Cuando Marcos me ofreció quedarme en su casa mientras él y Laura se iban una semana a Tenerife, me lo tomé como un regalo tardío de jubilación.
—Así descansas de Valladolid, papá —dijo, dejándome las llaves del adosado en Las Rozas—. Paseas, ves la tele grande, riegas las plantas… y ya está.
La casa olía a nuevo, a pintura reciente y muebles de catálogo. Laura apuraba una maleta en la entrada, mirando el reloj del móvil cada dos minutos. Desde la puerta se veía el salón: sofá gris, alfombra beige, una tele enorme… y, en la esquina del techo, una pequeña cúpula negra con un puntito rojo encendido.
—¿Eso es una cámara? —pregunté, señalando el techo.
Marcos sonrió, orgulloso.
—Domótica, papá. Cámaras en el salón, pasillo y entrada. También fuera, en el jardín. Lo controlo todo desde la app. Por si nos entran a robar.
Sacó el móvil y me enseñó la interfaz: recuadros con nombres como “Salón”, “Pasillo”, “Entrada”. Una vista en directo del salón apareció en la pantalla, con nosotros tres de pie.
—Luego las desactivo, que si no te vas a sentir vigilado —añadió—. Pero ahora no tengo tiempo, vamos tarde al aeropuerto.
Se fueron entre prisas y besos en la mejilla. Me quedé solo con el eco de la puerta y el puntito rojo de la cámara mirándome desde el techo. Intenté ignorarlo. Puse la tele, me hice un bocadillo, di una vuelta por la casa. El trastero del pasillo estaba cerrado con una simple llave; “no entres ahí, está lleno de trastos”, me había dicho Marcos.
Por la noche, el silencio de la urbanización era casi absoluto. Me acosté en la habitación de invitados, pero cada vez que giraba la cabeza imaginaba el ojo de vidrio en el salón, grabando mi respiración, mis pasos, todo. Terminé levantándome a por un vaso de agua.
De camino a la cocina, vi el móvil de Marcos sobre la encimera. Me lo había dejado “por si acaso”. Lo desbloqueé con el código que siempre usaba y abrí la app de las cámaras, por simple curiosidad. La vista en directo del salón apareció al instante: mi propia silueta recortada en la puerta.
Toqué un icono que ponía “Historial”. Apareció una lista de vídeos con fechas y horas. Uno de hacía tres noches, a la 1:17, estaba marcado en rojo. Pulsé.
La imagen tardó en cargar. Al fin apareció el salón, el mismo sofá gris, la misma alfombra. Marcos estaba de pie, en medio de la alfombra, con una camiseta que yo no le había visto nunca. Frente a él, un hombre de unos cuarenta años, moreno, sudadera oscura. Laura estaba detrás, con los brazos cruzados.
No se oía el sonido, pero los gestos eran claros: discutían. El desconocido señalaba algo en su móvil, acercándoselo a la cara a Marcos. Laura se llevó las manos a la cabeza. De pronto, Marcos dio un paso adelante, el otro retrocedió, tropezó con la mesa baja y la imagen se cortó.
Volví al listado. Otro vídeo, diez minutos después, también en rojo. Lo abrí con el corazón golpeándome el pecho.
El mismo salón. El hombre, en el suelo, inmóvil. Una mancha oscura extendiéndose junto a su cabeza. Laura lloraba, tapándose la boca. Marcos miraba hacia el pasillo, hacia una puerta blanca que reconocí de inmediato: el trastero.
Al fijarme mejor, vi la misma puerta a unos metros de donde yo estaba, al otro lado del pasillo real, detrás de mí.
Fue entonces cuando, desde el interior del trastero, sonó un golpe seco, metálico, como si algo hubiera chocado contra la puerta. Y luego, muy claramente, tres golpes más.
Toc, toc, toc.
Justo donde, en la pantalla, había visto desaparecer el cuerpo.
Me quedé congelado en mitad del pasillo, con el móvil de Marcos en la mano y la puerta del trastero delante. Los tres golpes todavía retumbaban en mi cabeza. Me acerqué despacio, pegando la oreja a la madera. Nada. Solo el zumbido lejano del frigorífico de la cocina.
