Mi hija celebró aquella noche convencida de que por fin se había librado de su “vergonzoso” padre obrero de fábrica. Yo la dejé disfrutar. Desde la ventana del pequeño piso de Vallecas, vi cómo entraban sus amigos con bolsas de hielo y botellas caras que yo nunca habría comprado. La música rebotaba por el patio interior, y cada carcajada suya atravesaba la pared como una confirmación de lo poco que me necesitaba.
Laura siempre había querido más. Más dinero, más ropa, más seguidores. Yo solo podía darle turnos de noche en una fábrica de envasado, manos cuarteadas y olor a aceite industrial pegado a la ropa. Desde que murió su madre, el piso había sido nuestro refugio. Pero, para ella, se convirtió en una jaula que olía a humanidad y esfuerzo; justo lo que no quería enseñar en sus redes.
—Papá, lo entiendes, ¿no? —me había dicho una semana antes, con el móvil en la mano—. Si quieres venir a vivir con el tío Miguel a Cuenca, vete. Yo me quedo aquí. Total, tú casi no estás.
Lo dijo como quien pide que le pasen la sal. Ni una disculpa, ni un gesto de duda. Solo esa mezcla de prisa y superioridad que había adoptado desde que la invitaron a un par de eventos de marcas de maquillaje. Yo asentí en silencio. Ella interpretó mi silencio como rendición.
Lo que no sabía era que, dos días antes de esa conversación, yo ya había estado sentado en el despacho de la abogada, la señora Gómez, manos entrelazadas, sintiendo el olor a café caro y papel nuevo. Firmé los documentos casi sin levantar la vista. El piso estaba a mi nombre. Legalmente, Laura vivía allí solo porque yo lo permitía. Eso iba a cambiar.
—¿Está seguro, señor Herrera? —me preguntó la abogada—. Es una medida dura.
—Estoy cansado —respondí—. Y necesito vender este piso para poder jubilarme antes de que la espalda me parta en dos. Ya no soy bienvenido en mi propia casa.
Esa noche fingí que salía con una maleta grande. Le dije que me habían cambiado de turno y que dormiría unos días en un piso de compañeros cerca de la fábrica. Ella sonrió con un alivio que me dolió más que cualquier insulto. Cuando cerré la puerta, el eco de sus vítores con sus amigos me persiguió por la escalera.
A la mañana siguiente, con la resaca estampada en la cara y el rímel corrido, Laura se arrastró hasta la cocina. Entonces sonó el telefonillo.
—¿Sí?
—Certificado para la señorita Laura Herrera —dijo una voz neutra.
Ella abrió la puerta del piso aún en pijama, garabateó una firma sin mirar y rompió el sobre mientras caminaba hacia el salón. Sus ojos bajaron a la primera línea. Se quedó de piedra.
Era la carta de desahucio.
Laura leyó el encabezado tres veces, como si las palabras pudieran cambiar por puro esfuerzo: “Requerimiento de desalojo de la vivienda sita en…”. El nombre de la abogada, el mío, la fecha. Todo encajaba con una precisión cruel.
—No… no puede ser —murmuró, sintiendo cómo la boca se le secaba.
Sus amigos, aún tirados en el sofá entre latas vacías y restos de pizza, la miraron.
—¿Qué pasa? —preguntó Sofía, intentando enfocar.
—Mi padre… mi padre me quiere echar —respondió Laura, con la carta temblándole en las manos—. ¡Es un puto loco!
En el papel se explicaba, con un lenguaje frío, que disponía de un plazo para abandonar la vivienda. Se mencionaban las faltas de respeto continuadas, la convivencia imposible, la necesidad del propietario de disponer libremente de su inmueble. Nunca se había fijado en que “propietario” significaba “mi padre” y no “nosotros”.
Cogió el móvil y llamó a Ricardo. Una vez. Dos. Tres. Contestador. Ni un mensaje, ni un doble check azul. Nada.
