Creí que nada podía sorprenderme ya, pero el día que, viviendo en el extranjero, me avisaron de que había heredado el condominio de mi abuela y descubrí que mi hermano ya lo había vendido sin decirme una palabra, algo se rompió dentro de mí. Mi abogado revisó cada página en silencio, alzó la vista y murmuró, casi divertido: «Pobrecito…». Al día siguiente mi hermano me llamó presumiendo de su golpe maestro, pero mientras hablaba, la verdad se estrelló contra él como un tren.

Cuando me llamaron de Madrid, yo estaba saliendo del metro en Berlín, con el móvil a punto de quedarse sin batería. Era mi madre, con esa voz plana que solo usaba cuando intentaba no llorar. “Laura, la abuela Carmen ha muerto esta madrugada.” Me quedé quieta en medio de la acera, mientras la gente me rodeaba, empujando. La imagen que me vino a la cabeza no fue el tanatorio, ni el hospital, sino el piso pequeño de Lavapiés donde ella me daba bocadillos de tortilla mientras veía telenovelas. Ese piso que, desde niña, yo sentía casi más mío que de mis padres. Ese piso en el que mi hermano Sergio casi nunca aparecía, salvo para pedir dinero prestado.

Un mes después estaba sentada en una notaría de la calle Alcalá, con el olor a papel viejo y café recalentado pegado a la garganta. El notario leyó el testamento con su tono monótono: la mayoría de cosas se repartían entre mis padres y Sergio, pero el piso de Lavapiés… “Se lega en pleno dominio a mi nieta Laura Martín Gómez”, leyó, sin levantar la vista. Sentí algo entre alivio y responsabilidad. Firmamos la aceptación de herencia, pasaron carpetas de un lado a otro de la mesa, sellos, timbres, protocolos. Cuando salí a la calle con la carpeta azul bajo el brazo, el piso ya era legalmente mío, aunque todavía me costaba creer que la abuela no me abriría la puerta.

Fui directa a Lavapiés, arrastrando la maleta por las baldosas levantadas. Subí las escaleras sin ascensor, como había hecho mil veces de niña, con el corazón golpeando más por los recuerdos que por el esfuerzo. Toqué el timbre del tercero izquierda. Silencio. Volví a tocar. A los pocos segundos, una mujer que no conocía abrió la puerta entreabierta, con manchas de pintura en la camiseta. Detrás de ella, vi plásticos en el suelo, sacos de escombro y una cocina medio arrancada. “¿Sí?”, preguntó, desconfiada. “Este piso es de mi abuela”, balbuceé. La mujer frunció el ceño. “Este piso lo compró mi marido hace dos semanas. A un tal Sergio Martín. Tu hermano, supongo.” Sentí cómo se me helaba la cara.

Esa misma tarde estaba en el despacho del abogado que me recomendó mi madre, en un edificio serio de la Castellana. Javier Álvarez, traje gris y gafas finas, extendió las manos para tomar la carpeta azul y la copia de la escritura de compraventa que la mujer del piso me había enseñado, llena de firmas apresuradas. No habló durante un buen rato. Primero revisó el testamento, luego la aceptación de herencia, luego el contrato de venta donde Sergio aparecía como “copropietario” del inmueble. Pasaba las páginas con una calma que a mí me sacaba de quicio. Al final se recostó en la silla, juntó las puntas de los dedos y sonrió, no de forma amable, sino cansada, irónica.

—Vaya, vaya, Sergio… —murmuró, casi para sí—. Silly boy…

Y entonces sus ojos brillaron con una chispa que no supe si era de profesional satisfecho o de cazador que acaba de ver a la presa cometer un error fatal.

—Explíqueme —dije, notando que se me tensaban los hombros—. Porque ahora mismo solo quiero subir y arrancarle la cara.

Javier negó con la cabeza, despacio.
—No haga nada de eso. Su hermano ya se ha hecho suficiente daño solo. Mire.

Giró la escritura de compraventa hacia mí y señaló con el bolígrafo.
—Aquí Sergio declara que es copropietario del piso, al cincuenta por ciento, por herencia de su abuela. Eso ya es mentira, porque el testamento es clarísimo: su abuela se lo dejó a usted en pleno dominio. No hay reparto. Y, sobre todo… —abrió otra carpeta—, usted ya ha firmado la aceptación de la herencia. Eso significa que, desde el día del fallecimiento de su abuela, el piso es suyo. Retroactivamente. Sergio, jurídicamente, nunca ha tenido nada que vender.

