—Esta es Emma —anunció mi suegra, con una sonrisa que le estiraba demasiado la cara—. Será perfecta para Jaime después del divorcio.
La mesa de Nochebuena se quedó en silencio. Mi cuñado dejó de cortar el cordero, mi suegro tosió incómodo y Emma, la rubia de ojos azules sentada frente a mí, clavó la mirada en el mantel.
Yo unté mantequilla en el pan con toda la calma del mundo. Sentía el pulso acelerado, pero mis manos no temblaron.
—Qué bien, Emma —dije, mirándola por primera vez—. ¿Te han contado también que la casa está a mi nombre? ¿Y lo de la separación de bienes que firmó Jaime?
Jaime se atragantó con el vino. Tosió, se puso rojo, se limpió la boca con la servilleta sin atreverse a mirarme.
—Marta, no empieces… —murmuró.
—¿Empezar qué? —pregunté, apoyando el codo en la mesa—. Sólo estoy dando información útil. Si va a mudarse a mi casa con mi marido después de mi divorcio, lo mínimo es que sepa que va a ser como una invitada de Airbnb, pero sin wifi.
Mi suegra, Pilar, apretó los labios.
—Siempre tan dramática —dijo—. Si no hubieras descuidado el matrimonio, no estaríamos en esto. Jaime necesita a alguien que le apoye, no a alguien que le haga firmar papeles.
Noté un ligero temblor en la barbilla de Emma, pero seguía callada. Llevaba un vestido rojo ajustado, demasiado festivo para alguien “presentado en sociedad” como futura amante.
—Los papeles los firmó encantado —respondí—. ¿Verdad, Jaime? ¿O no entendiste lo que decía el notario?
Jaime dejó por fin la copa sobre la mesa.
—Marta, podemos hablar de esto en otro momento —susurró, evitando mi mirada—. No delante de mis padres.
—¿En otro momento? —solté una breve risa—. Llevas meses hablando de “esto” con tu madre. Creo que ya llega un poco tarde lo de la discreción.
Mi suegro carraspeó.
—Pilar, quizá no era el momento para…
—Claro que lo era —le cortó ella—. Es familia. Más vale decir las cosas claras.
Se inclinó hacia mí.
—Marta, cariño, tú y Jaime ya no funcionáis. Él necesita rehacer su vida. Emma es una buena chica. Y tú… bueno, eres fuerte, te repondrás. Podéis vender la casa, repartís, y todos pasamos página.
—No hay nada que repartir —dije, sin subir el tono—. Todo lo que hay aquí —señalé el salón, el pasillo, el balcón— está a mi nombre. Hasta el sofá donde estás sentada tú, Pilar.
El silencio esta vez fue más pesado. Emma tragó saliva.
—Jaime no me había dicho eso —susurró ella.
Pilar la miró con sorpresa, luego a su hijo.
—¿Cómo que no se lo has dicho? —le espetó—. ¿Tampoco le has contado que lo del divorcio ya está decidido, Jaime?
Las miradas de todos convergieron en él. Yo dejé el cuchillo del pan sobre el plato, esperando. Jaime se pasó la mano por el pelo, despeinándose.
—Marta… —por fin me miró—. Quiero el divorcio. Y he pedido cita con un abogado para la semana que viene.
El murmullo estalló alrededor de la mesa, mientras yo, con la cara inexpresiva, sólo pensaba en algo: Perfecto. Por fin se ha atrevido a decirlo en alto. Ahora empieza la parte interesante.
La semana siguiente a aquella Nochebuena fue una coreografía de silencios, maletas y mensajes reenviados en el grupo de WhatsApp “Familia Salas”. Yo seguí yendo a mi trabajo en la gestoría del barrio, llegaba a casa, cocinaba algo sencillo y dormía del tirón. Jaime, en cambio, daba vueltas como un león enjaulado.
La mañana que fuimos al abogado, se puso una camisa demasiado planchada, como si la pulcritud pudiera darle autoridad.
—Podemos ir juntos —propuso, inseguro—. Así… no sé, es menos raro.
—Es un trámite —respondí, cogiendo las llaves—. Y los trámites se hacen mejor sin teatro.