Al otro lado, Ricardo viajaba en un autobús hacia Zaragoza, con el teléfono en modo avión y la carta de la abogada doblada en el bolsillo de la chaqueta. Había conseguido un traslado a otra planta del grupo industrial. Habitación alquilada, cama individual, un armario pequeño. Sencillo, pero suyo.
Miró por la ventanilla, viendo los campos pasar como manchas verdes y ocres. Recordó a Laura de pequeña, corriendo por ese mismo piso con las rodillas peladas, enseñándole dibujos torcidos de la familia. “Mira, papá, tú, mamá y yo. Siempre juntos”. El dibujo había desaparecido hacía años, sustituido por trípodes, aros de luz y cajas de productos que ella enseñaba a desconocidos.
En el despacho, días antes, la abogada le había hecho más preguntas:
—¿No prefiere intentar una mediación? —insistió—. Podríamos proponer que ella pagara un alquiler simbólico.
—Le ofrecí eso —dijo Ricardo—. Me llamó egoísta por no regalarle el piso. Dijo que se merecía algo mejor que ser hija de un obrero pobre.
La señora Gómez guardó silencio unos segundos antes de seguir redactando.
De vuelta en Madrid, Laura empezó a grabarse un vídeo entre sollozos. Colocó el móvil en el aro de luz, se limpió los ojos con el dorso de la mano y miró directamente a la cámara.
—Chicos, hoy vengo a contaros algo muy fuerte —empezó—. Mi propio padre me quiere dejar en la calle.
Contó la historia a su manera: un padre “chapado a la antigua”, “cerrado de mente”, “obsesionado con el dinero”. Omitió los gritos, los portazos, las veces que le dijo que le daba vergüenza que la fuese a buscar a la puerta del evento con su mono de trabajo.
Subió el vídeo. Durante una hora, el contador de visitas subió rápido. Comentarios, corazones, mensajes privados. Pero, mezclados con el apoyo automático, empezaron a aparecer otros.
“¿El piso es suyo o de tu padre?”
“Si es del padre, puede hacer lo que quiera, ¿no?”
“¿No trabajas tú también? Búscate algo”.
Laura frunció el ceño, actualizando compulsivamente. La narrativa se le escapaba de las manos.
Esa noche casi no durmió. Revisó mil veces el contrato de la luz, del wifi, cualquier papel donde apareciera su nombre. No encontró nada que la protegiera. Por primera vez, la palabra “propiedad” dejó de ser abstracta.
Una semana después, cuando ya empezaba a meter sus cosas en cajas de cartón robadas del supermercado, oyó girar la llave en la cerradura.
Ricardo entró con paso lento, una pequeña maleta en la mano y el rostro cansado.
Los ojos de Laura ardieron de rabia.
—¿Vienes a ver cómo me echas de mi casa? —escupió.
Él dejó la maleta junto a la puerta y la miró, sin apartar la vista.
—He venido a hablar por última vez, antes de que te vayas —dijo.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió. Solo se oía el zumbido del frigorífico y el eco lejano de un partido de fútbol en alguna tele vecina.
—No es tu casa —respondió Ricardo al fin, con voz baja—. Nunca has querido que lo fuera.
Laura rió sin alegría.
—Claro, ahora eres filósofo. Toda la vida aquí y de repente decides que ya no soy tu hija. ¿Eso es lo que querías? ¿Salir de mi vida con un desahucio?
Ricardo se acercó al salón. Vio las paredes que él había pintado, ahora llenas de focos, estanterías minimalistas y fotos de ella en eventos. En ninguna estaba él.
—Yo no he salido de tu vida, Laura —dijo—. Tú me sacaste hace tiempo. Solo que ahora lo he aceptado.
