“Compartir es querer”, repetían mis padres con paciencia venenosa cada vez que mi hermana deslizaba otra vez mis pastillas para la epilepsia a su bolsillo “por si acaso”, y cuando yo me atrevía a reclamar me llamaban dramático, egoísta, un enfermo que sólo buscaba atención. En la sala del tribunal de familia, durante la audiencia por la herencia, sentí cómo mi cuerpo empezaba a traicionarme frente a todos antes de caer. El juez pidió asistencia médica urgente y, cuando vieron lo que realmente circulaba —y lo que no— por mis venas…

“Compartir es vivir, Daniel”, decía siempre mi madre mientras mi hermana Lucía deslizaba, sin disimulo, el blíster de mis pastillas para la epilepsia dentro del bolsillo de su vaquero. “Deja de ser tan dramático con tu condición”, añadía mi padre, José, sin apartar la vista del telediario.

Yo sentía el hueco en la caja del pastillero como un agujero en el pecho. Tenía veintiocho años y aún seguía discutiendo por lo mismo que a los dieciséis: mis crisis, mis medicinas y la sensación constante de que, en mi propia casa de Leganés, mi enfermedad era una molestia más que una realidad.

Lucía, dos años menor, sonreía. “Si me tomo una antes de dormir, descanso mejor. Total, a ti te sobran”, murmuraba. Mis padres asentían, como si quitarme una dosis aquí y otra allá fuera un gesto de fraternidad. Compartir es vivir.

El día de la vista en el juzgado de familia de Plaza de Castilla amaneció pesado, con un cielo gris madrileño que parecía aplastarlo todo. Mi abuelo había muerto hacía seis meses y su testamento nos había puesto en guerra. Dejó un piso en Chamberí, unos ahorros considerables y una cláusula extraña: el reparto final dependería de que yo fuera considerado “plenamente capaz” de gestionar mi parte.

En el coche, de camino al juzgado, noté el zumbido familiar detrás de los ojos, esa electricidad sorda que avisaba de que algo no iba bien. Abrí el pastillero. Había menos comprimidos de los que había contado la noche anterior.

—Lucía —susurré—, ¿has tocado esto otra vez?
—No empieces —respondió ella, mirando por la ventana—. Hoy es importante, no montes un espectáculo.

En la sala, la jueza Ortega nos observaba con expresión neutra. Mi abogado hablaba de mi historial médico, de mis controles regulares con el neurólogo, de cómo llevaba años sin una crisis grave. Mis padres cruzaban los brazos, insistiendo en que yo era “inestable”, “impulsivo”, poco fiable para manejar una herencia así.

El zumbido creció. Las luces del techo se volvieron demasiado blancas. Noté cómo el suelo se alejaba de mí, como si la sala se estirara. Escuché la voz de la jueza distorsionada:

—¿Se encuentra bien, señor…?

No llegué a responder. El mundo se quebró en destellos. Sentí el cuerpo rígido, ajeno, y después nada.

Cuando abrí los ojos, estaba en urgencias del Hospital La Paz. Un monitor pitaba a mi lado. La jueza Ortega estaba allí, aún con la toga puesta, hablando en voz baja con un médico de bata verde, el doctor Martín.

—Los análisis preliminares son muy claros —decía él—. Esto no es simplemente que haya olvidado tomarse una dosis.

La jueza frunció el ceño. Mis padres y Lucía esperaban al fondo, pálidos.

El doctor me miró, luego volvió a la jueza.

—Señoría… —dijo, con una calma que helaba— alguien ha estado manipulando su medicación.

La palabra “manipulando” se quedó flotando en la habitación como un eco que nadie quería reconocer. Yo intenté incorporarme, pero el mareo me devolvió contra la almohada. Sentía la lengua pastosa, la mandíbula dolorida por la crisis.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó mi padre, dando un paso adelante—. Mi hijo siempre ha sido despistado con las pastillas.

El doctor Martín no le concedió ni una mirada. Abrió la carpeta que llevaba en la mano y pasó unas hojas con el dedo.

—En sangre casi no hay rastro del antiepiléptico que tiene pautado —explicó—. Sin embargo, sí hemos encontrado niveles significativos de otros fármacos que no constan en su historial.

—¿Otros fármacos? —preguntó la jueza Ortega.

—Sedantes. En combinación con la falta de su tratamiento habitual, es una receta perfecta para desestabilizarlo.