El despacho estaba en Chamberí, paredes blancas, diplomas enmarcados, un olor suave a café caro. Nuestro abogado, Carlos, abrió la carpeta azul con nuestros apellidos. Llevaba semanas revisando todo: escrituras, nóminas, el contrato de separación de bienes que firmamos antes de la boda.
—Bien —dijo, entrelazando los dedos—. Jaime, ya he revisado lo que me enviaste. También he hablado con Marta, como acordamos. Quiero empezar por algo básico: la vivienda.
Jaime se adelantó.
—La casa es de los dos —afirmó—. Llevamos diez años casados, la hemos pagado juntos.
Carlos levantó una ceja.
—La vivienda se compró un año antes de la boda —replicó—. Está a nombre de Marta. El régimen económico que firmasteis en capitulaciones fue de separación de bienes. Eso significa que cada uno conserva lo que está a su nombre.
Jaime parpadeó.
—Pero… yo he estado pagando la mitad de la hipoteca.
—Lo he visto —asintió Carlos—. Es una aportación económica, sí, pero no cambia la titularidad. Otra cosa es que negociemos una compensación. Pero por ley, la propiedad es de Marta.
Jaime me miró como si yo lo hubiera traicionado.
—¿Sabías que iba a ser así?
—Sabía leer —respondí—. Y estaba allí cuando firmaste.
El móvil de Jaime vibró sobre la mesa. Apareció el nombre de “Mamá”. Lo puso en silencio, pero el gesto no pasó inadvertido.
—Tu madre llamó ayer —añadí—. Preguntó si podíamos “ser razonables” y vender la casa para que tú y Emma pudierais empezar de cero.
Carlos resopló, casi divertido.
—Eso no va a pasar, a no ser que Marta quiera —dijo—. Y por lo que estoy viendo, no quiere.
—No quiero —confirmé.
Jaime se echó hacia atrás en la silla.
—Entonces, ¿qué me queda? ¿Salir de aquí con una maleta?
—Te queda negociar una salida digna —dijo Carlos, ya en modo práctico—. Pensión compensatoria, si procede, régimen de visitas si hubiera hijos… pero no hay. Eso simplifica.
La palabra “simplifica” pareció una bofetada para Jaime.
Esa noche se fue a dormir al sofá sin decir nada. A las dos de la mañana, salí de la habitación sólo para beber agua. Lo encontré mirando pisos en Idealista en el portátil, rodeado de oscuridad.
—¿Emma sabe que no vas a tener casa? —pregunté, apoyada en el marco de la puerta.
Él cerró el ordenador de golpe.
—No lo estás haciendo más fácil.
—No lo estoy haciendo más teatral —corregí—. Fácil no iba a ser nunca.
Dos días después, Pilar me llamó directamente.
—Marta, hija, piensa un poco —empezó, sin saludo—. Jaime siempre ha mirado por ti. Lo normal es que ahora tú cedas un poco.
—Lo normal —dije, paseando por el pasillo— era que no presentara a la amante de mi marido el día de Nochebuena. Pero aquí estamos.
—Emma no es su amante, es su pareja —rectificó, ofendida—. Y empezarán su vida juntos, contigo colaborando o no.
Sonreí para mí misma.
—Entonces será “no”.
Colgué antes de que pudiera responder. Esa misma tarde, le pedí a Carlos que fijara fecha para una mediación formal. Quería que todo quedara por escrito, delante de alguien que no llamara “normal” a que te sustituyeran en tu propio asiento de la mesa familiar.
El día de la mediación, cuando entré en la sala, casi me detuve en seco: Pilar y Emma estaban allí, sentadas al lado de Jaime, como si aquello fuera una entrevista de trabajo donde yo era la candidata descartada.
Y, aun así, me limité a sentarme frente a ellos, abrir mi carpeta de documentos y sonreír. La parte interesante, pensé, estaba a punto de ponerse todavía mejor.
La mediadora, una mujer de unos cincuenta años llamada Nuria, miró a los cuatro con una paciencia que sólo da haber visto demasiados divorcios.
—Bien —empezó—. Este espacio es para llegar a acuerdos. No para reproches. Me gustaría que empezáramos por lo material, que suele ser lo más sencillo.
Pilar soltó una risa seca.
—Si lo material fuera sencillo, no estaríamos aquí.
