Me dejó tirado en medio de una carretera comarcal, sin farolas, con el cielo ya casi negro. Olivia apagó el motor del Audi, se inclinó hacia mí y, sin mirarme a los ojos, murmuró:
—Bájate, papá. Necesito pensar.
Creí que era una de sus rabietas habituales. Abrí la puerta despacio, el aire frío de la tarde se coló en el coche. Cuando cerré, ella ya había puesto la marcha atrás. Bajé la ventanilla con un gesto y le dije, intentando sonar tranquilo:
—Liv, no bromees. Estamos a kilómetros de cualquier pueblo.
Ella sonrió, esa sonrisa fina que había aprendido de su madre, pero sin el calor de Claire.
—Tú siempre dices que caminar despeja la mente —respondió—. A ver si así entiendes lo que se siente cuando te controlan la vida.
Aceleró. Las luces traseras se hicieron pequeñas, luego desaparecieron en la curva. Y me quedé solo, a los sesenta y ocho años, con el bastón clavado en la grava y el eco del motor todavía vibrando en el pecho.
No había cobertura. Caminé durante casi una hora, arrastrando la pierna mala, insultando en silencio a mi cardiología y a mi obstinación por seguir vivo. Al final, un cartel oxidado anunció un bar de carretera a quinientos metros. La luz de neón parpadeaba “BAR MANOLO” como si me estuviera guiñando un ojo cansado.
El camarero me dejó usar el teléfono fijo. Podría haber llamado a Olivia. Podría haberla enfrentado allí mismo. En lugar de eso, marqué al seguro del coche y luego pedí un taxi para volver a mi piso pequeño, el que alquilaba mientras ella disfrutaba del ático de lujo con vistas al Retiro. El ático que seguía, legalmente, a mi nombre.
Dormí poco. Cada vez que cerraba los ojos veía el Audi alejándose, levantando polvo, y escuchaba el portazo que había dado meses atrás cuando me gritó que sin mi dinero yo no significaba nada.
A la mañana siguiente, mientras el café burbujeaba en la cafetera, llamé a un cerrajero. Hablé despacio, midiendo cada palabra.
—Quiero cambiar todas las cerraduras del ático de la calle Alcalá. Sí, tengo las escrituras conmigo. No, mi hija no está autorizada para impedirlo.
A las doce, el cerrajero me envió una foto por WhatsApp: la nueva cerradura, brillante, instalada. Debajo, un mensaje corto: “Listo, señor Erik”.
Eran casi las dos cuando encendí por fin el móvil. Durante toda la mañana lo había dejado boca abajo sobre la mesa, como si fuera una bomba a punto de estallar. La pantalla se iluminó y vibró con furia.
Veintidós llamadas perdidas. Todas de Olivia.
Un último mensaje, recién llegado, apareció encima de la lista: “¿Qué has hecho, papá? ¡Abre o llamo a la policía!”
Sentí el dedo temblar sobre la pantalla, dudando entre devolver la llamada… o dejar que el silencio contestara por mí.
No devolví la llamada. En lugar de eso, me quedé mirando la pantalla como quien contempla un espejo sucio. Veintidós intentos desesperados de hablar con el hombre al que, anoche, había dejado en mitad de la nada.
Mientras el móvil vibraba de nuevo, recordé otro día en otra oficina, quince años atrás, cuando firmé la escritura del ático. Claire estaba sentada a mi lado, con su pañuelo azul cubriendo la calva que le había dejado la quimio. Olivia, entonces con dieciséis años, paseaba sus dedos por el plano del piso.
—Aquí voy a poner mi piano —dijo—. Y aquí, una biblioteca enorme.
Yo había trabajado treinta y cinco años como ingeniero para poder regalarles ese sueño. El notario nos felicitó; Claire me cogió la mano bajo la mesa. Olivia me dio un beso en la mejilla y susurró: “Gracias, papá. Te prometo que lo voy a cuidar”.
Claire murió dos años después, y la promesa se evaporó con ella. El piano nunca llegó. La biblioteca se convirtió en vestidor. El salón se llenó de fotos de viajes, de fiestas, de chicos diferentes. El ático, con su terraza y sus cristaleras, se convirtió en escenario de una vida que yo solo veía por Instagram.
Al principio Olivia venía a comer conmigo los domingos. Hablábamos de la universidad, de sus prácticas en una agencia de marketing. Poco a poco, las visitas se espaciaron. Empezó a llegar tarde, a mirar el móvil mientras yo hablaba.
