El día del entierro de mi padre, el verdadero espectáculo no fue el ataúd, sino ella: apareció envuelta en mi vestido Versace desaparecido, brillando entre los crespones negros como una burla. Se deslizó hasta la fila de la familia y ancló sus dedos a la mano de mi marido. «Soy prácticamente de la familia ya», anunció, saboreando cada sílaba. El abogado abrió el sobre y leyó: «Para mi hija Natalia, que ayer me confesó la aventura de su esposo…». Mi marido se quedó helado; la amante salió corriendo.

Se presentó en la iglesia de San Jerónimo con mi vestido Versace.
Mi vestido perdido.

Lo reconocí en cuanto la vi bajar del coche: el negro impecable, el corte asimétrico en la pierna derecha, la caída perfecta en la cintura. Yo misma lo había escondido en una funda al fondo del armario hacía meses, después de notar que desaparecían pequeñas cosas de casa y de convencerme de que estaba paranoica.
Pero allí estaba. Sobre su cuerpo.

Lucía caminó por la alfombra de la entrada como si aquel entierro fuera una alfombra roja. El maquillaje intacto, el pelo castaño suelto, las uñas rojas haciendo juego con el pequeño bolso. No miró a nadie, solo buscó con la vista a Javier. Cuando lo encontró, él bajó la cabeza, como si quisiera desaparecer dentro del traje gris que mi madre le había regalado por Navidad.

Se sentó en la primera fila, en el lado de la familia. Entre mi madre y mi marido. Yo, la hija del difunto, acabé en la esquina, apretando los dedos contra el misal. Lucía deslizó la mano sobre la de Javier con la naturalidad de quien lo ha hecho muchas veces. Se inclinó hacia mí, por encima de mi marido, y susurró con una sonrisa demasiado brillante para un funeral:

—Ya soy prácticamente de la familia, ¿no, Natalia?

Olía a mi perfume. A mi padre lo velaban a dos metros del altar, y yo solo podía pensar en el olor a jazmín caro que salía de la piel de la amante de mi marido. Detrás de nosotros, los primos cuchicheaban, las vecinas del barrio miraban con descaro, mi madre apretaba el rosario tan fuerte que le temblaban los nudillos.

El cura habló de la generosidad de mi padre, de su carrera como empresario, de su amor por “las dos mujeres de su vida: su esposa y su hija”. Yo sentí una carcajada Ácida subirme al pecho, pero la tragué. No iba a convertir el funeral de mi padre en un espectáculo. Para eso ya estaba Lucía con mi vestido.

Después de la misa, nos condujeron a una sala contigua donde el notario iba a leer el testamento. Mi padre había insistido en que fuera “todo seguido, sin circo”, como dijo en el hospital. Éramos pocos: mi madre, yo, Javier, dos tíos, y, por supuesto, Lucía, que no se movía de la silla ni aunque la miraran con desprecio.

El notario, el señor Ramírez, se colocó las gafas y aclaró la voz.

—Procederé a la lectura del testamento de don Fernando Aguilar —anunció, abriendo la carpeta—. Empezaré por las disposiciones especiales.

Sentí la mirada de Javier clavada en mi perfil. Lucía cruzó las piernas, levantando un poco más el dobladillo del Versace. El notario comenzó:

—“A mi hija, Natalia, que ayer me llamó para contarme la infidelidad de su marido…”

Javier se quedó blanco. Lucía se levantó de golpe, arrastrando la silla contra el suelo. Hubo un murmullo ahogado en la sala. Ella me miró, luego miró a Javier, y sin decir una palabra, salió corriendo por el pasillo, dejando tras de sí la estela de mi perfume y el eco de las últimas palabras de mi padre resonando en la boca del notario.

El silencio que dejó Lucía al irse pesaba más que el ataúd de mi padre.

El señor Ramírez carraspeó, incómodo, pero siguió leyendo como si aquello fuera una escena más de su trabajo.

—“…la infidelidad de su marido, Javier, a quien nunca llegué a considerar verdaderamente parte de mi familia, pese a mis esfuerzos. A ti, Natalia, te dejo algo más que bienes: te dejo la libertad de decidir tu vida sin sentir culpa”.

Mi madre cerró los ojos un segundo. Yo sentí cómo Javier se tensaba a mi lado.

La víspera del entierro, cuando llamé a mi padre al hospital, no esperaba que me cogiera el teléfono. Estaba débil, conectado a máquinas, respirando con dificultad. Pero su voz, aunque ronca, había sonado increíblemente clara.

—Dime, hija —me dijo—. No tengo tiempo para rodeos.

