Sentí que algo se rompía dentro de mí justo después de terminar la comida, un malestar súbito que me heló la sangre. “Resiste, amor, te llevo al hospital”, murmuró mi esposo mientras yo apenas podía mantener los ojos abiertos. Pero en lugar de tomar la avenida, giró hacia un camino de tierra desierto y, sin mirarme, susurró: “Envenené tu comida. Tienes sólo treinta minutos. Baja del auto”. Me dejó sola al borde del camino; creí que era el final… hasta que escuché un ruido entre los árboles.

Empezó con un simple malestar en el estómago, un peso raro después de la cena. Habíamos comido en casa, en nuestro piso de Carabanchel, algo tan normal como una tortilla de patatas y una ensalada. Nada especial, nada sospechoso. Sin embargo, al recoger los platos, una oleada de náuseas me obligó a apoyarme en la encimera.

—Estás muy pálida, Marta —dijo Javier, dejando el vaso en el fregadero—. Vamos al hospital, ahora mismo.

Su tono sonó preocupado, casi tierno. Llevábamos diez años casados; conocía esa voz. O eso creía. Me dejó sentada mientras cogía las llaves y la cartera. Yo intenté beber un sorbo de agua, pero el sabor metálico en la boca lo volvió imposible. El mareo empezó a confundirme los bordes de la cocina.

En el coche, el frío del cuero contra mis piernas me hizo estremecer. Javier arrancó con rapidez y, durante los primeros minutos, me limité a cerrar los ojos, intentando controlar el vértigo que subía desde el estómago hasta la cabeza.

Tardé un rato en darme cuenta de que no íbamos hacia el Hospital 12 de Octubre ni hacia el Clínico. Las luces de la M-30 se quedaron atrás y el paisaje se volvió más oscuro, más vacío.

—¿Adónde vamos? —pregunté, intentando enfocar los carteles—. El hospital está en la otra dirección…

—Tranquila, cariño —respondió, sin mirarme—. Es una ruta más rápida, hay menos tráfico.

Pero ya estábamos saliendo de la autovía, entrando en una carretera secundaria. La ciudad quedó atrás, sustituida por campos y siluetas de naves industriales apagadas. El mareo se intensificó; sentía los latidos en las sienes, irregulares, como si el corazón se hubiese descompasado.

—Javier, para —susurré—. Me estoy poniendo peor.

Obedeció, pero no como yo esperaba. Giró por un camino de tierra entre olivos, tan estrecho que las ramas rozaban el coche. No había farolas, solo la luz amarillenta de los faros abriéndose paso entre el polvo.

Detuvo el coche y apagó el motor. De repente, el silencio. Pude oír mi propia respiración, rápida, entrecortada. Giré la cabeza hacia él. No sonreía. Su cara era una piedra.

—Javi… —intenté agarrarle del brazo—. Me muero, llévame al hospital.

Me apartó la mano con cuidado, como si le molestara el contacto.

—Marta, escucha —dijo, en un tono demasiado sereno—. No tiene sentido ir al hospital.

Tardé unos segundos en procesarlo.

—¿Cómo que no tiene sentido…?

Sus ojos se clavaron en los míos. Allí no había preocupación. Había algo frío, decidido.

—Te he envenenado la comida.

Sentí que el mundo se contraía. El sonido de los grillos, el olor a tierra seca, todo se volvió lejano, irreal.

—No… no es gracioso —balbuceé.

—No es una broma —continuó—. Tienes, como mucho, treinta minutos. Si llegaran a hacerte algo, quedaría rastro. No me interesa. Sal del coche.

Me quedé paralizada. Él abrió su puerta, rodeó el coche y abrió la mía. El aire de la noche me golpeó la cara.

—Vamos, Marta. Baja.

—¿Por qué? —oí mi propia voz, rota—. ¿Qué he hecho?

—No empieces con dramatismos. Simplemente… se acabó.

Me empujó suavemente hacia afuera. Mis piernas fallaron y terminé de rodillas en la grava, las manos raspadas. El coche arrancó antes de que pudiera incorporarme. Vi las luces traseras alejarse por el camino de tierra hasta desaparecer.

Me quedé sola, el pecho ardiendo, la cabeza zumbando. Pensé que era el final. Que moriría allí, como un animal abandonado, sin nadie que supiera la verdad. Me tumbé de lado, intentando respirar, notando cómo el corazón se desbocaba.

