—¿Señora Martín? —la voz al otro lado del teléfono sonaba tensa—. Soy Emilio, de la casa de empeños “Relojes Sol”. Tiene que venir. Es… urgente.
Cerré los ojos un instante. “Relojes Sol”. El lugar donde, hacía apenas tres días, mi madre y Sergio habían vendido el Rolex de mi padre para “invertir” en la start-up de Iván, mi nuevo hermanastro. El único objeto que mi padre me había dejado cuando murió, un año antes.
—¿Ha pasado algo con el reloj? —pregunté, notando cómo se me tensaba la mandíbula.
—No por teléfono —respondió Emilio—. Pero es importante que venga hoy mismo, por favor.
Colgué sin despedirme. Estaba en el despacho, en la asesoría contable donde trabajaba en Chamberí, rodeada de carpetas y pantallas llenas de números ajenos. El mío, el único número que no dejaba de repetirse en mi cabeza, era el del precio al que habían vendido el Rolex: 8.000 euros. “Es por tu hermano, Lucía”, me había dicho mi madre, con ese tono dulce que usaba cuando ya había decidido por todos. “Tu padre siempre quiso apoyar los proyectos de los jóvenes.”
Mi padre nunca habría vendido ese reloj. Nunca.
Media hora después empujaba la puerta de cristal de “Relojes Sol”, una tienda estrecha cerca de Callao, con vitrinas llenas de oro empeñado y relojes que parecían mirar a quien entraba. Detrás del mostrador, Emilio, un hombre de unos sesenta años con gafas gruesas, me hizo un gesto para que pasara al pequeño despacho del fondo.
Sobre una gamuza azul, iluminado por una lámpara fría, estaba el Rolex de mi padre. El mismo bisel verde, la misma correa de acero marcada por años de uso. Pero la tapa trasera estaba abierta, mostrando las entrañas metálicas del mecanismo.
—Cuando su madre y su… esposo vinieron —dijo Emilio, eligiendo la palabra con cuidado—, simplemente comprobé el número de serie y poco más. Hoy mi relojero lo ha abierto para limpiarlo y ponerlo a punto antes de ponerlo en el escaparate. Y ha encontrado algo que no debería estar ahí.
Me miró con una seriedad que me incomodó. Se sentó frente a mí, agarró la gamuza y señaló el interior del reloj. Entre dos piezas del movimiento, casi pegado al metal, había un pequeño cilindro de plástico transparente, del tamaño de una uña.
—No lo he tocado —continuó—. Prefiero que lo vea usted primero. Su padre venía mucho por aquí. No me parecía justo quedarme callado.
Me temblaban los dedos cuando, con unas pinzas, saqué el cilindro. Emilio me ofreció una pequeña navaja para abrirlo. Dentro había algo diminuto, doblado. Una tira de papel milimétricamente plegada… y una tarjeta microSD negra.
Desplegué el papel con cuidado. Reconocí al instante la letra inclinada de mi padre. En la parte superior, mi nombre:
“LUCÍA.”
Debajo, una sola frase, escrita con trazo firme:
“Si estás leyendo esto, es porque tu madre ha vuelto a elegir.”
Sentí cómo el suelo desaparecía
Me quedé un momento sin aire, como si alguien me hubiera golpeado en el estómago. Emilio no dijo nada; simplemente se levantó, cerró la puerta del despacho y me dejó sola con el reloj, el papel y la microSD.
Leí la frase otra vez. “Porque tu madre ha vuelto a elegir.” La última vez que había oído a mi padre decir algo parecido fue la noche antes de que ingresara en el hospital por última vez. Estaba sentado en el sofá, amarillo por la quimioterapia, mirando un partido del Atlético sin verlo realmente.
“Tu madre siempre elige”, había murmurado entonces, sin mirarme. “Solo tienes que decidir cuánto estás dispuesta a perder cada vez que lo hace.”
En el papel, debajo de la primera frase, había más texto, escrito muy pequeño.
“En la tarjeta hay un vídeo y varios documentos. Si alguna vez intentan quitarte el reloj, llévalo a Emilio; él sabrá qué hacer. Después, abre los archivos. No confíes en Elena ni en Sergio. Ve directamente a un abogado.”
Tragué saliva. Resistir al impulso de llamar a mi madre en ese mismo momento me costó más de lo que quería admitir. Guardé el papel en el bolsillo interior de mi abrigo y levanté la mirada hacia Emilio, que esperaba fuera, apoyado en el mostrador.
