Mi mundo se vino abajo la noche en que mi propio marido, con una frialdad que jamás imaginé, me cerró la puerta en la cara y me dejó bajo un aguacero brutal. Calada hasta los huesos, tiritando, con el corazón hecho trizas, me abracé los brazos intentando no desmoronarme. Entonces apareció el auto negro de mi abuela millonaria; al verme empapada, temblando en la oscuridad, clavó la mirada en la casa, respiró hondo y, con una calma aterradora, ordenó: «Destrúyanla».

La noche que todo cambió llovía con una furia casi insultante sobre Pozuelo de Alarcón. El agua golpeaba las baldosas del jardín como si quisiera atravesarlas, formando pequeños ríos que corrían hacia el portón. Yo estaba allí, empapada, en camisón y descalza, con el pelo pegado a la cara y los dientes castañeteando.

—Javier, por favor, ábreme —supliqué por tercera vez, llamando a la puerta de cristal del salón.

Al otro lado solo se oía la televisión a todo volumen. Sabía que estaba sentado en el sofá, con una cerveza en la mano, fingiendo que yo no existía. Llevábamos semanas discutiendo, pero esa noche había sido distinta. Cuando le dije que quería separarme, que no podía más con sus humillaciones, sus gritos y sus desapariciones de madrugada, sonrió con ese gesto frío que me conocía de memoria.

—¿Separarte de mí? —dijo, acercándose—. Esta casa, esta vida, todo esto lo tienes gracias a mí. No seas ridícula, Marta.

No gracias a él, sino a mi abuela. Pero eso era algo que él prefería olvidar.

La discusión subió de tono, su voz gruesa retumbó por el pasillo, y entonces, sin previo aviso, me empujó hacia el jardín.

—Si quieres irte, empieza por ahí —gruñó, mientras cerraba con llave—. A ver cuánto duras sin mí.

La puerta se cerró de golpe. Oí el chasquido del pestillo y luego el sonido subiendo de la televisión. Llamé, pateé el cristal, lloré. Nada. El frío empezó a calarse en mi piel, en mis huesos, en la parte de mí que llevaba años intentando justificarlos.

Me acurruqué junto a la pared, bajo un alero ridículamente estrecho, abrazándome las rodillas. Las luces cálidas de la casa se reflejaban en los charcos, como si me recordaran todo lo que estaba fuera de mi alcance: una toalla, un jersey seco, un simple vaso de agua caliente. Mis manos temblaban tanto que apenas podía mantener los ojos abiertos.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché el motor de un coche detenerse frente a la casa. Luego, el pitido corto de un cierre automático. El portón principal se abrió y una silueta menuda, protegida por un paraguas negro, avanzó despacio por el camino de entrada.

—¿Marta? —La voz de mi abuela Elena atravesó la lluvia como una campanada.

Intenté levantarme, pero las piernas no me respondieron. El chofer, un hombre alto al que había visto solo un par de veces, corrió hacia mí y me cubrió con su chaqueta. Mi abuela se acercó, los tacones hundiéndose ligeramente en la tierra encharcada, y se quedó quieta a pocos pasos, mirándome con una mezcla extraña de furia contenida y algo que parecía decepción consigo misma.

—Dios mío… —murmuró, pero no en tono de oración, sino de constatación amarga—. Mírate.

Sus ojos, claros y fríos incluso a mis casi treinta años, se movieron de mí hacia la casa. Observó el ventanal del salón, las luces encendidas, la sombra de Javier moviéndose tranquilamente dentro, indiferente a todo.

—¿Te ha hecho esto él? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

Asentí, incapaz de articular palabra. El chofer me ayudó a ponerme en pie, la tela pesada del camisón pegándose a mi piel helada. Sentí la mano de mi abuela en mi brazo, pequeña pero firme, obligándome a enderezarme.

Ella respiró hondo, una sola vez, larga, como quien toma una decisión que llevaba demasiado tiempo postergando. Dejó de mirarme a mí para fijar la vista en la casa: en cada ladrillo, en cada ventana, en la puerta que seguía cerrada a pesar de mis gritos de hacía unos minutos.

Cuando habló, su voz sonó extrañamente tranquila, casi suave, pero cada sílaba pesaba como plomo bajo la lluvia.

—Marta —dijo—. Levanta la cabeza. Mírala bien.

Obedecí, tiritando, contemplando la fachada blanca que había creído mi hogar.

Mi abuela apretó con fuerza el mango del paraguas, sin apartar la mirada de la casa, y entonces pronunció dos palabras que, en ese momento, creí no haber escuchado bien:

—Destrúyela.

