Recuerdo el brillo cruel en sus ojos cuando tronó su sentencia: “¡Es mi casa ahora, viejo!”, escupió las palabras mientras me arrancaba las llaves de la mano y me echaba fuera, temblando de furia, convencida de que al fin me había destruido; yo respiré hondo, noté cómo la calma me inundaba y me alejé paso a paso, dejando que su triunfo se cocinara solo, porque en el contrato que nunca quiso leer, en cada página que ignoró, hay un detalle definitivo: el único nombre que figura es el mío.

—¡ES MI CASA AHORA, VIEJO! —gritó Lucía mientras me empujaba hacia el rellano—. ¡LÁRGATE DE UNA VEZ!

La puerta se cerró de un portazo a diez centímetros de mi nariz. La maleta que había preparado ella misma cayó a mis pies, abierta, con mis camisas mal dobladas asomando como si también las hubieran expulsado a patadas.

El eco del grito resonó por la escalera del edificio en Carabanchel. Una vecina abrió la puerta apenas unos centímetros, lo justo para mirar con curiosidad. Otro vecino fingió revisar el buzón mientras escuchaba. La escena tenía algo de obra de teatro barata.

Yo solo sonreí. Agarré la maleta con calma, me coloqué bien la chaqueta y empecé a bajar las escaleras. A mis 68 años, bajar tres pisos sin ascensor sigue siendo más fácil que discutir con una chica de veintisiete convencida de que el mundo le pertenece.

Me llamo Eduardo Salas. Esa casa de la que me acababan de echar a patadas la compré hace treinta y dos años con mi mujer, Ana. Ella murió de cáncer y, desde entonces, las paredes de ese piso han visto más silencio que risas. Quizá por eso acepté, hace un año, alquilarle una habitación a Lucía.

Al principio fue amable. Demasiado amable. Me preparaba café, insistía en ayudar con la compra, me llamaba “Edu” con una confianza que ni mis hijos. Poco a poco empezó a mover cosas de sitio, a opinar sobre mis muebles, a decirme que la casa necesitaba “una energía más joven”.

Yo la observaba. Y callaba.

—Viejo loco… —la escuché decir desde dentro, creyendo que la puerta ya estaba bien cerrada—. Ya era hora de que se fuera.

Bajé el último tramo de escaleras con la misma sonrisa discreta. No era una sonrisa de felicidad. Era otra cosa, una mezcla de cansancio y de certeza. Porque Lucía nunca se había molestado en leer los papeles de la hipoteca, ni de la escritura, ni nada que no fueran sus contratos temporales y sus nóminas miserables.

El piso seguía a mi nombre. La hipoteca, también. Las facturas importantes, ni una sola estaba a su nombre. Legalmente, Lucía no era más que una ocupante sin contrato que acababa de echar al propietario a patadas de su propia casa.

En la acera, delante del portal, me detuve un segundo. Miré hacia el tercer piso, donde sabía que ahora mismo estaría paseándose como una reina, convencida de haber ganado una guerra.

Saqué el móvil del bolsillo. En la pantalla, el contacto “Rivas – Abogada” me devolvió su nombre en letras frías y precisas. Lo tenía guardado desde hacía meses.

Respiré hondo, pulsé el botón de llamada y, mientras escuchaba el primer tono de marcación, la sonrisa se me hizo un poco más grande.

Lo que Lucía no sabía era que, legalmente, yo aún ni siquiera había empezado a jugar.

—Eduardo, al final pasó lo que sabíamos que iba a pasar —dijo la voz de la abogada al otro lado—. ¿Te ha echado ya?

—Con patada incluida —respondí, cruzando la calle con la maleta en una mano—. Como si estuviera tirando la basura.

—Perfecto —contestó, sin un rastro de sorpresa—. Entonces empezamos. Vente mañana a primera hora al despacho.

Colgué, metí el móvil en el bolsillo y caminé hasta el bar de la esquina. Allí, como cada tarde, estaba Manolo, mi amigo de toda la vida, apoyado en la barra.

—¿Qué te ha hecho ahora la niñata? —preguntó en cuanto me vio con la maleta.

—Lo que llevaba meses anunciando —respondí—. Ya es “su casa”.

Manolo soltó una carcajada seca.