“Será algún bote cayéndose, o el motor de algo”, me dije, aferrándome a cualquier explicación que no implicara lo que acababa de ver en la pantalla.
Probé el picaporte. Cerrado. No tenía llave para esa puerta; en el llavero solo había la de la entrada y la del portal de la urbanización. Me aparté, con la sensación de estar invadiendo un límite invisible.
Esa noche dormí a ratos, con el móvil en la mesilla y la imagen del hombre en el suelo repitiéndose como un bucle. En cuanto amaneció, el sol entrando por las persianas me dio algo de valor. Volví a la cocina, cogí el móvil de Marcos y abrí de nuevo la app.
El historial estaba ahí, tan inocente como si solo guardara vídeos del gato. Retrocedí al momento en que el hombre caía. Avancé unos minutos más. Esta vez la cámara del pasillo se activaba.
Marcos arrastraba algo pesado envuelto en una manta gris. Laura iba detrás, sujetando la esquina del bulto. Lo llevaron hasta la puerta del trastero, que en la imagen aparecía entreabierta. Marcos la abrió del todo; dentro se veía un arcón congelador blanco, al fondo, y estanterías metálicas. El vídeo continuaba: esfuerzo, movimientos torpes, la manta desapareciendo dentro del arcón. Marcos cerró la tapa. Laura apoyó la frente en el metal.
Paré el vídeo, con la garganta seca. Miré hacia el pasillo real. Sabía, sin haber entrado nunca, que dentro había un arcón de ese tipo. Lo había visto quizá de reojo al llegar.
El móvil vibró en mi mano. Una llamada entrante: “Marcos”.
—¿Sí? —contesté, intentando que la voz no me temblara.
—Papá, ¿todo bien? Estamos en el aeropuerto de Tenerife, que aquí hay WiFi. ¿Te apañas con todo?
Miré al techo, como si pudiera verlo a través de la cámara.
—Sí… sí, todo bien —mentí.
—Por cierto, me ha saltado una notificación de que has entrado en la app de las cámaras —dijo, con un tono ligero, pero atento—. ¿Te he enseñado lo del zoom? Es gracioso.
Noté cómo se me helaban las manos.
—Nada, que toqué sin querer —respondí—. La verdad, me dan un poco de cosa. Igual las tapas con algo…
—No las tapes, que luego se me desconfigura todo —se apresuró a decir—. Además, así estás más seguro. Cualquier cosa rara, yo lo veo.
Colgó después de una conversación corta, demasiado normal para lo que yo sabía. Me quedé mirando el puntito rojo del techo como si fuera un ojo que se cerraba y abría.
Pasé la mañana dando vueltas por la casa, sin ganas de salir. Cada vez que miraba la puerta del trastero, el estómago se me encogía. Llamar a la Guardia Civil rondaba mi cabeza como una mosca persistente. Cogí el teléfono fijo, marqué 0, luego 1. Colgué antes de llegar al 2.
“Si ha sido un accidente… si se han asustado…”, me repetía. Pero las imágenes del arcón no tenían nada de accidental.
Al final, decidí que no podía seguir sin saber. Fui al cajón de las herramientas, en la cocina, y encontré un destornillador grande. Volví al pasillo. Introduje la punta entre la madera y el marco, forzando la cerradura con más fuerza de la que pensé que me quedaba a mis 63 años. Tras un crujido seco, la puerta cedió.
El olor a lejía me golpeó primero. Dentro, el trastero estaba ordenado de manera casi obsesiva: cajas etiquetadas, una bicicleta apoyada en la pared, productos de limpieza alineados. Al fondo, el arcón congelador blanco, cerrado, con una fina capa de escarcha en los bordes.
Me acerqué despacio. Apoyé la mano sobre la tapa: fría, vibrando ligeramente. Tragué saliva y la levanté.
Dentro solo había bolsas de verduras congeladas, una caja de helados abiertos, varios tuppers con etiquetas de “Lentejas” y “Cocido”, y un hueco vacío en un lado, como si antes hubiera contenido algo grande que ya no estaba.