Desperté con el sonido lejano de una cafetera y el olor familiar del café recién hecho. Ya no había lluvia, ni frío, ni jardín. Estaba en la habitación de invitados del piso de mi abuela, en el barrio de Salamanca, envuelta en un albornoz grueso y seco. Durante unos segundos pensé que todo había sido una pesadilla, hasta que miré el móvil sobre la mesilla: siete llamadas perdidas de Javier, cuatro mensajes cortos y agresivos.

«¿Dónde estás?»
«Deja de hacer el ridículo.»
«Vuelve a casa YA.»
«No sabes con quién te estás metiendo.»

Me eché hacia atrás en la almohada, sintiendo el estómago encogerse. Llamar “casa” a aquel lugar de Pozuelo ya no tenía sentido. La voz de mi abuela de la noche anterior seguía clavada en mi cabeza: “Destrúyela”.

Entré en la cocina y la encontré sentada a la mesa, perfectamente arreglada, con una blusa beige impecable y el pelo blanco recogido en un moño bajo. Frente a ella, carpetas, documentos y una tablet encendida. No era la abuela que me llevaba de pequeña al Retiro a dar de comer a los patos. Era la empresaria que había levantado, ladrillo a ladrillo, una pequeña fortuna inmobiliaria.

—Siéntate, Marta —dijo sin girarse—. Tenemos que hablar.

Me senté con cuidado, todavía algo mareada.

—Abuela, lo de anoche… —empecé.

—No fue un arrebato —me cortó, alzando la vista por fin—. No suelo tener arrebatos. Fue una decisión.

Abrió una de las carpetas y la giró hacia mí. Reconocí la dirección de nuestra casa en Pozuelo, mi nombre, el de Javier, y más abajo, en letras más pequeñas, el de una sociedad que también me sonaba: “Inversiones Elena Ruiz S.L.”

—Esa casa —señaló con el bolígrafo— nunca fue completamente vuestra. Fue una cesión de uso, un regalo envenenado, si quieres llamarlo así. La compré yo, la puse a nombre de mi sociedad, y firmasteis un contrato de usufructo. ¿Te acuerdas?

Recordaba vagamente la notaría, el champagne, las fotos sonrientes. Tenía veinticuatro años y estaba enamorada. Firmé donde me dijeron.

—Lo importante —continuó— es esta cláusula. —Subrayó con el bolígrafo un párrafo lleno de palabras jurídicas—. Si el matrimonio se disuelve por causa de maltrato, psicológico o físico, o si yo considero que tu integridad está en peligro, la cesión se revoca de inmediato. Y la propiedad vuelve completamente a la sociedad.

—¿“Si tú consideras”? —repetí, sorprendida.

—A mi criterio exclusivo —confirmó, con una media sonrisa sin humor—. Uno de los pocos caprichos que me permití en la vida.

Sentí una mezcla rara de alivio y miedo. Javier jamás habría aceptado algo así si lo hubiera entendido. O tal vez sí; confiaba tanto en su encanto que daba por hecho que nunca lo necesitaríamos.

—¿Y qué piensas hacer exactamente? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.

Mi abuela apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos y me miró con calma.

—Lo que te dije anoche. Recuperar la casa. Recuperar el terreno. Y derribarla. Tengo un proyecto parado para esos solares desde hace años. Un edificio pequeño, con cuatro pisos amplios. Uno será tuyo.

—Eso es… —Busqué la palabra—. Es mucho, abuela.

—Es lo mínimo —respondió— después de ver a mi nieta tiritando bajo la lluvia como una mendiga, mientras ese desgraciado miraba la televisión.

El timbre del móvil la interrumpió. Lo tomó de la mesa y me lo mostró: “Javier”. Colgó sin dudarlo y, con un par de toques en la pantalla, lo bloqueó.

—Hoy enviaré al notario la revocación del usufructo —añadió—. Y mi abogada ya está preparando el burofax. Tendrá treinta días para abandonar la casa. Luego entrarán las máquinas.

—Él no se va a quedar de brazos cruzados —murmuré.

—Me he enfrentado a hombres como Javier toda mi vida, cariño —dijo ella, sirviéndose otro café—. Y casi siempre ganan porque las mujeres que tienen cerca no saben hasta dónde pueden llegar. Esta vez será diferente.

Esa misma tarde, Javier recibió el burofax en el buzón de la casa de Pozuelo. Lo supe porque, horas después, reventó mi bandeja de entrada con mensajes furiosos y llamadas desesperadas. En uno de ellos, que escuché con las manos temblando, su voz sonaba irreconocible.

—¿Qué has hecho, Marta? —rugía—. ¿Tú y tu vieja habéis perdido la cabeza? No pienso dejar esta casa. Antes tendrá que caerme encima.

