Le arrancó el micrófono a mi dama de honor. Literalmente.
—Yo también tengo una noticia —dijo Eva, con esa sonrisa que siempre ha usado como arma—. Derek me ha pedido matrimonio… ¡y mañana nos vamos a Bali a celebrarlo!
Bali.
Mi luna de miel.
Mis billetes.
Las luces de la finca parecían más fuertes de repente. Los invitados aplaudieron sin entender nada, algunos chistaron, otros silbaron. Yo me quedé con la copa de cava a medio camino entre la mesa y los labios, congelada en la postura perfecta para una foto que nadie iba a querer enmarcar.
Busqué a mi madre. La encontré al lado de la tarta, aplaudiendo también. Pero no era un aplauso sorprendido: era orgulloso. Sabía algo. Lo leí en la curva satisfecha de su boca.
—¡Lo hemos organizado todo en secreto! —añadió ella, levantando la voz—. Ha sido un regalo mío, se lo merecen.
Un regalo. “Lo hemos organizado”. Eva chillaba de alegría, Derek la besaba en la mejilla, mi madre se daba golpecitos en el pecho como si fuera la Virgen patrocinadora de viajes exóticos.
Noté la mano de Marcos en mi cintura.
—Lucía… —susurró—. ¿No íbamos nosotros a Bali?
No contesté. Tenía la garganta seca, pero sonreí para las cámaras, para los tíos, para las vecinas, para todos los que sólo veían dos parejas felices en una boda “perfecta”. Dejé que la noche siguiera, que sonara la música, que mi prima —porque sí, era mi prima— bailara en el centro como si fuera su fiesta.
No hice una escena. No iba a regalarles ese momento.
Esperé.
Esperé a que la última prima borracha subiera al autobús, a que Marcos y yo cerráramos la puerta del hotel, a que el silencio pesara más que el vestido. Entonces abrí el correo del viaje: “Cambio de nombres confirmado. Pasajeros: Eva Romero / Derek Collins. Vuelo Madrid – Denpasar. Fecha de salida: mañana”.
Habían usado mi reserva. Mis fechas. El mismo hotel que yo había buscado durante semanas, habitación con piscina privada y desayuno flotante. Abajo, en letra pequeña, el correo del pago: la tarjeta de mi madre.
Marcos se sentó en la cama, blanco.
—¿Lo sabía tu madre… desde el principio?
No respondí. Sólo marqué un número. Mi madre no cogió. Eva tampoco. Derek, menos.
Dormí poco, pero dormí. Me desperté antes del amanecer, me pinté los labios de rojo y me puse unos vaqueros y una camiseta blanca. Nada de vestido de novia. Hoy no era el día de la novia.
—¿De verdad quieres ir? —preguntó Marcos, agarrando la maleta.
—Quiero estar en el mostrador de facturación cuando intenten largarse con mi luna de miel —dije—. Y quiero que me miren a los ojos.
A las nueve de la mañana estábamos en Barajas, terminal 4. Cuando vi a Eva y a mi madre entrar, riéndose, con las maletas nuevas y las etiquetas de “Just engaged”, me coloqué detrás de ellas en la cola.
Y lo que ocurrió en ese mostrador de facturación acabó saliendo en las noticias de la noche.
La cola avanzaba despacio. El panel sobre nuestras cabezas parpadeaba: “Madrid – Doha – Denpasar”. Eva hacía selfies con el cartel de fondo, Derek levantaba el pulgar, mi madre miraba todo con ojos de inspección, como si dirigiendo aquello demostrara que también controlaba mi vida mejor que yo.
Marcos me apretó la mano.
—Todavía podemos irnos, Lucía.
—No. Quiero escuchar cómo se lo explica.
Cuando les tocó el turno, la azafata sonrió con rutina.
—Buenos días. Pasaportes, por favor.
Eva los deslizó por el mostrador con un gesto teatral.
—Luna de miel improvisada —dijo—. Bueno, medio improvisada.