Entonces, a lo lejos, escuché otro motor. Un par de faros surgieron en la oscuridad, acercándose por el mismo camino. La luz me cegó durante un instante. La silueta de un coche viejo se detuvo a pocos metros de mí, y una puerta chirrió al abrirse.

Una figura bajó, recortada contra los faros, y una voz ronca preguntó:

—¿Marta?

Yo no conocía esa voz. Y, sin embargo, quien estaba allí pronunciando mi nombre sí sabía exactamente quién era yo.

El hombre se acercó despacio, levantando las manos para demostrar que no llevaba nada.

—Tranquila, no te voy a hacer daño —dijo—. Soy Antonio, el primo de Laura.

Tardé un segundo en hilarlo. Laura, mi compañera de trabajo. Me había hablado de un primo que vivía en un pueblo de Toledo, que se pasaba el día entre olivares.

—Te vi en una foto del cumpleaños de Laura —añadió—. Tenéis la misma sonrisa. ¿Qué haces aquí tirada?

Intenté incorporarme, pero el mareo me dobló.

—Mi marido… —sentí la garganta arder—. Me ha envenenado. Dice que me quedan treinta minutos.

Antonio soltó una maldición en voz baja y sacó el móvil del bolsillo.

—No te muevas. Voy a llamar al 112.

El tiempo empezó a deformarse. Recuerdo su voz explicando la situación, la vibración lejana de la ambulancia acercándose por carreteras que no veía. Las luces azules cortaron la noche; dos sanitarios bajaron corriendo, haciéndome preguntas que apenas entendía.

—¿Has tomado algo? ¿Medicamentos? ¿Drogas?

—La cena… vino… —murmuré—. Mi marido…

Sentí la presión de una vía en el brazo, el sabor áspero de algo que intentaban hacerme tragar, el eco de sus voces:

—Taquicardia marcada.

—Llévala al hospital de Talavera, rápido.

En la ambulancia, entre golpes de luz blanca, pensé en Javier al volante, en su calma absoluta al decirme que me había envenenado. No veía odio en su cara cuando lo recordó mi mente, solo una decisión limpia, como quien firma un documento.

Desperté horas después en una habitación del hospital. Un monitor pitaba cerca de mi cabeza. Tenía la garganta destrozada y un sabor espantoso en la boca.

Un médico de unos cincuenta años, con gafas finas, me miró desde el final de la cama.

—Has tenido suerte, Marta —dijo—. Llegaste muy justa. Si hubiese pasado un poco más de tiempo, no estaríamos hablando.

—¿Qué… qué me han hecho? —pregunté.

—Lavado gástrico, tratamiento de soporte. Los análisis indican la presencia de un tóxico, pero aún no sabemos exactamente cuál. Cuando sepamos más, te lo diremos.

Se fue y, al poco, entraron dos guardias civiles y un hombre con americana sin corbata y cara de no haber dormido: el inspector Diego Marín.

—Señora… —miró la pulsera de la cama—, Marta Álvarez, ¿verdad? Soy el inspector Marín. Nos han contado que su esposo podría estar implicado.

Asentí, sintiendo la rabia mezclarse con el miedo.

—Me dijo que me había envenenado —repetí—. Con toda tranquilidad. Me dejó tirada en un camino de tierra.

—¿Sabe por qué podría querer hacerle algo así? —preguntó uno de los guardias.

Pensé en los últimos meses: las llamadas que colgaba cuando yo entraba en el salón, las salidas “por trabajo” que no cuadraban, los mensajes borrados en su móvil, las discusiones sobre dinero.

—Discutíamos por una herencia —respondí—. Mi madre murió el año pasado. Me dejó el piso de Lavapiés a mi nombre. Él quería venderlo. Yo no.

El inspector tomó nota.

—¿Sabe dónde puede estar ahora?

Negué con la cabeza.

Horas después, mi hermana Laura vino a verme. Tenía los ojos enrojecidos.

—He ido al piso —me dijo—. Su coche no está. Y falta ropa suya del armario.

—¿Ha dejado algo? ¿Una nota? —pregunté.

—Nada.

Cuando me dieron el alta a los dos días, Diego insistió en acompañarme al piso. Entramos juntos. Todo estaba extrañamente ordenado, demasiado. Incluso la taza del café de la mañana siguiente a la cena estaba fregada.

En el escritorio de Javier, un cajón estaba entreabierto. Dentro, encontré un sobre con papeles doblados. Un documento de un seguro de vida a mi nombre, firmado hacía seis meses, me golpeó los ojos. Beneficiario: Javier Serrano. Cantidad: suficiente para pagar todas las deudas de alguien desesperado.