—No puedo seguir pagándolo todo —le dije un día, mientras ella pinchaba sin ganas la tortilla que había preparado—. Los gastos del ático son una barbaridad.
—Vende tu piso de viejo —contestó, sin levantar la vista—. O deja de malgastar en tonterías. Ese ático será mío igual cuando tú faltes.
Fue la primera vez que la palabra “faltas” sonó como una amenaza y no como un miedo.
Cuando conoció a Max, todo empeoró. Él hablaba de “optimizar activos”, de “sacarle rendimiento al patrimonio”. Una noche, Olivia me lanzó la propuesta como si fuera un favor:
—Pon el ático a mi nombre, así puedo pedir un crédito y comprar la agencia donde trabajo. Es una inversión, papá.
Me negué. La discusión acabó con un portazo y una frase que todavía me quemaba: “Sin tu dinero, no serías nadie. Ni siquiera un buen padre”.
Volví al presente cuando entró un nuevo mensaje: “Estoy en la puerta, no puedo abrir. Mis cosas están dentro. ¿Qué te pasa? Contesta”.
Esta vez escribí yo.
“Lo que me pasa es que ayer me dejaste en medio de una carretera. Lo que te pasa a ti es que el ático es mío. Ven a verme al café de la esquina a las cinco. Hablamos allí.”
Llegó a las cinco y diez, sin maquillaje, con el pelo recogido a toda prisa. Llevaba la misma chaqueta que anoche. Tenía los ojos rojos, pero no supe si era por llorar o por rabia.
—¿Te has vuelto loco? —soltó nada más sentarse—. ¿Cómo se te ocurre cambiar la cerradura? Tengo derecho a entrar.
—Tienes privilegio, no derecho —respondí—. El derecho lo dan las escrituras. ¿Las recuerdas? Esas que no quisiste leer cuando tenías dieciséis.
Golpeó la mesa con la palma.
—He vivido allí ocho años, papá. Esa es mi casa.
—Tu casa es donde no dejas tirado a tu padre como si fuera un estorbo —dije, sin subir la voz—. Ayer me demostraste que ese ático no es una casa. Es solo un escenario.
Nos miramos en silencio. Detrás de ella, el camarero limpiaba vasos, fingiendo no escuchar.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó al fin.
—Quiero algo que ya no sé si puedes darme: respeto. Mientras tanto, tus cosas estarán guardadas. Y a partir de hoy, yo decido qué hacer con el ático.
Sus labios se curvaron en una sonrisa helada.
—Siempre quise creer que morirías antes de volverte así —susurró—. Hubiera sido más fácil.
Me levanté despacio, apoyándome en el bastón.
—Pues empieza a hacerte a la idea de que voy a vivir más de lo que te conviene —respondí—. Mañana mismo voy al notario. Todo va a cambiar, Olivia.
La dejé allí, con el café frío y la mirada clavada en la puerta. Mientras salía a la calle, sentí por primera vez en años que el peso en el pecho no era solo del corazón, sino de algo que estaba por resolverse del todo.
Pasaron tres meses.
El ático ya no era de Olivia, ni mío. Lo vendí a una pareja de médicos que llegó con sus dos hijos pequeños y una ilusión que me recordó a la de Claire el día de la firma. Con el dinero, compré un pequeño piso en un barrio tranquilo, sin portero ni terraza, pero con un balcón al que daba el sol por las mañanas. El resto lo puse en un fondo a nombre de una beca con el apellido de mi mujer: “Beca Claire Hansen para estudiantes de música sin recursos”.
Olivia se enteró por un correo del notario. Me llamó siete veces aquel día. No contesté. Me mandó un mensaje largo, lleno de reproches y palabras que había aprendido de Max: “traición”, “abuso de poder”, “castigo económico”. Después, silencio.
Supe de ella por terceros. Una antigua vecina me contó que se había ido a compartir piso a Lavapiés, con dos chicas más jóvenes. Otro conocido me dijo que la había visto sirviendo copas en un bar de moda, trabajando de noche, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
A veces, abría su Instagram desde una cuenta falsa. Ya no había fotos del ático, ni de viajes caros. Solo historias de turnos de trabajo, memes de cansancio y alguna frase motivacional. La chica que antes se hacía selfies en mi terraza con una copa de vino, ahora subía fotos de suppers baratos en tupper.