—Pues menos mal que el papel dice otra cosa. Tú quédate esta semana en mi piso. Total, mi hijo está en Londres y la habitación le sobra.

Acepté sin discutir. No tenía prisa. Lucía, en cambio, sí. Todo en ella era urgencia: subir rápido, tener más rápido, ganar rápido. Cuando se mudó a mi casa, hace un año, llegó con tres bolsas, dos sueños y ninguna paciencia.

La conocí por un anuncio que colgué en internet: “Se alquila habitación, 250 euros, preferiblemente chica, zona Carabanchel”. Después de la muerte de Ana, la pensión apenas me daba para la hipoteca y las medicinas. Lucía apareció con una sonrisa y una historia triste: familia complicada, trabajos precarios, ganas de empezar de cero.

Al principio pagaba puntualmente. Luego empezó a retrasarse, a justificarse, a llorar. “Ya te pagaré, Edu, tú confía, somos casi familia”, decía. Nunca firmamos un contrato formal, solo un recibo simple cada mes, cuando pagaba. Eso, según Rivas, era lo mejor que me podía haber pasado.

Al día siguiente, en el despacho de la abogada, sobre la mesa había una carpeta con mi nombre.

—Eduardo, esto es muy sencillo —explicó ella, ajustándose las gafas—. Tú eres el único propietario según el Registro de la Propiedad. Lucía no tiene contrato, ni empadronamiento, ni nada que justifique su permanencia. Presentamos una demanda de desahucio por precario y listo.

—¿Y lo de que me ha echado? —pregunté.

—Mejor todavía —sonrió—. Eso demuestra que no eres tú el que se ha ido voluntariamente. Tenemos los mensajes donde te insulta, las notas de voz diciéndote que “es su casa”… Y aquí —levantó unas hojas— los extractos bancarios de la hipoteca, todos a tu nombre.

Recordé las veces que Lucía me había dicho: “Tú firma aquí, si total, yo me haré cargo cuando esto sea mío”. Nunca firmé nada sin leerlo. Jamás. Ella se molestaba, se enfadaba, pero siempre se terminaba rindiendo. Se acostumbró a pensar que yo era lento, no cuidadoso.

—Presentamos hoy mismo —concluyó Rivas—. En unas semanas tendrá noticias del juzgado.

Mientras tanto, Lucía celebraba. Lo supe por el WhatsApp de la vecina del quinto.

“Edu, tu inquilina ha montado una fiesta. Dice que por fin se ha quedado con la casa. Está la música a tope.”

También la vi en Instagram, aunque ella no sabía que yo la seguía desde otra cuenta. Selfies en mi salón, botella de vino en la mano, texto en letras grandes: “POR FIN, MI CASA”.

Aquella misma tarde llamé a la compañía de luz y al proveedor de internet. Todas las facturas seguían a mi nombre. Anulé domiciliaciones, cambié datos de contacto. Nada ilegal. Simplemente, dejé de pagar por servicios que yo ya no estaba disfrutando.

Una semana después, Rivas me avisó:

—Eduardo, el juzgado ha admitido la demanda a trámite. Mañana vamos con la comisión a notificarle oficialmente. ¿Quieres venir?

Asentí al teléfono, aunque ella no pudiera verme.

Al día siguiente, frente a mi portal, vi a Lucía salir un momento a tirar la basura. Iba en chándal, ojerosa. El portal olía a tabaco frío y a perfume barato. Cuando nos vio a mí, a la procuradora y al funcionario del juzgado, se quedó clavada.

—¿Qué… qué pasa? —preguntó, mirando de uno a otro.

El funcionario abrió la carpeta, profesional y frío.

—Señorita Lucía Gómez, queda usted notificada de demanda de desahucio por precario, presentada por el propietario legal de la vivienda, el señor Eduardo Salas.

Sus ojos volaron hacia mí. Por primera vez desde que la conocía, vi en ellos algo nuevo: miedo.

El día del juicio, la sala era pequeña, blanca y sin encanto. Una funcionaria tecleaba sin levantar la vista del ordenador. El juez hojeaba unos papeles. Lucía, a mi derecha, no paraba de mover la pierna debajo de la mesa.

—Señor Salas —empezó el juez—, según el Registro de la Propiedad, usted es el único titular de la vivienda. ¿Es correcto?

—Sí, señoría. Desde hace treinta y dos años.