Debajo, varias impresiones de correos: citas en hoteles del centro, siempre a la misma hora, con la misma mujer. Clara.

Sentí un vacío helado en el estómago.

Aquella noche, me fui a dormir a casa de mis padres, en Alcorcón. Me temblaban las manos al apagar la luz. Tenía el móvil bajo la almohada, como si fuera un amuleto.

Poco después de medianoche, vibró. Un número desconocido. Un solo mensaje:

“Deja de hablar de mí o la próxima vez no fallaré.”

El corazón se me subió a la garganta. Otro mensaje llegó al instante: una fotografía. Yo, tirada al borde del camino de tierra, iluminada por los faros del coche de Antonio. Alguien había estado allí, más cerca de lo que pensaba.

Salí corriendo hacia la ventana, apartando la cortina con brusquedad. En la calle casi vacía, junto a la farola de la esquina, una silueta se movió apenas. Algo brilló: quizá la pantalla de un móvil. Y luego, nada. Solo oscuridad de nuevo.

A la mañana siguiente, volví al despacho del inspector Marín con el móvil en la mano.

—No es solo una amenaza —dije, mostrando la foto—. Es que alguien estaba allí mientras me moría.

Diego amplió la imagen en la pantalla de su ordenador, frunciendo el ceño.

—Esta foto no la hizo el primo de tu compañera, eso seguro. Demasiado centrada, demasiado lejos. O alguien llevaba un teleobjetivo… o la hizo antes de que llegara.

—Javier —susurré.

—Quizá —admitió—. Pero el número desde el que te escribe es de prepago, sin titular identificado. Y la triangulación de las antenas solo nos da un área amplia. No es tan sencillo.

—¿Y mientras tanto qué hago? —pregunté—. ¿Esperar a que cumpla su amenaza?

Diego me sostuvo la mirada unos segundos.

—Te pondremos un botón de pánico y una orden de alejamiento en cuanto podamos localizarlo y notificarla. Pero necesita tiempo. Si de verdad te quiere hacer daño, no quiero que vayas sola a ningún sitio. Quédate con tu familia.

Volví a casa de mis padres, pero no conseguía respirar allí. Sus susurros en la cocina, el miedo en sus ojos, me asfixiaban. Empecé a pensar en Javier como en una sombra adherida a mi espalda. Desaparecía cuando encendía la luz, pero sabía que seguía ahí.

Llamé a Lucía, mi mejor amiga.

—Quédate conmigo unos días —me dijo—. Aquí Javier no sabe ni dónde vivo.

Eso era lo que yo quería creer.

Las noches en su piso de Vallecas eran largas. Yo apenas dormía. Revisaba mis redes sociales, los correos, incluso las fotos antiguas de Javier y mías, buscando alguna pista que ahora cobrara sentido. Lo único que encontraba era mi propia ceguera.

Al tercer día, tomé una decisión. Javier quería que callara. Si quería que yo dejara de hablar, lo mejor era hablar más, pero a mi manera.

Creé una cuenta nueva de correo, con un nombre que sólo él reconocería, un apodo que usábamos al principio de la relación: “Luna_en_La_Gran_Vía”. Le escribí a su dirección habitual:

“Sé que estás leyendo todo. No he contado toda la verdad a la policía. Si quieres que pare de hablar, ven y explícamelo. Solo una vez. Después desapareceré de tu vida. Lo sabes: si te denuncio del todo, caes conmigo. El sábado estaré en la casa de mis padres en Navaluenga. Solo nosotros dos. Sin policía. Decide.”

No se lo dije a Diego. Sabía que no lo aprobaría. Sin embargo, mi miedo empezaba a convertirse en otra cosa más peligrosa: la necesidad de entender por qué alguien que compartió una década conmigo había decidido matarme con la misma naturalidad con la que se prepara un café.

El sábado, conduje sola hasta la casa familiar en Ávila. Era una casa baja, de piedra, a las afueras del pueblo, con una chimenea que crujía en invierno. Llegué por la tarde, revisé las ventanas, comprobé que la puerta trasera seguía cerrando bien. El silencio del campo se me metió en la piel.

A las diez de la noche, el móvil vibró. Un correo, sin texto, desde la cuenta de Javier. Solo un asunto: “Voy”.

El corazón me martilleaba en el pecho. Apagué las luces del salón dejando solo una lámpara encendida. Me senté en el sofá, la espalda rígida, las manos sobre las rodillas.