Me apoyé en la tapa, mareado. No había cuerpo. Si alguna vez lo hubo, ya no.
Volví a la app. Avancé en el historial, pasando vídeos de días y noches, hasta llegar a la madrugada del día anterior a mi llegada. A las 3:06, la cámara de la entrada se activaba. Marcos y Laura, vestidos de oscuro, arrastraban un bulto envuelto en plástico hacia el coche. Lo metieron en el maletero, miraron a ambos lados de la calle desierta y cerraron.
Mientras miraba, el móvil vibró con otra notificación.
“Nuevo dispositivo conectado a tu sistema de cámaras”, decía. “Usuario desconocido”. Inmediatamente después, otra alerta: “Movimiento detectado: Dormitorio principal”.
Yo estaba en el pasillo, la habitación principal arriba, en la planta de arriba. Y, durante un segundo, antes de que el vídeo en directo empezara, vi en la miniatura la silueta de alguien moviéndose entre los muebles.
Y entonces escuché, muy claramente, el crujido de una pisada sobre la tarima del piso de arriba.
El sonido fue tan nítido que se me erizó la piel de los brazos. Otra pisada, más lenta, seguida de un leve arrastre, como de alguien abriendo un cajón. La casa, que hasta entonces me había parecido moderna y luminosa, se volvió de golpe un laberinto hostil.
Apagué el volumen del móvil por instinto y miré alrededor buscando algo que se pareciera a un arma. Solo encontré un viejo paraguas en el perchero. Lo descarté y fui a la cocina, donde cogí el cuchillo más grande del bloque, notando su peso torpe en mi mano.
La pantalla del móvil mostraba el indicador de “Conectando…”. La señal de la cámara del dormitorio principal tardaba en cargar, como si también dudara. Al fin, la imagen apareció: la cama perfectamente hecha, la ventana con las persianas a medio bajar, el armario empotrado abierto. Una figura de espaldas, de pie junto a la cómoda, rebuscando en un cajón.
Llevaba una sudadera oscura con capucha, vaqueros, zapatillas. Por un segundo no reconocí nada. Luego la figura se giró ligeramente y vi el perfil.
Marcos.
Mi mano aflojó el agarre sobre el cuchillo. Subí las escaleras despacio, sin pensar en qué le iba a decir, solo sabiendo que necesitaba verle la cara sin el filtro de una pantalla. El corazón me golpeaba los oídos más que los propios pasos.
Cuando llegué al rellano, la puerta del dormitorio principal estaba entornada. Empujé con los nudillos.
—Marcos —dije, sin poder evitar que sonara más como una acusación que como un saludo.
Se giró sobresaltado. Tardó un segundo en pasar del gesto de animal acorralado a una sonrisa forzada.
—Papá… —bajó la voz—. No deberías estar aquí.
—Tú tampoco —respondí.
Nos miramos unos segundos, midiendo el espacio entre los dos, el aire cargado de cosas que no se decían.
—Cogí un vuelo de vuelta anoche —explicó al fin, dejando el cajón—. Tenía que… arreglar algo. Laura se ha quedado en Tenerife con unos amigos. No quería que tú… —miró hacia el móvil en mi mano— bucearas en los vídeos.
—Llegas tarde —dije—. Lo he visto.
El color se le escurrió de la cara. Cerró la puerta del dormitorio con la mano, como si temiera que la cámara del pasillo nos escuchara, y se pasó la otra por el pelo.
—¿Qué has visto exactamente?
—A ese hombre en el suelo. La sangre. El trastero. El arcón. El coche a las tres de la madrugada —enumeré, notando cómo las palabras salían solas—. Suficiente.
Marcos apoyó la espalda en la puerta y se dejó resbalar hasta sentarse en el suelo, las rodillas flexionadas. No lloraba, pero tenía la mirada perdida.
—No era así como tenía que ser —murmuró—. Óscar vino borracho. Llevaba semanas amenazándome con “hundirme” si no le pagaba lo que decía que era suyo. Tenía pantallazos, correos, cosas que podían joderme en el trabajo, papá. Y no solo a mí. A Laura también.
Se frotó la cara con las manos.