Sentí una oleada de alivio mezclado con rabia.
—Pero la compradora está allí dentro, tirando tabiques. ¿Y si lo han inscrito en el Registro?

Javier sonrió apenas.
—He pedido ya una nota simple telemática. De momento, la venta no ha llegado al Registro de la Propiedad. Van lentos, menos mal. Y aunque llegara, se podría impugnar, porque la base es fraudulenta. Aquí hay, como mínimo, un delito de estafa y posiblemente de falsedad documental, si manipuló algo más.

Pasó otra página.
—Y fíjese: ningún poder notarial, ninguna autorización suya. Solo la manifestación de él, diciendo que es dueño. El notario confía en lo que declara el otorgante, pero eso no lo libra de responsabilidad.

—Entonces… ¿qué hacemos?

Javier se inclinó hacia mí.
—Primero, proteger su posición. Mañana a primera hora presentamos una solicitud de anotación preventiva en el Registro para advertir del conflicto. Así nadie podrá inscribir nada sobre el piso sin que salte la alarma. Segundo, hablaremos con la compradora y, si hace falta, con su abogado. Ellos son víctimas también, aunque no los absuelve de todo. Y tercero… —hizo una pausa—, dejaremos que su hermano nos regale pruebas.

Le miré, confundida.
—¿Pruebas?

—Por lo que me ha contado su madre, Sergio está presumiendo por todo el barrio de la “operación del siglo”. Apostaría mi coche a que va a llamarla en cuanto sepa que está en Madrid. En España usted puede grabar legalmente una conversación propia, aunque la otra persona no lo sepa. Si en esa llamada se jacta de haberse quedado con el dinero, de haber engañado a la abuela o a usted, tendremos un regalo para el juez.

Noté cómo se me helaban menos las manos y se me encendía algo distinto: una especie de calma fría.
—¿Y si no llama?

—Llamará —respondió, con una seguridad casi ofensiva—. La gente como Sergio no soporta ganar sin contárselo a alguien. Es mitad dinero, mitad ego.

Tenía razón. A la mañana siguiente, antes incluso de que me diera tiempo a bajar a desayunar, el móvil vibró con el nombre de mi hermano en la pantalla. Durante un segundo dudé. Después respiré hondo, activé la grabadora que Javier me había instalado la noche anterior y descolgué.

—¿Sí?

La voz de Sergio entró cargada de euforia.
—¡Hermanita! Me han dicho que has venido corriendo en cuanto has olido la herencia. Llegas tarde, como siempre.

Me apoyé en el marco de la ventana del apartamento de mis padres y miré la ciudad aún medio dormida.
—¿Ah, sí? —dije, lo más neutra posible.

—Hombre, claro —soltó una carcajada—. ¿Te acuerdas del piso de la abuela? Pues ya no existe para ti. Lo he vendido de lujo, tía. Menuda clavada les he metido a unos pardillos. Ciento noventa mil euros del tirón. Y todo legalito, que fui hasta notaría y todo.

Sus palabras iban cayendo una a una en la grabadora del móvil. Noté un nudo en la garganta, pero no era pena. Era algo más denso.

—Vaya —murmuré—. Menuda jugada.

—Claro. Tú por ahí, en Alemania, con tus cosas, y yo aquí resolviendo. Eso sí, la abuela siempre decía que tú eras la lista. Pues mira, al final el listo soy yo.

Hubo un silencio, un segundo en el que pude escuchar mi propia respiración. Por un momento pensé en colgar, en gritarle, en insultarle. En cambio, hice exactamente lo que Javier me había pedido: dejarle hablar.

No tenía ni idea de que, con cada palabra, se estaba hundiendo un poco más.

—Sigue —me había dicho Javier la noche anterior—. Hazle hablar de cómo se le ocurrió, de cuándo lo hizo, de qué ha hecho con el dinero. Que se luzca.

Así que, con la vista clavada en las antenas de los tejados, apreté el móvil contra la oreja.
—¿Y cómo lo hiciste, Sergio? —pregunté, procurando sonar curiosa, casi admirada—. Pensé que el piso iba para los dos.

Soltó un bufido.
—Qué ingenua. Mira, fui a la notaría con unos papeles que me hizo un colega gestor, declarando que yo era heredero. El notario ni miró mucho, la verdad. Firmé, me ingresaron la pasta y listo. Tú allí en Berlín no te ibas a enterar hasta dentro de meses. Para entonces, ya… —se rió—, ya habría movido el dinero.

