La voz del sacerdote se perdía entre sollozos y murmullos cuando el féretro de mi madre comenzó a avanzar por el pasillo central de la iglesia. El olor a flores blancas se mezclaba con el incienso y con algo más espeso: el rencor que yo llevaba respirando semanas. Me alisé el vestido negro, buscando un punto fijo donde no perder el control. Entonces la vi.
Inés entró tarde, como si fuera una invitada especial a un estreno. Vestido tubo color marfil —quién demonios va de marfil a un funeral—, abrigo oscuro sobre los hombros, gafas enormes. Caminó despacio, los tacones resonando sobre el mármol. Yo habría podido ignorarla si no hubiera sido por el brillo en sus orejas, en su cuello, en sus muñecas.
Las perlas grises de mi madre colgaban de su garganta. Los pendientes de zafiros, el brazalete de diamantes que guardábamos en la caja fuerte desde que mi padre murió. El mismo conjunto que, hacía dos meses, aparecía como “robado” en la denuncia de la comisaría y en la póliza del seguro: valor estimado, cuatrocientos mil euros.
Sentí que la sangre se me subía a la cara y miré de reojo a Sergio, mi marido, que estaba sentado a mi lado en el banco delantero. Tenía la mandíbula apretada, la mirada fija en el ataúd, o al menos fingía. Sus dedos jugaban con el rosario de plástico que le había dado mi tía. Ni un solo vistazo hacia Inés. Ni una sola chispa de culpa.
La ceremonia siguió su curso como si todo fuera normal. Como si mi madre no hubiese muerto de un infarto tres días después del supuesto robo, cuando la policía se llevó las grabaciones de las cámaras del portal y dijo palabras como “allanamiento”, “banda organizada” y “investigación en curso”. Como si yo no hubiera descubierto —apenas una semana después— mensajes en el móvil de Sergio con una tal “I.” que le mandaba selfies en hoteles.
Cuando el sacerdote pidió un minuto de silencio, alguien tocó suavemente mi hombro. Me giré, dispuesta a mandar a cualquiera al infierno por interrumpirme, y me encontré con los ojos grises del inspector.
—Clara —susurró el inspector Luis Herrera, inclinándose hacia mí—. Necesito que mire con cuidado.
Seguía su mirada. Directa hacia Inés, que se había situado tres bancos más atrás. En el silencio absoluto, se entretenía en girar el brazalete de diamantes alrededor de su muñeca, haciendo chocar las piedras con una sonrisa casi imperceptible. Cuando se dio cuenta de que la mirábamos, alzó la barbilla y, con toda la tranquilidad del mundo, murmuró, lo bastante alto para que llegara hasta nosotros:
—Regalos de él.
Su sonrisa se ensanchó. Luis soltó un suspiro muy leve y se acercó un poco más.
—Ese es el juego de joyas valorado en cuatrocientos mil euros, el que usted denunció como robado —dijo, tan bajo que sólo yo podía oírle—. Lo tenemos fotografiado pieza por pieza.
Noté cómo el suelo parecía inclinarse bajo mis pies. Sergio seguía sin moverse, inmóvil, como una estatua.
—Clara —continuó el inspector, con un brillo frío en la mirada—. Podemos entrar ahora mismo y sacarlos de aquí esposados por hurto y fraude al seguro. O podemos esperar a que termine el servicio.
Hizo una pausa, dejándome sentir el peso de la decisión, mientras el féretro de mi madre llegaba al altar.
—Usted decide —susurró—. ¿Los arrestamos ahora… o después del entierro?
Y en ese instante, con todas las miradas centradas en la cruz y en el rostro sereno de mi madre en la foto, sentí que el mundo me exigía elegir qué tipo de hija… y qué tipo de mujer… iba a ser.
No contesté. No inmediatamente. Me limité a respirar hondo mientras el murmullo del padrenuestro llenaba la iglesia como un ruido blanco. Luis se retiró unos pasos, respetando mi silencio, y yo me obligué a mirar al frente, a la foto de mi madre apoyada sobre el caballete.
Teresa Rivas, 63 años. Dueña de una joyería de barrio que se había convertido, con los años, en un pequeño imperio. Profesora de gemología cuando era joven, viuda desde hacía una década. Una mujer que jamás se quitaba las perlas grises más de dos días seguidos porque decía que le daban suerte.
El día del “robo”, estaba conmigo en el salón, viendo un concurso de cocina. Recuerdo los golpes en la puerta, la guardia civil, los vecinos asustados, el inspector Herrera tomando notas mientras mi madre temblaba, agarrada a su bata. Recuerdo cómo, aquella noche, al acostarse, me dijo:
—Clara, alguien de casa ha dejado entrar a esa gente. Nadie entra en este edificio sin que lo vean en el portal.
No tuve tiempo de preguntarle a quién sospechaba. Tres días después, su corazón dijo basta.