Mientras tanto, en el despacho de mi abogada, Ana Morales, una mujer de unos cuarenta años de mirada pragmática, revisaba los documentos con la precisión de un cirujano.

—El contrato es blindado —dijo, dirigiéndose a mi abuela—. Él lo firmó, renunció a cualquier derecho de propiedad real. Puede patalear, puede insultar, pero legalmente no tiene dónde agarrarse.

—Lo sé —respondió mi abuela, sin rastro de satisfacción—. Solo quiero una cosa: que no pueda volver a ponerle la mano encima a Marta. Ni a nadie, si puedo evitarlo.

Ana me miró a mí.

—La decisión final es tuya —dijo—. Si no quieres seguir adelante, aún podemos buscar otro camino.

Pensé en el jardín empapado, en mis pies desnudos sobre la piedra helada, en la puerta cerrándose en mi cara.

—Que la derriben —dije al fin, sintiendo cómo la frase me cortaba por dentro y al mismo tiempo me abría aire—. Que no quede ni un ladrillo.

Mi abuela asintió lentamente, como si acabáramos de sellar un pacto antiguo.

—Entonces —concluyó— mañana mismo, que uno de mis arquitectos llame a Javier. Quiero que se entere por mí… y que me mire a los ojos cuando lo haga.

El encuentro se produjo tres días después, en una cafetería del centro, cerca de la Castellana. Era un lugar demasiado luminoso para la guerra fría que estaba a punto de declararse. Javier llegó primero; lo vi desde la mesa del fondo, donde me escondía tras una columna, tal y como mi abuela había planeado. Llevaba el pelo perfectamente peinado, pero algo en su mirada había cambiado: una inquietud tensa, rabiosa.

Mi abuela entró unos minutos más tarde, sin prisa. Se quitó el abrigo gris y lo dejó en el respaldo de la silla frente a él. No se dieron dos besos. No hubo sonrisas.

—Elena —saludó Javier, forzando una cordialidad que se notaba falsa—. Creo que hay un malentendido muy grave.

—No, Javier —respondió ella, pidiendo un café solo al camarero—. Lo que hay es un contrato muy claro y una grabación de mi nieta temblando de frío en la puerta de la casa que yo pagué.

Él se removió en la silla.

—Marta siempre exagera. Discutimos, como todas las parejas. Salió al jardín, se puso dramática…

Mi abuela deslizó su tablet encendida hacia él. En la pantalla, una imagen fija de mí, encogida bajo la lluvia ante la puerta cerrada, captada por la cámara de seguridad del portón.

—¿También exagera la cámara? —preguntó—. ¿O fue un montaje?

Durante unos segundos, Javier no supo qué decir. Su mandíbula se tensó.

—No puedes destruir la casa —escupió al fin—. Es mi hogar.

—Es mi propiedad —lo corrigió Elena, con calma—. Tú firmaste que solo la usarías mientras trataras a mi nieta con respeto. No lo has hecho. El acuerdo ha terminado.

Él intentó otra táctica: la del encanto.

—Elena, por favor… —adoptó un tono meloso—. Sabes que quiero a Marta. Esa noche estaba nervioso, el trabajo, las ventas, todo se me estaba viniendo encima. Cometí un error. Pero derribar la casa es… desproporcionado.

Desde mi escondite, apreté los puños. No lloraba. Ya no.

—Lo único desproporcionado —dijo mi abuela, sin parpadear— es dejar a un hombre que encierra a su mujer en la calle bajo la lluvia sentado cómodamente en el salón. No estoy negociando, Javier. He venido a informarte.

Sacó unos papeles de su bolso y se los colocó delante.

—Treinta días para vaciar la casa —continuó—. Después entrarán las máquinas. No recibirás compensación, porque no tienes derecho de propiedad. Te recomiendo que aproveches el tiempo.

Javier se inclinó hacia ella, perdiendo el tono amable.

—No ganarás —susurró, con los ojos inyectados de rabia—. Iré a juicio. Hablaré con quien haga falta. Te haré quedar como una vieja loca vengativa.

—Lo puedes intentar —dijo Elena, recogiendo su bolso—. Pero te advierto: tengo más tiempo y más dinero que tú. Y, a diferencia de ti, no tengo nada que fingir.

Se levantó. Yo, al verlo apretar los dientes con tanta fuerza que casi se los partía, supe que no renunciaría fácil.

Las semanas siguientes fueron un desfile de burofaxes, recursos y amenazas veladas. Su abogado presentó una demanda por “abuso de derecho”. La jueza la desestimó en una vista rápida, apoyándose en el contrato y en las imágenes de la cámara. Javier apareció un día en mi trabajo, esperándome a la salida.