—¿Y ya lo has movido?

—Parte, sí. Tenía unas deudas, pero nada grave. Además, me he pillado una moto y he reservado un viaje. Que a uno también le toca vivir, ¿no?

Su risa resonó en mi oído, hueca. Cuando sentí que ya tenía suficiente, dejé caer la frase que llevaba masticando desde la noche anterior.
—Sergio. Ese piso nunca fue tuyo.

Silencio.
—¿Qué dices?

—El testamento de la abuela me lo deja solo a mí. Y la aceptación de herencia está firmada desde hace semanas. Para cuando firmaste esa venta, legalmente estabas vendiendo algo que no te pertenecía. Ni un metro cuadrado.

Tardó unos segundos en reaccionar.
—Bah, tonterías. El notario lo dio por bueno, así que…

—Estoy con mi abogado —lo interrumpí—. Lleva escuchando toda la conversación.

Miré a Javier, sentado frente a mí, el móvil en la mesa con el altavoz activado. Él alzó una ceja y se inclinó hacia el micrófono.
—Buenos días, Sergio. Soy Javier Álvarez, abogado de su hermana. Le confirmo que lo que ha hecho se llama estafa inmobiliaria. Y que, con la grabación que acabamos de obtener, un juez no tendrá demasiadas dudas.

Escuché cómo mi hermano tragaba saliva al otro lado.
—Oiga, yo… esto es un asunto de familia, no hace falta…

—Ha engañado a su propia hermana y a unos compradores que se han metido hasta la cocina —continuó Javier, sin subir el tono—. Ha declarado algo falso en una escritura pública. Eso es falsedad en documento público. Le pueden caer años de prisión, Sergio.

Hubo un momento de respiraciones entrecortadas.
—¿Qué… qué queréis? —masculló por fin.

—De momento, nada que no sea suyo —respondió Javier, frío—. El piso seguirá siendo de Laura. Vamos a anular la venta. Los compradores se entenderán con usted para recuperar el dinero. Y nosotros vamos a presentar una querella. A menos —dejó la frase flotando— que colabore plenamente, devuelva lo que pueda y acepte un acuerdo.

Las semanas siguientes fueron una sucesión de despachos, pasillos de juzgados y caras tensas. La compradora, una tal Marta, apareció con su propio abogado, indignada. “Yo soy una víctima”, repetía, señalando a Sergio como si fuera un desconocido. Javier la escuchó, paciente, y al final todos acabaron en una mesa larga: mi hermano, pálido; Marta y su marido; los abogados; y yo, con el testamento de la abuela en una carpeta de plástico transparente.

Se pactó la resolución del contrato de compraventa: la operación se deshizo, el piso volvía a mi nombre, y Marta reclamaría a Sergio el dinero por vía civil. Paralelamente, la Fiscalía aceptó un acuerdo: Sergio reconocía los hechos, evitaba la cárcel a cambio de una pena de prisión suspendida, una multa y varios años sin poder gestionar ni un solo negocio sin supervisión.

El día que firmé la nueva escritura, esta vez solo a mi nombre, subí por fin al tercero izquierda con una llave que crujió en la cerradura como si también ella llevara meses esperando. Dentro olía a polvo y a pintura fresca. Los tabiques medio tirados dejaban ver un salón más amplio. Me quedé en el quicio, mirando la luz entrar por el mismo balcón donde la abuela regaba sus geranios.

Sergio me esperaba abajo, en la puerta del portal, con las manos en los bolsillos y la mirada hundida. Bajé despacio.
—Lo siento —dijo, sin rodeos—. Pensé que… no sé qué pensé.

Le sostuve la mirada.
—No es a mí a quien tienes que convencer —respondí—. Es a ti mismo. Y al juez, si te vuelves a pasar de listo.

No hubo abrazos, ni escenas dramáticas. Solo un silencio raro, espeso, entre dos hermanos que habían llegado a un punto del que no se vuelve del todo. Me despedí con un gesto y subí de nuevo. Cerré la puerta del piso con una vuelta firme de llave.

Aquella noche, sentada en el suelo del salón medio en obras, miré alrededor y pensé que quizás tardaría en perdonar, pero ese lugar, al menos, estaba donde la abuela quiso: conmigo. Y, por primera vez en meses, sentí que algo, finalmente, encajaba.