Me llamo Vicente Robles y tengo sesenta y ocho años. Vivo en Valencia, en un piso modesto cerca del cauce del Turia. Hace once años, mi hija Nuria dejó a su hijo en mi puerta con una mochila azul y una nota arrugada que decía: “Papá, no puedo con esto. Cuida de él.” Tenía cinco años. Se llamaba Daniel.
Daniel es autista. Al principio yo solo sabía que no soportaba ciertos ruidos, que le angustiaban las luces fuertes del supermercado y que podía pasar horas alineando coches de juguete en perfecta simetría. Los médicos me hablaron de “trastorno del espectro autista”, de terapias, de rutinas. Yo solo veía a mi nieto, serio, de ojos enormes, que se calmaba cuando le leía historias o cuando le dejaba desmontar mandos viejos de televisión.
Con el tiempo, descubrimos que tenía una facilidad casi inquietante para los ordenadores. A los nueve años ya rompía el ordenador si le limitaba el tiempo, pero no por rabia, sino intentando “optimizar el sistema”, como decía. A los doce empezó a programar en serio, aprendiendo con tutoriales en inglés que yo apenas entendía. A los quince ya hacía pequeñas aplicaciones para amigos de amigos: una para gestionar reservas de una cafetería, otra para organizar turnos en una clínica.
La gran explosión llegó a los dieciséis. Creó una aplicación pensada para personas neurodivergentes: un sistema de agenda visual, recordatorios con iconos, alertas de ruido ambiental conectadas a sensores del móvil. La probó con otros chicos del centro de día, les funcionó, la recomendó una terapeuta, luego otra. En cuestión de meses, una empresa tecnológica de Barcelona se interesó. Tras negociaciones que yo viví con el corazón en la boca, cerraron un acuerdo por 3,2 millones de dólares entre compra, licencias y porcentaje futuro.
Yo seguía siendo su tutor legal. El dinero quedó en una cuenta bloqueada, con un administrador independiente, hasta su mayoría de edad. Pensé que lo más difícil había pasado. Me equivoqué.
Nuria reapareció como si el tiempo no hubiera existido. Un lunes por la mañana, sonó el timbre. Cuando abrí, estaba allí, con el pelo perfectamente alisado, un perfume caro y un hombre trajeado a su lado.
—Hola, papá —dijo, como si nos hubiéramos visto la semana pasada—. Tenemos que hablar de Daniel.
El hombre se presentó como Javier Lledó, su abogado. Hablaron de “derechos de madre biológica”, de “incapacidad relativa de Daniel para gestionar su patrimonio”, de “posible influencia indebida del abuelo”. Yo sentí cómo se me helaba la espalda.
Busqué ayuda. Una amiga me recomendó a una abogada de familia, Lucía Carrasco. Tras revisar papeles, sentencias antiguas y la famosa nota, se quitó las gafas y suspiró.
—Vicente… no voy a mentirle. Podemos perder. La patria potestad no quedó extinguida formalmente. Ella puede pedir la administración de los bienes de Daniel. Y él aún es menor.
Esa noche casi no dormí. Miraba a Daniel, concentrado frente a la pantalla, ajustando líneas de código, con los cascos puestos para aislarse del ruido. ¿Cómo iba a explicarle que su madre había vuelto, no por él, sino por su dinero?
El día de la vista previa, mientras esperábamos en el pasillo del juzgado, yo temblaba. Nuria, impecable, reía en voz baja con su abogado. Lucía repasaba sus notas. De pronto, sentí una mano en mi manga. Era Daniel.
Se acercó a mi oído y susurró con una calma que no encajaba con el caos que yo sentía por dentro:
—Abuelo… tranquilo. Solo déjala hablar.
La puerta de la sala se abrió, y el ujier pronunció nuestros nombres.
La sala de vistas del Juzgado de Familia nº 4 de Valencia olía a papel viejo y desinfectante. Nos sentamos frente a la juez, una mujer de unos cincuenta años, expresión cansada pero atenta. A su derecha, la secretaria judicial; a la izquierda, la bandera de España y la de la Comunitat Valenciana.
—Procedimiento sobre modificación de medidas y administración de bienes de menor —leyó la juez—. Parte demandante: Nuria Robles. Parte demandada: Vicente Robles y el menor Daniel Robles, representado por su tutor y por letrada.
Nuria parecía cómoda. Su abogado, Javier, desplegó una carpeta engordada a conciencia. Lucía se colocó recta, aunque yo notaba la tensión en la mandíbula. Daniel, a mi lado, apretaba una pequeña pelota antiestrés que la terapeuta le había recomendado para momentos de sobrecarga sensorial.
—Tiene la palabra la parte demandante —dijo la juez.
Javier se levantó de un salto casi teatral.
—Señoría, mi representada, la señora Robles, es la madre biológica de Daniel. Hace años, por causas de fuerza mayor —problemas emocionales graves, falta de apoyo— se vio obligada a separarse temporalmente del menor. Nunca renunció a la patria potestad, como hemos acreditado. Ahora, ante la existencia de un patrimonio relevante generado por la actividad del menor, y dada la condición de este —un trastorno del espectro autista—, mi cliente solicita ejercer su derecho y obligación de proteger a su hijo, administrando debidamente dichos bienes.