A las diez y veinticinco, escuché el coche detenerse fuera. Ruedas sobre grava. Una puerta que se cerraba con suavidad. Pasos.

No llamó al timbre. La llave giró directamente en la cerradura.

Se quedó en el umbral del salón, mirándome. Estaba más delgado, la barba descuidada, pero sus ojos eran los mismos. Insondables.

—Te veo mejor de lo que esperaba —dijo, cerrando la puerta detrás de sí—. Pensé que el veneno te haría más efecto.

—Fallaste —respondí—. Como tantas otras cosas.

Él sonrió apenas.

—Por poco. Antonio no estaba en mis planes. A veces la gente decente estropea los proyectos.

—¿Eso era yo para ti? ¿Un proyecto?

Se encogió de hombros.

—Éramos un matrimonio. Luego éramos dos personas con problemas de dinero y una solución fácil. No lo hagas más dramático.

—Yo no firmé ningún plan para que me mataras.

—No solías leer la letra pequeña de nada —dijo, mirando alrededor—. ¿De verdad estás sola?

Tragué saliva.

—¿No es lo que querías?

Dio un par de pasos hacia mí.

—La policía te está vendiendo la idea de que pueden protegerte, ¿verdad? —Se inclinó un poco, estudiando mi cara—. Y, sin embargo, aquí estás. Sin escolta. Sin inspector.

En ese momento comprendí que lo sabía. Sabía que Diego me vigilaba a distancia, que habría intentado colocarme un patrullero en la puerta si yo le hubiera contado mis planes. Javier había vivido conmigo demasiado tiempo como para no sospechar.

—Dejaste el móvil en casa de Lucía —continuó—. Pero tienes otro. Tenías que tenerlo para escribirme desde esa cuenta ridícula.

Mi mano derecha, bajo el cojín, rozó el pequeño botón de pánico que Diego me había dado y que, por una mezcla de miedo y culpa, sí había traído. Sentí la forma de plástico frío, la superficie lisa.

—No lo pulses —dijo Javier, sin apartar la vista de mis ojos.

No había mirado mi mano. No lo necesitaba. Me conocía.

—Diego también cree que eres más lista de lo que eras —añadió—. Colocó un coche a un kilómetro, esperando que hicieras algo así. Pero el pueblo tiene más caminos de los que ellos recuerdan.

Otro paso. Estaba ya a poca distancia de mí.

—Podríamos hablar —dije, notando cómo se me quebraba la voz—. Podrías entregarte. Podrías…

—No voy a pasar el resto de mi vida en una celda por un error de cálculo —me interrumpió—. No eres tan importante.

Durante un segundo creí ver algo en sus ojos, una chispa de lo que había sido, una duda. Me aferré a ella como a una tabla.

—Me quisiste una vez —susurré.

—Precisamente por eso —contestó—, no voy a dejar que seas tú quien me arruine.

Lo último que recuerdo con nitidez es el brillo de algo metálico en su mano, el golpe seco de mi espalda contra el suelo y un ruido sordo dentro de mi cráneo. Después, todo se volvió confuso: la sensación de peso en el pecho, un intento de respirar que no llegaba a ninguna parte, la certeza de que ya no había tiempo para nada más.

Meses después, en un bar cercano a la frontera portuguesa, un hombre con barba corta y gafas nuevas pagaba en efectivo y no se quedaba nunca mucho rato. En el pueblo lo conocían como Javier Martín. Decía ser autónomo, trabajaba por internet. Nadie preguntaba demasiado.

A veces, cuando el bar quedaba casi vacío y la televisión hablaba de algún caso sin resolver en Madrid, alzaba la vista. Una vez apareció mi foto en la pantalla: “Mujer desaparecida en extrañas circunstancias. La familia aún pide justicia”.

El hombre miró un segundo, alargó la mano y pidió otra cerveza. No sonrió, no apartó la vista con culpa ni cambió de canal. Solo volvió a mirar su móvil, donde una notificación de la aseguradora confirmaba la resolución definitiva de un viejo expediente.

Al salir del bar, la noche era suave y el aire olía a mar. Encendió un cigarrillo, aunque nunca antes había fumado. Caminó por la calle estrecha sin mirar atrás.

La Guardia Civil había archivado mi caso como desaparición sin indicios suficientes. El informe del inspector Marín dormía en un cajón, lleno de sospechas y sin pruebas.

Javier, en cambio, no dormía mal. Simplemente había aprendido a soñar sin mí.