—Necesito un adaptador para la tarjeta —dije, enseñándole la microSD—. ¿Tiene alguno?
Asintió y rebuscó en un cajón hasta sacar un pequeño lector USB. Me lo ofreció sin cobrarme.
—Su padre lo dejó todo muy pensado, ¿sabe? —comentó, sin curiosidad, como si hablara del tiempo—. No era de los que improvisan.
Subí corriendo las escaleras del metro en Bilbao y me encerré en una cafetería casi vacía. Pedí un café solo y abrí el portátil. Cuando conecté el lector, el sistema detectó la tarjeta al instante: “T_MARTIN”. Dentro, una carpeta con fecha de un año antes de su muerte. “PARA LUCÍA”.
El primer archivo era un vídeo. Le di al play.
La imagen se movió unos segundos hasta estabilizarse. Reconocí el despacho de mi padre en el piso de Argüelles, la estantería llena de libros de derecho y la ventana que daba al patio interior. Él estaba sentado frente a la cámara, con la camisa ligeramente abrochada, más delgado de lo que yo lo recordaba entonces.
—Si estás viendo esto, Lucía, es que ha pasado lo que yo temía —dijo, mirando directo al objetivo—. O bien he muerto antes de tiempo, o bien alguien ha decidido adelantarse a la enfermedad. En cualquiera de los dos casos, quiero que tengas algo que nadie pueda quitarte.
Hizo una pausa, respirando con dificultad.
—Tu madre… Elena… —titubeó—, no es mala persona. Pero tiene miedo. Y el miedo la hace tomar decisiones que siempre terminan beneficiando a otros. Esta vez, a Sergio.
El nombre se me clavó como una astilla.
—Sergio tiene deudas, Lucía. Muchas. Y ha intentado usarme a mí, y ahora a tu hermanastro, para tapar agujeros. Ha falsificado firmas, ha usado mi nombre en préstamos… Tengo pruebas de todo eso en los documentos que acompañan este vídeo. Si estás viendo esto es porque, de algún modo, han intentado convertir también tu herencia en uno de sus “proyectos”.
Se inclinó hacia la cámara.
—No pude cambiar el testamento oficial sin levantar sospechas, pero este vídeo y los documentos adjuntos constituyen un testamento ológrafo. Lo firmé a mano y lo fechamos ante un médico de confianza, cuya declaración también encontrarás en la carpeta. Mi voluntad es clara: todo lo que tengo es para ti. No para Elena, no para Sergio, no para Iván. Solo para ti.
El vídeo terminó con él levantando la mano, como si quisiera tocarme a través de la pantalla. Durante unos segundos, solo se oyó el sonido del café detrás de la barra y la cucharilla chocando contra la taza.
Abrí el resto de los archivos: extractos bancarios, correos impresos y escaneados, un informe de un perito caligráfico, incluso un borrador de demanda contra Sergio. En el último documento, mi padre detallaba sus bienes: el piso de Argüelles, una cuenta de ahorro que yo desconocía y participaciones en una pequeña empresa de logística. Todo a mi nombre.
Miré la hora en mi móvil. Las 19:12. Llamé a mi madre. Respondió al tercer tono.
—¿Sí, hija? Estoy en casa, ¿pasa algo?
—Pasa mucho —dije, notando cómo la voz se me volvía extrañamente calmada—. Tenemos que hablar de papá. Y de Sergio. Y del Rolex.
Al otro lado de la línea, se hizo un silencio que valió más que cualquier respuesta.
Fui directamente al piso de mi madre en la zona de Arturo Soria. Cuando abrí la puerta con mi juego de llaves, el olor a salsa de tomate y a perfume caro se mezclaba en el pasillo. En el salón, Iván estaba frente al portátil, con auriculares, y Sergio servía vino en dos copas. Mi madre se levantó del sofá en cuanto me vio.
—Lucía, ¿qué haces aquí con esa cara? —preguntó, intentando sonreír.
Dejé el bolso sobre la mesa de cristal y saqué el papel doblado y la microSD, colocándolos junto a las copas de vino.
—Vengo de la casa de empeños —dije—. Del Rolex de papá.
Sergio se puso rígido. Iván se quitó los auriculares, curioso.
—Lucía, no empecemos —susurró mi madre—. Ya hablamos de eso. Era lo más sensato…
—Lo más sensato para quién —la interrumpí—. Papá dejó algo dentro del reloj. Para mí.