Noté cómo Lucía apretaba el bolso contra su cuerpo. Sus ojos pasaron fugazmente de mí al suelo.

—Eso no tiene sentido —se apresuró a decir mi madre—. En casa solo hay sus pastillas, las que manda el neurólogo.

El doctor levantó la vista por primera vez hacia ellos.

—Por protocolo —dijo—, he pedido que traigan el pastillero que llevaba hoy. También vamos a analizar el contenido de los blísters que tenga en casa. Y, dado que la crisis ha sucedido en medio de un procedimiento judicial sobre su capacidad, he informado a la jueza.

El silencio se volvió denso. La jueza Ortega se acercó a mi cama.

—Señor García Morales, ¿quién controla normalmente su medicación? —preguntó.

Tragué saliva. Pensé en todas las veces que había encontrado huecos en la caja, en las discusiones ridiculizadas, en esa frase repetida hasta el cansancio.

—Yo… la organizo —murmuré—, pero a menudo desaparecen pastillas. Siempre me dicen que no exagere.

No hizo falta que señalara a nadie. La jueza siguió la dirección de mi mirada, que se detuvo en Lucía.

—Vamos a suspender la vista hasta que tengamos un informe médico completo —anunció la jueza—. Y voy a solicitar la presencia de la policía judicial para custodiar las pruebas.

Dos agentes entraron al poco rato. Uno de ellos recogió mi pastillero, lo guardó en una bolsa transparente con un número de referencia. Otro tomó nota del nombre de mi neurólogo y de la farmacia habitual.

Horas después, ya sin la toga, la jueza volvió a mi habitación. Se sentó en una silla a mi lado, con el doctor Martín y una inspectora de policía, la inspectora Valero. Mis padres y Lucía esperaban fuera, separados por un cristal.

—Daniel —empezó la jueza—, necesitamos que seas muy exacto. ¿Desde cuándo notas que “desaparecen” pastillas?

Cerré los ojos un momento, intentando ordenar los recuerdos: la mudanza a Leganés, la muerte del abuelo, las primeras disputas por la herencia.

—Desde hace más o menos un año —dije—. Coincide con cuando mi abuelo empezó a empeorar… y a hablar más de su testamento.

La inspectora Valero tomó la palabra.

—Hemos hablado con tu farmacéutica —comentó—. Dice que casi siempre es tu hermana quien recoge las recetas, o tu madre. Tú casi nunca.

Noté un pinchazo en el estómago. Yo confiaba en que ellos se encargaran de esos detalles. Trabajaba largas jornadas en una tienda de informática y me limitaba a pasar el brazo para que me pusieran la medicación delante.

La inspectora dejó sobre la mesilla unas fotos impresas: imágenes de blísters cuidadosamente abiertos y vueltos a cerrar con celo transparente, casi imperceptible.

—Estas son de las cajas que la policía ha recogido en tu casa —dijo—. Varios comprimidos han sido sustituidos por pastillas de otro tipo.

Miré las fotos con incredulidad. Eran mis cajas, mi letra en los laterales: “mañana”, “noche”, “antes de juicio”.

—¿Quién ha escrito esto? —preguntó la jueza, señalando las anotaciones.

—Yo —respondí, reconocí mi trazo—. Pero… yo no he cambiado nada dentro.

La inspectora asintió, como si encajara una pieza más.

—Vamos a hablar ahora con tu familia —dijo—. Es posible que volvamos a llamarte para aclarar algunos puntos.

Al verla salir, a través del cristal, observé cómo Lucía se removía en la silla, inquieta, mientras mis padres cruzaban miradas tensas. La puerta de la sala contigua se cerró detrás de ellos.

Yo me quedé solo con el pitido del monitor, la garganta seca y una frase martilleando en la cabeza: alguien ha estado manipulando tu medicación. Y, por primera vez, empecé a aceptar que ese “alguien” podía no ser un desconocido.

Pasaron dos días antes de que volvieran a entrar todos en mi habitación. Esta vez, nadie fingía calma. La jueza Ortega llevaba un expediente más grueso, la inspectora Valero tenía el móvil en la mano y el doctor Martín sostenía otro informe.

Mis padres y Lucía se quedaron de pie al fondo. Mi madre había llorado; se notaba por los ojos hinchados. Mi padre tenía la mandíbula apretada. Lucía evitaba mirarme.

