«Ya llegó la limosnera oficial de la familia», proclamó mi tía Ana en cuanto puse un pie en la sala. «Guarden sus billeteras». Su hijo se dobló de risa, celebrando cada palabra. Yo solo tragué saliva, con las manos vacías y el orgullo hecho polvo. De pronto, el teléfono sonó como una alarma. Mi tía atendió, aún divertida. «Señora, habla el contador de su sobrino. Su préstamo está atrasado. ¿Deberemos exigir el pago hoy mismo?». La carcajada de mi primo se apagó de golpe.

«¡Aquí viene la pedigüeña de la familia!», anunció mi tía Ana en cuanto crucé la puerta del piso. «¡Esconded las carteras!»

Las risas estallaron en el salón, pero la más ruidosa fue la de su hijo, Sergio, recostado en el sofá con una cerveza en la mano y las zapatillas sobre la mesa baja. Nadie le dijo nada por los pies; en esa casa, las normas eran flexibles según quién las rompiera.

—Hola, tía —dije, dejando mi bolso junto al perchero.
—Hola, hija —respondió ella, dándome dos besos rápidos—. ¿Vienes sola? ¿No traes… inversiones, oportunidades ni cosas de esas tuyas? —alargó la última palabra como si fuera una broma privada.

No contesté. Estaba acostumbrada. Desde pequeña, en las reuniones familiares yo era “la que siempre necesitaba algo”. Da igual que hiciera años que no pedía ni un euro a nadie. Las etiquetas pegadas de niña cuestan mucho de arrancar.

En la mesa ya estaba casi todo preparado: tortilla, croquetas, una ensalada que nadie tocaría y la inevitable bandeja de jamón. Mi madre hablaba en la cocina con Ana, intentando sonar cordial, como siempre. Mi tío Juan discutía con la tele encendida a todo volumen, un tertuliano diciendo no sé qué de la economía.

—Siéntate, Lucía —dijo Sergio, señalando la silla frente a él—. Que hoy te invito… a ver comida de verdad, no esas ensaladas de oficina que subes a Instagram.

Volvieron a reírse. Me limité a sonreír por educación y saqué el móvil para silenciarlo antes de comer. Justo entonces, empezó a vibrar. En la pantalla apareció “Marta – Asesoría”.

—¿Otro crédito que quieres pedir, prima? —bromeó Sergio—. Pon el manos libres, a ver si te lo conceden entre todos.

No tenía intención de hacerlo, pero mi tía ya estaba mirando con curiosidad.

—Venga, mujer —insistió Ana—. Si es dinero, aquí todos somos de confianza.

Respiré hondo y acepté la llamada.

—¿Sí, Marta?

—Hola, Lucía —respondió la voz profesional de mi contable—. Disculpa que te llame en domingo, pero es importante. Llevo días intentando localizarte.

Todos en la mesa se callaron sin que nadie lo pidiera. Mi tío bajó el volumen de la tele. Sergio seguía sonriendo, entretenido, seguro de estar a punto de oír algo gracioso.

—Dime, Marta —dije, manteniendo la mirada fija en el mantel—. Estás en manos libres.

—Perfecto —prosiguió ella—. Te llamo por el préstamo que concediste a tu primo Sergio García López. Su cuota de este trimestre lleva diez días de retraso. ¿Quieres que lo reclamemos ya formalmente o le damos más plazo?

El tenedor de Sergio chocó contra el plato.

Su risa se cortó de golpe.

Durante unos segundos, nadie dijo nada. El silencio fue tan pesado que podía oír el tic-tac del reloj de la pared del salón. Mi madre me miró, confundida. Mi tía Ana frunció el ceño, como si no hubiera entendido bien.

—¿Qué… qué ha dicho? —fue la primera en romper el silencio.

Marta, al otro lado de la línea, no esperó respuesta:

—Insisto, Lucía: el préstamo de 60.000 euros a nombre de Sergio García López, firmado hace once meses. El contrato prevé intereses de demora si no se regulariza en los próximos cinco días. Necesito tu indicación.

Sesenta mil euros. En esa mesa, nadie había pronunciado nunca esa cifra en voz alta. No desde que yo era niña, al menos.