La chica tecleó durante unos segundos. El sonido del teclado se mezcló con los murmullos de la terminal. De pronto, su sonrisa se tensó. Miró la pantalla, volvió a mirar los pasaportes, luego a Eva.
—¿Podrían esperar un momento, por favor?
Eva frunció el ceño.
—¿Pasa algo?
Dio la casualidad de que en ese momento una familia detrás empezó a protestar por la espera. Alguien sacó el móvil, aburrido, grabando sin mucho objetivo. Nadie sabía todavía que iba a capturar un pequeño desastre familiar a tamaño HD.
Me adelanté.
—Perdona —le dije a la azafata—, pero creo que puedo ayudar. Es probable que haya habido un “pequeño malentendido” con esa reserva.
Eva se giró, primero sorprendida, luego con los ojos ya encendidos de rabia.
—¿Qué haces aquí?
—Lo mismo que tú. Venir a facturar mi luna de miel.
—Tu… —rió, mirando a mi madre—. Mamá, dile algo.
Mi madre carraspeó.
—Lucía, hija, ya hablaremos de esto en casa. Ahora no es el momento.
Saqué del bolso un sobre con las copias impresas de todos los correos: la reserva inicial a mi nombre y al de Marcos, los cambios de nombre solicitados desde el correo de mi madre, la autorización firmada… con una firma que no era la mía.
—Creo que el momento es perfecto —dije, dejando los papeles en el mostrador—. Sobre todo porque esto es falsificación de firma, ¿no?
La azafata llamó a un supervisor. Se acercó un hombre con chaleco de la aerolínea, expresión cansada. Empezó a leer rápido, a revisar códigos de reserva.
Eva agitaba la mano en el aire.
—Esto es una cosa de familia, no hace falta montar este numerito…
—Señora —me dijo el supervisor—, ¿usted es Lucía Martín?
—Sí.
—Y la reserva original la realizó usted, ¿correcto?
—Con mi tarjeta, sí. La que luego mi madre “prestó” para un segundo regalo.
Mi madre dio un paso adelante.
—Yo pago lo que haga falta, cambiamos otra vez los nombres y ya está, no hace falta…
—No podemos hacerlo así —la cortó el supervisor—. Hay un posible delito aquí. Tenemos que bloquear la reserva hasta que se aclare. Nadie viaja con estos billetes hoy.
El rostro de Eva se deformó.
—¿Qué? ¡No! ¡No puedes hacerme esto, Lucía! ¡Es un viaje, sólo un viaje!
—Era mi viaje —contesté.
Los móviles ya estaban levantados. La gente grababa, algunos comentaban en voz alta.
—Tía, esto es peor que un programa de tarde —susurró un chico detrás.
Eva se abalanzó hacia mí, me empujó por el hombro. Marcos se interpuso. Derek intentó sujetarla, pero ella se soltó. Los guardias de seguridad de la terminal se acercaron al ver el movimiento brusco.
—¡Está loca! —gritó Eva— ¡Siempre ha estado celosa, mamá, díselo!
Mi madre giró la cara hacia las cámaras improvisadas, como si por un segundo viera no a sus hijas, sino a la audiencia.
—Lucía, baja la voz, nos estás dejando en ridículo.
—No, mamá —le respondí—. Os estáis dejando en ridículo vosotros. Yo sólo he venido a recuperar la verdad.
Y ahí fue cuando uno de los guardias, con el logo de AENA en el chaleco, nos separó levantando las manos, justo delante de al menos cinco móviles grabando en vertical.
Esa tarde, el vídeo de “la novia que pilló a su familia robándole la luna de miel en Barajas” ya estaba en todas partes. Y por la noche, en las noticias, pusieron las imágenes recortadas, con nuestra discusión pixelada y una música dramática de fondo.
