El día que leyeron el testamento de mi abuela Rosario, mi familia entera se rió en mi cara.
—Disfruta de tu chabola, Lucía —dijo mi tío Ernesto, levantando la copa de vino.
Mi madre bajó la vista, pero no la defendió; nunca lo hacía cuando se trataba de Rosario. Para ellos, la vieja cabaña de madera perdida en la montaña era la prueba de que yo me había quedado con “las sobras”.
Yo apenas conocía la cabaña. De pequeña había ido dos veces con mi abuela, pero después mi padre dejó de hablarse con ella y las visitas se acabaron. Sabía que estaba en un pueblo de Asturias, en un monte al que todos llamaban Peña Negra, y poco más. No había dinero, no había cuentas, no había joyas. Solo “la chabola”. Y, aun así, las miradas de mis primos mezclaban burla y algo parecido a alivio.
Una semana después, conduje hasta el pueblo con mi viejo coche. El GPS se perdió antes de llegar y tuve que preguntar en el bar de la plaza.
—¿La cabaña de Rosario? —preguntó el camarero, sorprendido—. Sube por la pista de tierra, todo recto hasta que se acabe el camino.
Lo dijo como si todo el mundo supiera de qué cabaña hablaba. Yo insistí:
—¿Está muy mal?
—Es vieja —respondió, encogiéndose de hombros—. Pero Rosario era lista. No tiraba el dinero.
La pista subía en zigzag por la ladera, rodeada de castaños y eucaliptos. Cuando por fin la vi, sentí una mezcla rara de decepción y ternura. La cabaña estaba torcida, con las tablas ennegrecidas por la humedad y el tejado de uralita lleno de musgo. La puerta se abría con un empujón. Dentro, olía a madera y a tiempo encerrado: una cama de hierro, una mesa, una estufa de leña y un par de sillas cojas.
En un estante encontré una carpeta azul llena de papeles amarillentos. Escrituras, planos, recibos de contribución. Casi todos llevaban el mismo sello notarial de Oviedo y la misma firma temblorosa de mi abuela. No entendía gran cosa de aquello, pero sí veía números de parcelas, coordenadas, linderos. Me sonó tan técnico que decidí llamar a un topógrafo para que me aclarara qué demonios tenía entre manos.
Dos días después, apareció Marcos, un topógrafo de Gijón, con chaleco reflectante, GPS y un dron que parecía un juguete caro.
—No se preocupe, Lucía —me dijo, mientras desplegaba el trípode—. En un par de horas sabremos qué extensión tiene exactamente la finca.
Yo asentí, sintiéndome un poco ridícula por haberle hecho venir para medir lo que, a simple vista, parecía un trozo de monte perdido.
Mientras él caminaba entre los árboles colocando marcas y el dron zumbaba sobre nuestra cabeza, yo me senté en el escalón de la cabaña y miré el valle. Se veía, más abajo, el pueblo entero: las casas blancas con tejado rojo, las naves ganaderas, los prados cercados. Reconocí, a lo lejos, la casa de mi tío Ernesto, con su piscina azul brillando al sol. Recordé su voz: “Disfruta de tu chabola”.
Al atardecer, Marcos subió de nuevo por la ladera. Traía la tablet en la mano y una expresión rara, una mezcla de excitación y cuidado.
—¿Pasa algo? —pregunté, levantándome.
Él me miró como si no estuviera seguro de por dónde empezar.
—Señora Navarro —dijo por fin, usando un tono más formal—, según las escrituras de su abuela y las mediciones de hoy… esta cabaña es solo el punto de entrada.
Se giró y señaló el horizonte con la tablet.
—Usted no es dueña solo de esta construcción. Legalmente, es propietaria de toda la ladera. De todo Peña Negra.
Tragué saliva, sin entender.
—¿Cómo que… toda la montaña?
Marcos asintió.
—Y hay algo más. —Amplió el plano en la pantalla, donde se veían, claramente, los tejados rojos del pueblo recortando el límite de la finca—. Su familia y medio pueblo han estado construyendo, pastando y cortando leña en su terreno durante años, sin ningún derecho. Técnicamente, todos ellos llevan mucho tiempo…
Hizo una pausa, buscando la palabra correcta.
—…trespassando. Ocupando su propiedad sin permiso.
El eco de la carcajada de mi tío retumbó en mi cabeza mientras yo miraba, atónita, el mapa donde mi “chabola” era, de repente, todo un mundo del que nadie me había dicho nada.
Esa noche casi no dormí en la cabaña. El viento golpeaba las tablas y cada crujido me recordaba que, según esos papeles, todo lo que me rodeaba llevaba mi nombre. Me levanté varias veces para mirar la tablet que Marcos había dejado conmigo, como si los límites de la finca fueran a encoger mientras yo parpadeaba.
Por la mañana, Marcos volvió para explicármelo con calma.