Cuando el sacerdote terminó, se acercó a mí para darme el pésame. Yo asentí, respondí frases que no escuché, y finalmente la ceremonia acabó. El murmullo de gente levantándose, las sillas, las condolencias, todo ocurrió como en una película mal montada.
Sergio me puso una mano en la espalda.
—Voy a hablar con el tanatorio por los coches —susurró—. ¿Vale?
Su voz era suave, de manual. Casi me reí.
—No te vayas lejos —le dije, sin mirarlo—. El inspector quiere hablar con nosotros.
Sentí cómo vacilaba apenas un segundo, pero se recompuso.
—Claro —respondió—. Lo que necesites.
Se apartó, desapareciendo entre la gente. Yo aproveché para acercarme a Inés. Estaba hablando con dos amigas, como si estuviera en un cóctel. Su perfume era dulzón, caro, pegajoso.
—Bonito collar —dije, clavando la vista en las perlas.
Inés giró la cabeza con calma. De cerca, era aún más irritante: joven, piel perfecta, labios perfectamente pintados.
—Gracias —contestó—. Tu marido tiene muy buen gusto.
—Lo sé —dije—. Lo heredó de mi madre. Era suyo.
Parpadeó, apenas un instante. Sus dedos rozaron el broche del collar, y luego sonrió.
—Ah, ¿sí? Pues ahora son míos. Las cosas cambian.
Sentí algo frío acomodarse en mi estómago. Antes, me habría lanzado a arrancarle las joyas del cuello. Ahora, en cambio, me limité a observarla con la precisión con la que mi madre examinaba un diamante.
—¿Te contó también cómo llegaron a sus manos? —pregunté.
—Me dijo que… —Se detuvo—. Que habían sido de la familia. Punto. ¿Qué más da?
El inspector Herrera apareció a mi lado como si hubiera estado esperando ese momento.
—Señora… —miró su bolso, su ropa, luego a ella—. Inés, ¿verdad? Soy el inspector Herrera, Policía Nacional.
Inés se puso tensa, pero sostuvo la mirada.
—¿Pasa algo?
—Sólo unas preguntas rutinarias sobre unas joyas muy concretas —respondió él—. Cuando termine el servicio, me gustaría que nos acompañara a usted y al señor Llorente.
En sus ojos cruzó una chispa de alarma al oír el apellido de Sergio. Me miró, y le devolví la mirada sin pestañear. El suelo había cambiado: ya no era yo la que temblaba.
—Clara —dijo el inspector, otra vez en voz baja—. Podemos sacarlos ahora, delante de todos. Haría un ruido tremendo, pero la ley me respalda. O podemos esperar a que su madre sea enterrada en paz y luego actuar.
Sus palabras removieron algo dentro de mí. Pensé en mi madre, en su orgullo, en cómo odiaba el escándalo. Pensé en Sergio, que en ese momento salía del fondo de la iglesia, móvil en mano, riéndose con alguien. Y pensé en Inés, acariciando aquellas perlas como si las mereciera.
De repente, la opción no era sólo “ahora” o “después”. La opción era qué verdad quería que llevara el apellido Rivas a partir de ese día.
Respiré hondo y tomé una decisión.
—Inspector —dije, mirándolo de frente—. No quiero que hoy se hable más de ellos que de mi madre. Terminen el entierro. Después, son todos suyos.
Luis asintió con un gesto breve.
—De acuerdo. Pero cuando llegue el momento —añadió—, le voy a pedir algo más que una simple declaración.
No supe entonces que esa frase iba a cambiar no sólo el final de aquel día, sino el futuro de todos nosotros.
El cementerio de La Almudena nos recibió con un frío extraño para ser mayo. El cielo plomizo parecía haberse puesto de acuerdo con el guion de aquella jornada. Acompañé el féretro de mi madre hasta la tumba familiar, sintiendo las miradas detrás de mí: familiares, amigos, vecinos de la joyería. Y, unos pasos más atrás, Sergio e Inés, caminando separados, como si el aire entre ellos se hubiera vuelto peligroso.
El entierro fue breve. Unas palabras de mi tío, un par de coronas, tierra cayendo sobre la madera. Cerré los ojos cuando el primer puñado marrón golpeó el ataúd. En ese momento, supe que había terminado una vida… y que otra, la mía, ya no era la misma.
Cuando la gente empezó a dispersarse, el inspector se acercó.
—Es ahora —dijo simplemente.
Yo asentí. Luis levantó la mano, y de la distancia surgieron dos agentes de paisano que se habían mantenido discretos durante la ceremonia. Se colocaron a una distancia prudente.
—Clara, necesito que esté cerca, pero no quiero que hable —indicó el inspector—. Hoy es el día de su madre, no el suyo. Deje que yo me manche las manos.
Se dirigió primero a Sergio.
—Señor Llorente, un momento, por favor.