Llevaba meses sospechando de Javier. Mensajes borrados, reuniones “de trabajo” que terminaban a las tantas, facturas de hoteles que no cuadraban. Y el vestido desaparecido, como un detalle más que mi mente intentó justificar. Pero aquella tarde, al verlo salir de casa con una bolsa de ropa, el corazón me hizo clic. Abrí el armario, descubrí el hueco vacío donde debería estar el Versace, y supe que ya no eran celos imaginarios.

Se lo conté a mi padre sin adornos. Él escuchó en silencio, solo se oía el pitido constante de alguna máquina médica al otro lado del teléfono.

—¿Le quieres? —me preguntó al final.

—No lo sé —respondí, sincera—. Ahora mismo solo siento rabia.

—Perfecto —dijo—. La rabia aclara más que el amor. Mañana vendrá el notario. Deja que me ocupe yo de lo que pueda. Tú solo prométeme que no vas a dejar que te humillen.

Yo no comprendí del todo a qué se refería hasta que seguí escuchando su testamento.

—“A mi esposa, Carmen, le dejo el usufructo vitalicio de la casa familiar y una renta suficiente para que no dependa de nadie. A mi hija, Natalia, le cedo la mayoría de las acciones de la empresa Aguilar & Hijos, y la nombro única administradora. Prohíbo expresamente que su esposo, Javier Morales, ocupe cargo alguno de dirección, ni directa ni indirectamente, en dicha empresa”.

Javier soltó una risa seca.

—Vaya, tu padre me tenía cariño —murmuró.

No había sarcasmo en mi mirada cuando le respondí:

—Te conocía.

El notario continuó leyendo cláusulas, cifras, nombres de bancos. Al final, cerró la carpeta con un suspiro.

—Hay un anexo —añadió—, firmado ayer por la tarde. Una especie de carta.

Reconocí la letra de mi padre en cuanto la desplegó.

—“Natalia: si estás escuchando esto, es que ya no estoy. No puedo evitarte el dolor, pero sí puedo dejarte herramientas. No permitas que nadie use tu lealtad en tu contra. Ni maridos, ni amantes con vestidos ajenos. Si decides perdonarle, que sea porque tú lo quieres. Si decides marcharte, que sepas que puedes hacerlo sin miedo al dinero. Lo he dejado atado. Hagas lo que hagas, hazlo por ti”.

Cuando salimos de la sala, los familiares se dispersaron con excusas rápidas. El cotilleo ya estaba servido para todo el barrio. Javier me agarró del brazo con más fuerza de la necesaria en el pasillo.

—Tenías que contárselo justo ayer, ¿no? —escupió—. No te bastaba con destrozar mi reputación, también tenías que asegurarte de quedarte con todo.

Le miré el nudo de la corbata antes que los ojos.

—No fui yo quien apareció en el funeral de mi padre con el vestido de otra —respondí—. Y desde luego no fui yo quien decidió engañar durante meses.

—Lucía ya se iba a apartar —insistió—. Esto no iba a durar. Era… un desliz.

La palabra “desliz” flotó entre nosotros, ridícula, pegajosa.

—Tu “desliz” vino al entierro de mi padre —dije—. Y se sentó en la primera fila.

Javier apretó la mandíbula. Por primera vez desde que lo conocía, le vi más preocupado por el dinero que por haber sido descubierto.

—No pienses que voy a dejar que me lo quitéis todo así —susurró—. Tu padre ya no está para mandar.

No respondí. En mi bolsillo sentí el peso del sobre que el notario me había dado justo antes de salir: “Solo para Natalia”, había dicho. Dentro no había dinero, sino algo mucho más delicado: documentación. Movimientos de cuentas, correos impresos, una nota en la letra inconfundible de mi padre: “Esto te va a hacer falta cuando veas de lo que es capaz”.

Aquella noche, la casa olía a flores marchitas y a colonia de hombre. Los centros del funeral llenaban el salón; el traje de Javier colgaba de una silla. Él se había encerrado en el despacho “para pensar”. Yo me senté en la mesa de la cocina con el sobre abierto delante de mí.

Había extractos bancarios donde aparecían transferencias desde una cuenta de la empresa Aguilar & Hijos a una cuenta a nombre de Lucía Pérez. Cantidades pequeñas al principio, luego más grandes. Conceptos vagos: “asesoría externa”, “servicios”. También había correos impresos entre Javier y el contable de la empresa, intentando justificar gastos.

Mi padre lo sabía. Había descubierto no solo la infidelidad, sino el intento de desviar dinero de la empresa familiar a la amante de su yerno. Lo había dejado todo documentado, esperando que yo decidiera qué hacer.