Una tarde de domingo, llamaron al timbre de mi nuevo piso. Miré por la mirilla: Olivia, sola, sin bolso de marca, con una bolsa de tela colgando del hombro. Dudé unos segundos. Abrí.
—Hola, papá.
No supe si abrazarla o dejarla en el rellano. Al final, di un paso atrás para que entrara. Olía a tabaco y café.
—Pensé que nunca iba a encontrar esta dirección —dijo, mirando alrededor, midiendo el tamaño del salón con una mirada rápida—. Es… acogedor.
—Es suficiente para uno —contesté.
Se sentó en la silla junto a la ventana, la misma donde yo le peinaba las trenzas cuando era niña. Ahora se recogía el pelo ella sola, en un moño mal hecho.
—He venido a decirte que… —empezó, y se quedó en blanco—. Que lo que hiciste fue cruel. Pero también que… me lo merecía un poco.
No dije nada. La dejé buscar las palabras.
—Max se fue en cuanto vendiste el ático —continuó—. Resulta que no estaba tan enamorado de mí como de la idea de vivir allí. Supongo que tú ya lo sabías.
—Lo sospechaba —admití.
—He tenido que trabajar. Bajar mucho mis expectativas. Pagar facturas. —Se rió, sin humor—. Creo que he conocido por primera vez cuánto vale realmente el dinero.
Me miró, por fin, directamente.
—No he venido a pedirte que vuelvas a pagarme lujos —dijo—. Bueno, quizá una parte de mí sí, pero… sé que eso se ha acabado. Solo quería saber si… si quedaba algo de padre debajo de todo esto.
Sentí un pinchazo extraño. No era exactamente compasión, ni tampoco victoria. Era algo más turbio, una mezcla de orgullo herido y cansancio.
—Siempre he sido tu padre —respondí—. Incluso cuando tú decidiste que yo solo era una tarjeta de crédito. Eso no cambia. Lo que sí ha cambiado son las condiciones.
Saqué un sobre del cajón del escritorio. Llevaba semanas preparado, esperando un momento que no sabía si llegaría. Se lo tendí.
—Aquí hay suficiente para que te mudes a un estudio pequeño y pagues un año de alquiler —expliqué—. No es un ático, ni tiene vistas al Retiro. Pero es tuyo, si lo trabajas y lo cuidas. No habrá más áticos a mi nombre esperando a que los malgastes.
Olivia miró el sobre como si quemara.
—¿Y… la herencia? —preguntó en voz baja.
Me encogí de hombros.
—La herencia ya empezó a repartirse, con esa beca en nombre de tu madre. Lo que quede, cuando yo falte, será decisión mía hasta el último día. Si quieres algo de mí, mejor que no sea solo dinero.
Se mordió el labio. Durante unos segundos, vi en su cara a la niña que me pedía que la llevara al parque “aunque estés cansado, papá”.
—Entonces… —dijo—, ¿puedo venir a verte de vez en cuando? Sin áticos ni cerrajeros de por medio.
—Puedes —respondí—. Pero yo también puedo decir que no, si vuelves a tratarme como ayer en la carretera.
Asintió despacio. Guardó el sobre en la bolsa.
—Supongo que los dos tenemos que aprender otra manera de querernos —murmuró.
La acompañé hasta la puerta. Antes de salir, se giró.
—¿Sabes lo peor? —preguntó—. Que cada vez que paso por la Gran Vía y veo los edificios altos, todavía pienso: “Ese ático debería ser mío”. Y luego me acuerdo de ti solo, de noche, en aquella carretera… y se me pasa un poco.
No supe qué contestar. Cerré la puerta detrás de ella y me quedé un rato apoyado en la madera, escuchando sus pasos alejarse por la escalera.
Esa noche, al mirar el móvil, vi dos llamadas perdidas de Olivia. No veintidós. Dos. Y un mensaje: “He llegado bien. Gracias… por todo y por nada”.
Me quedé mirando la pantalla apagada, pensando en cómo una cerradura nueva y veintidós llamadas perdidas habían cambiado el mapa de nuestra familia.
Y tú, que has llegado hasta aquí leyendo mi historia, dime: si hubieras sido tú, ¿habrías girado la llave igual que yo, o habrías abierto la puerta? Me intriga saber de qué lado estaríais vosotros.