Verme en la tele fue raro. No por el escándalo, sino por otra cosa: parecía una historia de otra gente. Una familia cualquiera, unas cuantas maletas, un viaje arruinado. Pero la voz en off hablaba de mí: “Lucía, recién casada, acusa a su propia madre y a su prima de apropiarse de su luna de miel a Bali”.
Marcos cambió de canal.
—Si quieres, demandamos a la cadena —dijo—. No han pedido permiso para usar tu imagen.
—Déjalo —respondí—. Ya la han visto todos los vecinos, todos los compañeros del trabajo, da lo mismo.
El grupo de WhatsApp de la familia ardía. Mensajes de tías pidiendo calma, primos pasándose memes, mi abuela mandando audios diciendo que en sus tiempos nadie iba tan lejos de viaje. Mi madre salió del grupo. Eva también.
Durante unos días, no hubo llamadas. Sólo notificaciones. Desconocidos me escribían por Instagram: “Bien hecho”, “Yo habría hecho lo mismo”, “Has sido muy suave, yo las habría dejado sin Navidad”. Otros decían que era una exagerada, que los trapos sucios se lavan en casa.
Yo seguía sin luna de miel, sin madre y con un vídeo viral.
La aerolínea, después de revisar todo, ofreció un bono parcial “por las molestias”, pero la reserva definitiva se canceló. Viajaríamos más adelante, dijeron. Cuando se calmara todo.
Mi madre tardó una semana en llamarme.
—No era para tanto —fue lo primero que dijo—. Podíamos haber ido las dos parejas, habría salido otro viaje, o tú más adelante…
—No era el viaje —contesté—. Era que decidiste por mí. Otra vez.
Se hizo un silencio largo, de esos que no se arreglan con un “bueno, hija”. Al final, colgó sin disculpas.
Marcos y yo acabamos yéndonos tres días a una casa rural en Asturias, lloviendo casi todo el tiempo. No había playas paradisíacas, ni cócteles en cocos, ni columpios sobre el mar. Sólo una chimenea, montañas verdes y demasiadas horas para pensar.
—¿Te arrepientes de lo del aeropuerto? —me preguntó una noche, mirando el fuego.
Pensé en Eva llorando en el suelo de la terminal, en mi madre discutiendo con el supervisor, en mi propia voz, temblando pero firme delante de tanta gente. Pensé en la niña que había aprendido a aguantarse mientras su prima siempre recibía la parte grande del pastel.
—No —dije al final—. Me arrepiento de no haber dicho “basta” antes. Lo del aeropuerto sólo fue… ruidoso.
Él asintió, sin intentar convencerme de lo contrario.
Con el tiempo, el vídeo dejó de circular tanto. Llegaron otros escándalos, otras noticias. En el trabajo, incluso hicieron bromas: que si ya no me atrevería a reservar los viajes de empresa, que si cuidado con dejarme la tarjeta. Reí cuando tocaba, porque era más sencillo que explicarles todo.
Hoy, meses después, sigo sin hablar con mi madre. Eva me bloqueó de todas partes. A veces me llega alguna foto suelta a través de otra prima: un anillo nuevo, una escapada a la playa. No siento envidia. Tampoco cariño. Sólo una especie de distancia tibia, como si fueran personajes secundarios de una serie que dejé de ver.
Y, aun así, hay noches en las que me pregunto si habría otra forma de haberlo hecho, menos pública, menos brutal. No tengo una respuesta clara. Sólo tengo mi versión de la historia… y ahora también tú la conoces.
Dime una cosa, ya que has llegado hasta aquí:
Si hubieras estado en mi lugar, en aquella cola de facturación de Barajas, viendo cómo tu madre y tu prima se iban a Bali con tu luna de miel…
¿Te habrías callado y les habrías dejado marchar, o habrías montado el mismo espectáculo que monté yo?
Te leo. Y me da curiosidad saber cómo lo vería alguien que no sea una novia recién casada, con la paciencia gastada, en mitad de un aeropuerto español un domingo por la mañana.