Sergio frunció el ceño.
—¿Ahora? ¿Aquí?
—Precisamente aquí —respondió Herrera—. Está usted detenido por presunto hurto de joyas, fraude al seguro y colaboración en una simulación de robo con agravantes.
Los murmullos se levantaron como un viento súbito entre las lápidas. Sergio se giró hacia mí, con los ojos abiertos de par en par.
—Clara, di algo —balbuceó—. Dile que es un error, que no haría algo así…
Lo miré. Pensé en las noches “de viaje de negocios”, en el móvil boca abajo, en las mentiras suaves como crema. Pensé en mi madre agarrándose el pecho cuando le dijeron que lo que había construido pieza a pieza se había volatilizado en un asalto absurdo.
—Lo único que puedo decir —respondí, con la voz firme— es que las joyas que denuncié robadas están ahí.
Señalé a Inés.
Todos los ojos giraron hacia ella. La amante preciosa, la invitada de marfil, la que se había creído tan segura.
—Señora Inés Vidal —dijo el inspector, acercándose—, queda usted detenida por receptación de bienes robados y participación en fraude al seguro.
—¿Pero esto qué es? —chilló ella, retrocediendo—. ¡Sergio me dijo que eran suyas! ¡Que era un regalo! ¡Yo no sabía nada!
Sergio intentó acercarse a ella, pero uno de los agentes lo sujetó.
—Cállate, por favor —le escupió Inés, histérica—. ¡Mírame! ¡Mira dónde me has metido!
La escena tenía algo casi teatral: mi madre recién enterrada, el cielo gris, los agentes sacando las esposas, los invitados grabando a escondidas con el móvil. Luis se mantuvo impasible mientras un agente con guantes retiraba, uno a uno, los pendientes, el collar y el brazalete de Inés, guardándolos en una bolsa de pruebas.
—Estas joyas pasarán a custodia policial —anunció—. Y, con su permiso, señora Rivas, en cuanto el juzgado nos autorice, se las devolveremos oficialmente.
Asentí, sin confiarme demasiado a la palabra “devolver”. Nada volvía realmente. Ni las joyas eran ya lo que habían sido, ni yo era la hija que entró en aquella iglesia por la mañana.
Cuando el coche policial se los llevó, cada uno en un vehículo distinto, el cementerio volvió lentamente a su rutina silenciosa. Me quedé sola con el inspector, frente a la tumba aún fresca.
—Le advertí que le iba a pedir algo más que una declaración —dijo Luis, encendiendo un cigarro que nunca se llegó a fumar—. El fiscal está hablando de proponerle que se persone como acusación particular. Va a necesitar a alguien cabeza fría en todo este proceso. Y yo necesito que no se derrumbe.
—¿Y si ya me he derrumbado por dentro? —pregunté.
Él se encogió de hombros.
—Entonces, haga como hacemos todos —respondió—. Recoja los trozos y conviérase en alguien nuevo.
Me quedé mirando el nombre de mi madre grabado en la lápida. “Teresa Rivas, madre, joyera, mujer valiente”. Sonreí sin alegría.
—Ella habría preferido evitar el escándalo —dije—. Pero también habría querido que nadie se quedara con lo que es suyo.
—Y lo tendrá —aseguró Luis—. Aunque sea tarde.
Nos quedamos un rato en silencio. El viento se levantó, trayendo el murmullo lejano de la ciudad. Por primera vez en muchos días, no sentí rabia, sino una especie de hueco limpio, como la vitrina que queda vacía cuando se vende la pieza más cara de la tienda.
—Inspector —dije al final—. Cuando me devuelvan las joyas, no volverán a la caja fuerte. Las venderé.
—¿Sí? —alzó una ceja—. ¿Y qué hará con el dinero?
Lo pensé un segundo.
—No lo sé aún —admití—. Pero lo usaré para algo que no tenga nada que ver con ellos. Ni con Sergio, ni con Inés. Algo que lleve sólo el nombre de mi madre y el mío.
Luis asintió, como si esa respuesta le pareciera suficiente.
Nos despedimos, y me quedé sola ante la tumba. Me incliné, toqué la piedra aún fría y susurré:
—Ya está, mamá. No se han ido de rositas.
Al incorporarme, miré alrededor: lápidas, flores, cruces, historias que nunca conocería. Y pensé en cuánta gente habría tragado humillaciones, mentiras, traiciones, sólo por no “montar un escándalo”.
Mientras salía del cementerio, una idea me cruzó por la mente: si tú, que estás leyendo esto, hubieras estado en mi lugar, ¿habrías dejado que los detuvieran en plena misa, delante de todos, o habrías esperado al final como hice yo?
Cuéntame, con sinceridad: ¿qué habrías hecho tú en un tanatorio español, entre familiares, miradas y secretos, si la amante de tu pareja apareciera luciendo las joyas robadas de tu madre?