—Tu abuela empezó a comprar parcelas pequeñas hace más de cuarenta años —dijo, señalando distintas zonas del mapa—. A algunos vecinos les compró los derechos de pasto, a otros les adquirió trozos de monte que no declaraban… Poco a poco fue uniendo piezas.
—Pero nadie dice nada —murmuré—. En el pueblo la tratan como si fuera una pobre vieja con una casucha.
Marcos se encogió de hombros.
—A veces es más cómodo fingir que algo no existe que admitir que dependes de otra persona.
Volví a Madrid con la carpeta azul y una nueva cita, esta vez con un abogado especializado en propiedad rústica. Javier, un hombre de unos cincuenta años, leyó los papeles con atención, sin interrumpirme.
—Lo primero —dijo al terminar—: los títulos de tu abuela son válidos. Están bien inscritos en el Registro. Legalmente, la dueña eres tú.
—¿Y ellos? —pregunté—. Mis tíos, el resto del pueblo…
—Han estado usando la finca como si fuera comunal, o como si fuera suya —respondió—. En algunos casos, desde hace menos de diez años. Eso complica que puedan alegar usucapión.
Yo jugueteaba con el bolígrafo entre los dedos.
—¿Qué opciones tengo?
Javier habló sin dramatismos:
—Puedes dejarlo todo como está. Puedes negociar contratos de arrendamiento. Puedes vender parte de la montaña. O puedes exigir que cesen en el uso. En último término, incluso pedir el derribo de las construcciones ilegales.
Sus palabras quedaron flotando en el aire, pesadas.
—Es tu decisión —añadió—. Legalmente, el poder lo tienes tú.
En el tren de vuelta, miré mi reflejo en la ventana. Pensé en las Navidades en casa de mi tío Ernesto, donde yo siempre era la sobrina que “había tenido suerte” por irse a estudiar a Madrid. Recordé a mi abuela Rosario, sentada en un rincón, apenas hablada, como si estorbara. Nadie le preguntaba por su vida, por su pasado. Ahora entendía un matiz nuevo en la forma en que ella me miraba, cuando me invitó por última vez a la cabaña y dijo: “Algún día, esto será tuyo, Lucía. Pero no lo digas a nadie”.
Decidí convocar a la familia. Nada de mensajes confusos por WhatsApp. Llamé a mi madre y le pedí que reuniera a todos el domingo en la casa de mi tío, la misma con piscina que se veía desde la cabaña.
—¿Ha pasado algo? —preguntó ella, inquieta.
—Sí —respondí—. Tiene que ver con la herencia de la abuela.
Guardó silencio unos segundos antes de decir:
—Vendrán. Ya sabes cómo son cuando huelen dinero.
El domingo, la mesa del comedor estaba llena de caras conocidas: mis tíos Ernesto y Carmen, mis primos Alba y Sergio, mi madre, incluso dos vecinos que siempre estaban metidos en nuestros asuntos. Las miradas eran curiosas, algo tensas.
—¿Qué pasa, Lucía? —preguntó Ernesto—. ¿Vas a vender la chabola y venir a suplicarnos que te ayudemos con los papeles?
Algunos rieron.
Saqué la carpeta azul y la tablet de Marcos. Los coloqué en el centro de la mesa.
—Vengo a explicaros qué es exactamente lo que me dejó la abuela Rosario —dije, procurando que la voz no me temblara—. Y cómo os afecta a todos.
—A ver, ilumínanos —bufó Carmen.
Les enseñé el plano. Al principio no entendían lo que veían. Javier me había ayudado a señalar claramente las viviendas y naves que quedaban dentro de los límites de la finca. La casa de Ernesto. Las de dos primos segundos. Una nave ganadera que usaba medio pueblo. Cuando lo captaron, las bromas se apagaron como si alguien hubiera cerrado una puerta.
—Eso es imposible —masculló Ernesto—. Esa tierra siempre ha sido de la familia.
—Sí —contesté, mirándole a los ojos—. De la familia de la abuela. Y ahora, de su heredera.
Carmen se adelantó, roja.
—¿Estás diciendo que nuestra casa está construida en TU terreno?
—No lo digo yo —respondí, señalando los papeles—. Lo dice el Registro de la Propiedad.
El silencio fue espeso, casi físico. Entonces añadí, sin subir la voz:
—En los próximos días recibiréis cartas de mi abogado. No voy a hacer nada a escondidas. Tendréis que decidir si queréis regularizar vuestra situación, pagar por lo que usáis… o buscar otro sitio donde vivir.
Las caras que me habían dicho “disfruta de tu chabola” me miraban ahora como si hubieran despertado en casa ajena. Y, de repente, entendí con una claridad fría que, por primera vez en mi vida, la que ponía las condiciones era yo.