No siempre fue así. Crecimos en el mismo barrio de Vallecas, en pisos casi idénticos, pero Ana siempre había tenido un poco más: un marido con nómina fija en una empresa grande, un coche nuevo cada pocos años, veraneos en la costa. Mi madre, en cambio, trabajaba limpiando pisos y cuidando ancianos. Cuando algo se estropeaba en casa, mi padre miraba el techo en silencio durante semanas, como si pudiera arreglarse solo.

Yo escuché muchas veces, desde el pasillo, cómo mi madre pedía “solo un poquito” de ayuda a Ana. Y a Ana, suspirando:

—Hermana, es que tú no sabes manejar el dinero. Si la niña estudia algo que le dé trabajo, ya no tendréis estos problemas.

La niña era yo. Y estudié. Contabilidad primero, luego un máster en finanzas. Trabajé en una asesoría grande en Madrid, hice horas extra, cogí trabajos freelance los fines de semana. Cuando ahorré lo suficiente, me lancé con un pequeño despacho propio. No fue fácil, pero nunca volví a pedir dinero a la familia. Nunca.

Hace poco más de un año, el que llamó fue Sergio. Me citó en una cafetería cerca de Atocha. Llegó con un reloj nuevo y las llaves de un coche recién matriculado.

—Mira, prima, tengo un proyecto —me dijo, enseñándome unas diapositivas en el portátil—. Un bar de copas “de nivel”, algo moderno. Solo necesito un pequeño empujón para el local. El banco no entiende mi visión.

Necesitaba 60.000 euros para completar la inversión. Yo, en ese momento, acababa de cerrar un buen año en la asesoría y tenía liquidez. No quería mezclar familia y negocios, pero Sergio insistió.

—Te pago intereses, todo legal —recalcó—. Tú misma haces el contrato, así vas sobresegura. Además, así luego no podrán decir que tú nunca inviertes en nada.

Acepté. No por él, sino porque los números parecían razonables y había garantías: el coche a su nombre, parte del mobiliario del local, una cláusula clara. Firmó sin leer demasiado. Confiaba en que “entre familia, todo se arregla”.

Lo que nunca imaginé fue que, cuando les contara a todos que tenía un despacho propio, Ana giraría la historia. Empezó a decir que Sergio “me había metido en un negocio” para ayudarme, que él era el emprendedor y yo una especie de secretaria agradecida. No me molesté en corregirla. Pensé que el tiempo pondría las cosas en su lugar.

El tiempo, sin embargo, solo había traído esta comida de domingo, su burla, y la llamada de Marta, atravesando el silencio del comedor como un cuchillo.

—Lucía, ¿sigues ahí? —preguntó Marta.

Tragué saliva.

—Sí, aquí estoy.

Miré a Sergio. Su rostro había perdido el color. Ya no reía. Sujetaba la servilleta con los dedos tensos. Mi tía Ana iba alternando la mirada entre él y yo, como quien ve un truco de magia y busca el hilo.

Sabía que tenía que decidir, y no solo sobre el préstamo. Tenía que decidir qué lugar quería ocupar en esa mesa a partir de ahora.

Respiré hondo.

—Marta —dije despacio—, todavía no te he dado mi respuesta.

Y todas las miradas se clavaron en mí.

—Pon el altavoz un momento, por favor —añadí.

Obedecí a mi propia instrucción, apoyando el móvil en medio de la mesa, entre la fuente de croquetas y la ensaladera intacta. La luz verde del icono de llamada parecía un ojo observándolo todo.

—Listo —dije.

—Perfecto —respondió Marta, sin alterarse—. Repito la pregunta: ¿quieres que iniciemos el procedimiento de reclamación del préstamo de tu primo Sergio o prefieres que esperemos unos días más?

Sergio carraspeó.

—Lucía, esto… esto será un malentendido —balbuceó—. Yo pensaba que…

—Tú pensabas que no pasaba nada si te retrasabas —lo interrumpí, sin subir el tono—. El contrato que firmaste dice otra cosa.

Ana levantó la mano, como si estuviera en clase.

—Un momento, un momento. ¿Sesenta mil euros? ¿Desde cuándo tienes tú ese dinero para ir prestándolo por ahí?

La pregunta flotó en el aire, cargada más de incredulidad que de interés genuino.