—Esa noche entró en casa sin avisar. Empezó a gritar, a decir barbaridades. Me empujó. Yo le empujé. Se cayó. Se dio con la esquina de la mesa. No respiraba bien. No sabíamos qué hacer. Llamar a una ambulancia era llamar a la policía… y ya nos había amenazado con contar su versión antes.
Lo escuché en silencio. El cuchillo pesaba en mi mano como una broma cruel. Lo dejé suavemente en el suelo.
—El arcón —dije.
—Fue idea mía —admitió—. Estaba… ya casi frío. No pensé. Solo quería ganar tiempo. Luego vi en las noticias que su familia había denunciado su desaparición. Y cada día era más difícil dar marcha atrás.
Se levantó, caminó hasta mí y me quitó el móvil de la mano con cuidado.
—He venido a borrar todo —continuó—. Las copias en el disco del router, las contraseñas de la nube, todo. Desde Tenerife no podía acceder al aparato que graba aquí. Tenía miedo de que tú lo vieras. Y lo has visto.
—Podría ir ahora mismo a la Guardia Civil —dije, más a mí mismo que a él.
—Podrías —asintió, sin enfado, solo cansancio—. Y te creerían. Hay vídeos, fechas. Si no los borro.
Se acercó a la cómoda y sacó un pequeño disco duro negro.
—Pero si lo haces, papá, no es solo mi vida. Es la de Laura, la del niño que queremos tener, la tuya también. Pensarán que sabías algo. Que encubriste.
No me amenazaba. Solo exponía, como si me pusiera delante un contrato. Me vi, de pronto, sentado en mi piso de Valladolid, solo, viendo en la tele cómo arrastraban a mi hijo esposado. Vi los años de visitas a prisión, los titulares de periódico, las preguntas de los vecinos.
También vi la cara del hombre en el suelo, aunque en realidad nunca había visto su rostro de cerca en la grabación. Un desconocido convertido en centro de gravedad de nuestra familia.
Marcos conectó el disco duro al portátil. En la pantalla apareció una lista de archivos.
—Dime que pare —dijo— y lo dejo todo. Bajamos al coche, vamos al cuartel de la Guardia Civil de Las Rozas y lo contamos. Ahora mismo.
El cursor se movió hacia el icono de borrar.
Le miré las manos: las mismas que de niño me agarraban el dedo al cruzar la calle. Las mismas que, según los vídeos, habían empujado a otro hombre hacia un borde.
El silencio duró lo suficiente como para que oyéramos el zumbido lejano del motor del arcón en el trastero.
—Haz lo que tengas que hacer —respondí al fin.
No sé si mi voz sonó como aprobación o rendición. Solo sé que Marcos pulsó la tecla. Una barra de progreso avanzó lentamente hasta el cien por cien.
Pasaron los meses. Volví a Valladolid. En las noticias, el caso de Óscar se fue diluyendo entre otras desapariciones. De vez en cuando, algún programa vespertino recordaba el tema; hablaban de un hombre “con problemas de adicciones”, de la posibilidad de que hubiera cruzado la frontera. Nunca pronunciaron el nombre de Marcos.
Cuando volví a visitarles, en Navidad, la casa en Las Rozas estaba igual. El salón, el sofá gris, la alfombra beige. Solo había algo distinto: en la esquina del techo, donde antes estaba la cúpula negra con el puntito rojo, ahora había una cámara más pequeña, casi discreta.
—Es del nuevo sistema —explicó Marcos, sirviéndome una copa de vino—. Más seguro, más privado. Solo guardamos imágenes dos días, por si acaso. Nada de historiales largos.
Levanté la vista. El puntito rojo seguía ahí, titilando como un recordatorio mínimo pero constante.
Me senté en el sofá, sintiendo cómo la cámara abarcaba la habitación. No sabía si estaba encendiendo una vela a la seguridad o a la complicidad. Cerré los ojos un momento, y en la oscuridad vi, superpuesta, la interfaz de la app, los recuadros de “Salón”, “Pasillo”, “Entrada”.
Y supe que, aunque ya no existiera ningún vídeo, en mi cabeza todo seguiría grabándose en bucle, indefinidamente.