Nuria la miró.
—¿Usted es la madre de Jaime?
—Sí. Y estoy aquí para defender los intereses de mi hijo.
—Legalmente —dijo Nuria, sin perder la calma—, la que tiene intereses directos en este proceso es Marta, que es la otra parte del matrimonio. Emma y usted son familia política, pero no partes. Les pediré que intervengan sólo cuando sea estrictamente necesario.
La cara de Pilar fue un poema. Yo tuve que apartar la mirada para no sonreír demasiado.
Los primeros treinta minutos fueron fríos pero claros: confirmación de la propiedad de la vivienda, cuentas bancarias separadas, coche a nombre de Jaime. Yo no pedí nada de eso.
—Quiero que se quede él con el coche —dije—. Lo necesita para ir a trabajar.
Jaime me fulminó con la mirada, desconcertado. No encajaba con la imagen de bruja vengativa que probablemente se había construido.
—En cuanto a la vivienda —continuó Nuria—, la propuesta inicial de Marta es mantener la propiedad íntegra y permitir que Jaime resida en el piso un máximo de dos meses mientras encuentra alojamiento, pagando los gastos de luz y gas.
Pilar explotó.
—¡Dos meses! ¡Es ridículo! Después de diez años de matrimonio, mi hijo se merece la mitad de esa casa.
Nuria respiró hondo.
—Señora, la mitad de algo que nunca fue suyo es… jurídicamente complicado.
Emma, que hasta entonces sólo había jugueteado con un anillo, habló por primera vez.
—Jaime me dijo que la casa era de los dos.
Yo la miré. No había odio en mi mirada; sólo curiosidad.
—Jaime dice muchas cosas que luego se matizan cuando aparecen papeles —respondí.
Él apretó los puños.
—¿Estás disfrutando con esto, Marta?
—Estoy cerrando una etapa —contesté—. Si tú lo percibes como espectáculo, no es culpa mía.
Al final, el acuerdo fue claro: yo me quedaba con la casa; él, con el coche y sus ahorros. No habría pensión compensatoria por parte de ninguno. Dos meses de margen para que se fuera. Todo firmado, sellado y escaneado.
Lo curioso fue lo que pasó después. La noche en que se llevó la última caja, Emma no apareció para ayudarle. Desde el pasillo, lo escuché hablar por teléfono, la voz rota:
—No es tan fácil como pensábamos, Emma. No, no puedo exigírselo por ley. No, no me ha “robado” nada.
Guardé silencio. No era mi conversación. Minutos después, la puerta se cerró. Ese fue el último sonido de Jaime en mi casa.
Los meses pasaron. Supe por un amigo en común que él y Emma habían terminado discutiendo por dinero, por el piso pequeño que compartían en Carabanchel, por las expectativas que se habían construido sobre una vida que nunca llegó. Pilar dejó de escribirme. Sólo recibí un mensaje seco el día que salió la sentencia definitiva del divorcio:
Al final te has salido con la tuya.
Lo leí mientras tomaba café en la terraza del salón, el mismo salón donde años antes habíamos elegido árboles de Navidad, discutido por series y hablado de hijos que nunca llegaron. Miré alrededor. Todo seguía ahí, pero algo era diferente: ya no tenía que compartirlo con alguien que planeaba mi reemplazo con su madre.
No sentí euforia ni victoria. Sólo una tranquilidad extraña, limpia. Me levanté, abrí el portátil y empecé a buscar cursos. Derecho de familia, mediación, finanzas personales. Llevaba años ayudando a otros con sus papeles; ahora quería ir un poco más allá.
Un año después, en otra Nochebuena, la mesa era más pequeña, sólo con mis padres y mi hermana. Hubo risas, bromas sobre la “época Jaime” y turrón de más. Cuando mi hermana brindó “por las segundas oportunidades”, yo choqué mi copa con la suya sin pensar en nadie en concreto.
La vida seguía. Con o sin suegras estratégicas.
Y tú, si hubieras estado en mi lugar en aquella cena de Nochebuena, ¿qué habrías hecho? ¿Te habrías levantado de la mesa, habrías gritado… o también habrías untado el pan con calma? Me encantaría leer cómo lo habrías manejado tú.