Yo escuchaba sin respirar. Javier hablaba de mí como si fuera un usurpador.
—El señor Vicente —continuó—, aunque de buena fe, carece de la formación y de la objetividad necesarias. Existen indicios de que podría estar influenciando las decisiones económicas de Daniel en su propio beneficio.
Lucía apretó mi brazo por debajo de la mesa, como diciendo “no reacciones”. Nuria alzó la mano con gesto estudiado.
—Señoría, ¿puedo decir algo? —preguntó.
—En su momento —respondió la juez—. De momento, hable su letrado.
Pero más tarde, cuando la juez le concedió la palabra, Nuria se lanzó.
—Yo… —empezó, con voz quebrada que no le había oído nunca— tuve depresión posparto. Me sentí sola. Mi padre me presionaba. Tomé decisiones equivocadas, pero nunca dejé de pensar en mi hijo. Siempre quise volver. Y ahora que veo que ha triunfado, que tiene dinero, me preocupa que lo manipulen. Él es muy especial, muy vulnerable. No distingue quién le quiere de verdad.
Escuché a Daniel inhalar profundo. Miré de reojo: seguía serio, ojos fijos en un punto junto a la juez, como si la hubiera difuminado mentalmente.
Sabía que lo que decía era mentira, o al menos incompleto. Yo le había escrito correos, mensajes, cartas, incluso un burofax cuando Daniel tuvo una crisis fuerte a los ocho años. Nunca respondió. No vino a ninguna reunión del colegio, ni a las sesiones con la psicóloga. Y de repente, aparecía hablando de preocupación y amor.
Lucía empezó su turno con calma.
—Señoría, mi cliente ha criado solo a su nieto durante once años. Tenemos informes del centro escolar, del centro de día, de la psicóloga, que acreditan su implicación. Tenemos también constancia de que la señora Robles no ha ejercido su derecho de visitas, ni ha contribuido económicamente al sostenimiento del menor.
La juez hojeaba documentos sin variar el gesto.
—Sin embargo —añadió Lucía—, la ley es clara: la patria potestad sigue siendo de ambos progenitores. Por eso pedimos, al menos, que se mantenga el actual régimen de administración de bienes con control judicial y de administrador independiente hasta la mayoría de edad de Daniel, teniendo en cuenta su voluntad y su notable capacidad cognitiva.
En ese momento, entendí por qué Daniel me había susurrado “déjala hablar”. Nuria, cada vez más confiada, empezó a añadir detalles sin que nadie se los pidiera.
—Además —dijo ella—, mi padre no entiende nada de tecnología. Él no sabe ni cómo se enciende un ordenador. Daniel está totalmente a merced de las empresas. Alguien tiene que controlar el dinero, invertirlo, moverlo… yo tengo amigos que saben de eso. No podemos dejar que un anciano y un chico… con sus limitaciones… manejen millones.
Lucía levantó la vista. La juez también.
Noté que Daniel apretaba la pelota con más fuerza, pero no se inmutó. Solo me miró un segundo, rápido, como verificando que yo había escuchado lo mismo que él.
La juez hizo una pausa.
—Antes de seguir, quiero oír al menor, si se encuentra en condiciones —dijo—. Señor Daniel Robles, ¿se ve capaz de dirigirse al tribunal?
Lucía me había dicho que era posible, pero no seguro. Sentí un nudo en la garganta. Daniel se incorporó lentamente. Se quitó uno de los cascos que llevaba en un oído, dejó la pelota en la mesa y, con voz baja pero firme, contestó:
—Sí, señora juez. Pero… necesito enseñarle algo.
La sala quedó en silencio. Todos miraron a Daniel, que ya tenía la tablet en la mano.
Daniel se acercó al estrado con pasos cortos y medidos, como si contara baldosas. La juez asintió al ujier para que le acercara un pequeño soporte donde apoyar la tablet.
—Antes de nada —dijo la juez—, ¿comprendes dónde estás y qué significa declarar aquí?
—Sí —respondió Daniel, sin titubear—. Estoy en un juzgado de familia. Usted tiene que decidir qué pasa con mi dinero y con quién lo controla. Y también, aunque nadie lo diga, quién decide sobre mí.
La juez entrecerró los ojos, evaluándolo.
—De acuerdo. Habla con tranquilidad.
Daniel desbloqueó la tablet. En la pantalla apareció una interfaz limpia, con colores suaves y bloques bien organizados. En la parte superior, se leía: “Proyecto: Cronología — Caso DR-01”.
—He organizado todo esto como si fuera una aplicación —explicó—. Para entender mejor la historia. Porque las historias sin datos se vuelven confusas. Y… confusas se pueden manipular.
Con un gesto abrió la primera sección: “Contactos de la madre”. Aparecieron fechas.
