Jamás olvidaré la noche en que, mientras mi padre se moría sin casi poder hablar, mi hermano aprovechó su debilidad para ponerle un bolígrafo en la mano y hacerlo firmar un testamento nuevo que me borraba por completo de su herencia. Creí que lo peor había pasado, pero me equivocaba. El día de la lectura, el abogado se quedó helado, golpeó la mesa con los papeles y murmuró: «Esto es… muy interesante». Mi hermano apenas pudo escucharlo: palideció, tambaleó y cayó desmayado, porque…

Cuando mi padre, Rafael Delgado, ingresó por última vez en el hospital, todos sabíamos que era cuestión de días.

Yo pasaba las noches en una silla de plástico, escuchando el pitido de las máquinas, mientras mi hermano mayor, Sergio, desaparecía con cualquier excusa.

Aun así, cuando el médico recomendó poner en orden los papeles, fue Sergio quien se ofreció a hablar con el notario.

—Tú quédate con él —me dijo, apoyando una mano sobre mi hombro—. Yo me encargo.

Los días se volvieron una sucesión de enfermeras, analíticas y silencios tensos.

Noté que Sergio pedía cada vez más minutos a solas con papá, cerrando la puerta de la habitación y bajando la voz.

Una tarde, al volver de la cafetería, vi a un hombre con traje oscuro salir de la habitación con una carpeta bajo el brazo.

Sergio estaba detrás de él, sudando, y casi me atropella en el pasillo.

—¿Quién era? —pregunté.

—Un notario —respondió, sin mirarme—. Papá ha querido dejarlo todo bien atado.

Entré en la habitación y vi a mi padre exhausto, con la mano todavía temblando sobre la sábana.

Nunca me dijo que, en ese testamento, yo prácticamente desaparecía.

Murió tres días después, agarrado a mi mano, pidiéndome que cuidara de la casa del pueblo, «tu casa, Lucía», como la llamaba siempre.

En el entierro, Sergio estuvo extrañamente sereno, pendiente del tanatorio, de las coronas, de los pagos.

Una semana más tarde, el abogado de siempre, el señor Méndez, nos citó en su despacho del centro de Madrid para la lectura del testamento.

Fui con una tristeza calma, convencida de que, aunque Sergio hubiera maniobrado, papá no me habría dejado del todo fuera.

Sergio estaba pálido, con la corbata torcida y el móvil apagado encima de la mesa.

El señor Méndez se sentó frente a nosotros, se aclaró la garganta y abrió una carpeta azul.

Primero leyó un testamento de hacía casi diez años, donde la casa del pueblo era para mí y el piso de Madrid para Sergio, tal como papá siempre nos había dicho.

Sentí un alivio breve, hasta que el abogado tomó otro documento, con las esquinas arrugadas y una fecha reciente, y lo colocó sobre la mesa.

—Este es el último testamento de don Rafael, firmado en el hospital, cuatro días antes de su fallecimiento —anunció—.

Revolvió los labios, leyó en silencio las primeras líneas y frunció el ceño de una manera que me heló la sangre.

—Esto es… muy interesante —murmuró, pasando el dedo por la firma del final—. Extremadamente interesante.

Sergio se tensó a mi lado; yo me incliné hacia adelante, sin respirar, mientras el señor Méndez se preparaba para leer en voz alta la cláusula que lo cambiaba todo

—Instituyo heredero universal de todos mis bienes a mi hijo Sergio Delgado —leyó—, y dejo a mi hija, Lucía Delgado, la cantidad simbólica de un euro.

Sentí cómo la frase me atravesaba el pecho; el notario del hospital había hecho exactamente lo que yo temía.

El silencio en el despacho se hizo espeso.

El señor Méndez no siguió leyendo de inmediato; volvió a repasar las últimas líneas, luego bajó la vista hasta la firma y finalmente giró la hoja.

—Aquí hay algo que no encaja —murmuró, más para sí que para nosotros.

Se levantó, fue hasta un archivador metálico y sacó otra carpeta marrón, más vieja, con una goma cruzada.

La abrió, revisó unos papeles, y luego nos miró por encima de las gafas.

—Bien —dijo, con un tono más profesional—, esto explica por qué me sonaba esta redacción.

Se sentó de nuevo y, con mucho cuidado, colocó los dos documentos uno al lado del otro, alineando las firmas.

—Veréis —continuó—, hace unas semanas, antes de este ingreso definitivo, vuestro padre vino a verme solo.

Me pidió que preparara un testamento nuevo y que incluyera una cláusula muy concreta.

Dijo que sospechaba que alguien podía intentar aprovecharse de él cuando estuviera peor.

Noté cómo Sergio se removía en la silla.

—En ese testamento, que está debidamente firmado y protocolizado, don Rafael mantuvo la distribución tradicional: la casa del pueblo para Lucía, el piso de Madrid para Sergio y el resto a partes iguales.