—¡No digas tonterías! —chilló ella—. Solo quería que entendieras que no puedes controlarlo todo. Que este piso es mi espacio, mi trabajo, mi imagen…
—Tu imagen —repitió Ricardo, con un cansancio antiguo—. ¿Sabes cuántas veces he llegado de la fábrica, molido, y me has mandado al bar de abajo porque estabas grabando? “No salgas, que se oye la puerta”. “No tosas, que se cuela en el audio”. Ni una vez preguntaste cómo estaba.
Laura apretó los labios, pero no respondió.
Él siguió:
—Te propuse pagar un alquiler simbólico. Que al menos este techo tuviera algo de responsabilidad por tu parte. Dijiste que era humillante, que tus amigas no pagaban nada. Que yo debía agradecerte que vivieras aquí y no en otro sitio.
—Es que todas mis amigas… —empezó.
—No soy el padre de tus amigas —la interrumpió—. Soy el tuyo. Y soy un obrero, sí. De fábrica. De los que llegan a casa oliendo a aceite y metal. No voy a fingir otra cosa para que subas seguidores.
Laura sintió un pinchazo de vergüenza, pero lo confundió con rabia.
—Siempre te haces la víctima. Siempre el pobre mártir. ¿Y yo qué? ¿Te has preguntado alguna vez lo que significa tener un padre que…?
Se calló a mitad de frase. Había contado muchas veces esa historia, pero casi siempre a desconocidos, a través de una pantalla, no frente al hombre al que señalaba.
Ricardo respiró hondo.
—Sé que te he fallado en muchas cosas. No supe ayudarte con los estudios, no supe entender tus redes, tus historias. Pero este piso lo he pagado yo, turno tras turno, mientras tú me llamabas “vergonzoso”. Y necesito venderlo para poder vivir los años que me quedan sin reventarme la espalda. Eso no es venganza. Es poner un límite.
Ella bajó la vista hacia las cajas a medio llenar. Dentro había ropa cara, maquillaje, pequeños trofeos de colaboraciones. Ni un marco de fotos con él.
—¿Y si te prometo que cambio? —susurró, casi inaudible.
Ricardo la miró largo rato.
—Ojalá hubieras empezado por ahí antes de insultarme delante de tus amigos, antes de borrarme de tu vida en redes, antes de obligarme a entrar a mi propia casa como si fuera un intruso. Pero ahora el piso está en venta. Ya he firmado la reserva.
Laura sintió que algo se le caía dentro, como un estante soltándose de la pared.
—Entonces ya está decidido.
—Sí. Pero no significa que yo deje de ser tu padre —dijo él, sin dramatismo—. Si algún día quieres venir a verme, sabrás dónde encontrarme. Solo que no será aquí.
Se hizo otro silencio. Esta vez, más frío.
Ricardo recogió una de las cajas del suelo.
—Te he pagado dos meses de habitación en un estudio compartido —añadió—. La dirección está en el sobre. Después de eso, tendrás que apañártelas. Tienes veinticinco años, talento para convencer a la gente y más contactos de los que yo tendré nunca. No estás indefensa, Laura. Solo estás acostumbrada a que todo caiga del cielo.
Ella agarró la hoja con la dirección sin mirarlo. Sabía que, en el fondo, aquello era más ayuda de la que merecía según sus propios discursos de independencia. Pero no lo dijo.
—Vete —murmuró, con los ojos brillantes.
—Adiós, hija —contestó él, sin esperar un abrazo.
Salió del piso con la misma maleta con la que había fingido marcharse días antes. Esta vez, de verdad. Laura se quedó sola en medio del salón, rodeada de focos apagados y cajas abiertas. El eco de la puerta al cerrarse sonó distinto: más definitivo.
Miró alrededor, hacia el escenario que había construido para el mundo. De repente, el silencio le pareció más honesto que cualquier directo.
Y tú, si estuvieras en el lugar de Ricardo… ¿habrías hecho lo mismo o le habrías dado otra oportunidad? ¿Y si fueras Laura, habrías reaccionado distinto? Me interesa saber cómo lo veis vosotros, los que leéis esto desde vuestra propia casa.