—Esta es la última vez que mi madre vino a verme antes de hoy —dijo—. 12 de febrero de 2015. Yo tenía siete años. Aquí —señaló— está el informe del centro de día donde consta que no volvió más.
Lucía parecía sorprendida; yo también. No sabía que había recopilado tanto.
—Esta —pasó a otro bloque— es la lista de correos y mensajes que mi abuelo le ha enviado. Hay veinte correos entre 2014 y 2022. Todos sin respuesta. Aquí —amplió uno— le informó de que iba a ser mi tutor legal de facto y le pidió que, si no quería saber nada, lo pusiera por escrito. No contestó.
Javier se removió en su silla.
—Señoría, habría que verificar la autenticidad de esos mensajes… —empezó.
—Todos tienen acuse de recibo del servidor —contestó Daniel, sin mirarle—. He incluido los metadatos. Pero eso lo puede comprobar cualquier perito.
Pasó al siguiente bloque: “Conversaciones recientes”.
—Mi madre dice que volvió porque se preocupa por mí —continuó—. Pero este fue el primer mensaje que me envió después de once años.
En la pantalla apareció un chat de WhatsApp. Daniel amplió un mensaje.
“He oído lo de tu app. Enhorabuena. Tenemos que hablar de ese dinero, cariño. No dejes que el abuelo lo toque. Ese dinero nos puede cambiar la vida a los dos.”
—Este es de hace tres meses —añadió—. Y este otro —deslizó— es una nota de voz que me mandó por error, pensando que se la mandaba a otra persona.
Pulsó. La sala escuchó la voz de Nuria, distorsionada por los altavoces de la tablet:
“Con tres millones me olvido del crío para siempre, tía. Lo pongo todo a mi nombre, le doy una paga y ya. A ver si mi padre se piensa que se va a quedar él con todo… Menudo negocio ha salido el niño, ¿eh?”
El silencio fue absoluto. Las mejillas de Nuria se tiñeron de rojo.
—Esa grabación es ilegal —balbuceó Javier.
—No lo es —intervino Lucía, recuperando el aliento—. Es una conversación en la que él es parte receptora. En España es válida como prueba.
La juez levantó la mano, pidiendo calma.
—Se valorará su admisión —dijo—. Continúa, Daniel.
Él abrió el último bloque: “Capacidad”.
—Dicen que no puedo gestionar mi dinero porque soy autista. Pero he negociado con una empresa tecnológica. Esta —mostró un documento— es la copia del contrato donde consta que pedí que hubiera un administrador independiente y que mi abuelo no pudiera tocar el dinero sin autorización, precisamente para evitar problemas. Aquí están los correos con los abogados de la empresa. Yo les expliqué las cláusulas. He subrayado las partes que redacté yo mismo.
Le temblaban un poco las manos, pero su voz seguía estable.
—No necesito que mi madre administre nada —concluyó—. Lo que necesito es que respeten lo que ya está firmado. Y que me dejen vivir con mi abuelo, donde he estado siempre.
La juez tomó aire, miró a Nuria.
—Señora Robles, ¿quiere añadir algo a la vista de estas pruebas? —preguntó.
Nuria soltó una risa breve, nerviosa.
—Son cosas sacadas de contexto —dijo—. Estaba bromeando con mi hermana. ¡Era una broma! Y este chico… ya ve, se lo toma todo al pie de la letra. Él no entiende la ironía, es parte de su… condición.
La palabra “condición” quedó flotando en el aire, pesada. La juez la miró fijamente.
—Lo que entiendo —respondió— es que usted no ha ejercido de madre durante once años, que no ha contribuido al sostenimiento del menor, y que sus primeras palabras hacia él en todo ese tiempo han girado en torno a su dinero.
Se hizo un silencio solo roto por el tecleo de la secretaria judicial.
Horas más tarde, tras deliberar, la resolución fue clara: se mantenía el sistema actual de administración de bienes, se reforzaba la figura del administrador independiente, se escuchaba expresamente la voluntad de Daniel y se suspendía el ejercicio de la patria potestad de Nuria sobre los aspectos económicos hasta la mayoría de edad del menor. Además, se la condenaba al pago de costas.
En la puerta del juzgado, Nuria se acercó a Daniel.
—Podríamos haberlo arreglado en familia —murmuró—. Has sido cruel.
Daniel la miró un instante, con esa mezcla de distancia y lucidez que a veces tenía.
—Tuviste once años para hablar conmigo —dijo—. Hoy solo querías hablar de dinero.
Luego se giró hacia mí.
—Vamos, abuelo. Tengo que corregir un bug.
Mientras caminábamos hacia la parada del autobús, con el sol de la tarde cayendo sobre los edificios, sentí algo aflojarse en el pecho. No era victoria ni derrota, solo una especie de descanso. Daniel se puso los cascos, abrió la tablet y empezó a escribir código. Yo, a su lado, sabía que el dinero, los abogados y las sentencias eran solo ruido de fondo al lado de lo importante: él había decidido por sí mismo. Y esta vez, nadie había podido hablar por encima de él.