—¿Ha firmado en algún momento un contrato de alquiler, cesión, donación o compraventa con la señora Lucía Gómez?

—No, señoría. Nunca. Solo le alquilé una habitación, sin contrato formal. Y hace dos semanas me echó de mi propia casa.

El juez asintió y miró a Lucía.

—Señora Gómez, ¿tiene usted algún documento que acredite que la vivienda le pertenece o que tiene derecho a permanecer en ella?

Lucía tragó saliva. Llevaba un traje que seguramente no podía permitirse.

—Él me dijo… —señaló hacia mí—, me dijo muchas veces que la casa iba a ser mía, que yo sería la dueña, que solo era cuestión de tiempo.

—¿Eso consta por escrito? —preguntó el juez, sin cambiar de tono.

Ella bajó la mirada.

—No… pero yo he cuidado de él, he limpiado, he…

La abogada Rivas intervino:

—Señoría, hemos aportado al procedimiento capturas de los mensajes de la señora Gómez donde afirma textualmente “esta ya es mi casa” y “te vas porque yo lo digo”. También nota de voz donde admite que no paga el alquiler desde hace meses.

El juez asintió de nuevo, hojeó las páginas y, tras unos segundos, habló:

—El asunto está claro. No existe ningún título que justifique la ocupación actual. Se estima la demanda de desahucio por precario. Se fija fecha de lanzamiento dentro de treinta días.

Lucía lo miró, incrédula.

—¿Me va a echar a la calle por un viejo manipulador? —escupió.

El juez no respondió. Solo levantó la sesión.

En la puerta, ella se me encaró.

—Tú me dijiste que confiara, que esto era como mi casa…

—Te dije que te comportaras como si fuera tu casa —respondí—. Eso no es lo mismo que regalártela.

Su rostro se deformó en una mueca entre rabia y desesperación. Durante un segundo pensé en ceder, en ofrecerle tiempo, en proponerle que buscáramos algo intermedio. Ese segundo pasó rápido. Recordé los gritos, las humillaciones, los golpes a la mesa, el portazo en la cara.

Treinta días más tarde, a las ocho de la mañana, volví a mi portal, esta vez acompañado por la comisión judicial, un cerrajero y dos agentes de policía.

La puerta se abrió con el juego de llaves que ella aún conservaba. Lucía nos miró desde el pasillo, con el pelo recogido de cualquier manera, camisón viejo, ojos rojos.

—Aún no he encontrado piso —dijo, casi en un susurro.

La funcionaria habló con un tono que parecía aprendido de memoria:

—Señora Gómez, hoy se hace efectivo el lanzamiento. Tiene que recoger sus pertenencias. No podemos retrasarlo.

Durante una hora, la vi meter su vida en bolsas de basura negras. Ropa, un portátil con la pantalla rota, algunos libros. Pasó por delante de mí varias veces sin mirarme. Afuera, en la calle, un taxi esperaba con el maletero abierto.

Cuando salió por última vez, dejó las llaves sobre el recibidor. No dijo adiós. Tampoco yo.

El cerrajero cambió la cerradura en quince minutos. Cuando la nueva llave giró por primera vez, volví a entrar en mi casa. El salón estaba desordenado, con latas, colillas y manchas de vino en la mesa. El sofá olía a tabaco y a perfume dulce.

Caminé hasta la ventana y la abrí de par en par. El aire frío de la mañana de Madrid entró sin pedir permiso. Cerré los ojos un momento. No sentí victoria ni justicia. Solo un silencio distinto al de antes.

Sobre la mesa del comedor había un papel arrugado: una lista de cosas que Lucía quería comprar “cuando todo esto sea mío”. La leí despacio, la doblé y la tiré a la basura sin comentar nada.

Volví a ser, legalmente y físicamente, dueño de mi casa. Ella se fue con sus bolsas y sus historias a otra parte. Yo me quedé con mis paredes, mi pensión y mis recuerdos. Cada uno con lo suyo.

Y ahora te pregunto a ti, que estás leyendo esto en español:
Si hubieras estado en mi lugar, ¿habrías hecho lo mismo o la habrías perdonado? ¿De qué lado estarías, del viejo dueño o de la chica que quiso quedarse con la casa?

Cuéntamelo. Me interesa saber cómo lo ve alguien que no estuvo allí.