El color se le fue de la cara. Sergio dio un paso hacia la mesa, pero coloqué la mano sobre la microSD.
—Ni se te ocurra —le dije sin alzar la voz.
No hizo falta enseñarles el vídeo; bastó con mencionar algunas frases concretas de mi padre, el nombre del médico que salía en los documentos y la palabra “falsificación” para que el aire en la habitación cambiara. Mi madre se dejó caer en el sofá, como si le hubieran quitado la columna vertebral.
—Lucía, no entiendes… —murmuró, con la vista clavada en la alfombra—. Sergio solo…
—Sergio solo se ha dedicado a usar el nombre de papá para tapar sus deudas —completé—. Y tú has mirado hacia otro lado.
Sergio intentó recomponer su gesto.
—Mira, todos estamos tensos —dijo—. Tu padre hizo muchas cosas raras al final, estaba enfermo, no estaba en su mejor momento mental. Un vídeo casero no va a cambiar un testamento firmado ante notario.
Eso ya lo sabía. Lo había comprobado en Google de camino a casa: un testamento ológrafo podía tener validez, pero requería un procedimiento judicial largo, caro y público. Aun así, la existencia de los documentos y de las pruebas contra Sergio eran otra historia.
—No me subestimes —respondí—. Papá recopiló suficiente material para hundirte. Firmas falsificadas, correos, contratos. Y si voy a un abogado, no solo hablamos de herencias. Hablamos de años de fraude.
Mi madre alzó la vista, por fin. Tenía los ojos húmedos.
—¿Qué quieres, Lucía? —preguntó, con una sinceridad seca que no le conocía.
Por un segundo, vi todas las opciones alineadas: acudir a un abogado especialista en herencias, iniciar un procedimiento que podía durar años, ver mi nombre mezclado con el de Sergio en titulares de prensa, arrastrar a mi madre por tribunales, exponer la enfermedad de mi padre y sus últimos meses. O guardar la tarjeta, callarme, seguir compartiendo cenas incómodas en Navidad como si nada hubiera pasado.
O una tercera opción.
—Quiero lo que papá decidió que era mío —dije al fin—. Y quiero que esto no llegue a los juzgados.
Sergio me miró como si de repente me viera por primera vez. Empezó a hacer números, y pude casi oír la calculadora funcionando en su cabeza.
—Si te transfiero una cantidad importante… —empezó.
—No “importante” —lo corté—. Exacta. La suma que aparece en las cuentas de papá. Más una compensación por haber vendido el Rolex sin mi consentimiento. Todo firmado, todo limpio. Yo renuncio por escrito a impugnar el testamento. Y la tarjeta se queda en un lugar donde nadie más la verá.
El silencio que siguió fue largo. Iván cerró el portátil sin decir nada. Mi madre se tapó la boca con la mano. Sergio miró la microSD como si fuera una granada. Al final, asintió despacio.
—Necesitaré un par de días —dijo—. Pero se puede hacer.
—Te doy uno —respondí—. Y ten claro que si intentas mover un solo euro raro más, lo primero que verá un juez será el vídeo de mi padre.
Esa noche regresé a mi piso pequeño de Malasaña con una mezcla extraña de victoria y derrota en el estómago. Había elegido un camino que mi padre probablemente no habría aprobado del todo, pero también sabía algo de él: odiaba los juicios largos y los escándalos.
Una semana después, el dinero estaba en mi cuenta. Me di de baja en la asesoría, pagué el alquiler de un estudio para mí sola y empecé a pensar en montar mi propia pequeña consultoría fiscal, sin socios, sin nombres prestados, sin Sergios. El Rolex ya no existía, pero, de algún modo, seguía marcando mi tiempo.
Guardé la microSD y el papel en una caja fuerte de alquiler en un banco del centro. No los destruí. No los mostré. No los olvidé. Simplemente los dejé allí, como un recordatorio mudo de hasta dónde puede llegar la gente cuando “elige”.
Y a veces, mientras vuelvo a casa en el metro y veo a desconocidos mirar sus relojes, me pregunto qué habrían hecho ellos en mi lugar:
¿Habrían llevado el caso a los tribunales, caiga quien caiga? ¿Habrían aceptado el dinero y el silencio, como hice yo?
Si fueras tú, viviendo en España, con tu familia, tus vecinos, tu trabajo… ¿qué habrías elegido? Me encantaría leer tu respuesta y tu punto de vista.