—¿De verdad vas a dejar que lo haga? —me preguntó, colocándose frente a mí, bloqueando el paso—. Esa casa también es tuya. Nuestra vida está allí.

—Nuestra vida —respondí— era yo sola intentando sobrevivir a tus gritos.

—No he hecho nada que otros no hagan —espetó—. Eres demasiado sensible, Marta. Te lo he dicho mil veces.

Lo miré a los ojos, y por primera vez no sentí miedo. Solo una especie de cansancio antiguo.

—La próxima vez que te acerques a mí sin cita de abogado —dije despacio— denunciaré cada palabra que digas. Y te juro que esta vez voy a seguir hasta el final.

Se fue dando una patada a una papelera. No lo volví a ver hasta el último día.

El día de la demolición amaneció claro, irónicamente. La calle de la casa estaba cortada, una cinta amarilla delimitaba el perímetro, y una excavadora amarilla esperaba, inmóvil, frente a la fachada. Algunos vecinos se habían asomado curiosos a las ventanas. Otros miraban desde la acera, murmurando.

Yo llevaba casco y chaleco reflectante, prestados por el jefe de obra. Mi abuela estaba a mi lado, apoyada en su bastón, más erguida que nunca. Cuando llegó Javier, lo reconocí por el modo en que caminaba: rápido, agresivo, con un fajo de papeles en la mano.

—¡Esto no ha terminado! —gritó, agitando un documento—. He recurrido. Tenéis que parar.

El jefe de obra miró a mi abogada, que revisó el móvil y negó con la cabeza.

—Tu recurso fue rechazado anteayer, Javier —dijo Ana—. Lo sabes. El juzgado no ha admitido la medida cautelar. Hoy es perfectamente legal seguir adelante.

Él miró la casa, luego a mí. Durante un instante, vi algo parecido al miedo.

—Aquí vivíamos —dijo, casi en un susurro—. ¿Cómo puedes permitir…?

—Aquí me encerraste —le respondí—. En esta puerta.

El jefe de obra se acercó.

—Cuando quiera, señora Ruiz —dijo, dirigiéndose a mi abuela—. Puede dar la señal.

Ella me miró.

—¿Quieres hacerlo tú? —preguntó.

Tragué saliva. Sentía un nudo enorme en la garganta, pero no eran las lágrimas de antes. Eran otra cosa. Me acerqué unos pasos, lo suficiente para ver cada detalle de la fachada: la ventana de la cocina donde había soñado una vida distinta, el balcón del dormitorio donde tantas noches me había sentido sola.

Levanté la mano y asentí.

La excavadora rugió y avanzó. El primer golpe contra la pared fue seco, brutal. El cristal del ventanal del salón estalló en mil fragmentos que brillaron fugazmente al sol antes de caer al suelo como una lluvia diferente. Los ladrillos empezaron a ceder, desplomándose en nubes de polvo.

Javier gritó algo que ya no quise escuchar. Mis oídos estaban llenos del estruendo de la casa cayendo, del crujido del yeso, del metal retorciéndose. No aparté la vista. Quería verlo todo.

En menos de una hora, lo que había sido mi hogar era un montón informe de escombros. Un fragmento de la antigua puerta asomaba entre las piedras, la madera astillada y su cerradura torcida.

—Tardaremos unos meses en levantar el edificio nuevo —dijo el jefe de obra, acercándose—. Pero el piso de la tercera planta ya está reservado a su nombre, señora.

—Al nombre de Marta —lo corrigió mi abuela—. Solo suyo.

Javier, con la cara gris de polvo y rabia, se marchó finalmente, arrastrando una maleta pequeña. Nadie lo detuvo. Nadie lo despidió.

Meses después, una nueva fachada de líneas limpias y balcones de vidrio daba al mismo jardín donde una vez me helé de frío. El primer día de lluvia de otoño lo vi desde dentro, apoyada en la barandilla de mi nuevo salón, con una taza de té entre las manos. El agua caía con la misma fuerza que aquella noche, pero yo estaba seca, en silencio, sin gritos detrás de ninguna puerta.

Mi abuela se sentó en el sofá, observándome.

—¿Te arrepientes? —preguntó, sin dramatismo.

Miré la calle, los coches, las luces cambiando de color en el semáforo, el reflejo tenue de mi rostro en el cristal.

—No —respondí—. Solo me pregunto por qué tardé tanto.

El móvil vibró sobre la mesa. Un número desconocido. Lo miré un segundo, luego lo bloqueé sin contestar. Afuera seguía lloviendo, pero el ruido ya no parecía una amenaza. Era solo eso: lluvia sobre una casa nueva, construida exactamente sobre las ruinas de la antigua.