El señor Méndez tomó ahora la carpeta marrón, buscó entre las páginas y leyó, despacio, subrayando cada palabra con la voz.

—«Si, con posterioridad a este testamento, firmara alguno nuevo en el que mi hija Lucía resulte claramente perjudicada, declaro desde ahora que tal firma se entenderá obtenida bajo presión moral o engaño».

Hizo una pausa, nos miró y continuó leyendo.

—«En ese caso, ruego al notario que tenga por no puesto el contenido del testamento posterior y mantenga la plena validez del presente, dejando constancia expresa de la coacción sufrida».

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda; Sergio, a mi lado, había dejado de moverse.

—Es decir —explicó el abogado—, que este documento del hospital, en el que se te deja prácticamente nada, Lucía, carece de efectos frente al anterior.

Por voluntad expresa de vuestro padre, el testamento válido es el primero que firmó conmigo, no el que se firmó cuando ya estaba sedado y vulnerable.

Sergio emitió un pequeño ruido, algo entre una protesta y un gemido, pero el señor Méndez levantó la mano para que se callara.

—Hay un detalle más —añadió, hojeando el testamento hospitalario— que hace que todo esto sea, como dije antes, muy interesante.

Volvió a leer la última página del documento del hospital y señaló una línea escrita a mano, en tinta azul, justo debajo de la firma de mi padre.

—Aquí —dijo—, con su letra, vuestro padre añadió: «Firmo este documento porque mi hijo Sergio insiste, pero confío en que el señor Méndez sabrá qué hacer con lo que firmé antes».

Vi cómo el color abandonaba el rostro de mi hermano.

Abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero solo consiguió emitir un susurro ronco.

Luego, ante nuestros ojos, sus pupilas se perdieron hacia arriba y se desplomó de lado, inconsciente, golpeando con fuerza el brazo de la silla.

El golpe del cuerpo de Sergio contra la silla resonó en el despacho y, durante un segundo, nadie se movió.

Fui la primera en reaccionar; me levanté tan deprisa que casi tiré la mesa pequeña donde estaba el café frío.

—¡Sergio! —grité, agachándome a su lado.

El señor Méndez ya había marcado el número de emergencias desde el teléfono fijo; una secretaria entró corriendo con una botella de agua y se quedó paralizada al verlo inconsciente en el suelo.

Al cabo de unos minutos eternos llegaron los sanitarios, le tomaron la tensión y se lo llevaron en camilla, todavía pálido, con un pañuelo húmedo sobre la frente.

Yo me quedé de pie, apoyada contra la pared, sin saber si sentir alivio, miedo o culpa.

Durante los días siguientes, el parte médico fue claro: Sergio había sufrido un síncope por estrés, nada especialmente grave.

Cuando despertó en el hospital, no quiso verme.

Llamó directamente al señor Méndez y a otro abogado suyo, uno de esos de bufete caro del Paseo de la Castellana.

Intentó impugnar el testamento, alegando que nuestro padre no estaba en pleno uso de sus facultades cuando firmó el primero.

Sin embargo, los informes médicos de aquellas semanas, las firmas, las fechas y hasta el testimonio de una enfermera que recordó perfectamente la visita al despacho del señor Méndez jugaron en su contra.

Al final, como había previsto el viejo Méndez, el juez confirmó la validez del testamento anterior y declaró sin efecto el del hospital.

La casa del pueblo pasó a mi nombre, el piso de Madrid siguió a nombre de Sergio y los ahorros se repartieron según la voluntad original de mi padre.

Paradójicamente, Sergio conservó más de lo que merecía según muchos, pero para él aquello fue una humillación insufrible.

Dejó de hablarme por completo; ni un mensaje, ni una llamada, ni siquiera en Navidad.

Solo supe por terceros que había vendido su parte del piso para pagar deudas y que había roto con su abogado del bufete caro tras perder el caso.

Yo me refugié en la rutina: viajes de fin de semana al pueblo, arreglar goteras, pintar paredes, ordenar las cosas de mis padres con una mezcla rara de ternura y resentimiento.

No puedo decir que gane yo o que pierda Sergio; lo único cierto es que, desde aquella tarde en el despacho del señor Méndez, dejamos de ser hermanos y pasamos a ser dos desconocidos unidos por un mismo apellido.

A veces me pregunto si mi padre imaginó este resultado cuando escribió aquella frase sobre la «coacción sufrida» y confió en que el notario supiera qué hacer.

Quizá pensó que nos estaba protegiendo a los dos; quizá solo quiso dejar claro que no se dejaba engañar tan fácilmente.

Y tú, que lees esto desde algún rincón de España, dime: si hubieras sido mi padre, o si hubieras sido Sergio, ¿habrías hecho lo mismo?

¿Crees que es justo usar un testamento para dar una lección, aunque el precio sea perder a tu propia familia?

Cuéntamelo, que tengo curiosidad por saber cómo lo ve alguien que vive bajo las mismas leyes y costumbres que yo.