Las cartas salieron el martes siguiente, enviadas por burofax desde el despacho de Javier. Cada una explicaba la misma idea, con distinto número de referencia catastral: la ocupación de la finca Peña Negra carecía de título válido y se ofrecía un contrato de arrendamiento o la posibilidad de negociar la compra del suelo. Plazo para responder: treinta días.
Las reacciones no tardaron. Mi primo Sergio fue el primero en llamar.
—Tía, esto tiene que ser un malentendido —dijo, usando un tono inesperadamente suave—. El abuelo siempre dijo que esa tierra era nuestra.
—Lo que haya dicho el abuelo no cambia lo que hay inscrito —contesté—. No quiero echaros, Sergio. Pero no voy a fingir que no sé lo que sé.
—¿Y si no firmamos?
—Entonces lo decidirá un juez.
Mi madre vino a verme a Madrid, con ojeras.
—No puedes hacerles esto —susurró, más asustada por el conflicto que por el aspecto legal—. Son tu familia.
—Durante años se aprovecharon de la abuela y se rieron de ella —respondí—. Se burlaron cuando me dejó lo único que tenía.
—Eso no justifica…
—No estoy buscando justicia —la interrumpí, sin dureza—. Solo voy a poner orden. Y eso tiene un precio.
En el pueblo, el ambiente se cargó. Algunos vecinos se posicionaron con mis tíos, otros se limitaron a murmurar en el bar que “la nieta de Rosario” venía a cambiar las reglas del juego. Llegaron tres respuestas formales antes de que se cumpliera el plazo: dos aceptaban negociar un alquiler “razonable”; la tercera, la de Ernesto, era una negativa tajante, redactada por un abogado local que hablaba de “derechos adquiridos” y “tradición familiar”.
—Van a intentar ganar tiempo —explicó Javier—. Pero sus argumentos son débiles.
—¿Y si pierden? —pregunté.
—Entonces la sentencia confirmará lo que ya sabemos: que tú decides.
El juicio tardó un año en celebrarse. En ese tiempo, yo empecé a ir más a menudo a la cabaña. La arreglé lo justo para poder quedarme allí algunos fines de semana: cambié el tejado, reforcé el suelo, pinté las paredes. Subía con mi portátil y trabajaba desde la mesa de madera, mirando el valle. Empecé a reunirme con una cooperativa interesada en crear una ruta de senderismo y pequeñas cabañas rurales en distintos puntos de la montaña, siempre respetando el entorno.
Cuando llegó el día de la vista, Ernesto evitó mirarme en el pasillo del juzgado. La sala era pequeña, con bancos de madera y una bandera descolorida en la pared. El juez escuchó, revisó los planos, preguntó. El informe de Marcos fue claro. Las escrituras de mi abuela, impecables. Las construcciones, posteriores y sin licencia adecuada.
Meses después, la sentencia nos dio la razón casi por completo. Ernesto no perdió directamente la casa, pero se vio obligado a firmar un contrato de alquiler por el suelo que ocupaba, con obligación de regularizar las obras. Otros vecinos hicieron lo mismo, algunos renegando, otros resignados. Nadie se fue del todo, pero ya no podían fingir que aquella ladera era de todos por costumbre.
Una tarde, desde la cabaña ya reformada, observé las luces del pueblo encendiéndose una a una. La casa de Ernesto brillaba como siempre, pero ahora, cada vez que él cruzaba el jardín, lo hacía sabiendo que, bajo sus pies, la tierra llevaba mi nombre. No sentí euforia ni venganza. Solo una especie de calma extraña, como si la montaña hubiera vuelto a colocarse donde debía.
Firmé el acuerdo con la cooperativa de turismo rural y con una empresa de aprovechamiento forestal sostenible. No era un pelotazo, pero sí una renta constante. Javier revisó cada contrato con minuciosidad.
—Tu abuela estaría orgullosa —dijo al final.
Yo pensé en Rosario, en sus silencios, en la forma en que había ido comprando, papel a papel, el monte que todo el mundo daba por supuesto. No supe si orgullo era la palabra. Lo que sí supe es que, por primera vez, mi vida no giraba alrededor de lo que otros decidían por mí.
Aquella noche bajé caminando hasta el cementerio del pueblo. Dejé flores sencillas sobre su lápida.
—Ya he visto tu “chabola”, abuela —murmuré—. Y también todo lo que había detrás.
Volví a la cabaña mientras el cielo se oscurecía sobre Peña Negra. El viento olía a leña y a hierba húmeda. La montaña seguía siendo la misma de siempre, pero mi lugar en ella había cambiado para siempre.
Y ahora te dejo a ti con la pregunta que todavía me ronda a veces: si un día descubrieras que eres dueño o dueña de algo que todos han usado como suyo durante años, ¿qué harías? ¿Serías más duro que Lucía, más generoso, o harías exactamente lo mismo? Me encantaría leer cómo lo ves tú, con ojos españoles, y qué decisión tomarías en su lugar.