—Desde hace unos años —respondí—. Trabajo bastante, tía. El despacho va bien. No lo cuento mucho porque siempre he tenido la sensación de que aquí prefieren verme como la que pide, no como la que presta.

Mi madre me miraba ahora con una mezcla de orgullo y preocupación. Sabía lo suficiente como para no sorprenderse del todo, pero nunca se había atrevido a decirlo en alto en estas comidas.

—Lucía… —susurró.

—Iba a pagar, ¿vale? —saltó Sergio—. Es solo que el bar… no ha ido como esperaba. Había obras en la calle, luego la licencia se retrasó, y…

—Y el coche nuevo —añadí, mirándolo a los ojos—. Y las noches de invitaciones, y las reformas de última hora que no estaban en el plan.

No había reproche en mi voz, solo datos. Era lo que hacía cada día con otros clientes.

—No sabía que ibas a ponerte así —murmuró él—. Eres mi prima.

—Y tú eres mi deudor —contesté—. Eso lo firmamos los dos, soberbios y en pleno uso de nuestras facultades.

Marta seguía en silencio, esperando.

Al final, hablé:

—Marta, no inicies todavía el procedimiento —dije. Noté cómo el cuerpo de Sergio se relajaba un poco—. Pero toma nota: quiero una reunión mañana a primera hora con Sergio en tu despacho. O paga lo que debe o reestructuramos la deuda con nuevas garantías. Nada de retrasos sin consecuencias.

—Queda anotado —respondió ella—. Mañana a las nueve.

Colgué.

—¿Vas a… quitarle el coche? —preguntó mi tío, por primera vez desde que empezó todo.

—No voy a hacer nada —aclaré—. Va a decidir él. Si quiere conservar el coche, que pague. Si no puede, que asumamos juntos lo que firmamos. Yo no regalo sesenta mil euros a nadie, ni siquiera a la familia.

Ana apretó los labios.

—Siempre fuiste rencorosa —dijo por fin—. Tu madre te ha llenado la cabeza de…

—No es rencor, tía. Son números. Vosotros siempre me habéis visto como la “pobre Lucía”. Hoy solo habéis escuchado una cifra. No hace falta que os guste, solo que la respetéis.

Me levanté de la silla despacio.

—Si queréis, me voy —añadí—. No he venido a humillar a nadie. Solo a comer en familia. Pero si cada vez que entro por la puerta voy a ser “la pedigüeña”, al menos asegurémonos de que la historia está completa.

Nadie contestó. Mi madre se levantó también.

—Nos quedamos a comer —dijo ella, con una calma que no le conocía—. No todos los días se ve quién es realmente quién en una mesa.

Sergio evitaba mi mirada. Tenía el color de alguien que ha descubierto de golpe que las palabras “entre familia no pasa nada” no son una cláusula legal.

La comida continuó, más silenciosa, más real. Hablamos de cosas triviales, del tiempo, del fútbol. Nadie volvió a hacer bromas sobre mi supuesto papel de “pedigüeña”. La etiqueta, al menos, empezaba a despegarse. No porque yo la arrancara, sino porque los hechos ya no la sostenían.

Al despedirme, Sergio me acompañó hasta el portal.

—Mañana iré —dijo, sin rodeos—. No quiero líos.

—Mañana hablaremos —respondí, igual de simple.

No le ofrecí una sonrisa ni un abrazo. Tampoco un castigo. Solo el mismo trato que les doy a otros clientes: claridad, consecuencias, opciones.

Cuando salí a la calle, el aire de domingo en Madrid olía a café y a ropa tendida. Miré el móvil: tenía varios mensajes de amigos, fotos, planes. La vida seguía, al margen de las pequeñas guerras de salón.

Seguí caminando, pensando en lo curioso que es cómo una frase puede resumir años de una vida: «Aquí viene la pedigüeña de la familia». Bastó una llamada de menos de dos minutos para que esa frase se agrietara. No sé si algún día desaparecerá del todo, pero ya no me atravesaba igual.

Y tú, si estuvieras en mi lugar, ¿qué habrías hecho con Sergio y con el préstamo?
¿Habrías sido más duro, más blando, lo habrías perdonado todo o lo habrías llevado hasta el final?
Cuéntame: en tu familia, ¿quién es “la pedigüeña” y quién presta de verdad? Me encantará leer tu versión de esta mesa.