Javier apareció en la puerta, sin corbata, con la camisa desabrochada en el cuello.

—¿Qué haces levantada? —preguntó, como si la situación fuera la de cualquier día triste, no la del funeral de mi padre.

Le señalé los papeles con la barbilla.

—Leyendo tu concepto de “desliz”.

Se quedó quieto. Sus ojos recorrieron, demasiado rápido, los sellos del banco, los nombres, las cifras.

—No entiendes cómo funcionan estas cosas —dijo al fin—. Tu padre era un carca. Esto es parte del juego empresarial.

—¿El juego incluye pagarle “asesorías” a tu amante con dinero de mi padre? —pregunté, sin subir la voz.

No contestó. Se sirvió un whisky, lo bebió de un trago y dejó el vaso sobre la encimera.

—¿Qué quieres hacer, Natalia? —preguntó, cansado—. ¿Denunciarme? ¿Echarme de casa? ¿Montar un escándalo en la empresa? Piensa en cómo te va a mirar todo el mundo. En lo cómodo que es que sigamos juntos, tú con tus acciones y yo ayudándote a manejarlo todo.

Me sorprendió la claridad con la que me escuché responder:

—No quiero nada contigo.

Las palabras cayeron al suelo, limpias, sin drama. Vi en su cara el momento exacto en que entendió que aquello no era una amenaza, sino una decisión.

Los días siguientes fueron una sucesión de firmas, reuniones con el notario, llamadas con el abogado de la familia. No hubo gritos ni escenas; solo frases secas, horarios, documentos. Pedí la separación. Javier intentó negociar, insinuó demandas, pero la carta de mi padre, el testamento y los papeles del sobre eran un muro difícil de escalar.

Lucía reapareció una sola vez. Me llamó desde un número desconocido y me propuso vernos “para aclararlo todo”. Nos encontramos en una cafetería cerca de la Gran Vía. Llevaba una americana sencilla, vaqueros, la cara casi sin maquillar. Sin mi vestido.

—No sabía que tu padre lo sabía —empezó, sin rodeos—. Lo de la empresa.

—Y si lo hubieras sabido, ¿qué? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—Habría sido más discreta —respondió, sin vergüenza ni orgullo—. Javier decía que tú no querías meterte en los negocios. Que todo te venía grande.

No sentí odio al mirarla. Solo una distancia enorme, como si estuviéramos en lados opuestos de un cristal.

—Mi padre también decía muchas cosas —comenté—. Pero la única que me importa ahora es la que dejó en esa carta.

Lucía jugó con la cucharilla del café.

—Era buen hombre, se notaba —dijo—. Aunque supongo que ahora me odias.

Lo pensé un segundo.

—Eres irrelevante —respondí—. El problema era él. Tú solo fuiste la persona que se puso mi vestido en el peor momento posible.

Sonrió, triste.

—Supongo que eso también tiene mérito.

Cuando salí de la cafetería, el cielo de Madrid estaba gris, pero no amenazaba lluvia. Pensé en mi padre, en su empeño en dejarlo todo “atado”, en cómo incluso en su última semana había encontrado fuerzas para protegerme de algo que yo aún no sabía cómo gestionar.

Meses después, cuando por fin se cerró el proceso de separación y Javier desapareció de la empresa y de la casa, volví sola al cementerio. Dejé una rosa blanca sobre la lápida y me senté en el banco de piedra frente a su nombre.

—Al final cumpliste tu palabra —le dije en voz baja—. Me dejaste herramientas.

No sentí alivio ni rabia, solo una calma extraña, como si por fin el ruido de fondo se hubiera apagado. Mi vida no era perfecta, ni mucho menos, pero al menos ya no estaba sostenida sobre mentiras ajenas.

Miré el móvil. Tenía un mensaje de una amiga: “He leído lo que pasó, tía. Menudo culebrón. Yo habría acabado en comisaría”.

Sonreí. Quizá algún día contaría toda la historia, con todos sus matices, a alguien que no hubiera conocido a mi padre ni a Javier. Quizá la gente se pondría de mi lado, o del suyo, o incluso entendería a Lucía. Al final, cada uno interpreta la realidad desde su propio espejo.

Y ahora te lo pregunto a ti, que estás leyendo esto en español, quizá desde un piso en Madrid, desde un pueblo de Andalucía o desde cualquier rincón donde estas cosas también pasan:
¿Tú qué habrías hecho en mi lugar? ¿Te habrías quedado y perdonado, o habrías roto con todo como hice yo?

Si te apetece, cuéntamelo: ¿a quién entiendes más, a Natalia, a Javier o a Lucía? Tu manera de verlo dice mucho de la historia… y un poco también de ti.