—Señor García Morales —empezó la jueza—, ya tenemos los primeros resultados. Y necesito que los escuche delante de su familia.

Asentí, con el pecho encogido.

El doctor Martín tomó la palabra.

—Las pastillas que faltaban en tus blísters no se han “perdido” —dijo—. Han sido sustituidas por comprimidos de un sedante de uso común. No consta que tengas receta de ese medicamento.

La inspectora activó la pantalla de su móvil y, por un momento, todos guardaron silencio.

—Además —añadió—, con orden judicial hemos revisado el contenido de los teléfonos de tu hermana y de tu madre.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

En la pantalla aparecieron capturas de una conversación de WhatsApp. Arriba se leía “Familia”. Los mensajes eran claros:

“Mamá: hoy tiene cita con la jueza. Que esté tranquilo, no puede montar un numerito.”
“Lucía: le he cambiado algunas pastillas, así duerme y no suelta tonterías.”
“Mamá: bien, que parezca que no está preparado para algo tan grande como la herencia.”

Sentí que el aire se volvía espeso. No eran palabras ambiguas. No había forma neutra de leer aquello.

—Esto está sacado de contexto —intentó decir mi madre—. Solo queríamos que no estuviera nervioso.

La jueza levantó la mano, cortando cualquier excusa.

—Lo que yo veo —dijo— es un patrón de manipulación deliberada de la medicación de un paciente epiléptico, coincidiendo con decisiones importantes sobre una herencia.

Lucía por fin alzó la vista hacia mí. Sus ojos estaban vidriosos, pero no habló.

—Lucía García —intervino la inspectora—, en tu habitación hemos encontrado un bote con sedantes iguales a los de los blísters de tu hermano. ¿Quieres decir algo?

Lucía abrió la boca, la cerró, respiró hondo.

—No era para hacerle daño —murmuró al fin—. Solo… solo queríamos que pareciera menos estable en la vista. El abuelo siempre confió más en él, y vosotros sabéis que yo también tengo derecho…

Su voz se quebró.

Mi padre intentó acercarse, pero uno de los agentes dio un paso al frente.

—Basta —dijo la jueza—. A la vista de las pruebas, ordeno la detención preventiva de Lucía García y la apertura de diligencias contra Carmen Morales y José García por cooperación necesaria y omisión del deber de cuidado.

Las palabras resonaron en la habitación. Detención. Diligencias. Omisión.

Vi cómo les ponían las esposas a mis padres con discreción profesional, casi fría. Lucía extendió las manos sin protestar. Antes de que se la llevaran, me miró directamente.

—Si tú hubieras compartido un poco más —susurró—, nada de esto habría sido necesario.

No respondí. No había ninguna frase que pudiera encajar en ese lugar.

Meses después, cuando el proceso penal seguía su curso, regresé al mismo juzgado para la nueva vista de la herencia. Esta vez, la jueza Ortega me miró distinto: no como a un posible incapaz, sino como a alguien que había sobrevivido a algo ferozmente íntimo.

—El testamento de su abuelo es claro —dictaminó—. Usted es plenamente capaz. La herencia se repartirá según lo dispuesto originalmente.

Salí del edificio con los papeles en la mano y un vacío difícil de describir. Legalmente, había “ganado”. Familiarmente, no quedaba nada en pie. Mis padres y Lucía estaban a la espera de juicio; yo tenía un piso en Chamberí y una historia que casi nadie quería escuchar entera.

Por las noches, en ese piso silencioso, a veces abro el cajón donde guardo el pastillero nuevo. Las pastillas están contadas, revisadas por mí una por una. Nadie más las toca.

He empezado a escribir esta historia en foros y redes, sin nombres reales, solo con los detalles justos para que se entienda lo esencial: cómo una frase tan inocente como “compartir es vivir” puede convertirse en el principio de algo muy distinto cuando se mezcla con dinero, poder y una enfermedad que casi nadie entiende bien.

Si has llegado hasta aquí, quizá te estés preguntando qué habrías hecho tú en mi lugar, o si conoces a alguien a quien no toman en serio cuando habla de su salud. Si te apetece, cuéntalo, aunque sea en anónimo, aunque sea solo un par de líneas. A veces, leer la experiencia de otros es lo único que nos recuerda que no estamos tan solos, incluso cuando la familia deja de ser el lugar seguro que pensábamos que sería para siempre.