voz baja fragmentos de novelas que a Carmen siempre le habían gustado. Lucía y Diego viajaban cuando podían; las visitas se llenaban de anécdotas de la infancia que los cuatro recordaban de forma distinta.
Una tarde de septiembre, en el mismo hospital, Carmen le pidió el diario. Lo hojeó, arrancó un par de páginas y añadió una última entrada.
“Hoy, 18 de septiembre. Sigo enferma, más que cuando empecé a escribir estas líneas. Javier sigue aquí. No sé si se arrepiente todavía de haberse casado conmigo, pero al menos ahora mira, escucha, está. No le perdono ni le condeno. Simplemente acepto que somos dos personas que se equivocaron muchas veces y que, al final, han elegido acompañarse hasta donde llegue el camino.”
Dejó el cuaderno en la mesilla y sonrió.
—Cuando ya no esté —dijo—, haz lo que quieras con esto. Léelo, quémalo, guárdalo. Pero, por favor, no me recuerdes solo como la enferma ni como la mujer de la que te quisiste separar. Recuérdame también bailando contigo en la plaza Mayor, ¿te acuerdas? Con la lluvia cayendo y tus zapatos nuevos destrozándose.
Javier asintió, con los ojos llenos de lágrimas.
—Te recordaré entera —respondió—. Con la maleta azul, con el vestido de novia, con tus boleros a escondidas. Entera.
Carmen murió unas semanas después, en calma, rodeada de sus hijos y con Javier sujetándole la mano. Él se quedó en el piso de Madrid, con fotos en las paredes y el diario negro en el cajón de la mesita. De vez en cuando lo abría, leía alguna entrada y luego lo cerraba, no para castigarse, sino para no olvidar.
Nunca volvió a pronunciar la frase “me arrepiento de haberme casado contigo”. Si acaso, en las noches más silenciosas, murmuraba para sí:
—Lo único de lo que me arrepiento es de haber tardado tanto en darme cuenta de quién eras realmente.
Y el resto del tiempo, sencillamente, vivía con la ausencia de Carmen como quien convive con una cicatriz: visible, a veces dolorosa, pero prueba de algo que, durante cuarenta años, había sido real.



